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Full text of "Seleccion de Cuentos V1"

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SELECCION DE CUENTOS 



Ministerio de Instrucción Publica Previsión Social 



BIBLIOTECA ARTIGAS 

\rt 14 de la Ley de 10 de agosto de 1950 

COMISION EDITORA 

Prof Juan E Pivel Devoto 
Ministro de Instrucción Pública 

María Julia Ardao 

Directora Interina del Museo Histórico Nacional 

Dionisio Trillo Pays 
Director de la Biblioteca Nacional 

Juan C Gómez Alzóla 

Director del Archivo General de la Nación 



Colección de Clásicos Uruguayos 

Vol 101 
Horacio Quiroga 
SELECCION DE CUENTOS 
Tomo I 

Preparación del texto a cargo del 
Departamento de Investigaciones de la Biblioteca Nacional 



HORACIO OUIROGA 



SELECCION 
DE CUENTOS 



Prólogo y selección por 
EMIR RODRIGUEZ MQNEGAk 



Tomo I 



5 'i* fe é^S 

MONTEVIDEO 
1966 



PROLOGO 

I El contemporáneo 

A su muerte, en las primeras horas de la mañana 
del 19 de febrero de 1937, en el Hospital de Clínicas 
de Buenos Aires. Horacio Quiroga estaba, completa- 
mente solo Consumido ya por el cáncer, pone fin a 
su vida porque sabe que su destino en la tierra es- 
taba cumplido El 18 ha ido a ver a algunos amigos 
fieles (como Ezequiel Martínez Estrada), ha estado 
con su hija Eglé, ha comprado cianuro En la habi- 
tación del Hospital hay un enfermo, Vicente Batistesa, 
deforme y tal vez débil de espíritu, que lo acompaña 
con su fidelidad de perro pero que representa una 
forma piadosa de la soledad. Porque Qmroga está 
solo desde hace tiempo Lo está desde que empezó 
en esa década del 30 un progresivo eclipse de su 
obra narrativa, el descenso de sus acciones en la bol- 
sa literaria a que él se había referido con humor 
negro en algún artículo, el ser declarado cesante como 
consecuencia del golpe de estado de Terra (marzo 31, 
1933), el fracaso de su vida familiar Por eso, el 
cáncer llega cuando Quiroga se ha estado despidien- 
do de la literatura y de la vida, y anhela antes des- 
cubrir el misterio del más allá que seguir registrando 
en palabras este mundo ajeno. La soledad ha hecho 
su obra y dirige la mano que bebe cianuro. 

Cuando se enteraron en el Uruguay que Quiroga 
había muerto, no faltaron los homenajes oficiales ni 



VII 



PROLOGO 



los discursos conmemorativos ni la apoteosis organi- 
zada por manos muy amigas, como las de Enrique 
Amonm, aquí y en su tierra natal. Salto Pero la ver- 
dad es que esos homenajes y esa apoteosis y esa sin- 
cera amistad, no desmentida luego, eran incapaces de 
disimular el hecho de que Quiroga se había muerto 
solo. El afecto de algunos familiares y amigos, y la 
representación oficial promovida por algunos de los 
más fieles, no bastaban para compensar el silencio con 
que las nuevas generaciones de entonces rodearon su 
nombre Es cierto que dos de sus amigos compusie- 
ron y publicaron casi de inmediato una emocionada 
biografía, llena de valiosos datos y confidencias, aun- 
que horriblemente novelada, la Vida y obra de Ho- 
racio Quiroga, de Alberto J Bngnole y José María 
Delgado (Montevideo, 1939) ; es notorio que hasta 
los diarios se quejaron del silencio y la soledad Pero 
las nuevas generaciones estaban de vuelta de Quiroga 
y se lo hicieron saber en la forma más delicada po- 
sible* dejando caer en el olvido su nombre o antepo- 
niéndole reservas como las que explícito la revista 
argentina Sur en una nota con que acompañaba las 
emotivas palabras de Martínez Estrada junto a la 
tumba del amigo, el hermano mayor. "Un criterio 
diferente del arte de escribir y el carácter general de 
las preocupaciones que creemos imprescindibles para 
la nutrición de ese arte nos separaban del excelente 
cuentista que acaba de morir en un hospital de Bue- 
nos Aires/' La reserva y la reticencia crítica de esas 
palabras de 1937 son ejemplares» No corresponde cen- 
surarlas ahora ya que expresan lealmente una discre- 
pancia de orden estético, Pero su valor como índice 
de una cotización de la época sí merece ser subra- 
yado Son el mejor epitafio de la literatura triunfante 



VIII 



PBOLOGO 



entonces, epitafio para -Quiroga en 1937; epitafio 
para ella misma ahora. Porque loa años que han trans- 
currido desde la muerte de Quiroga han cambiado la 
estimativa. Ahora es la vanguardia de Sur la que pa- 
rece retaguardia (clasicismo, academismo) y el arte de 
Quiroga, despojado por el tiempo de sus debilidades, 
reducido a lo esencial de sus mejores cuentos, parece 
más vivo que nunca. Ahora es él quien despierta en 
ambas márgenes del Plata y en todo el ámbito hispá- 
nico el interés y la pasión de los nuevos escritores. 
Sus obras son reeditadas infatigablemente, su obra es 
estudiada por eruditos y por creadores, se le relee, 
se le discute apasionadamente, se le imita. Es el clá- 
sico más vivo de esa literatura que cubre el fin de 
siglo rioplatense y que tiene sus puntos más altos en 
Sánchez, en Lugones, en Rodó, en Herrera y Reissig, 
en Macedonio Fernández, en Carriego, en Delmira 
Agustmi De todos ellos, Quiroga es el único que si- 
gue pareciendo nuestro contemporáneo 

II Una trayectoria 

Quiroga había nacido en Salto, en 1878 (diciem- 
bre 31) en las postrimerías de esa generación del 900 
que impuso el Modernismo en nuestro país. Desde los 
primeros esbozos que recoge un cuaderno de compo- 
siciones juveniles, copiados con rara caligrafía y re- 
buscados trazos (las tildes de las t, los acentos, pare- 
cen lágrimas de tinta) hasta las composiciones con 
que se presenta al público de su ciudad natal, en una 
Revista del Salto (1899-1900), estridentemente juve- 
nil, su iniciación literaria muestra claramente el efec- 
to que en un adolescente romántico ejerce la literatura 
importada de París por Rubén Darío, Leopoldo Lu- 



IX 



PROLOGO 



gones y sus epígonos. Para Qniroga, el poeta cordo- 
bés es el primer maestro. Su "Oda a la desnudez", de 
ardiente y rebuscado erotismo, le revela todo un mun- 
do poético. Luego, ávidas lecturas extranjeras í Edgar 
Poe, sobre todo) lo ponen en la pista de un decaden- 
tismo que hacía juego con su tendencia a la esquizo- 
frenia, con su hipersensibilidad, con su hastío de mu- 
chacho rico, hundido en una pequeña ciudad del li- 
toral que le parecía impermeable al arte 

La prueba de fuego para toda esa literatura mal 
integrada en la experiencia vital más profunda es el 
viaje a París en 1900 viaje del que queda un Dt\rio 
muy personal que publiqué por primera vez en 1949 
Allí se ve al joven Quiroga, que es todavía sólo Ho- 
racio, soñando con la conquista de la gran ciudad, 
de la capital del mundo, recibiendo en cambio revés 
tras revés que si no matan de inmediato la ilusión la 
'nmeten a dura prueba. Pero si en París, Quiroga 
pudo añoiar (y llorar) la tierra natal, de regreso en 
Montevideo, olvidado del hambre y las humillaciones 
pasadas, en medio de los amigos que escuchan boqui- 
abiertos las lacónicas historias que condesciende a 
esbozar el viajero renace el decadentismo, Quiroga 
ha vuelto con una harba (que va no se quitará) y 
que le da un aire de petit árabe, como le dijo alguna 
giiseta en París, 

Funda con amigos el Consistorio del Gay Saber, 
cenáculo bohemio y escandaloso que (en la mera rea- 
lidad ) era una pieza de conventillo de la ciudad vie- 
ja, en 1900, gana un segundo premio en el Concurso 
de Cuentos organizado por La Alborada (Rodó y 
Viana estaban en el jurado) ; luego recoge sus ver- 
sos ^us poemas en prosa, sus delicuescentes relatos 
perversos en un volumen, Los arrecifes de coral, 



X 



PROLOGO 



cuyo contenido altamente erótico y cuya portada (una 
mujer ojerosa y semi vestida, anémica a la luz de una 
velaf caen como piedra en el charco de la quietud 
burguesa del Montevideo de 1901. Por esos años, Ro- 
berto de las Carreras paseaba su estampa d'annunzia- 
na de bastardo por las calles de Montevideo y perse- 
guía a las damas de la mejor sociedad con prosa v 
\erso del más encendido tono El decadentismo triun- 
fa París vuelve a ser el sueño para Qmroga, pero un 
París soñado y libresco más que la capital hostil de 
la temporada anterior. Entonces, accidentalmente. Qui- 
roga mata a su mejor amigo, Federico Ferrando, en 
una situación que parece de pesadilla y sobre la que 
se proyecta el delirio de Poe. El sueño decadente es 
sustituido por la miserable realidad de una cárcel, de 
un juicio sumario, de la \uelta al mundo en que falta 
Ferrando, su alter ego, su doble, Quiroga no aguanta 
y abrumado por la culpa inocente de ese asesinato, 
corre a refugiarse a los brazos de su hermana mayor 
que vive, casada, en Buenos Aires Abandona el Uru- 
guay para siempre, aunque él todavía no lo sabe Es 
el ano de 1902. 

Pero no cierra su etapa modernista todavía Esa 
herida cicatriza superficialmente, como otras. Cuando 
escribe, y aunque va ha visitado Misiones y el Chaco 
y ha tenido sus primeras experiencias de colono tro- 
pical; cuando toma la pluma o el lápiz, Quiroga si- 
gue explorando sus nervios doloridos y a flor de piel, 
sigue repitiendo las alucinaciones de Poe (El crimin 
DEL otro es una réplica del cuento El barril del amon- 
tillado, del maestro norteamericano, aunque revela 
también en cifra su terrible vínculo afectivo con Fe- 
rrando). Quiroga sigue estudiando y reproduciendo 
los efectos, ingeniosos pero al cabo mecánicos, de otro 



XI 



PROLOGO 



maestro, el francés MaupassanL En la vida real, Qui- 
roga vive una experiencia de arraigo en la naturaleza 
salvaje de América Pero en la experiencia literaria, 
Quiroga continúa escribiendo como si viviese en una 
sucursal libresca de París. Su segundo volumen, El 
crimen del otro (1904) es modernista todavía El 
joven sigue pagando tributo a una actitud literaria 
que cada día es más ajena a su situación vital más 
profunda. 

Desde un punto de vista técnico el nuevo libro re- 
vela progresos notables. Es cierto que el i oven con- 
sigue disimular mejor la histeria, que ya domina el 
horror y no necesita (como en los crudísimos prime- 
ros relatos de la Revista del Salto) nombrar lo repug- 
nante para hacer sentir asco y horror al lector Pero 
todavía su cantera es la literatura leída, la huella de- 
jada por otros escritores en su temperamento apasio- 
nado, y casi no responde al fascinante trabajo de la 
realidad sobre su sensibilidad torturada. A Rodó le 
gustó bastante el nuevo libro, y se lo dice en una 
carta (cuyo borrador es de abril 9, 1904) en la que 
hay también una delicada censura para su primera 
obra. Rodó que estéticamente era modernista aunque 
tuviera tantos reparos éticos para la actitud decadente 
que deformaba ya aquella tendencia, acierta en su 
juicio, porque el modernismo de Los arrecifes de 
CORAL era pura estridencia y desorden la chambonada 
del que se estrena, y el modernismo de El crimen 
del otro ya apunta una primera maduración. Lo 
que no pudo ver entonces Rodó (tampoco lo veía su 
autor) es que ese segundo libro señalaba no sólo la 
culminación sino el cierre de una etapa Ya Quiruga 
empezaba a descubrir, literariamente, el mundo real 



xn 



PROLOGO 



en que estaba inmerso desde hace algún tiempo. Ese 
mundo no era menos fantástico o fatal, que el otro. 

A medida que Quiroga descubre la realidad y se su- 
merge gozosa y paulatinamente en ella, deja caer al- 
gunas obras con las que liquida su deuda con el Mo- 
dernismo, muda de piel. Ese largo cuento, de origen 
autobiográfico, que se titula Lo 8 PERSEGUIDOS (es 
de 1905), da otra vuelta de tuerca al tema del doble, 
de raíz tan inequívocamente edípica Es la última vez 
que Quiroga trata explícitamente un asunto que lo 
obsesiona desde la época de su asociación con Fe- 
rrando y que en Poe llega a tan exquisitas formu- 
laciones como aquel célebre Wilham Wilsoru Con su 
primer novela, la Historia de un amor turbio (pu- 
blicada junto con Los perseguidos, en 1908) Quiroga 
paga su deuda con Dostoyevski (ha descubierto al 
genial ruso y está deslumhrado) al tiempo que apro- 
vecha algunos episodios de su vida íntima, y algu- 
nos rasgos de la personalidad de Alberto J Bngnole 
para componer otra historia de amores equívocos, 
amenazados por la sombra del Otro. El protagonista 
de esta novela, fracasada en muchos aspectos pero 
fascinante por sus implicaciones extrahteranas, es has- 
ta cierto punto un retrato del Quiroga más íntimo y 
fatal. Hasta en un libro que publicará mucho más 
tarde, Cuentos de amor de locura y de muerte 
(1917), en que dominan sobre todo los relatos cha- 
queños o misioneros, es posible encontrar algunos en 
que se perfecciona, en sus más sutiles efectos, la téc- 
nica del cuento a la Poe* Tal vez el mejor sea U E1 
almohadón de pluma" (publicado por primera vez en 
julio 13, 1907), en que la extraña muerte por con- 
sunción de una joven desposada tiene como origen 
un monstruoso insecto escondido entre las plumas de 



XIII 



PROLOGO 



su almohadón. El marco de la historia luna casa lu- 
josa y hostil, un ambiente otoñal) así como la fría e 
inhumana personalidad del marido de la protagonista 
indican hien a las claras que lo que encubre la his- 
toria de Quiroga es un caso de vampinsmo. La ob- 
jetividad con que el narrador maneja el relato revela 
un parnasianismo exasperado que es el mejor sello 
del modernista. Pero ya el mismo libro revela un 
Quiroga muy diferente 

La invención de Misiones es gradual Hay una pri- 
mer visita en 1903 como fotógrafo de la expedición 
a las ruinas jesuíticas que dirige Lugones y que sirve 
sobre todo para deslumhrar al joven. El lejano terri- 
torio (la selva, la vida dura, la amenaza de la muerte 
tomo compañera constante) es el reverso de París y 
por eso mismo es tan atractiva para ese hombre en 
perpetuo estado de tensión interior. Quiroga decide 
\olver y vuelve en una intentona que lo lleva al Cha- 
co., como industrial más o menos fracasado pero que 
le descubre su temple, la medida de su voluntad de 
granito. Este ensayo no es más que el error necesa- 
rio para ajustar mejor la puntería la próxima vez. 
Compra tierras en San Ignacio (Misiones) y se ins- 
tala como colono en 1910. 

El descubrimiento de Misiones, de la \erdadera tie- 
rra y sus hombres, detrás de la apariencia, tarda un 
poco más y se produce en vanas etapas Uno de sus 
primeros y mejores cuentos de ambiente rural es "La 
insolación 1 ' (marzo 7, 1908). Ocurre todavía en el 
Chaco, Quiroga está demasiado cerca del descubri- 
miento y la fascinación de Misiones para poder incor- 
porarla ya al mundo imaginario de sus cuentos El 
Chaco está presente en el recuerdo pero ya empieza 
a borrarse, por eso puede ser el escenario de un re- 



XIV 



PROLOGO 



lato fantástico. Allí los perros de Mister Jones lo ven 
convertido en Muerte, desdoblado en su propio fan- 
tasma, un día antes de que caiga fulminado por el 
soL También está presente el Chaco en algunos ds 
sus más tensos cuentos de entonces: en "Los cazado- 
res de ratas" (octubre 24, 1908) en que se dramatiza 
otra superstición campesina la de que las víboras 
regresan al sitio en que han matado a su pareja, para 
vengarse; el Chaco asoma asimismo en "El monte 
negro" (junio 6, 1908) que cuenta un episodio de 
sus propias luchas contra la naturaleza chaqueña y 
lo hace con humor que no afecta la parte épica del 
relato- 
Pero Misiones empieza a dominar su narrativa ya 
hacia 1912, cuando Quiroga ha instalado en San Ig- 
nacio su hogar (la mujer, los hijos por llegar, la 
casa de madera levantada con su esfuerzo sobre la 
mesetita en que ha plantado árboles y flores tropica- 
les) y el mundo que lo rodea se va colando de a poco 
en sus cuentos. Es ésta la época en que escribe los 
cuentos de monte, coma él mismo los llama en una 
carta a José María Delgado (junio 8, 1917), esos 
cuentos que escribe en la soledad de Misiones y man- 
da a las revistas de Buenos Aires, sin saber cómo 
serán recibidos, cuentos que salen de la más profunda 
experiencia personal y tienen escasa deuda con la li- 
teratura. "Cuando he escrito esta tanda de aventuras 
de vida intensa (confía al amigo), vivía allá y pasa- 
ron dos años antes de conocer la más mínima impre- 
sión sobre ellos. Dos años sin saber si una cosa que 
uno escribe gusta o no, no tienen nada de corto Lo 
que me interesaba saber, sobre todo, es si se respi- 
raba vida en eso, y no podía saber una palabra. (...) 
De modo que aún después de ocho años de lidia, la 

XV 



PROLOGO 



menor impresión que se me comunica sobre eso, me 
hace un efecto inesperado: tan acostumbrado estoy 
a escribir para mí solo. Esto tiene sus desventajas, 
pero tiene, en cambio, esta ventaja colosal que uno 
hace realmente lo que siente, sin influencia de Juan 
o Pedro, a quienes agradar. Sé también que para 
muy muchos, lo que hacía antes (cuentos de efecto, 
tipo "El almohadón") gustaba más que las historias 
a puño limpio, tipo "Meningitis", o los de monte Un 
buen día me he convencido de que el efecto no deja 
de ser efecto (salvo cuando la historia lo pide) y que 
es bastante más difícil meter un final que el lector 
ha adivinado ya, tal como lo observas respecto de 
"Meningitis". 

La carta da la perspectiva de 1917, cuando Qui- 
roga recoge en un grueso volumen que le publica Ma- 
nuel Gálvez en Buenos Aires, sus relatos de tres lus- 
tros. Pero hacia 1912, cuando empieza a escribir esos 
cuentos de monte, allá en San Ignacio, lejos de toda 
actividad literaria, y solo, la historia era muy dis- 
tinta. Quiroga hollaba caminos nuevos y no sabía. Lo 
que él estaba descubriendo en plena selva sería el 
camino que habría de recorrer buena parte de la na- 
rrativa hispanoamericana de su tiempo, desde José 
Eustasio Rivera con su Vorágine (1924) hasta Rómu- 
lo Gallegos con su Doña Bárbara (1929). el ca- 
mino de la novela de la tierra y del hombre que lu- 
cha ciegamente contra ella, fatalizado por la geogra- 
fía, aplastado por el medio. De ahí que la confi- 
dencia que encierra su carta a Delgado tenga tanto 
valor. Quiroga pudo seguir entonces la ruta va cono- 
cida del Modernismo; pudo continuar escribiendo 
cuentos basados en otros cuentos (Borges resumió su 
desinterés generacional por Quiroga en esta frase la- 



XVI 



PROLOGO 



pidana e injusta "Escribió los cuentog que ya ha- 
bían escrito mejor Poe o Krphng"), Pero la realidad 
se le metía por los ojos y tocaba dentro de él una 
materia suya desconocida. Misiones era descubierta 
por Qmroga al mismo tiempo que Misiones lo descu- 
bría a él, lo revelaba a sí mismo. Ese hombre que se 
había desarraigado de su tierra natal y había que- 
dado con las raíces al aire, encontraba en Misiones 
su verdadero habitat. Pero también lo encontraba el 
artista Entonces Quiroga escribe y publica sucesiva- 
mente "A la deriva" (jumo 7, 1912), "El alambre 
de púa" (agosto 23, 1912), "Los inmigrantes" (di- 
ciembre 6, 1912), "Yaguar (diciembre 26, 1913), 
"Los mensú" (abril 3, 19141, "Una bofetada" (enero 
28, 1916J, "La gama ciega" (junio 9, 1916), "Un 
peón" (enero 14, 1918), junto a otros tal vez menos 
logrados. En todos estos cuentos se ve y se sienta la 
naturaleza de Misiones, sus hombres, sus destinos* 

La visión es todavía algo externa Aunque el na- 
rrador ha alcanzado una enorme maestría, aunque 
cuenta exactamente lo que quiere y como quiere, la 
creación, de ya magnífica objetividad, es limitada. 
Porque el hombre está notoriamente ausente de ella, 
es un testigo, a veces hasta un personaje secundario 
del relato, pero no está él, entero, con sus angustias 
personales y su horrible sentido de la fatalidad Re- 
conoce y mue&tra el destino que se desploma sobre 
los otros, pero cuando el implicado es él, la historia 
adquiere un leve tono humorístico, como pasaba en 
"El monte negro", o como pasa en esa otra esplén- 
dida revelación autobiográfica que es "Nuestro pri- 
mer cigarro" (enero 24, 1913), con su rica evocación 
de la infancia salteña y la carga subconsciente de in- 
voluntarias revelaciones familiares. 

XVII 

2 



PROLOGO 



En esta segunda etapa de su obra creadora, cuando 
)a ha descubierto Misiones y ha empezado a incor- 
porar su territorio al mundo literario, Quiroga cierra 
todavía demasiado las líneas de comunicación que van 
de lo hondo de su ser y de su experiencia a la su- 
perficie de la realidad en que vive* Estos cuentos es- 
tán escritos en San Ignacio y más tarde, desde 1915, 
en Buenos Aires, por un hombre que ha quedado Mu- 
do a los pocos años de casado, viudo con dos hijos 
pequeño*, viudo por el horrible suicidio de su mujer. 
Para sobrevivir, Quiroga entierra este hecho en lo 
más secreto de sí mismo, no habla con nadie del 
asunto, continúa \iviendo y escribiendo, pero empa- 
redado en lo más íntimo, registrando implacablemente 
el trabajo de la fatalidad sobre los otros, los mensü, 
los explotados, o los aventureros que pueblan Misio- 
nes, los ex-hombres, alcoholizados, locos Esa horri- 
ble culpa inocente que lo hizo victimario de Ferran- 
do y ahora lo hace responsable de la muerte de su 
mujer (ella se suicida después de una terrible pelea), 
revela a Quiroga la existencia de una fatalidad más 
penetrante que la inteligencia humana, más terrible 
que la vida misma 

Los libros de esa época infernal — Cuentos de 

AMOR DE LOCURA Y DE MUERTE (19171, CUENTOS DE 

LA selva (para los niños) (1918), El salvaje 
(1920), Anaconda (1921) — recogen la enorme co- 
secha narrativa de esos años en un desorden delibe- 
rado. Quiroga mezcla relatos de monte con los res- 
tos de su experiencia modernista y con nuevas in- 
venciones literarias Cada volumen es forzosamente 
heterogéneo ( salvo el de relatos infantiles, que tiene 
la unidad del tono oral y de los motivos selváticos) 
y produce la buscada impresión de ofrecer cuentos 



XVIII 



PROLOGO 



de muchos colores. Ese título, inspirado en Menmée, 
era el que había elegido Quiroga para la recopilación 
de 1917. Pero en el juicio perdurable del lector se 
imponen sobre todo los relatos de monte, e»os que 
revelan a Quiroga a un vasto público y sirven para 
fundar su gran reputación literaria. Que, además, lo 
revelan paulatinamente a sí mismo. 

El tercer período, el verdaderamente creador de su 
obra, ocurre hacia 1918, cuando ya ha terminado esa 
guerra mundial que él sintió en Misiones, y a cuyos 
efectos quiso paliar fabricando carbón con escaso re- 
sultado» Se extiende hasta 1930 con intermitencias 
cada vez mas pronunciadas. Quiroga no ha vuelto a 
Misiones si no es en breves visitas de vacaciones. Está 
radicado en Buenos Aires y trabaja en el consulado 
uruguayo de dicha ciudad. Se ha vuelto a acercar a 
su patria, gracias a las gestiones de amigos sáltenos 
que ahora tienen predicamento en el Gobierno uru- 
guayo. Pero su contribución al trabajo consular será 
más bien mediocre. Lo atrae la vida literaria porteña 
en la que impone su figura taciturna y sombría, su 
soledad en compañía; es un maestro y en torno suyo 
se agrupan otros maestros y los jóvenes. La peña 
Anaconda proyectará popularmente su figura, sobre 
la que empiezan a tejerse leyendas de Donjuanismo 
y de hurañía. El título de uno de sus libros de cuen- 
tos, el Salvaje, le quedará colgado como distintivo. 
Quiroga era huraño pero a la vez muy tierno, como 
lo han documentado amigos y conocidos Su timidez, 
la tartamudez que nunca cor rigió, su misma soledad 
interior, le hacían manifestarse poco y en forma 
abrupta que descorazonaba a mucha gente Pero den- 
tro de esa corteza áspera (ha dicho Maitínez Estra- 
da) cabía encontrar una pepita tierna. 



XIX 



PROLOGO 



Poco durará este esplendor de Qmroga que tiene 
su punto más alto en un homenaje, organizado por 
la revista y editorial Babel en 1926 Ya hacia esa fe- 
cha se produce en Buenos Aires el estallido de una 
nueva experiencia generacional. Con la revista Martín 
Fierro como órgano publicitario, con Ricardo Gui- 
raldcs como figura principal, con el veterano Macedo- 
ni» Fernández como procer algo heterodoxo, el grupo 
que capitanea Evar Méndez v en que ya descuella 
Jorge Luis Borges entra a saco en las letras argén- 
tmas y lo conmueve todo. Para cierto nivel literal 10 
estos jóvenes, y sus maestros apenas existen» en ese 
nrvel de la* revistas ilustradas de gran circulación 
en que Qmroga es maestro índiscutido, nada o poco 
se sabe de Martín Fierro, Pero en el otro nivel de 
mayor exigencia literaria y fórmulas más nuevas, ese 
nrvel que irá creciendo paulatinamente hasta ocupar 
los órganos de gran publicidad, como La Nación, y 
fundar la revista de la vanguardia de entonces, Sur, 
los jóvenes preparan el juicio del mañana El juicio 
es adverso a Qmroga. 

En 1926 se publican Los desterrados, el mejor 
libro, el más homogéneo, de Quiroga Pero ese mismo 
año se publica también Don Segundo Sombra y 
los jóvenes de entonces lo saludan como obra máxi- 
ma la mejor prueba de que la literatura argentina 
podía ser gauchesca y literaria a la vez, que las me- 
táforas del ultraísmo i sucursal noplatense de ismos 
europeos) podían servir para contar una historia ru- 
ral Las asperezas estilísticas de Quiroga, su relativo 
desdén actual por la escritura artística, sus tipos cru- 
dos y nada poetizados, parecieron entonces la nega- 
ción de un arte que se quería (a toda costa) puro. 
Quiroga fue condenado sm ser leído ni criticado. En 



XX 



PROLOGO 



toda la colección de Martín Fierro no hay una sola 
reseña de Los desterrados Hoy esta ceguera parece 
increíble. 

Lo que ocurría entonces en el nivel de la literatura 
de élite resultaba, sin embargo, desmentido por el 
éxito de sus narraciones en otro plano más general 
Quiroga era entonces editado y reeditado en la Ar- 
tma; en Madrid la poderosa Espasa Calpe lo incluía 
en una colección de narradores en que va estaban Tu- 
llen Benda, Giraudoux, Proust y Thomas Hardy ( tam- 
bién estaba, ay, Arturo Cancela). La revista biblio- 
gráfica Babel le dedica un número de homenaje en 
que se recogen los juicios más laudatorios a que 
pueda aspirar el insaciable ego de un creador 

Era la apoteosis en vida, y, complementariamente 
el comienzo de la declinación. Para Quiroga el mo- 
mento también significa otra cosa Esa «ene de rela- 
tos que culmina con el volumen magistral de Los 
desterrados encierra su obra más honda de narra- 
dor' el momento en que la fría objetrwdad del co- 
mienzo, aprendida en Maupassant ensayada a la vera 
de Kipling, da paso a una visión más profunda y no 
por ello menos objetiva El artista se atreve a entrar 
dentro de la obra. Esto no significa que su imagen 
sustituya a la obra Significa que el relato ocupa 
ahora no sólo la retina íesa cámara fotográfica de 
que habla el irónico Chnstopher Isherwood en sus 
historias berlinesas) sino las capas más escondidas 
y alucinadas de la individualidad creadora. Desde e<*e 
fondo de sí mismo realiza ahora Quiroga su obra más 
madura 

Ya no vive en Misiones, o vive poco en Misiones 
Pero desde la asimilación de aquella tierra que le ha 
quedado grabada en lo más hondo, escribe sus cuen- 



XXI 



PROLOGO 



tos En un tono en que se mezcla la vivacidad de la 
observación directa con la pequeña distancia del re- 
cuerdo cuenta la historia de "Van Houten" (diciem- 
bre, 1919), que se basa en un personaje real que pude 
conocer y comparar con el del cuento cuando visité 
Misiones en 1949, la de "El hombre muerto 55 í junio 
27, 1920), que traslada a la ficción un sentimiento 
muy vivo y alucinado del autor, la de "La cámara 
oscura"' (diciembre 3 1920) que mezcla la realidad 
y 3 a pesadilla en uno de los relatos más terrible*, más 
hondamente vividos, de este libro* su propia angus- 
tia ante la muerte de su mujer, la liberación que sig- 
nifica el contacto con la naturaleza, aparecen sutil- 
mente traspuestas en esta historia macabra, la de "El 
lecho de incienso" (febrero 5, 1922) en que el sesgo 
humorístico del relato permite dar mejor su esfuerzo 
sobrehumano al tratar de cumplir, en medio de la 
selva, y simultáneamente, las funciones de Juez de 
Paz y carpintero, la de "Los destiladores de naranja" 
(noviembre 15, 1923), que aprovecha una anécdota 
personal para derivar hacia un tema de alucinación 
y locura, la de "Los precursores" (abril 14, 1929), 
que contiene el mejor, el más sabio, el más humorís- 
tico testimonio sobre la cuestión social en Misiones, 
y es también un admirable ejemplo de cómo usaT la 
jerga sin caer en oscuridades dialectales. 

En todos estos relatos, muchos de los cuales se in- 
corporan a Los desterrados, Quiroga desarrolla una 
forma especial de la ternura: ésa que no necesita del 
sentimentalismo para existir, que puede prescindir de 
la mentira y de las buenas intenciones explícitas, la 
ternura del que sabe qué cosa frágil es el hombre 
pero que sabe también qué heroico es en su locura y 
qué sufrido en su dolor, en su genial inconsciencia. 



XXII 



PROLOGO 



Por eso, estos cuentos contienen algo más que la cró- 
nica de un ambiente y sus tipos (como dice el sub- 
título del libro) ; son algo más que historias trágicas, 
o cómicas, que se insertan en un mundo exótico Con- 
sisten en profundas inmersiones en la realidad hu- 
mana, hechas por un hombre que ha aprendido al fin 
a liberar en sí mismo lo trágico, hasta lo horrible. 

En ningún lado mejor que en "El desierto'* < enero 
4, 1923) que dará título al volumen de 1923, y en 
"El hijo*' (enero 15, 1928) ha alcanzado Quiroga ese 
dificilísimo equilibrio entre la narración y la confesión 
que constituye su más sazonada obra. Allí el hombre 
que nunca quiso hablar del suicidio de su primera 
mujer, ese hombre duro e impenetrable, se entrega al 
lector en el recuento de sus alucinaciones de padre. 
Los relatos están escritos muchos años después del su- 
ceso (o sueño) que los originó, cuando ya sua hijos 
son grandes y empiezan a separarse naturalmente de 
su dura y tierna tutela. Pero es en esa distancia (la 
emoción evocada en la tranquilidad, de que hablaba 
) tan bien Wordsworth), es en esa muerte y resurrec- 
ción de la emoción, que el mismo Quiroga aconsejaba 
en el "Decálogo del perfecto cuentista" (julio, 1927, 
dónde reside la clave del sentimiento que trasmiten 
tan poderosamente ambos relatos. 

Son esencialmente autobiográficos, lo que significa 
que no lo son en su anécdota. Quiroga no murió, de- 
jando abandonados en la selva a sus hijos pequeños, 
como el Subercaseaux de "El desierto", tampoco Da- 
río Quiroga murió al cruzar, con una escopeta en la 
mano, un traicionero alambrado, como ocurre en "El 
hijo". Pero si estos cuentos revelan anécdotas ima- 
ginarias, no son imaginarios los sentimientos que en- 
cierran: ese amor paternal y esa ternura sin fláccide- 



XXIII 



PROLOGO 



ees que constituyen el centro mismo de la personali- 
dad del hirsuto y solitario individuo que fue Quiroga 
La misma perfección de ambos relatos, su cuida- 
dosa preparación del efecto final (más obvio en "El 
hijo'\ más sutil en "El desierto 1 ') , ese juego calcu- 
lado de anticipaciones y desvíos en que el fatal des- 
enlace es acercado y alejado hasta que se vuelca abru 
mador sobre la sensibilidad del lector, esa misma 
perfección técnica, no hacen sino acentuar la fuerza 
de comunicación del sentimiento Con ellos logra Qui- 
roga su máxima expresión creadora También llega 
lo más hondo que le es posible en el descubrimiento 
de sus demonios interiores Por eso ya no importa 
que luego fracase, una vez más, como novelista en 
Pasado amor (1929), o que todavía sobreviva en 
algunos cuentos fantásticos, curiosamente anticuados 
(como si regresara a sus orígenes) que recoge su úl 
timo volumen, MÁS ALLÁ (1935) Con "El desierto" 
y fc4 EI hijo" se marca una culminación, su culmina- 
ción 

Le quedaban unos años, pocos, de vida. Demasiado 
sensible a la atmósfera literaria para no advertir que 
los jóvenes iban por otros rumbos, que su palabra 
(en la Argentina, por lo menos) ya no era escucha- 
da, demasiado verdadero como para no reconocer que 
se le iban secando las fuentes del arte. Quiroga aban- 
dona de a poco la creación. En sus últimos cuentos 
se siente el incontenible empuje autobiográfico, lo 
que les da una equívoca condición de memorias. Ar- 
tículos y notas que escribe cada vez con mayor abun- 
dancia a partir de 1922, vierten la experiencia lite- 
raria acumulada por este hombre en tantos años de 
dolor y escasa alegría De tanto en tanto publica al- 
gunos textos, como "Una serpiente de cascabel 5 ' fno- 



XXIV 



PROLOGO 



viembre 27, 1931) en que es difícil trazar la línea 
de separación entre lo que cuenta y lo que inventa. 
Aunque escribe algunos relatos más, Quiroga ya está 
de espaldas a su arte* 

A los amigos que lo incitan todavía a crear que 
le piden no se abandone, que quieren sacarle algu- 
nos relatos aún, escribe unas cartas en que defiende 
su posición crepuscular. "Ud sabe fie dice a Julio 
E Payró, abril 4, 1935) que yo sería capaz, de que- 
rerlo, de compaginar relatos, como algunos de los 
que he escrito, 190 y tantos* No es, pues, decadencia 
intelectual ni pérdida de facultad lo que me enmu- 
dece No Es la violencia primitiva de hacer, cons- 
truir* mejorar y adornar mi habitat lo que se ha im- 
puesto al cultivo artístico — A ay T — un poco artifi- 
cial. Hemos dado — he dado — mucho y demasiado 
a la factura de cuentos y demás Hay en el hombre 
muchas otras actividades que merecen capital aten- 
ción. Para mí, mi vida actual ( . . ) Hay además 
una candida crueldad en exigir de un escritor lo que 
é«.te no quiere o no puede dar. ¿ Cree Ud. que la 
obra de Poe no es total, id la de MaupassanL a pe- 
sar de la temprana muerte de ambos? ¿Y el silencio 
en plena juventud v éxito, de Rossini? ¿Cómo y por 
qué exigir más ? No existe en arte más que el hecho 
consumado. Tal las obras de los tres precitados ¿Con 
qué derecho exigiremos quién sabe qué torturas sin 
nombre de quien murió o calló, so pretexto de que 
pudo haber escrito todavía un verso para nuestro re- 
gocijo ? Me refiero a los que cumplieron su obra tal 
Heme a los 24 años Podía haber desaparecido en 
ese instante — ^no cree Ud? — sm que el ai te tu- 
viera que llorar Morir y callar a tiempo es en aque- 
lla actividad un don del cielo". 



XXV 



PROLOGO 



Quiroga vuelve a encerrarse en sí mismo, pero de 
distinta manera que antes cuando era la imposibili- 
dad de expresarse, de alcanzar los fondos de su ser, 
]o que lo envolvía en huraño y desdeñoso silencio. 
Ahora calla para el mundo, pero para los amigos, en 
una correspondencia que cuenta entre lo más notable 
que ha escrito, va liberando sus confidencias calla y 
al mismo tiempo be entrega» En tanto que las desilu- 
siones lo cercan, que siente crecer la incompatibili- 
dad de caracteres que lo aleja de sus hijos y mientras 
descubre el fracaso de su segundo matrimonio, cuan- 
do la enfermedad se cierra sobre su vida y sus ilusio- 
nes, Quiroga va comunicando en cartas que son tes- 
tamento, la última visión, la más madura, aunque ya 
fuera del arte. 

En una que escribe a Martínez Estrada (abril 29, 
1936 1 encara el tema de su abandono de la literatura, 
y también de la preparación para un abandono aún 
ma\or ''Hablemos ahora de la muerte. Yo fui o me 
sentía creador en mi juventud y madurez, al punto 
de temer exclusivamente a la muerte, si prematura 
Quería hacer mi obra Los afectos de familia no fia- 
ban la cuarta parte de aquella ansia. Sabía y sé que 
para el porvenir de una mujer o una criatura, la exis- 
tencia del mando o padre no es indispensable No 
hay quien no salga del paso, si su destino es ése El 
único que no sale del paso es el creador cuando la 
muerte lo siega verde» Cuando consideré que había 
cumplido mi obra — es decir, que había dado ya de 
mí todo lo más fuerte — , comencé a ver la muerte 
de otro modo. Algunos dolores, ingratitudes, desenga- 
ños, acentuaron esa visión. Y hoy no temo a la 
muerte, amigo, porque ella significa descanso. That 
is the question. Esperanza de olvidar dolores, aplacar 



XXVI 



PROLOGO 



ingratitudes, purificarse de desengaños. Borrar las he- 
ces de la vida ya demasiado vivida, ínfanhhzarse de 
nuevo, más todavía: retornar al no ser primitivo, an- 
tes de la gestación y de toda existencia todo esto es 
lo que nos ofrece la muerte con su descanso sin pe- 
sadillas ¿Y si reaparecemos en un fosfato, en un 
brote, en el haz de un prisma 9 Tanto mejor, enton- 
ces Pero el asunto capital es la certeza, la segundad 
incontrastable de que hay un talismán para el mucho 
vivir o el mucho sufrir o la constante desesperanza» 
Y él es el infinitamente dulce descanso del sueño a 
que llamamos muerte". 

Por eso, cuando Quiroga tuvo que abandonar su 
casa de San Ignacio, esa casa sobre la meseta a la 
que había dedicado las mejores horas de su \ida en 
los últimos años, que había rodeado de palmeras y 
de orquídeas, que había levantado con sus manos; 
cuando debió dejar ese habitat elegido por una fuer- 
za interior más poderosa que la que le hizo nacer en 
Salto, cuando debió bajar a Buenos Aires por el an- 
cho río Paraná para ser sometido a una operación 
de la que sólo podía salir remendado, sin esperanza 
de cura, Quiroga dejó el Hospital de Clínicas un día 
(febrero 18, 1937), hizo la ronda de las dos o tres 
casas amigas, vio a la hija con la que se sentía tan 
identificado y que le sobrevivió poco9 meses, entró a 
una farmacia a comprar cianuro y regresó en la no- 
che a su cuarto de enfermo* A la mañana siguiente 
ya lo encontraron muerto. 

III Doble perspectiva 

De la producción narrativa de Quiroga conserva 
casi intacto su valor una quinta parte. Ignoro qué 



XXVII 



PROLOGO 



significado estadístico puede tener este hecho, Sé que 
en términos literarios significa la supervivencia de 
una figura de creador, la más rotunda afirmación de 
&u arte. Esos cuarenta cuentos que una relectura mi- 
nuciosa permite distinguir del conjunto de doscientos, 
tienen algo común* por encima de ocasionales dife- 
rencias temáticas o estilísticas expresan una misma 
realidad, precisan una actitud estética coherente Si 
se quisiera encontrar una fórmula para definirla ha- 
bría que referirse a la objetividad de esta obra, de 
este creador 

Nada más fácil en este terreno que una grosera 
confusión de términos Por eso mismo, conviene acla- 
rar ante todo su exacto significado La objetividad es 
la condición primera de todo arte clásico Significa 
para el artista el manejo de sus materiales con ab- 
soluto dominio; significa la superación de la adoles- 
cencia emocional (tanto más persistente que la otra), 
el abandono de la subjetividad. Significa haber pa- 
decido, haber luchado y haber expresado ese padecer, 
esa lucha en términos de arte. La objetividad no se 
logra por mero esfuerzo, o por insuficiencia de la pa- 
sión; tampoco es don que pueda heredarse No es ob- 
jetivo quien no haya sufrido, quien no se haya ven- 
cido a sí mismo La objetividad del que no fue pro- 
bado no es tal, sino inocencia de la pasión, ignoran- 
cia* insensibilidad 

Quiroga alcanzó estéticamente la objetividad des- 
pués de dura prueba El exacerbado subjetivismo del 
fin de siglo, los modelos de su juventud íPoe, Darío, 
Lugonesl, su mismo temperamento apasionado, pare- 
cían condenarlo a una viciosa actitud egocéntrica No 
es ésta la ocasión de trazar minuciosamente sus tem- 
pranos combates. Baste recordar que de esa compleja 



XXVIII 



PROLOGO 



experiencia de sus veinte años — que incluyó una 
breve aventura parisina — extrajo el joven Los arre- 
cifes de coral (1901) y muchos relatos de libros 
posteriores. 

Pero el tránsito por el Modernismo no sólo fue un 
paso en falso para Quiroga. No sólo lo condujo a 
erróneas soluciones, a la busca de una expresión crea- 
dora en el verso o en una prosa recargada de presti- 
gios poéticos. Esa experiencia fue también formadora. 
Actuó providencialmente Arrojado al abismo, pudo 
perderse Quiroga, como tantos de su generación que 
no han conseguido superar su tiempo De su temple, 
de su esencial sabiduría oscura, da fe el que haya 
sabido cerrar con dura mano el ciclo poético de su 
juventud e iniciar lenta^ cautelosa, fatalmente, su ver* 
dadero destino de narrador. El primero que recono- 
ció en el joien poeta despistado del Modernismo al 
futuro gran narrador fueXugones, verdadero tauma- 
turgo de Quiroga Una doble maduración — humana, 
literaria — habría de conducir al joven al descubri- 
miento de Misiones (como territorio de su creación 
literaria y como habitat de ese salvaje que llevaba 
escondido pecho adentro) pero también habría de 
conducirlo al descubrimiento entrañable de sí mismo, 
a la objetividad en la vida y en el arte Por eso, Qui- 
roga alcanzada la madurez habrá de aconsejar al jo- 
ven narrador en el "Decálogo del perfecto cuen- 
tista" que publica el año 1927: "No escribas bajo el 
imperio de la emoción Déjala morir y evócala luego 
Si eres capaz de revivirla, tal cual fue, has llegado 
en arte a la mitad del camino", A él le costó, pero 
hubo de aprender a hacerlo. 

La objetividad tiene una faz adusta. No es extraño 
por eso que un crítico salteño, Antonio M. Grompone, 



XXIX 



PROLOGO 



haya señalado la indiferencia de Quiroga por la suer- 
te de sus héroes, su respeto no desmentido por la na- 
turaleza omnipotente, verdadero y único protagonista 
aparente de sus cuentos. Creo que esa apreciación 
encierra, a pesar de reiterados aciertos de detalle, un 
error de perspectiva. Como artista objetivo que supo 
llegar a ser en su madurez, Quiroga dio la relación 
entre el hombre y la naturaleza en sus exactos tér- 
minos americanos. Sin romanticismos, sin más cruel- 
dad de la inevitable, registró la ciega fuerza del tró- 
pico y la desesperada derrota del hombre en un me- 
dio sobrehumano. Esto no implica de ningún modo 
que no fuera capaz de sentir compasión por ese mis- 
mo hombre que la verdad de su arte le hacía pre- 
sentar anonadado por fuerzas superiores, sólo capaz 
de precarias victorias. Algunos de sus más duros cuen- 
tos, como *'En la noche" (diciembre 27, 1919) o como 
* fc El desierto" o "El hijo" (a los que ya me he refe- 
rido en la segunda parte de este prólogo), tienen un 
contenido autobiográfico esencial, parten de una ex- 
periencia \ivida por el artista, aunque no en los tér- 
minos literales que usa en sus relatos La angustia 
que difunden naturalmente sus narraciones no sería 
tan verdadera, su lucidez tan trágica, si el propio Qui- 
roga no hubiera sido capaz de vivir — así sea en 
forma parcial o simbólica — las atroces, las patéti- 
cas circunstancias que sus cuentos describen. 

Pero si esta realidad autobiográfica no basta para 
documentar la raíz subjetiva de este arte objetno, 
piénsese cuánto más eficaz (estética, humanamente) es 
la compasión que fluye en forma intolerable, incon- 
tenible, de estas duras narraciones que el blando la- 
mento compasivo de tantos escritores, capaces sólo 
de dar en palabras enfáticas, en descolocada mdigna- 



XXX 



PROLOGO 



ción, su dolor y rebeldía Compárese la descnpción 
objetiva del infierno, de los mensú en el cuento del 
mismo nombre con los excesos retóricos y melodra- 
máticos de Alfredo Várela en El rio oscuro Í1943) 
y se \erá cuál arte es el más hondo y verdadero, cuál 
indignación más eficaz Por su misma excesiva du- 
reza, los cuentos de Quiroga sacuden al lector con 
mayor eficacia y provocan así la deseada, la buscada 
conmoción interior. 

Y si uno observa bien, no es compasión únicamente 
lo que se desprende de sus narraciones más hondas 
Es ternura. Considérese a esta luz los cuentos arriba 
mencionados. En ellos Quiroga se detiene a subrayar, 
con finos toques, aun las más sutiles situaciones El 
padre de "El desierto", en su delirio de moribundo, 
comprende que a su muerte sus hijos se morirán de 
hambre, demasiado pequeños para poder sobrevivir 
en plena selva Entonces dice Quiroga "Y él se que- 
daría allí, asistiendo a aquel horror sin precedentes". 
Nada puede comunicar mejor, con más desgarradora 
precisión, la impotencia del hombre que muere que 
esa anticipación de su cadáver asistiendo a la inevi- 
table destrucción de sus hijos. 

Por otra parte, todo el volumen que se llama Los 
desterrados responde al mismo signo de una ternura 
viril y pudorosa. Los tipos y el ambiente misioneros 
aparecen envueltos en la cálida luz simpática que 
arroja la mirada de Quiroga, su testigo y su cóm- 
plice. Ahí están los personajes de esas historias* Joáo 
Pedro, Tirafogo, Van Houten, Juan Brown, hasta el 
innominado hombre muerto. En la pintura de estos 
ex-hombres, en la presentación de sus extrañas aven- 
turas reales, muchas veces puramente interiores, de 
bus manías o de sus vicios, en la expresión de esas 



XXXI 



PROLOGO 



almas cándidas y únicas, ha puesto el artista su se- 
creto amor a los hombres. 

La ternura alcanza asimismo a los animales. Qui- 
roga supo, como pocos, recrear el alma simple y di- 
recta, la vanidad superficial, la natural fiereza de los 
animales. Y no sólo en los íamosos Cufntos de la 
selva (para niños) o en las más ambiciosas recons- 
trucciones a la manera de Kipling (Anaconda, "El 
regreso de Anaconda", febrero 1°, 1925). sino prin- 
cipalmente en dos de sus cuentos magistrales, * c La 
insolación" y "El alambre de púa'' Ya me he refe- 
rido en la segunda parte de este estudio a esa expe- 
riencia sobrenatural que en el primer cuento permite 
ver a los perros de Mister Jones, a la Muerte cabal- 
gando al encuentro de su amo, convertida en una 
réplica fantasmal del mismo. En los caballos del se- 
gundo cuento la experiencia que lo* sobrepasa es la 
destrucción insensata a que se entrega el toro Ban- 
gui y que habrá de terminar con su propia carne des- 
garrada por las cuchillas del alambre de púa. Tanto 
los perros del primero como los caballos del segundo 
participan en las respectivas experiencias como testi- 
gos apasionados más que como puros espectadores 
Sin una comprensión amorosa de esas naturalezas pri- 
mitivas, Quiroga no podría haber realizado la hazaña 
de estos dos relatos, 

Nu como dios intolerante o hastiado se alza Qui- 
roga sobre sus creaturas (sean hombres o animales), 
sino como un compañero, un cómplice, más lúcido, 
más desengañado Sabe denunciar sus flaqueza* Pero 
sabe, también, aplaudir sutilmente su locura, su ne- 
cesaria rebelión contra la Naturaleza, contra la in- 
justicia de los demás hombres. Esto puede \er»e me- 
jor en sus relatos sobre los explotados obreros de Mi- 



XXXII 



PROLOGO 



siones como los ya citados cuentos u Los mensú" o 
"Los precursores", y también en ese relato más trá- 
gico que se titula "Una bofetada". En ellos no aban- 
dona Quiroga su imparcialidad porque sabe denun- 
ciar a la vez el abuso que se comete con estos hom- 
bres y la misma degradación que ellos consienten* 
La aventura de Cayé y Podeley en el primero de es- 
tos cuentos resulta, por ello mismo, más ejemplar. Ni 
un solo momento la compasión, la fácil y al cabo in- 
nocua denuncia social, inclinan la balanza Quiroga 
no embellece a sus héroes Por eso mismo, puede con- 
cluir la sórdida y angustiosa peripecia con la muerte 
alucinada de uno, con el absurdo reingreso del otro 
al círculo vicioso de explotación, íebeldía y embria- 
guez del que pretendió escapar Por esta lucidez úl- 
tima, el narrador preserva intacta la fuerza de su 
testimonio Ahora que buena parte de la narrativa 
hispanoamericana de denuncia social resulta ilegible 
por su simplificación de los problemas y de los seres 
humanos {reléase Icaza, Alegría, Jorge Amado, si es 
posible I, estos pocos cuentos de Quiroga que encaran 
el tema brillan con luz incesante. 

En algunas cartas íntimas escritas en plena lucha 
antifascista y cuando ya se anunciaban cosas peores, 
Quiroga define con toda precisión su actitud sobre la 
cuestión social. Así escribe a Martínez Estrada í julio 
13, 1936) "Casi todo mí pensar actual al respecto 
proviene de un gran desengaño Yo había entendido 
que yo era aquí muy simpático a los peones por mi 
trabajar a la par de los tales siendo un sahib Ño hay 
tal Lo averigüé un día que estando yo con la azada 
o el pico, me dijo un peón que entraba- u Deje ese 
trabajo para los peones, patrón " Hace pocos días, 
desde una cuadrilla que pasaba a cortar yerba, se 

XXXIII 

3 



PROLOGO 



me gritó, estando yo en las mismas actividades» kC ¿No 
necesita personal, patrón V y Ambas cosas con sorna 
Yo robo, pues, el trabajo a los peones Y no tengo 
derecho a trabajar; ellos son los únicos capacitados 
Son profesionales, usufructuadores exclusivos de un 
dogma". 

En la misma carta, y después de arremeter contra 
la posición comunista que buscaba entonces reuniT en 
un Frente Popular a todas las fuerzas antifascistas, 
concluye Quiroga "Han convertido el trabajo manual 
en casta aristocrática que quiere apoderarse del gran 
negocio del Estado, Pero respetar el trabajo, amarlo 
sobre todo, minga El único trabajador que lo ama, 
es el aficionado. Y éste roba a los otros. Como bien 
ve 3 un solitario y valeroso anarquista no puede escri- 
bir por la cuenta de Stalin y Cía *' Tal era su posi- 
ción final, la de sus últimos años, cuando algunos 
amigos comunistas querían inclinarlo hacia su campo 
y hasta buscaban tentarlo con la idea de un viaje a 
Rusia. Pero ya Quiroga había descubierto la natura- 
leza amenazadora de una doctrina de carácter dogmá- 
tico De aquí que se negara a toda adhesión y con- 
servase, en su vida como en sus cuentos, una posi- 
ción de desafiante individualismo. Por eso, aunque 
no soslaya el problema social del mundo misionero 
que lo rodea, lo presenta en sus términos humanos, 
no en foima doctrinaria. El solitario y valeroso anar- 
quista se planteó el tema de la explotación del hom- 
bre por el hombre en los únicos términos que podía 
aceptar: los del conflicto individual de cada uno con 
su medio, sea natural o social. Esa era su visión y 
allí se radicaba su mayor virtud: la sinceridad. O 
como dejó dicho en uno de sus cuentos, ("Misa Dorothy 
Phillips, mi esposa", febrero 14, 1919) * *\ . ,1a divina 



XXXIV 



PROLOGO 



condición que es primera en las obras de arte, como 
en las cartas de amor: la sinceridad, que es la ver- 
dad de expresión interna y externa". Esa sinceridad 
le hizo mostrar con pasión pero con objetividad el 
mundo de la selva y el mundo de los hombres 

Es claro que también hay crueldad en sus cuentos. 
Incluso hay relatos de esplendorosa crueldad Hay re- 
latos de horror Quizá el más típico sea u La gallina 
degollada" (julio 10. 1909). Este cuento que por su 
difusión ha contribuido a configurar la imagen de un 
Quiroga sádico del sufrimiento, presenta (como es 
bien sabido) la historia de una niña asesinada por 
sus cuatro hermanos idiotas. Del examen atento, sur- 
ge, sin embargo, el recato estilístico en el manejo del 
horror, un auténtico pudor expresivo. Las notas de 
mayor efecto están dadas antes de culminar la trage- 
dia familiar, en el fatal nacimiento sucesivo de los 
idiotas, en su naturaleza cotidiana de bestias, en el 
lento degüello de la gallina que ejecuta la sirvienta 
ante los ojos asombrados y gozosos de los mucha- 
chos. Al culminar la narración, cuando los idiotas se 
apoderan de la niña, bastan algunas alusiones latera- 
les, una imagen, para trasmitir todo el horror "Uno 
de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como 
si fueran plumas . Dos notas de muy distinta na- 
turaleza cierran el cuento que ha dado solo por elip- 
sis el sacrificio de la hermanea, el padre \e el cuadro 
que el narrador no describe, la madre cae emitiendo 
un ronco suspiro. 

A lo largo de la obra de Quiroga se puede adver- 
tir la progresión, verdadero aprendizaje en el manejo 
del horror. Desde las narraciones tan crudas de la 
Revista del Salto (1899) hasta las de su úlümo volu- 
men, Más allá (1935), cabe trazar una línea de per- 



XXXV 



PROLOGO 



fecta ascensión En un primer momento, Quiroga debe 
nombrar las cosas para suscitar el horror, abusa de 
descripciones que imagina escalofriantes y que son, 
por lo genera], emboladoras. Por ejemplo „ en el cuen- 
to que titula desafiantemente, "Para noche de insom- 
nio" (noviembre 6, 1899) esciibe que el muerto "iba 
tendido sobre nuestras piernas, v las últimas luces de 
aquel día amarillento daban de lleno en su rostro 
violado con manchas lívidas. Su cabeza se sacudía de 
un lado para otro A cada golpe en el adoquinado, 
sus párpados se abrían y nos miraba con sus ojos 
vidriosos, duros y empañados Nuestras ropas esta- 
ban empapadas en sangre: y por las manos de los 
que le sostenían el cuello se deslizaba una baba vis- 
cosa v fría que a cada sacudida brotaba de sus 
labios". 

Quiroga aprende luego a sugerir en vez de decir, 
y lo hace con fuertes trazos, como en el pasaje ya ci- 
tado de Ct La gallina degollada", o como en este otro 
alarde de sobriedad que es "El hombre muerto' J en 
que el hecho fatal es apenas indicado por el narrador 
en frase de luminosa reticencia. "Mas al bajar el 
alambre de púa y pasar el cuerpo, el pie izquierdo 
resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del 
poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la 
mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión su- 
mamente lejana de no ver el machete de plano en el 
suelo". 

Ya en plena madurez, Quiroga logra aludir, casi 
imperceptiblemente, en un juego elusivo de sospechas 
) verdades, de alucinación y esperanza frustrada, co- 
mo ocurre en "El hijo", su más perfecta narración de 
horror Un hoiror, por otra parte, secreto y casi siem- 
pre disimulado tras algún rasgo de incontenible fehci- 



XXXVI 



PROLOGO 



dad Tal vez no sea casual, por eso mismo, que en este 
cuento se dé también (contenida pero evidente) la 
ternura Probablemente, Quiroga nunca leyó el pre- 
facio de Henry James a la colección de relatos suyos 
que incluye The Turn of the Screiv (Otra vuelta de 
tuerca) pero de hacerlo, habría estado completamente 
de acuerdo con este consejo del gran narrador norte- 
americano: "Haz sólo suficientemente intensa la vi- 
sión general del mal que posee el lector . , y sus pro- 
pias experiencias, su propia indignación, su propia 
simpatía ( . ) y horror ( , . ) , le proporcionarán de 
modo suficiente todos los detalles Hazlo pensar el 
mal, hazlo pencar en él por sí mismo, y te ahorrarás 
débiles especificaciones*'. Lo que allí predica James 
es lo que aprendió a realizar Quiroga en su madurez. 
Algo parece indiscutible ahora* Quiroga es un maes- 
tro en el manejo del horror y la ternura Pero, ,cómo 
se compadecen ambos en su arte? No hay que des- 
echar la clave que aporta el título — tan significati- 
vo — de uno de sus mejores volúmenes, el más ambi- 
cioso y el que lo reveló a un público muy calificado 
Cuentos Dr amor de locura y de muerte (Qui- 
roga se negó, cuenta Gálvez, a que se pusiera una 
coma entre la palabra amor y el de siguiente. No le 
gustaban las comas en los títulos) En la triple fórmu- 
la de ese libio aparecen encerradas las tres dominan- 
tes de su mundo real, dominantes que, por lo demás, 
se daban muchas vece3 fundidas en un mismo relato 
El amor conduce a la locura y a la muerte en U E1 so- 
litario'' (mavo 30, 1913), la locura se libera con la 
muerte en "El perro rabioso'' (octubre 10, 1910 h A 
toda la zona oscura del alma de este narrador, que 
se alimentó siempre en Poe y en Dostoye\ski, perte- 
nece esta creación de incontenible crueldad. 



XXXVII 



PROLOGO 



Pero el horror y la dureza (hay que insistir) no res- 
pondían a sádica perversión, a indiferencia por el su- 
frimiento ajeno, a mera lujuria verbal, sino al autén- 
tico horror que conoció él mismo en su propia vida 
y que marcó tantos momentos de su existencia: la 
muerte de su padre, en un accidente de caza, cuando 
él tenía apenas unos meses y estaba en brazos de su 
madre; el suicidio brutal de su padrastro al que casi 
le tocó asistir cuando era un adolescente; el involun- 
tario asesinato de uno de sus mejores amigos, Fede- 
rico Ferrando, el único de sus compañeros de bohe- 
mia que también tenía genio poético ; el suicidio lento, 
la interminable agonía de ocha días, de su primera 
mujer, a la que habrá de referirse, desgarrado, en 
Pasado amor. Los cuentos de horror y de crueldad, 
vistos en esta perspectiva biográfica, parecen libera- 
ciones de sus pesadillas del sueño y de la vigilia. De- 
masiado sincero para ocultarse el horror del mundo, 
su crueldad sin sentido, o para buscar en su arte sólo 
una \ía de escape, Quiroga prefirió explorar hasta los 
bordes mismos del delirio, hasta la fría desespera- 
ción, esos abismos interiores. En carta a Martínez 
Estrada (agosto 26, 1936) habría de expresarlo con 
su peculiar estilo abrupto "Le aseguro que cualquier 
contraste, hoy, me es mucho más llevadero, desde 
que puedo descargarme la mitad en Ud. Este es el 
caso que es el del artista de verdad. Verso, prosa: a 
uno y otra van a desembocar el sobrante de nuestra 
tolerancia psíquica. Pues vividas o no, las torturas 
del artista son siempre una Relato fiel o amigo fiel, 
ambas ejercen de pararrayos a estas cargas de alta 
frecuencia que nos desordenan". 

En su madurez logró trascender Quiroga lo que ha- 
bía de más morboso en esta tendencia al horror Esto 



XXXVIII 



PROLOGO 



no significa que haya podido eliminar todos sus ras- 
gos Bajo la forma de cruda alucinación, de locura, 
están presentes hasta el último momento de su apa- 
sionada carrera. Pero su visión profunda le permitió 
algunas hazañas narrativas en que del más puro hu- 
morismo se pasa, casi sm transición, al horror. Tal 
vez sea en "Los destiladores de naranja" donde apa- 
rece más clara la línea que separa uno y otro movi- 
miento del ser Los elementos anecdóticos del cuento 
(que parte de un suceso autobiográfico ya que Qui- 
roga intentó la destilación de naranjas), el acento pues- 
to en las circunstancias cómicas, la feliz pintura de 
algún personaje episódico* no permiten prever el tre- 
mendo — y efectista — - desenlace, cuando el químico 
en su delirio alcohólico confunde a su hija con una 
rata y la ultima No se elude aquí siquiera el grueso 
brochazo melodramático, el cuento se cierra con una 
nota de alucinado honor. "Y ante el cadáver de su 
hija, el doctor Else vio otra vez asomar en la puerta 
los hocicos de las bestias que volvían a un asalto 
fináis 

También en "Un peón" se produce el mismo salto 
del humor juguetón y hasta satírico, al golpe de efec- 
to, cruel y absurdo como la vida misma, con que cul- 
mina la aventura: esas botas vacías y colgadas de un 
árbol en que se fue secando el cadáver del protago- 
nista. Aunque en este cuento sean más delicados que 
en el otro, menos violentos, los contrastes, y toda la 
narración aparezca envuelta en luz más cálida hasta 
su horrible culminación. El rescate por el humor, 
esa mezcla de espanto y risa macabra, es otro signo 
de la objetividad del arte de Quiroga, de su visión 
adulta y descarnada de la vida. 

XXXIX 



PROLOGO 



Y si se pasa de la obra al hombre — como se ha 
hecho ya insensiblemente a lo largo de este prólo- 
go — toda la documentación hasta ahora conocida no 
hace sino apoyar este punto de vista El mismo lo 
señaló en uno de sus cuentos, "Un recuerdo'' (abril 
26, 1929) . "Aunque mucho menos de lo que el lec- 
tor supone, cuenta el escritor su propia vida en la 
obra de sus protagonistas, y es lo cierto que del tono 
general de una sene de libros, de una cierta atmós- 
fera fija o imperante sobre todos los- relatos a pe«ar 
de su diversidad, pueden deducirse modalidades de 
carácter v hábitos de vida que denuncian en e«te o 
aquel personaje la personalidad tenaz del autor 1 ' 

La obra de Quiroga está enraizada en su vida, como 
se ha \isto en la segunda parte de e«te prólogo No 
es casual que la casi totalidad de sus mejores cuen- 
tos procedan de su propia experiencia ícomo autor, 
como testigo, como personaje) o se ambienten en el 
territorio al que entiegó sus mejores años Esta vincu- 
lación tan estrecha, en \ez de acentuar el subjetivismo 
de la obra (aislándola dentro de la experiencia in- 
comunicable del autor), contribuye a asentarla po- 
derosamente en la realidad* es decir, a objetivarla» 
Las mismas antítesis que revela el examen de la obra 
se repiten al examinar la vida y el carácter de este 
narrador. También fue acusado Quiroga de indife- 
rencia y hasta de crueldad, también es posible sos- 
tener que era tierno y era, esencialmente, fiel Una de 
las personas que lo conocieron mejor, Martínez Es- 
trada, ha dicho en su tributo fúnebre "Su ternura, 
acentuada en los últimos tiempos hasta un grado de 
hiperestesia chopiniana, no tenía sin embargo ningún 
matiz de flaqueza o sensiblería de conservatorio'* Y 
en otro texto ha dejado anotado el mismo escritor. 



XL 



PROLOGO 



"La amistad lo retornaba al mundo, adonde regre- 
saba con el candor de un niño abandonado que recibe 
una caricia La ternura humedecía sus bellos ojos an- 
gélicos, celestes y dóciles, y por entre las fibras tex- 
tiles de su barba diabólica, sus labios delicadísimos 
y fmos borbollaban en anécdotas v iecuerdos'\ En 
su admirable libro, El hermano Qüiroga (1957), 
ha desarrollado Martínez Estrada estas imágenes evo- 
cadas a la orilla de la tumba de su amigo 

El mismo Quiroga en su correspondencia insistía 
en la necesidad de cariño En una carta a Martínez 
Estrada (marzo 29, 1936) se confía* "Sabe Ud qué 
importancia tienen para mí su persona y sus cartas. 
Voy quedando tan, tan cortito de afectos e ilusiones, 
que cada una de éstas que me abandona se lleva ver- 
daderos pedazos de vida". Y en otra (de abril 11) 
agrega: "Yo soy bastante fuerte, y el amor a la na- 
turaleza me sostiene mas todavía pero soy también 
muy sentimental y tengo más necesidad de cariño 
— íntimo — que de comida". También escribe a Ju- 
lio E. Payró (junio 2L 1936) "Como el número de 
los amigos se va reduciendo considerablemente con- 
forme se les pasa por la hilera, los contadísimos que 
quedan lo son de verdad Tal Ud , y me precio de 
haberlo admirado cuando Ud. era aún un bambino, 
o casi". En otra carta al hijo de su gran compañero 
Roberto J. Payró, agregará: "No sabe cuánto me en- 
ternece el contar con amigos como Ud Bien visto, a 
la vuelta de los años en dos o tres amigos de su laya 
finca toda la honesta humanidad". Y a Asdrúbal Del- 
gado, su compatriota salteño a quien conoce desde 
muchacho le dirá en setiembre 21: "No dejes de e c - 
cnbirme de vez en cuando, pues si en próspero es- 
tado los pocos amigos a la caída de la vida son m- 



XLI 



PROLOGO 



dispensables. en mal estado de salud forman parte de 
la propia misma vida" (La defectuosísima sintaxis 
de este párrafo contribuye a manifestar mejor la emo- 
ción con que fue escrito y el pudor que tuvo que 
\encer Quiroga para confiarse de este modo ) 

Estos testimonios de sus últimos años, y otros que 
recogen su correspondencia con Enrique Arnorim, no 
desmienten que Quiroga haya tenido su lado sombrío. 
Era hombre de carácter fuerte y apasionado, de sen- 
sibilidad casi enfermiza, capaz de súbitas violencias, 
de injusticias irreparables Era un absoluto Supo 
golpear > herir Pero supo, también, recibir los gol- 
pes que el destino no le escatimó Y aprendió a asi- 
milarlos con dolor Por eso, todo lo que es elemento 
salvaje y cruel en su carácter aparece enriquecido 
por esa horrible experiencia del dolor que lo acom- 
paña desde la niñez. Crueldad y dolor parecen los dos 
elementos más íntimamente fundidos en lo hondo del 
carácter de este hombre trágico. 

La locura no fue en Quiroga sólo un tema literario. 
Durante toda su \ida estuvo acechado por ella. Ya 
desde sus comienzos había sabido reconocer que "la 
razón es cosa tan violenta como la locura y cuesta 
horriblemente perderla". Había descubierto "esa te- 
rrible espada de dos filos que se llama raciocinio", 
como escribe en Los perseguidos, ese relato largo 
en que culmina su obsesión con el tema del doble y 
en que termina por expiar (del todo) el involuntario 
asesinato de Ferrando. Porque Quiroga conocía la lo- 
cura no en el sentido patológico inmediato sino en el 
más sutil y elusivo de la histeria. 

Siempre se creyó un fronterizo, (como califica al 
héroe de "El vampiro", noviembre 11, 1927) Lo 
demuestran dos testimonios tan alejados en el tiempo 



XLII 



PROLOGO 



como estos dos que junto ahora. En una anotación 
de su Diario de viaje a París (abril 7, 1900) señala - 
"Hay días felices ¿Qué he hecho para que hoy por 
tres veces me haya sentido con ganas de escribir, y 
no sólo eso que no es nada» sino que haya escrito ? 
Porque éste es el flaco de los desequilibrados. I o ) No 
desear nada, cosa mortal 2 o ) Desear enormemente, y, 
una vez que se quiere comenzar, sentirse impotente, 
incapaz de nada Esto es terrible" Treinta y seis años 
más tarde (al cabo de su carrera literaria) confir- 
mará a Martínez Estrada: u Bien sé que ambos, entre 
tal \ez millones de seudo semejantes, andamos bailan- 
do sobre una maroma de idéntica trama, aunque te- 
jida y pintada acaso de diferente manera. Somos Ud. 
y yo fronterizos de un estado particular, abismal y 
luminoso, como el infierno. Tal creo". 

Esta convicción nacía del conocimiento de su sen- 
sibilidad. El remedio fue, es siempre^ el dominio ob- 
jetivo de sí mismo. Así como pudo aconsejar al jo- 
ven narrador: u No escribas bajo el imperio de la 
emoción", así pudo enterrar durante años en lo más 
profundo de su ser la memoria de la trágica muerte 
de su primera esposa. Esto no significa matar el re* 
cuerdo del ser querido, sino destruir las imágenes des- 
tructoras, los ídolos. 

Durante toda su vida, a lo largo de toda su ca- 
rrera literaria, exploró Quiroga el amor Sus cuentos, 
sus novelas fracasadas, los testimonios de su corres- 
pondencia y de sus diarios, lo muestran como fue 
un apasionado, de aguda y rápida sensibilidad, un 
poderoso sensual, impaciente, un sentimental. Cuatro 
grandes pasiones registran sus biógrafos pero hubo 
sm duda muchas más. pasiones fugaces, consumidas 
velozmente, pasiones incomunicadas que perduran sin 



XLin 



PROLOGO 



saberse A la obra trasegó el artista esta suma de ero* 
tismo Pero no siempre consiguió recrearla. Logró me- 
morable^, parciales, aciertos. Abundan relatos como 
"Una estación de amor" (enero 13, 1912), de sutiles 
notas, de fuertes intuiciones perversas, con un admi- 
rable retrato de la madre corruptora que se basa en 
un personaje real, también pintado (con otras artes) 
por Juan Manuel de Blanes Pero ni en este cuento 
m en otros alcanzó Quiroga la plenitud sobria de los 
relatos misioneros Estaba demasiado comprometido 
con el amor para lograr esa necesaria perspectiva, ese 
distanciamiento, que exige la creación En sus dos 
novelas, el tema del amor es también central pero es 
curioso que lo mejor en ellas no sea la pasión eró- 
tica misma. En Historia de un amor turbio, son 
los celos;, I a presencia enloquecedora del Otro o la 
Otra, lo que permite al relato alcanzar su más alta 
expresión, en Pasado amor, es la evocación de la 
mujer ya fallecida del protagonista, y no la trivial 
historieta de una pasión contrariada, la que domina 
el libro 

Tampoco fue el horror un procedimiento mecánico 
descubierto en los cuentos de Poe, y perfeccionado 
en la técnica de Maupassant o de Chejov El horror 
estaba instalado en su vida misma Como la cruel- 
dad La había descubierto y sufrido en su propia car- 
ne antes de aplicarla a sus creaturas. Cuando la mujer 
de "En la noche" rema enloquecida, hora tras hora, 
contra las correderas del Paraná para avanzar ape- 
nas algunos centímetros, Quiroga no contempla mi- 
pasible el esfuerzo agotador. Quiroga rema con ella. 
Esa identificación del artista con su material, que 
prepara y fomenta la identificación del lector, es lo 
que permite ese milagro. Pero su arte para realizarse 



XLIV 



PROLOGO 



necesita además esa distancia que le facilita la obje- 
tividad y que, como ha expresado magistralmente 
Martínez Estrada, consiste en la eliminación drástica 
de lo accesorio 

A su propia vida, a la formación de sí mismo, apli- 
có también esa objetividad Para el que examina cui- 
dadosamente su circunstancia biográfica, tal como la 
registra la crónica de sus biógrafos y el testimonio de 
amigos y conocidos, parece indudable que Quiroga 
se bizo a sí mismo. De un ser físicamente débil y 
ensombrecido tempranamente por la histeria, extrajo 
- una figura indestructible, dura por la intimidad con 
el silencio, que es el resultado de ese trabajo máximo 
de la voluntad sobre el carácter cuyo modelo simbó- 
lico habría que buscar en el mundo de Ib sen, en ese 
Brand que inspiró la vida y las doctrinan de Soren 
Kierkegaard En una carta a Martínez Estrada co- 
menta así Quiroga la tragedia (julio 25, 1936): 
" Brand ¿Pero amigo f Es el único libro que he releí- 
do cinco o seis veces. Entre los "tres" o * 4 cuatro" li- 
bros máximos, uno de ellos es Brand Diré más: 
después de Cristo, sacrificado en aras de su ideal no 
se ha hecho nada en ese sentido superior a Brand 
Y oiga Ud. un secreto • \o, con más suerte, debí ha- 
ber nacido así» Lo siento en mi profundo interior No 
hace tres meses torné a releer el poema. Y creo que 
lo he sacado de la bibhoteca cada vez que mi deber 
— o lo que yo creo que lo es — f laqueaba. No se ha 
escrito jamás nada superior al cuarto acto de Brand, 
ni se ha hallado nunca nada más desgarrador en el 
pobre corazón humano para servir de pedestal a un 
ideal También yo tuve la revelación de Inés cuando 
exigida y rendida por el "todo o nada", exclamó* 
"Ahora comprendo lo que siempre ha sido oscuro para 



XLV 



PROLOGO 



mí El que ve el rostro de Jehová debe morir". Sí, 
querido compañero, Y también tengo siempre en la 
memoria una frase de Emerson, correlativa de aque- 
lla 'Nada hay que el hombre no pueda conseguir 
pero tiene que pagarlo' '* Esta pasión de lo absoluto, 
este Todo o Nada del personaje íbseniano, también 
asoma en la vida y carácter del narrador misionero 
y tme de desesperación su demoníaca figura. No es 
extraño por eso mismo que este hombre tan poco 
dado a la cortesía literaria escriba un par de cartas 
desde Misiones a José Enrique Rodó (en 1909 y en 
1911} para agradecerle en la forma más concisa y 
sincera posible el en\ío de MOTIVOS DE PROTEO En 
la lectura y relectura de algunos pasajes de este libro 
habrá encontrado Quiroga esa épica de la voluntad 
a la que él también estaba secretamente entregado 
Aquí está la raíz del hombre salvaje, del hombre 
tiágico Quiroga volvió la espalda al mundo occiden- 
tal reconstruido penosamente por inmigrantes en am- 
bas márgenes del Plata, se encerró en la selva (la pn- 
mitiva matriz americana) y en ai mismo, construyó 
como Robmson* con los restos del naufragio que lle- 
gaban hasta Misiones, su casa y su hogar, descubrió 
su habitat natural y lo creó con &us manos, con su 
sangre y también con sus lágrimas. Consiguió lo que 
quería. Pero tuvo que pagarlo, y a qué precio. En 
el último año de su vida, en los largos días y noches 
que precedieron al suicidio, fue derramando cada \ez 
más copiosa e inconteniblemente el tesoro de ternura 
que había preservado intacto tantos años, sobre los 
seres que acompañaron de lejos su pasión. Nada más 
conmovedor que las cartas a sus amigos, los \ie)os 
compañeros de la infancia y adolescencia salteñaa. co- 
mo Asdrúbal Delgado, o los nuevos amigos más jó- 
venes como Payró, Martínez Estrada, Amonra 



XLVI 



PROLOGO 



Con inusitada franqueza se exponen en ese episto- 
lario parcialmente inédito aún todos los episodios de 
sus últimos meses de vida la arbitraria destitución 
de su cargo de cónsul uruguayo en Misiones, los pe- 
nosos, lentísimos trámites de su jubilación, el divor- 
cio de su hija Eglé, tan parecida en muchos aspectos 
a él, tan desdichada, las desavenencias con su se- 
gunda esposa que casi lo conducen al divorcio, el 
crecimiento implacable de la enfermedad Quiroga no 
acostumbraba comunicar su vida íntima y es nece- 
sario que se sienta bien enfermo y solo para que en- 
tere a sus amigos, por medio de alusiones al princi- 
pio, por la escueta mención de los hechos luego, sus 
molestias en las vías urinarias Y sólo cuando la en- 
fermedad (prostatitis) está muy avanzada se resuelve 
a comunicar detalles. 

Quiroga sabía bastante medicina como para no ha- 
cerse ilusiones respecto a la seriedad de su "maladie 5 * 
(como le gustaba escribir). Pero también deseaba en- 
gañarse y seguir viviendo A través de las cartas puede 
advertirse el complejo balanceo entre la sinceridad na- 
tural, algo cruel, y la sene de excelentes razones que 
él mismo encuentra, o que otros le acercan, para no 
desesperar Nada más patético que esa corresponden- 
cia La letra endiablada, sin rastros del dandismo ni 
de la esmerada caligrafía de la juventud, y hacia el 
final, el pulso vacilante, dificultan enormemente la 
lectura. Los amigo9 se quejan Payró le ruega que 
escriba a máquina Pero esas líneas, esos ganchos, son 
documentos de una agonía. Cuando se leen esas pá- 
ginas, y cuando se advierte que la ternura — tan es- 
condida pero tan cierta que él siempre quiso disimular 
tras una máscara hirsuta — asoma incontenible en 
cada línea, y que este hombre Quiroga se aferra a 



XLVII 



PROLOGO 



sus viejos amigos de la adolescencia o a los más jóve- 
nes y cercanos de ahora, entonces no importa que las 
cartas, en su simplicidad, no parezcan de un literato, 
que en ocasiones la memoria se enturhie o una frase 
quede mal construida. El lector sabe que aquí toca a 
un hombre, como dijo Whitman de sus poemas. 

Golpe tras golpe fueron despojando a Quiroga de 
toda especie adjetiva, como había sabido hacer él con 
su arte De su lápiz de enfermo fluía hacia sus ami- 
gos la verdad , Y el hombre se iba transfigurando has- 
ta alcanzar la definitiva imagen que es la que reve- 
lan estas palabras de Martínez Estrada "Los últimos 
meses de su vida lo iban elevando poco a poco al 
plano de lo sobrenatural. Era nsible su transfigura- 
ción paulatina. Todos sabemos que su marcha a la 
muerte iba recogida por las mismas fuerzas que lo 
llevaban a vrvir Su vida y su muerte marchaban pa- 
ralelamente, en dirección contraria. Seguía andando, 
cuando ya la vida lo había abandonado, y por esos 
días trazó conmigo sus más audaces proyectos de vida 
y de trabajo. Pobreza y tristeza que contemplábamos 
con el respeto que inspira el cumplimiento de un voto 
supremo Llegaba a nuestras casas y hablábamos sin 
pensar en el mal Recordaba su casa tan distante, cons- 
truida y embellecida con sus manos. Y se volvía a su 
cama de hospital, con paso de fantasma. Entraba a 
su soledad y a su pobreza y nos dejaba nuestros vi- 
drios de colores. Así se aniquilaban sus últimas fuer- 
zas y sus últimos sueños". 

IV Una lección 

Además de la lección de objetividad, que se des- 
prende del examen de su vida y de su obra, hay otra 



XLVIII 



PROLOGO 



lección que arroja este sumario repaso de su carrera. 
Es más específica y se refiere precisamente a su arte 
de narrador. Después de un intento erróneo* que lo 
llevó al cultivo del verso para el que tenía pocas con- 
diciones, Quiroga encauza su esfuerzo en el terreno 
de la narrativa» Su ambición le hizo buscar las for- 
mas mayores y así, por dos veces, intentó la novela 
y una vez el cuento escénico, Las sacrificadas (1920), 
que se basa en la misma situación autobiográfica que 
inspira "Una estación de amor". En las tres oportu- 
nidades, y por distintos motivos, Quiroga erró El 
ámbito de su arte era el cuento corto. Reflexionando 
sobre las formas de la narración sostuvo en distintas 
oportunidades {''Decálogo del perfecto cuentista 5 ', ya 
citado. "La retórica del cuento", diciembre 21, 1928; 
"Ante el tribunal", setiembre 11, 1931) la diferencia 
básica entre cuento y novela. Esa diferencia le pare- 
cía radicar en la "fuerte tensión en el cuento" y "la 
vasta amplitud en la novela" De ahí que afirmase 
"Por esto los narradores cuya corriente emocional ad- 
quiría gran tensión, cerraban su circuito en el cuen- 
to, mientras los narradores en quienes predominaba 
la cantidad, buscaban en la novela la amplitud sufi- 
ciente". 

En otros textos insiste en los caracteres esenciales 
del cuento corto, el que mejor practicó "El cuento li- 
terario ( ) consta de los mismos elementos sucin- 
tos del cuento oral, y es como éste el relato de una 
histona bastante interesante y suficientemente breve 
para que absorba toda nuestra atención Pero no es 
indispensable ( . . ) que el tema a contar constituya 
una historia con principio, medio y fui. Una escena 
trunca, un incidente, una simple situación sentimen- 
tal, moral o espiritual, poseen elementos de sobra para 

XLIX 

4 



PROLOGO 



realizar con ellos un cuento." También indica en sus 
trabajos teóricos. "En la extensión sin límites del 
tema y del procedimiento en el cuento, dos calidades 
se han exigido siempre: en el autor el poder de tras- 
mitir vivamente y sin demora sus impresiones, y en 
la obra, la soltura, la energía y la brevedad del re- 
lato que la definan''. Quiroga supo asimismo codifi- 
car los puntos más importantes de su estética, acon- 
sejando al novel cuentista. "No empieces a escribir 
sin saber desde la primera palabra a dónde vas. En 
un cuento bien logrado las tres primeras lineas tie- 
nen casi la misma importancia que las tres últimas". 
En otra oportunidad habría de escribir. "Luché por- 
que el cuento ( , . . ) tuviera una sola línea, trazada 
por una mano sin temblor desde el principio al fin". 
También aconseja al joven narrador. "Toma a los 
personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el 
{mal, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. 
No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o 
no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento 
es una novela depurada de ripios. Ten esto por una 
verdad absoluta aunque no lo sea". El agregado de- 
muestra hasta qué punto sabía Quiroga que ésta úl- 
tima afirmación era falsa; pero como estaba escri- 
biendo para el cuentista, y no para el futuro nove- 
lista, prefiere subrayar la condición sintética del cuen- 
to, aún a nesgo de exagerar, y sabiendo que exa- 
geraba. 

De esta lección retórica se desprende inmediata- 
mente otra, sobre el estilo. En Quiroga se ajustó a 
las exigencias primordiales de brevedad y concentra- 
ción que le había predicado Luis Pardo, el español 
que estaba a cargo de la redacción de Caras y Care- 
tas, y que no le dejaba más de una página de la re- 



PROLOGO 



vista, con ilustración y todo, para desarrollar su his- 
toria. Es cierto que más tarde, hasta Caras y Caretas 
se enorgulleció de conceder más espacio a Quiroga. 
Aún así, el cuentista había aprendido bien la lección 
y muchas veces no necesitó mayor espacio para re- 
dondear completamente su historia. En su Decálogo 
lo dice magrstralmente. "Si quieres expresar con exac- 
titud esta circunstancia «desde el río soplaba un 
viento frío», no hay en lengua humana más palabras 
que las apuntadas para expresarlas". En el mismo 
texto agrega <£ No adjetives sin necesidad Inútil será 
cuantas colas adhieras a un sustantivo débil Si ha- 
llas el que es preciso, él solo, tendrá un color incom- 
parable. Pero hay que hallarlo". 

Hace algunos años se abrió un debate en el Río 
de la Plata sobre la supuesta incorrección del estilo 
de Quiroga. En el prólogo de sus CUENTOS ESCOGIDOS 
(Madrid, Aguilar, 1950 \ llegó a decir Guillermo de 
Torre; "Escribía, por momentos, una prosa que a 
fuerza de concisión resultaba confusa; a fuerza de 
desaliño, torpe y viciada En rigor no sentía la ma- 
teria idiomática, no tenía el menor escrúpulo de pu- 
reza verbal". Como esta frase suscitó algún resque- 
mor y alguna réplica, el crítico español aclaró más 
tarde* "Recuerdo que hace bastantes años, a raíz de 
mi pnmer viaje a Buenos Aires, encontré en una ter- 
tulia de La Nación a Quiroga Tras las presentacio- 
nes de rigor, hube de decirle, con tanta cortesía como 
sinceridad, cuánto me habían impresionado ciertos 
cuentos suyos que había tenido ocasión de leer en 
España, reunidos en un tomo que allí se editó bajo 
el título de La gallina degollada: Horacio Quiroga 
vmo a responderme más o menos» «Muy amable de 
su parte, pero no creo que mis cuentos puedan inte- 



LI 



PROLOGO 



resar mucho a los lectores españoles, seguramente los 
encontraran mal escritos, porque a mí no me interesa 
el idioma»". 

Estas palabras que invoca de Torre, y que sustan- 
cialmente deben ser exactas, apuntan no a un des- 
precio de la materia ídiomática, como creyó el crítico 
español, smo a un concepto distinto del idioma. Es 
posible entenderlo como una materia legislada y co- 
dificable, el idioma de los gramáticos y de los filólo- 
gos que tanto seduce a los escritores y lectores espa- 
ñoles por aquella época (Gabriel Miró pasa entonces 
por ser gran novelista), pero también e3 posible en- 
tenderlo como medio de expresión personal. En el 
primer sentido (el idioma) es seguro que no intere- 
saba a Quiroga y de ahí que pensara que los lectores 
españoles, tan sugestionados por la pureza, por lo cas- 
tizo, por la gramática, serían insensibles a sus cuen- 
tos Pero como medio expresivo (como habla, para 
emplear la distinción ya clásica de la estilística que 
de Torre parece no sospechar) el idioma no podía no 
interesar a Quiroga porque era la sustancia misma 
de su arte. Toda su obra, toda su teoría y su práctica 
del cuento, están ahí para demostrar cuánto le intere- 
saba Por otra parte (y como ha demostrado José Pe- 
reira Rodríguez con la comparación de sucesivas ver- 
siones del mismo cuento) este mismo Quiroga que 
no se interesaba por el idioma era infatigable en la 
tarea de revisar y corregir el habla de sus cuentos. 

Merece asimismo repasarse su opinión sobre el re- 
gionalismo en el arte, otro punto muy debatido de 
la narrativa hispanoamericana y que en sus excesos 
ha estropeado obras tan interesantes como Hombres 
de maíz (1949), de Miguel Angel Asturias. Ya se 
sabe que hasta cierto punto toda la obra de Quiroga 



LH 



PROLOGO 



fue región al jsta. Pero lo fue en esencia, no en acci- 
dente. El aportó al regionalismo una perspectiva uni- 
versal No buscó el color local sino el ambiente inte- 
rior, no buscó la circunstancia anecdótica sino el 
hombre. Unas frases de su artículo sobre la traduc- 
ción castellana de El OMBiJ, de William Henry Hud- 
son, abordan con lucidez el problema Está publicado 
en La Nación ( julio 28, 1929) y se refiere allí a la 
jerga* de la que tanto abusan los regionalistas hasta 
el punto de que sus obras resultan ilegibles Quiroga 
afirma "Cuando un escritor de ambiente recurre a 
ella, nace de inmediato la sospecha de que trata de 
disimular la pobreza del verdadero sentimiento re- 
gional de dichos relatos, porque la dominante psico- 
logía de un tipo la da su modo de proceder o de 
pensar, pero no la lengua que usa. (. ,) La jerga 
sostenida desde el principio al fin de un relato, lo 
desvanece en su pesada monotonía No todo en tales 
lenguas es característico. Antes bien, en la expresión 
de cuatro o cinco giros locales y específicos, en al- 
guna torsión de la sintaxis, en una forma verbal pe- 
regrina, es donde el escritor de buen gusto encuentra 
color suficiente para matizar con ellos, cuando con- 
venga v a tiempo, la lengua normal en que todo puede 
expresarse". En la práctica, sólo un cuento suyo ("Los 
precursores") está totalmente escrito en jerga, pero la 
excepción se jusüfica aquí porque se trata del monó- 
logo de un mensú Aún así, Quiroga no entierra el 
relato bajo el dialecto mensualero y se las ingenia 
para dar por algunos giros sintácticos, por alguna pa- 
labra local, el ambiente lingüístico de su personaje, 
sin necesidad de escribirlo todo entre comillas o de 
acudir a penosas notas explicativas. 



LUI 



PROLOGO 



Con la misma libertad se plantó frente al color lo- 
cal En sus relatos misioneros las ruinas jesuíticas de 
Misiones casi no aparecen y cuando lo hacen (como 
en "Una bofetada") es porque las necesidades de la 
acción justifican su empleo» Lo mismo cabría decir 
de las cataratas del Iguazú, que visitó ya en su pri- 
mer viaje a Misiones y de las que ha dejado una bri- 
llante e inesperada descripción de un descenso junto 
a Lugones en un artículo muy posterior, £fc El senti- 
miento de la catarata" (setiembre 9, 1929, pero que 
no aparecen en sus cuentos misioneros. El color local 
por el color local no interesaba a Quiroga. Ya había 
recomendado al joven cuentista que no se distrajera 
describiendo lo que sus personajes no veían Los des- 
terrados que Quiroga recoge en sus relatos no esta- 
ban de turistas en Misiones. 

Otra lección, directamente vinculada a ésta porque 
también proviene de la misma actitud esencialmente 
universal de su arte- Quiroga creó su obra dentro de 
la gran tradición narrativa de occidente Sus maes- 
tros fueron (él lo ha reconocido) Poe. Maupassant, 
Do&toyevski, Chejov, Kipling, Conrad, Wells. No te- 
mió las influencias extranjeras — ningún escritor fuer- 
te las teme — ni se distrajo en averiguar la patria 
de su* modelos Tomó de ellos lo que importa a su 
aite la visión estética y humana profunda, el oficio 
y las motivaciones A esa poderosa literatura ajena 
sumó un territorio nuevo, transcribiéndolo no en sus 
minucias turísticas sino expresándolo en el alma de 
sus hombres y en la salvaje violencia de su naturaleza 
tropical De ahí que se dé la paradoja de que este 
artista, tan enraizado en la matriz americana, cons- 
tituya a la vez uno de los vínculos más poderosos con 
la gran tradición narrativa universal. 



LIV 



PROLOGO 



Quiroga supo atravesar la experiencia modernista 
viviéndola en su plenitud y en su extravagancia, supo 
abandonarla luego para crear un arte que le permi- 
tiera superar el estilo y las maneras de su juventud. 
Pudo hacerlo en treinta y cinco años de lucha apa- 
sionada porque asimiló las enseñanzas estéticas en 
forma profunda y porque también profundamente supo 
vivir su vida y moldear su carácter Logró vivir y 
realizarse como hombre y como creador No es ex- 
traño, pues, que su obra parezca hoy la más \iva de 
eu generación, la que mejor logró equilibrar las esen- 
cias nacionales con la visión profundamente univer- 
sal La más ejemplar y de más perdurable huella» 

Y Esta antología 

La abundancia y dispersión de la obra de Quiroga 
ha conspirado contra la adecuada difusión de su 
nombre. Las ediciones originales que repite la Biblio- 
teca Contemporánea de Losada, Buenos Aires, reco- 
gen muchas veces cuentos en un desorden que gus- 
taba a Quiroga pero que han perjudicado su valo- 
1 ación. Salvo Cuentos de amor de locura y de 
muerte (1917) y Los desterrados (1926). esas co- 
lecciones suelen ser muy irregulares y mezclan rela- 
tos de primer orden con otros francamente inferiores. 
De ahí la necesidad de organizar antologías de su 
obra. Uno de los primeros intentos es obra del pro- 
fesor norteamericano John E. Crow y se titula Sus 
mejores cufntos (México, Ediciones Cultura, 1943). 
Tiene el mérito de estar adecuadamente ordenada y 
recoger algunos relatos excelentes. Un segundo in- 
tento realizado por Agudar de Madrid en 1950 (al 
que ya me he referido en el capítulo anterior de este 

LV 



PROLOGO 



prólogo), logra una admirable selección. Pero toda- 
vía parece haber lugar para una antología más am- 
plia La que ahora ae ofrece al lector busca mostrar 
la evolución literaria de Quiroga por medio de la 
selección y ordenación de sus cuentos de acuerdo a 
un método distinto al empleado en antologías ante- 
riores. Me he basado en el orden de publicación de 
los cuentos en periódicos, más cercano del orden de 
composición, y no en el orden de recolección en li- 
bros Porque es sabido que Quiroga no respetaba la 
cronología y muchas veces incluyó en volúmenes úl- 
timos cuentos de épocas ya superadas. Para certificar 
la cronología de primeras publicaciones he aprove- 
chado, además de mis propios trabajos (que el lector 
curioso encontrará en el libro Las raices de Hora- 
cio Quiroga, Montevideo, Asir, 1961, o en un ar- 
tículo de la Nitev® Revista de Filología Hispánica, de 
México "Horacio Quiroga en el Uruguay Una con- 
tribución bibliográfica", julio - diciembre 1957) en 
dos investigaciones fundamentales* u Hacia la crono- 
logía de Horacio Quiroga", de Emma Susana Sperati 
Pinero (también en la NRFH, México, octubre - di- 
ciembre 1955) y "Provecto para Obras Completas de 
Horacio Quiroga", de Anme Boule - Chnstauflour (en 
el Bidletin Hi$panique m Bordeaux, enero - jumo 1965), 
que amplía y perfecciona los estudios bibliográficos 
anteriores La documentación biográfica y crítica, que 
arranca de la biografía de Delgado y Brignole, ha 
sido considerablemente aumentada por estudios rea- 
lizados en el Uruguay por José Enrique Etcheverry, 
Mercedes Ramírez de Rossiello y por el que suscribe. 
El resultado último de estos trabajos se puede ver, por 
ahora, en mi libro Genio y figura de Horacio 
Quiroga, que tiene en prensa la Editorial Umversi- 



LVI 



PROLOGO 



tarta de Buenos Aires. Ha renovado la interpreta- 
ción del narrador un estudio de Noé Jitrik, HORACIO 
Quiroga Una obra de experiencia y riesgo (Bue- 
nos Aires, Ediciones Cultura Argentina, 1959) que con- 
tiene una excelente cronología y una bibliografía, rea- 
lizadas respectivamente por Oscar Masotta y Jorge 
Lafforgue, y por Horacio Jorge Becco El conjunto 
de estos trabajos e investigaciones, así como la cons- 
tante reedición de su obra, certifican la vigencia del 
narrador y constituyen la mejor prueba de su arte. 

Emir Rodríguez Monegal 



LVTI 



P R O Tj O G O 



ADVERTENCIA 

Qunoga publicó en vida catorce vulumenes que recogen 
sólo una parte de su vasta y dispersa prodi.cciun Ebos ca- 
torce volúmenes son 

<A) Los arreciles de coral (Montevideo, 1901) Poemas y 
prosas 

(B) El crirren del otro (Buenos Aires, 1904) Cuentos 

(C) Historia de un amor turbio, con Los perseguidos 
(Bueno* Aires, 1908) Novela y cuento largo, res pee 
tivamente 

(Ü\ Cuentos de amor de locura y de muerte {Buenos Ai 
res, 1917) 

(E) Cuentos de la selva (para niños) (Bueno^ Aires, 1918) 

(F) El whaje (Buenos Aires, 1940) Cuento* 

\G) Las sacrificadas í Buenos Aires, 1920) Teatro 

(II) Anaconda (Buenos Aires, 1921) Cuentos 

lll El desierto \ Buenos Aire*, 1924) Cuentos 

(T^ La gallina degollada > otros cuentos (Madrid, 1925) 

ÍK) Los desterrados (Buenos Aires, 1926) Cuentos 

lD Pagado amor (Buenos Aire*, 1929) Novela 

(M> Suelo natal (Buenos Aires, 1931) Libro de lecturas 

infantiles, escrito en colaboración con Leonardo Glu*- 

berg 

ÍN) Mas allá ( Monte\ ideo / Buenos Aires, 1935) 

Casi todos estos libros han sido reeditados vanas ve- 
ees, m Montevideo v en Buenos Aires La colección 
más completa actualmente es la de la Biblioteca Con- 
temporánea de la Editorial Losada^ de Buenos Aires 
Después de su muerte se recogieron mochos cuentns 
y paginas dispersas en una «ene de volúmenes pu 
bhcadns por Claudio García & Cía, en Montevideo, 
con el título general de Cuentos aunque a veces se 
ordenan bajo otros títulos La sene abarca desde 1937 
a 1945, fecha del volumen XIII Aunque recoge mu- 
cho material no incluido en volumen dncljso algu- 
nos folletines que Quiroga publicó con seudónimo), la 
sprie es heterngénea y muy incompleta Contribuye a 
cantizar más la bibliografía Hav dos títulos postumos 
que ha publicado en sus dos épocas el Institufo Na- 
cional de Inv estigar iones y Archivos Literarios, de 
Montevideo, y que recogen textos inéditos Son 



LVIII 



PROLOGO 



(0) Diario de Viaje a París (1949) Con introducción y 
notas de Emir Rodríguez Monega] 

(P) Caria inéditas I í 1959, con prologo y notas de Ar 
turo Sergio Visca) y II (1959, con prologo de Mer- 
cedes Ramírez de Rossaello, ordenación y notas de 
Roberto Ibañez) A continuación se indica la pubh 
cacion primera de los cuentos y artícidos selecciona 
dos en este volumen La letra mayúscula entre pa 
rentéis al final de cada texto señala el volumen en 
que fue incluido p..r primera \ez, de acuerdo con la 
clarificación arriba indicada Los textos que no fue 
ron recogidos nunca en volumen por Quiroga lle\an 
una señal (*) 

1 'Para nocl'e de insomnio" (noviembre 6, 1899) (*) 

2 'El crimen del otro" (1904) (B> 

3 "Los perseguido*" f 1905) (C) 

4 'El almohadón de pluma" (julio 13, 1907) íD) 

5 "La inmolación 1 ' < marzo 7, 19081 (D) 

6 "El monte negro" (rumo 6, 1908) (H) 

7 "Los cazadores ne ratas" (octubre 24, 1908) (F) 

8 "La gallina degollada'* < julio 10, 1909) ÍD) 

9 "El perro rabí.. so" (octubre 10, 1910) (D) 
10 "La miel silvestre" (enero 31, 1911) (D) 

11- "Una estación de amor" (enero 13, 1912) ÍD) 

12 'A la deriva" (jumo 7, 1912) (D) 

13 "El alambre de púa" (agosto 23, 1912) 

14 "Los inmigrantes" (diciembre 6 1912) ÍF) 

15 * Nuestro primer cigarro* (enero 24, 1913 > <D) 

16 * Los pescadores de vigas" (mayo 2, 1913) (D) 

17 'El solitario" írrayo 30, 1913) ÍD) 

18 "Yagual" (diciembre 26, 1913) ÍD) 

19 "Los mensu" íabnl 3 1914) (D) 

20 "Una bofetada" (enero 28, 1916) (F) 

21 "La gama ciega" (jumo 9», 1916) ÍE) 

22 4 Un peón" (enero 14, 1918) (I) 

23 "Miss Dnrothv Plulhps, mi esposa" (febrero 14, 1919 1 (H) 

24 "En la noche" í diciembre 27, 1919) (H) 

25 "Van-Houten" (diciembre 1919) ÍK) 

26 'Juan Darién" (abril 25, 1920) (I) 

27 "El hombre muerto" (junio 27, 1920) (K) 

28 "Tacuara ~ Mansión" {agosto 27, 1920) ÍK) 



LIX 



PROLOGO 



29 "La cámara oscura" (diciembre 3, 1920) (K) 

30 "Anaconda" (1921) (H) 

31 'El techo de incienso" (febrero 5, 1922) (K) 

32 "El d^ierto 1 (enero 4 1923 > (I) 

33 "Los destiladores de naranja" (noviembre 15» 1923) (K) 

34 "El yacryatere" (enero 10, 1925) (H) 

35 "El regreso de Anaconda" (febrero 19, 1925) (K) 

36 "Decálogo del perfecto cuentista" (julio 1927) (*) 

37 "El vampiro" (nouembre 11, 1927) ÍN) 

38 "El hijo" (enero 15, 1928) (Nj 

39 "La retórica del cuento" (diciembre 21, 1928) (*) 

40 "Los precursores" (abril 14, 1929) (*) 

41 "Sobre «El Ombú* de Hudson" f julio 28, 1929) (*) 

42 "El sentimiento de la catarata" (setiembre 9, 1929) (*) 

43 "Ante el tribunal" (setiembre 11, 1931) (*) 

44 "Una serpiente de cascabel" (noviembre 27, 1931) (*) 

45 "Las moscas" (julio 7, 1933) ÍN) 



E R M 



LX 



HORACIO QUIROGA 



Nació en la ciudad de Salto el 31 de diciembre de 187B, 
hijo de Prudencio Quiroga y de Pastora Forteza Cursa estu- 
dios primarios en la escuela Hiram y secundarios en el Insti- 
tuto Politécnico de Salto, en la Universidad de Montevideo 
y en el Colegio Nacional de la misma ciudad 

Vuelve a Salto, colabora en "La Reforma", "La Revista 
Social" y "Gil Blás * Funda y dirige en 1899 "La Revista 
de Salto" En 1900 \iaja a París A su regreso a Montevideo 
funda "El Consistorio del Gay Saber" v ubtiene el segundo 
premio en el Concurso promovido por el semanario "La Albo- 
rada*', con el cuento Sin razón pero ransado Publica Los 
arrecifes de coral íMont, "El Siglo Ilustrado", 1901) En 
1902 accidentalmente mata a su amigo Federico Ferrando Se 
ausenta a Buenos Aires donde se dedica a la enseñanza Acom- 
paña a L Lugones a San Ignacio (Misiones) en 1903 Escribe 
El crimen del otro (B A, E bpinelli, 1904) Va al Chaco a 
cultivar algodón, negocio que fracasa y regresa a Buenos 
Aires Colabora en "Caras y Caretas", reingresa en el magis- 
terio, compra tierras en San Ignacio v da a conocer Historia 
de un amor turbio v Los perseguidos <B A, Moen, 1908) 
Se casa con Ana María Ores en 1909 £s designado Juez de 
Paz y Oficial del Registro Civil en San Ignacio Se dedica a 
diversas industrias colaborando además en vanas revistas En 
1915 pierde a su esposa Regresa a Buenos Aires v publica 
Cuentos de amor de locura y de muerte (B A , Mercatali, 
1917 al tiempo que es nombrado Secretario contador del 
consulado uruguayo Da a las prensas Cuentos de la selva 
(B A, Mercatah, 1918), El salvaje (B A, Mercatah, 1920) y 
Las sacrificadas (,B A, Agencia General de Librería y Pu- 
blicaciones, 1920) Edita Anaconda (,B A, Mercatah, 1921) 
Es designado Secretario de la Misión uruguava al Brasil en 
1922 Da a publicidad El desierto {B A, Babel, 1924) y 
Los desterrados (B A , Babel, 1926) Se vuelve a casar con 
María Elena Bravo, colabora en "El Hogar * y otras revistas 
y aparece Pasado amor (B A , Babel, 1929) Consigue en 
1931 su traslado a San Ignacio, pero el 15 de abril de 1934 
se le declara cesante Vive amargos momentos económicos, 
publica Más alia (Mont -B A, Porter, 1935) e inicia sus 
trámites jubila torios El Ministerio de Relaciones Exteriores 
le nombra Cónsul Honorario en San Ignacio Sintiéndole en- 
fermo viaja a Buenos Aires, se interna en el Hospital de 
Clínicas y habiéndose convencido de que su mal eg. incurable, 
se suicida en 19 de febrero de 1938 



LXI 



CRITERIO DE LA EDICION 



Todos los textos que integran la presente Selección de cuen- 
tos provienen de las respectiva* fuentes originales, con las 
siguiente* excepciones "La gama cp*ga'\ tomado de Cuentos 
de la selva, Buenos Aires, Losada S A , 19^4 "El decálogo del 
perfecto cuentista", de Cuentos escogidos de Horacio Qujroga, 
Madrid, Aguilar, 1950, y 4 ¿>obre "El onibú" de Hudson" 
que con "El sentimiento de la catarata" °e han reproducido 
de la lección que de ellos da IdUio y otros cuentos, Montevi- 
deo, Claudio García > Cía t 1945 

En todob los casos se ha seguido fielmente el texto, no intro- 
duciendo en él otra modificación que el régimen de acentos, 
qu<* actualmente acepta la Academia Española 



LXII 



SELECCION DE CUENTOS 



PARA NOCHE DE INSOMNIO 



Ningún hombre, lo repito, ha narrado con más ma- 
gia las excepciones de la vida humana y de la natura- 
leza, los ardores de la curiosidad de la convalescencia, 
los fines de estación cargados de esplendores enervan- 
tes, los tiempos cálidos, húmedos y brumosos, en que 
el viento del sud debilita y distiende los nervios como 
las cuerdas de un instrumento, en que los ojos se lle- 
nan de lágrimas que no vienen del corazón. — la 
alucinación, dejando al principio bien pronto cono- 
cida y razonadora como un libro, — el absurdo ins- 
talándose en la inteligencia y gobernándola con una 
espantable lógica, la historia usurpando el sitio de 
la voluntad, la contradicción establecida entre los ner- 
vios y el espíritu, y el hombre desacordado hasta el 
punto de expresar el dolor por la risa 



Baudelmre (Vida y obras de Edgar Poe) 

A todos nos había sorprendido la fatal noticia: y 
quedamos aterrados cuando un criado nos trajo — co- 
lando — detalles de su muerte. Aunque hacía mucho 
tiempo que notábamos en nuestro amigo señales de 
desequilibrio, no pensamos que nunca pudiera llegar 
a ese extremo. Había llevado a cabo el suicidio más 
espantoso sin dejarnos un recuerdo para sus amigos. 

[3] 

5 



HORACIO QUIROGA 



Y cuando le tuvimos en nuestra presencia, volvimos 
el rostro, presos de una compasión horrorizada. 

Aquella tarde húmeda y nublada, hacía que nues- 
tra impresión íuera más fuerte. El cielo estaba lívido, 
y una neblica fosca cruzaba el horizonte 

Condujimos el cadáver en un carruaje, apelotonados 
por un horror creciente La noche venía encima, y 
por la portezuela mal cerrada caía un río de sangre 
que marcaba en rojo nuestra marcha 

Iba tendido sobre nuestras piernas, y las últimas 
luces de aquel día amarillento daban de pleno en su 
rostro violado con manchas lívidas Su cabeza se sa- 
cudía de un lado para otro A cada golpe en el ado- 
quinado, sus párpados se abrían y nos miraba con 
sus ojos vidriosos, duros y empañados. 

Nuestras ropas estaban empapadas en sangre, y por 
las manos de los que le sostenían el cuello, se desli- 
zaba una baba viscosa y fría que a cada sacudida 
brotaba de sus labios. 

No sé debido a qué causa, pero creo que nunca 
en mi vida he sentido igual impresión. Al solo con- 
tacto de sus miembros rígidos, sentía un escalofrío en 
todo el cuerpo. Extrañas ideas de superstición llena- 
ban mi cabeza Mis ojos adquirían una fijeza hipnó- 
tica mirándolo, y en el horror de toda mi imagina- 
ción, me parecía verle abrir la boca en una mueca 
espantosa, clavarme la mirada y abalanzarse sobre mí, 
llenándome de sangre fría y coagulada. 

Mis cabellos se erizaban, y no pude menos de r dar 
un grito de angustia, convulsivo y delirante, y echar- 
me para atrás. 

En aquel momento el muerto se escapaba de nues- 
tras rodillas y caía al fondo del carruaje cuando era 
completamente de noche, en 1& oscuridad, nos apre- 



[4J 



SELECCION DE CUENTOS 



tamos las manos, temblando de arriba a abajo, sin 
atrevernos a mirarnos. 

Todas las viejas ideas de niño, creencias absurdas, 
se encarnaron en nosotros Levantamos las piernas a 
los asientos, inconscientemente, llenos de horror mien- 
tras en el fondo del carruaje, el muerto se sacudía de 
un lado a otro. 

Poco a poco nuestras piernas comenzaron a enfriar- 
se. Era un hielo que subía desde el fondo, que avan- 
zaba por el cuerpo, como si la muerte fuese conta- 
giándose en nosotros No nos atrevíamos a movernos 
De cuando en cuando nos inclinábamos hacia el fon- 
do, y nos quedábamos mirando por largo rato en la 
oscuridad, con los ojos espantosamente abiertos, cre- 
yendo ver al muerto que se enderezaba con una mue- 
ca de delirio, riendo, mirándonos, poniendo la muerte 
en cada uno, riéndose, acercaba su cara a las nues- 
tras, en la noche veíamos brillar sus ojos, y se reía, 
y quedábamos helados, muertos, muertos, en aquel 
carruaje que nos conducía por las calles mojadas . 

Nos encontramos de nuevo en la sala, todos reuni- 
dos, sentados en hilera Habían colocado el cajón en 
medio de la sala y no habían cambiado la ropa del 
muerto por estar ya muy rígidos sus miembros Te- 
nía la cabeza ligeramente inclinada con la boca y 
nariz tapadas con algodón 

Al verle de nuevo, un temblor nos sacudió todo el 
cuerpo y nos miramos a hurtadillas. La sala estaba 
llena de gente que cruzaba a cada momento, y esto 
nos distraía algo. De cuando en cuando, solamente, 
observábamos al muerto, hinchado y verdoso, que es- 
taba tendido en el cajón. 

Al cabo de media hora, sentí que me tocaban y me 
-di vuelta. Mis amigos estaban lívidos. Desde el lugar 



15] 



HORACIO QU1ROGA 



en que nos encontrábamos, el muerto nos miraba. Sus 
ojos parecían agrandados, opacos, terriblemente fi- 
jos La fatalidad nos llevaba bajo sus miradas, sin 
darnos cuenta, como unidos a la muerte, al muerto 
que no quería dejarnos Log cuatro nos quedamos 
amarillos, inmóviles ante la cara que a tres pasos es- 
taba dirigida a nosotros, siempre a nosotros 1 

Dieron las cuatro de la mañana y quedamos com- 
pletamente solos. Instantáneamente el miedo volvió a 
apoderarse de nosotros. 

Primero un estupor tembloroso, luego una desespe- 
ración desolada y profunda, y por fin una cobardía 
inconcebible a nuestras edades, un presentimiento pre- 
ciso de algo espantoso que iba a pasar. 

Afuera, la calle estaba llena de brumas, y el ladri- 
do de los perros se prolongaba en un aullido lúgubre. 
Los que han \elado a una persona y de repente se 
han dado cuenta de que están solos con el cadáver, 
excitados, como estábamos nosotros, y han oído de 
pronto llorar a un perro, han oído gritar a una le- 
chuza en la madrugada de una noche de muerte, so- 
los con él, comprenderán la impresión nuestra, ya su- 
gestionados por el miedo, y con terribles dudas a ve- 
ces sobre la horrible muerte del amigo 

Quedamos solos, como he dicho; y al poco rato, un 
ruido sordo, como de un barboteo apresurado reco- 
rrió la sala. Salía del cajón donde estaba el muerto, 
allí, a tres pasos, le veíamos bien, levantando el busto 
con los algodones esponjados, horriblemente lívido, 
mirándonos fijamente y se enderezaba poco a poco, 
apoyándose en los bordes de la caja, mientras se 
erizaban nuestros cabellos, nuestras frentes se cubrían 
de sudor, mientras que el barboteo era cada vez más 
ruidoso, y sonó una risa extraña, extra humana, como 



[6] 



SELECCION DE CUENTOS. 



vomitada, estomacal y epiléptica, y nos levantamos 
desesperados, y echamos a correr* despavoridos, lo- 
cos de terror, perseguidos de cerca por las risas y los 
pasos de aquella espantosa resurrección. 

Cuando llegué a casa, abrí el cuarto, y descorrí las 
sábanas, siempre huyendo, vi al muerto, tendido en 
la cama, amarilleando por la luz de la madrugada, 
muerto con mis tres amigos que estaban helados, to- 
dos tendidos en la cama, helados y muertos . . 



[7] 



EL CRIMEN DEL OTRO 



Las aventuras que voy a contar datan de cinco años 
atrás Yo salía entonces de la adolescencia Sin ser 
lo que se llama un nervioso, poseía en el más alto 
grado la facultad de gesticular, arrastrándome a ve- 
ces a extremos de tal modo absurdos que llegué a ins- 
pirar mientras hablaba, verdaderos sobresaltos Este 
desequilibrio entre mis ideas — las mas naturales po- 
sibles — y mis gestos — los más alocados posibles, — 
divertían a mis amigos, pero sólo a aquellos que esta- 
ban en el secreto de esas locuras sin igual Hasta aquí 
mis nerviosismos y no siempre. Luego entra en ac- 
ción mi amigo Fortunato, sobre quien versa todo lo 
que voy a contar 

Poe eraren aquella época el úiulo autor que yo 
leía Ese maldito loco había llegado a dominarme por 
completo, no había sobre la mesa un solo libro que 
no fuera de él Toda mi cabeza estaba llena de Poe, 
como si la hubieran vaciado en el molde de Ligeia 
|Ligeia f i Qué adoración tenía por este cuento 1 To* 
dos e intensamente Valdemar, que murió siete meses 
después, Dupm, en procura de la carta robada, las 
Sras. de Espanaye, desesperadas en su cuarto piso, 
Bereníce, muerta a traición, todos, todos me eran fa- 
miliares. Pero entre todos, el Tonel del Amontillado 
me había seducido como una cosa íntima mía Mon- 
tresor. El Carnaval, Fortunato, me eran tan comunes 
que leía ese cuento sin nombrar ya a los personajes; 
V al mismo tiempo envidiaba tanto a Poe que me hu- 
biera dejado cortar con gusto la mano derecha por 



[8] 



SELECCION DE CUENTOS 



escribir esa maravillosa intriga. Sentado en casa, en 
un rincón, pasé más de cuatro horas leyendo ese cuen- 
to con una fruición en que entraba sin duda mucho 
de adverso para Fortunato Dominaba todo el cuen- 
to, pero todo, todo, todo Ni una sonrisa por ahí, ni 
una premura en Fortunato se escapaba a mi perspi- 
cacia ¿Qué no sabía ya de Fortunato y su deplora- 
ble actitud ? 

A fines de diciembre leí a Fortunato algunos cuen- 
tos de Poe Me escuchó amistosamente, con atención 
sin duda, pero a una legua de mi ardor. De aquí que 
al cansancio que yo experimenté al final, no pudo com- 
parársele el de Fortunato, privado durante tres horas 
del entusiasmo que me sostenía. 

Esta circunstancia de que mi amigo llevara el mismo 
nombre que el del héroe del Tonel del Amontillado 
me desilusionó al principio, por la >ulgarización de 
un nombre puramente literario, pero muy pronto me 
acostumbré a nombrarle así, y aún me extralimitaba a 
veces llamándole por cualquier insignificancia tan 
explícito me parecía el nombre Si no sabía el Tonel 
de memoria, no era ciertamente porque no lo hubiera 
oído hasta cansarme. A veces en el calor del delirio 
le llamaba a él mismo Montresor, Fortunato, Luchesi, 
cualquier nombre de ese cuento, y esto producía una 
indescriptible confusión de la que no llegaba a coger 
el hilo en largo rato. 

Difícilmente me acuerdo del día en que Fortunato 
me dio pruebas de un fuerte entusiasmo literario. 
Creo que a Poe puédese sensatamente atribuir ese in- 
sólito afán, cuyas consecuencias fueron exaltar a tal 
grado el ánimo de mi amigo que mis predilecciones 
eran un frío desdén al lado de su fanatismo ¿Cómo 
la literatura de Poe llegó a hacerse sensible en la ruda 



[9] 



HORACIO QUIROGA 



capacidad de Fortunato? Recordando, estoy dispuesto 
a creer que la resistencia de su sensibilidad, lucha 
diana en que todo su organismo inconscientemente en- 
traba en juego, fue motivo de sobra para ese desequi- 
librio, sobre todo en un ser tan profundamente ines- 
table como Fortunato 

En una hermosa noche de verano se abrió a mi 
alma en esta nueva faz. Estábamos en la azotea, sen- 
tados en sendos sillones de tela La noche cálida y ener- 
vante favorecía nuestros proyectos de errabunda me- 
ditación El aire estaba débilmente oloroso por el gas 
de la usma próxima* Debajo nuestro clareaba la luz 
tranquila de las lámparas tras los balcones abiertos 
Hacia el este, en la bahía, los farolillos coloridos de 
los buques cargaban de cambiantes el agua muerta 
como un va^to terciopelo, fósforos luminosos que las 
olas mamas sostenían temblando, fijos y paralelos a 
lo lejos, rotos bajo los muelles El mar, de azul pro- 
fundo, susurraba en la orilla Con las cabezas echadas 
atrás, las frentes sin una preocupación, soñábamos 
bajo el gran cielo lleno de estrellas, cruzado solamente 
de lado a lado — en aquellas noches de evolución 
naval — por el brusco golpe de luz de un crucero en 
vigilancia 

— iQué hermosa noche 1 — murmuró Fortunato Se 
siente uno más irreal, leve y vagante como una boca 
de niño que aún no ha aprendido a besar 

Gu¡*tó la frase, cerrando los ojo&. 

— El aspecto especial de esta noche — prosiguió — 
tan quieta, me trae a la memoria la hora en que Poe 
Ileió al altar y dio su mano a lady Rowena Trema- 
nión, la de ojos azules y cabellos de oro, Trern anión 
de Tremaine, Igual fosforescencia en el cielo, igual 
olor a gas. . * 



[10] 



SELECCION DE CUENTOS 



Meditó un momento» Volvió la cabeza hacia mí, 
sin mirarme: 

— Se ha fijado en que Poe se sirve de la palabra 
locura, ahí donde su suelo es más grande? En Ligeia 
está doce veces» 

No recordaba haberla visto tanto, y se lo hice notar. 

— |Bah ! no es cuestión de que la ponga tantas ve- 
ces, sino de que en ciertas ocasiones, cuando va a su- 
bir muv alto, la frase ha hecho ya notar esa disculpa 
de locura que traerá consigo el vuelo de poesía 

Como no comprendía claramente, me puse de pie, 
encogiéndome de hombros Comencé a pasearme con 
las manos en los bolsillos No era la única vez que 
me hablaba así Ya dos días antes había pretendido 
arrastrarme a una interpretación tan novedosa de El 
Cameleopardo que hube de mirarle con atención, asus- 
tado de su carrera vertiginosa Seguramente había 
llegado a sentir hondamente, ¿pero a costa de qué 
peligros! 

Al lado de ese franco entusiasmo, yo me sentía vie- 
jo, escudriñador y malicioso. Era en él un desborde 
de gestos y ademanes, una cabeza lírica que no sabía 
ya cómo oprimir con la mano la frente que volaba 
Hacía frases Creo que nuestro caso se podía resumir 
en la siguiente situación* — en un cuarto donde es- 
tuviéramos con Poe y sus personajes, vo hablaría con 
éste, de éstos, y en el fondo Fortunato v los héroes 
de las Historias extraordinarias charlarían entusias- 
mados de Poe Cuando lo comprendí recobré la cal- 
ma, mientras Fortunato proseguía su vagabundaje 
lineo sin ton ni son 

— Algunos triunfos de Poe consisten en despertar 
en nosotros viejas preocupaciones musculares, dar un 
carácter de excesiva importancia al movimiento, coger 



[11] 



HORACIO QUraOGA 



al vuelo un ademán cualquiera y desordenarlo insis- 
tentemente hasta que la constancia concluya por darle 
una vida bizarra. 

— Perdón — le interrumpí Niego por lo pronto que 
el triunfo de Poe consista en eso. Después, supongo 
que el movimiento en sí debe ser la locura de la 
intención de moverse . . 

Esperé lleno de curiosidad su respuesta, atiabándole 
con el rabo del ojo 

— No sé — me dijo de pronto con la voz velada 
como si el suave rocío que empezaba a caer hubiera 
llegado a su garganta — Un perro que vo tengo si- 
gue y ladra cuadras enteras a los carruajes. Como to- 
dos Les inquieta el movimiento Les sorprende tam- 
bién que los carruajes sigan por su propia cuenta a 
los caballos. Estoy seguro de que si no obran v ha- 
Llan racionalmente como nosotros, ello obedere a una 
falla de la voluntad Sienten, piensan, pero no pue- 
den querer Estoy seguro 

¿Adonde iba a llegar aquel muchacho, tan manso 
un mes atrás 9 Su frente estrecha y blanca se dirigía 
al cielo Hablaba con tristeza, tan puro de imaginación 
que sentí una tibia fiebre de azuzarle Suspiré hon- 
damente. 

— |Oh Fortunato! — Y abrí loa brazos al mar co- 
mo una griega antigua. — Permanecí así diez segun- 
dos, seguro de que iba a provocarle una repetición 
infinita del mismo tema. En efecto, habló, habló con 
el corazón en la boca* habló todo lo que despertaba 
en aquella encrespada cabeza Antes le dije algo so- 
bre la locura en términos generales. Creo sobre la 
facultad de escapar milagrosamente al movimiento du- 
rante el sueño. 



[12] 



SELECCION DE CUENTOS 



— El sueño — cogió y siguió — o, más bien dicho, 
el ensueño durante el sueño, es un estado de absoluta 
locura Nada de conciencia, esto es, la facultad de 
presentarse a sí mismo lo contrario de lo que se está 
pensando y admitirle como posible. La tensión ner- 
viosa que rompe las pesadillas tendría el mismo ob~ 
jeto que la ducha en los locos el chorro de agua 
provoca esa tensión nerviosa que llevará al equilibrio, 
mientras en el ensueño esa misma tensión quiebra, 
por decirlo asi, el eje de la locura En el fondo el 
caso es el mismo prescindencia absoluta de oposi- 
ción La oposición es el otro lado de las cosas De 
las dos conciencias que tienen las cosas, el loco o el 
soñador sólo ve una la afirmativa o la negativa Los 
cuerdos se acogen primero a la probabilidad, que es la 
conciencia loca de las cosas. Por otra parte, los sue- 
ños de los locos son perfectamente posibles Y esta 
misma posibilidad es una locura, por dar carácter de 
realidad a esa inconsciencia, no la niega, la cree 
posible 

Hay casos sumamente curiosos Sé de un juicio 
donde el reo tenía en la parte contraria la acusación 
de un testigo del hecho. Le preguntaban — ;Vd. vio 
tal cosa 9 El testigo respondía, — sí Ahora bien, la 
defensa alegaba que siendo el lenguaje una conven- 
ción, era solamente posible que en el testigo la pala- 
bra sí expresara afirmación Proponía al jurado exa- 
minar la curiosa adaptación de las preguntas al mo- 
nosílabo del testigo En pos de estas, hubiera sido 
imposible que el testigo dijera- no (entonces no sería 
afirmación, que era lo único de que se trataba, etc , 
etc ). 

i Valiente Fortunato 1 Habló todo esto sin respirar, 
firme con su palabra, los ojos seguros en que ardían 



[13] 



HORACIO QUIROGA 



como vírgenes todas estas castas locuras. "Con las ma- 
nos en los bolsillos, recostado en la balaustrada, le 
veía discurrir. Miraba con profunda atención, eso sí, 
un ligero vértigo de cuando en cuando. Y aún creo 
que esta atención era más bien una preocupación mía 
De repente levantamos la cabeza el foco de un 
crucero azotó el cielo, barrió el man la bahía se puso 
clara con una lívida luz de tormenta, sacudió el ho- 
rizonte de nuevo, y puso en manifiesto a lo lejos, so- 
bre el agua ardiente de estaño, la fila inmóvil de 
acorazados. 

Distraído, Fortunato permaneció un momento sin 
hablar. Pero la locura, cuando se la estrujan I09 de- 
dos, hace piruetas increíbles que dan vértigos \ es 
fuerte como el amor y la muerte. Continuó, 

— La locura tiene también sus mentiras convencio- 
nales y su pudor. No negará Vd que el empeño de 
los locos en probar su razón sea una de aquéllas Un 
escritor dice que tan ardua cosa es la razón que aún 
para negarla es menester razonar Aunque no recuer- 
do bien la frase, algo de ello es. Pero la conciencia 
de una meditación razonable sólo es posible recor- 
dando que ésta podría no ser así Habría compara- 
ción, lo que no es posible tratándose de una solución 
— uno de cuyos términos causales es reconocida- 
mente loco Sería tal vez un proceso de idea absoluta 
Pero bueno es recordar que los locos jamás tienen 
problemas o hallazgos: tienen ideas Continuó con 
aquella su sabiduría de maestro y de recuerdos des- 
pertados a sazón: 

— En cuanto al pudor, es innegable. Yo conocí un 
muchacho loco, hijo de un capitán, cuya sinrazón ha- 
bía dado en manifestarse como ciencia química. Con- 
tábanme sus parientes que aquél leía de un modo 

[14] 



SELECCION DE CUENTOS 



«sombroso, escribía páginas inacabables, daba a en- 
tender, por monosílabos y confidencias vagas, que ha- 
bía hallado la ineficacia cabal de la teoría atómica 
(creo se refería en especial a los óxidos de manga- 
neso. Lo raro es que después se habló seriamente de 
esas inconsecuencias del oxígeno). El tal loco era 
perfectamente cuerdo en lo demás, cerrándose a las 
requisitorias enemigas por medio de silbidos, pst y 
levantamientos del bigote* Gozaba del triste privile- 
gio de creer que cuantos con él hablaban querían ro- 
barle su secreto De aquí los prudentes silbidos que 
no afirmaban ni negaban nada. 

Ahora bien, yo fui llamado una tarde para ver lo 
que de sólido había en esa desvariada razón. Con- 
fieso que no pude orientarme un momento a través 
de su mirada de perfecto cuerdo, cuya única locura 
consistía entonces en silbar y extender suavemente el 
bigote, pobre cosa. Le hablé de todo, demostré una 
ignorancia crasa para despertar su orgullo, llegué has- 
ta exponerle teoría tan extravagante y absurda que 
dudé si esa locura a alta presión sería capaz de ser 
comprendida por un simple loco Nada hallé. Respon- 
día apenas : — es verdad . . . son cosas ... pst . . . 
ideas pst pst. . — Y aquí estaban otra vez 
las ideas en toda su fuerza 

Desalentado, le dejé Era imposible obtener nada 
de aquel fino diplomático. Pero un día volví con nue- 
vas fuerzas, dispuesto a dar a toda costa con el se- 
creto de mi hombre. Le hablé de todo otra vez; no 
obtenía nada. Al fin, al borde del cansancio, me di 
cuenta de pronto ue que durante esa y la anterior 
conferencia, yo había estado muy acalorado con mi 
propio esfuerzo de investigación y hablé en demasía, 
había sido observado por el loco. Me calmé entonces 



[15] 



HORACIO QUTROGA 



y dejé de charlar. La cuestión cesó y le ofrecí un ci- 
garro. Al mirarme inclinándose para cogerle, me alisé 
los bigotes lo más suavemente que me fue posible. 
Dirigióme una mirada de soslayo y movió la cabeza 
sonriendo. Aparté la vista, mas átenlo a sus menores 
movimientos Al rato no pudo menos que mirarme 
de nuevo, y yo a mi vez me sonreí sin dejar el bi- 
gote. El loco se serenó por fin y habló todo lo que 
deseaba saber. 

Yo había estado dispuesto a llegar hasta el silbido ; 
pero con el bigote bastó. 

La noche continuaba en paz Los ruidos se perdían 
en aislados estremecimientos, el rodar lejano de un 
carruaje, los cuartos de hora de una iglesia, un ¿ohé r 
en el puerto. En el cielo puro las constelaciones as- 
cendían, sentíamos un poco de frío Como Fortunato 
parecía dispuesto a no hablar más, me subí el cuello 
del saco, froté rápidamente las manos, y dejé caer 
como una bala perdida- 

— Era perfectamente loco. 

Al otro lado de la calle, en la azotea, un gato ne- 
gro caminaba tranquilamente por el pretil Debajo 
nuestro dos personas pasaron El ruido claro sobre el 
adoquín rae indicó que cambiaban de \ereda, se ale- 
jaron hablando en voz baja» Me había sido necesario 
todo este tiempo para arrancar de mi cabeza un sin- 
número de ideas que al más insignificante movimiento 
se hubieran desordenado por completo. La vista fija 
se me ibd Fortunato decrecía, decrecía, hasta conver- 
tirse en un ratón que yo miraba. El silbido desespe- 
rado de un tren expreso correspondió exactamente a 
ese monstruoso ratón. Rodaba por mi cabeza una 
enorme distancia de tiempo y un pesadísimo y verti- 
ginoso girar de mundos. Tres llamas cruzaron por 



[16] 



SELECCION DE CUENTOS 



mía ojos, seguidas de tres dolorosas puntadas de ca- 
beza. Al fin logré sacudir eso y me volví 
— ¿Vamos' 

— Vamos Me pareció que tenía un poco de frío. 

Estoy seguro de que lo dijo sin intención, pero 
esta misma falta de intención me hizo temer no sé 
qué horrible extravío. 

♦ * 

Esa noche, solo ya y calmado, pensé detenidamente. 
Fortúnalo me había transtornado, esto era verdad. 
Pero me condujo él al vértigo en que me había en- 
marañado, dejando en las espinas, a guisa de candi- 
dos vellones de lana, cuatro o cinco ademanes rápi- 
dos que enseguida oculté 9 No lo creo. Fortunato ha- 
bía cambiado, su cerebro marchaba aprima Pero de 
esto al reconocimiento de mi superioridad había una 
legua de distancia. Este era el punto capital, yo po- 
día hacer mil locuras, dejarme arrebatar por una en- 
demoniada lógica de gestos repetidos, dar en el blan- 
co de una ocurrencia del momento y retorcerla hasta 
crear una verdad extraña, dejar de lado la mínima 
intención de cualquier movimiento vago y acogerse 
a la que podría haberle dado un loco excesivamente 
detallista; todo esto y mucho más podía yo hacer 
Pero en estos desenvolvimientos de una excesiva po- 
sesión de sí, virutas de torno que no impedían un 
cen traje absoluto, Fortunato sólo podía \er trastornos 
de sugestión motivados por tal o cual ambiente pro- 
picio, de que él se creía sutil entrenador. 



[17] 



HORACIO QUIROGA 



Pocos díag más tarde me convencí de ello Paseá- 
bamos, Desde las cinco habíamos recorrido un largo 
trayecto — los muelles de Florida, las revueltas de los 
pasadizos, los puentes carboneros, la Universidad, el 
rompeolas que había de guardar las aguas tranquilas 
del puerto en construcción, cuya tarjeta de acceso nos 
fue acordada gracias al recrudecimiento de amistad 
que en esos días tuvimos con un amigo nuestro — aho- 
ra de luto— estudiante de ingeniería Fortunato go- 
zaba esa tarde de una estabilidad perfecta, con todas 
sus nuevas locuras, eso sí, pero tan en equilibrio como 
las del loco de un manicomio cualquiera. Hablábamos 
de todo, los pañuelos en las manos, húmedos de sudor. 
El mar subía al horizonte, anaranjado en toda su ex- 
tensión; do3 o tres nubes de amianto erraban por el 
cielo purísimo, hacia el Cerro de negro verdoso, el 
sol que acababa de transponerlo circundábalo de una 
aureola dorada. 

Tres muchachos cazadores de cangrejos pasaron a 
lo largo del muro Discutieron un rato. Dos continua- 
ron la marcha saltando sobre las rocas con el pan- 
talón a la rodilla, el otro se quedó tirando piedras 
al mar. Después de cierto tiempo exclamé, como en 
conclusión de algún juicio interno provocado por la 
tal caza: 

— Por ejemplo, bien pudiera ser que los cangrejos 
caminaran hacia atrás para acortar las distancias. In- 
dudablemente el trayecto es más corto. 

No tenía deseos de descarrilarle Dije eso por cos- 
tumbre de dar vuelta las cosas Y Fortunato cometió 
el lamentable error de tomar como locura mía lo que 
era entonces locura completamente del animal, y se 
dejó ir a corolanoa por demás sutiles y vanidosos 



[18] 



SELECCION DE CUENTOS 



Una semana después Fortunato cayó La llama que 
temblaba *>obre él se extinguió, y de su aprendizaje 
inaudito, de aquel lindo cerebro desvariado que daba 
frutos amargos y jugosos como las plantas de un año, 
no quedó sino una cabeza distendida y hueca, ago- 
tada en quince días, tal como una muchacha que toro 
demasiado pronto las raíces de la voluptuosidad Ha- 
blaba aún, pero disparataba Si cogía a veces un lulo 
conductor, la mibina inconsciente crispación de aho- 
gado con que se sujetaba a él, le rompía En vano 
traté de encauzaile, haciéndole notar de pronto con 
el dedo extendido y suspenso para lavar ese unper- 
donable olvido, el canto de un papel, una mancha 
diminuta del suelo El, que antes hubiera reído fran- 
camente conmigo, sintiendo la absoluta importancia 
de esas cosas así vanidosamente aisladas, se ensañaba 
ahoia de tal modo con ellas que Ies qu'taba su ca- 
íácter de belleza únicamente momentánea y para no- 
sotros 

Puesto así fuera de carrera, el desequilibrio se acen- 
tuó en los días siguientes Hice un último esfuerzo 
para contener esa decadencia volviendo a Poe, causa 
de sus exageraciones Pasaron los cuentos, Legeia, E) 
doble crimen, El gato. Yo leía, él escuchaba De vez 
en cuando le dirigía rápidas miradas* me devoraba 
constantemente con los ojos, en el más santo entu- 
siasmo. 

No sintió absolutamente nada, estoy seguro Repe- 
tía la lección demasiado sabida, y pensé en aquella 
manera de enseñar a bailar a los osos, de que hablan 
los titiriteros avezados, Fortunato ajustaba perfecta- 
mente en el marco del organillo- Deseando tocarle con 
fuego, le pregunté, distraído y jugando con el libro 
en el aire. 

[19] 

0 



HORACIO QUIROGA 



— ¿Qué efecto cree Vd. que le causaría a un loco 
la lectura de Poe? 

Locamente temió una estratagema por el jugueteo 
con el libro, en que estaba puesta toda su penetración 

— No sé. — Y repitió — no sé, no sé, no sé, — 
bastante acalorado. 

— Sm embargo, tiene que gustarles. ¿No pasa eso 
con toda narración dramática o de simple idea, ellos 
que demuestran tanta afición a las especulaciones? 
Probablemente viéndose instigados en cualquier Cora- 
zón revelador se desencadenarán por completo. 

— ¿Oh' no — suspiró. Lo probable es que todos cre- 
yeran ser autores de tales páginas 0 simplemente, 
tendrían miedo de quedarse locos Y se llevó la mano 
a la frente, con alma de héroe. 

Suspendí mis juegos malabares Con el rabo del 
ojo me enviaba una miradilla vanidosa. Pretendía 
afrontarlo y me desvié. Sentí una sensación de frío 
adelgazamiento en los tobillos y el cuello, me pare- 
ció que la corbata, floja, se me desprendía 

— jPero está loco' — le grité levantándome con los 
brazos abiertos — jEstá loco 1 — grité más Hubiera 
gritado mucho más pero me equivoqué y saqué toda 
la lengua de costado Ante mi actitud, se levantó evi- 
tando apenas un salto, me miró de costado, acercóse 
a la mesa, me miró de nuevo, movió dos o tres libros, 
y fue a fijar cara y manos contra los vidrios, tocando 
el tambor. 

Entretanto yo estaba ya tranquilo y le pregunté algo 
En vez de responderme francamente, dio vuelta un 
poco la cabeza y me miró a hurtadillas, si bien con 
miedo, envalentonado por el anterior triunfo Pero se 
equivocó. Ya no era tiempo, debía haberlo conocido. 



[20] 



SKLECCION DE CUENTOS 



Su cabeza, en pos de un momento de loca inteligen- 
cia dominadora, se había quebrado de nuevo* 

* 

• * 

Un mes siguió. Fortunato marchaba rápidamente a 
la locura, sin el consuelo de que ésta fuera uno de 
esos anonadamientos espirituales en que la facultad 
de hablar se convierte en una sencilla persecución 
animal de las palabras. Su locura iba derecha a un 
idiotismo craso, imbecilidad de negro que pasea todas 
las mañanas por los patios del manicomio su cara 
pintada de blanco A ratos atareábame en apresurar 
la crisis, descargándome del pecho, a grandes mane- 
ras, dolores intolerables, sentándome en una silla en 
el extremo opuesto del cuarto, dejaba caer sobre no- 
sotros toda una larga tarde, seguro de que el cre- 
púsculo iba a concluir por no verme Tenía avances. 
A veces gozaba haciéndose el muerto, riéndose de 
ello hasta llorar. Dos o tres veces se le cayó la baba. 
Pero en los últimos días de febrero le acometió un 
irreparable mutismo del que no pude sacarle por más 
esfuerzos que hice. Me hallé entonces completamente 
abandonado Fortunato se iba, y la rabia de quedarme 
solo me hacía pensar en exceso. 

Una noche de estas, le cogí del brazo para cami- 
nar. No sé adonde íbamos, pero estaba contentísimo 
de poder conducirle. Me reía despacio sacudiéndole 
del brazo. El me miraba y se reía también, contento 
Una vidriera, repleta de caretas por el inminente Car- 
naval, me hizo recordar un baile para los próximos 
días de alegría, de que la cuñada de Fortunato me 
había hablado con entusiasmo. 



[21] 



HORACIO QUIROGA 



— Y VA, Fortunato, ¿no se disfrazará? 
—Sí, sí. 

— Entiendo que iremos juntos. 
— Divinamente» 
— ¿Y de qué se disfrazará 9 
— ¿Me disfrazaré?, . 

— Ya sé — agregué bruscamente — de Fortunato 
— ¿Eh 9 — rompió éste, enormemente divertido 
— Sí, de eso 

Y le arranqué de la vidriera Había hallado una 
solución a mi inevitable soledad, tan precisa, que mis 
temores sobre Fortunato se iban al viento como un 
pañuelo ¿Me iban a quitar a Fortunato? Está bien 
¿Yo me iba a quedar solo? Está bien, ¿Fortunato 
no estaba a mi completa disposición? Esta bien. Y 
sacudía en el aire mi cabeza tan feliz. Esta solución 
podía tener algunos puntos difíciles; pero de ella lo 
que me seducía era su perfecta adaptación a una fa- 
mosa intriga italiana, bien conocida mía, por cierto 
— y sobre todo la gran facilidad para llevarla a tér- 
mino. Seguí a su lado sin incomodarle. Marchaba un 
poco detrás de él, cuidando de evitar las junturas de 
las piedras para caminar debidamente: tan bien me 
sentía. 

Una vez en la cama, no me moví, pensando con los 
ojos abiertos. En efecto, mi idea era ésta: hacei con 
Fortunato lo que Poe hizo con Fortunato. Emborra- 
charle, llevarle a la cueva con cualquier pretexto, reír- 
se como un loco ... ¡ Qué luminoso momento había 
tenido! Los disfraces, los mismos nombres Y el en- 
demoniado gorro de cascabeles . . Sobre todo j qué 
facilidad 1 Y por último un hallazgo divino como For- 
tunato estaba loco, no tenía necesidad de emborra- 
charlo 



[22] 



SELECCION DE CUENTOS 



A las tres de la mañana supuse próxima la hora 
Fortunato, completamente entregado a galantes deva- 
neo 1 ?, paseaba del brazo a una extraviada Ofelia, cuya 
cola en su3 largos pasos de loca, barría furiosamente 
el suelo. Nos detuvimos delante de la pareja 

— ^Y bien, querido amigo! ¿No es Vd feliz en esta 
atmósfera de desbordante alegría 9 

— Sí, feliz — repitió Fortunato alborozado 

Le puse la mano sobre el corazón, 

— ^ Feliz como todos nosotros! 

El grupo se rompió a fuerza de risas. Mi amplio 
ademán de teatro las había conquistado. 

Continué : 

— Ofelia ríe, lo que es buena señal. Las flores son 
un fresco rocío para su frente. La cogí la mano y 
agregué — ^no siente Vd en mi mano la Razón 
Pura 9 Verá Vd., curará, y será otra en su ancho, 
pesado y melancólico vestido blanco ..Ya propó- 
sito, querido Fortunato* ¿no la evoca a Vd. esta ga- 
lante Ofelia una criatura bien semejante en cierto 
modo 9 Fíjese Vd. en el aire, los cabellos, la misma 
boca ideal, el mismo absurdo deseo de vivir sólo por 
la vida. perdón — concluí volviéndome: — son co* 
sas que Fortunato conoce bien. 

Fortunato me miraba asombrado, arrugando la fren- 
te. Me incliné a su oído y le susurré apretándole la 
mano. 

— jDe Ligeia, mi adorada Ligeia! 

— ¡Ah, sí, ah sí ! — y se fue. Huyó al trote, vol- 
viendo la cabeza con inquietud como lo» perros que 
oyen ladrar no se sabe donde. 



HORACIO QUIROGA 



A las tres y media marchábamos en dirección a 
casa Yo llevaba la cabeza clara y las manos frías; 
Fortunato no caminaba bien. De repente se cayó, y 
al ayudarle se resistió tendido de espaldas Estaba pá- 
lido, miraba ansiosamente a todos lados De las co- 
misuras de sus labios pendientes caían fluidas babas. 
De pronto se echó a reir. Le dejé hacer un rato, es- 
perando fuera una pasajera crisis de que aún podría 
volver Pero había llegado el momento; estaba com- 
pletamente loco, mudo y sentado ahora, los ojos a 
todos lados, llorando a la luz de la luna en gruesas, 
d olorosas e incesantes lágrimas, su asombro de idiota. 

Le levanté como pude y seguimos la calle desierta 
Caminaba apoyado en mi hombro. Sus pies se habían 
^elto hacia adentro. 

Estaba desconcertado. ¿Cómo hallar el gusto de los 
tiernos consejos que pensaba darle a semejanza del 
otro, mientras le enseñaba con prolija amistad mi 
sótano, mis paredes, mi humedad y mi libro de Poe, 
que sería el tonel en cuestión? No habría nada, ni el 
terror al fin cuando se diera cuenta Mi esperanza 
era que reaccionase, siquiera un momento para apre- 
ciar debidamente la distancia a que nos íbamos a ha- 
llar. Pero seguía lo mismo. En cierta calle una pa- 
reja pasó al lado nuestro, ella tan bien vestida que 
el alma antigua de Fortunato tuvo un tardío estreme- 
cimiento y volvió la cabeza Fue lo último Por fin 
llegamos a casa. Abrí la puerta sin ruido, le sostuve 
heroicamente con un brazo mientras cerraba con el 
otro, atravesamos los dos patios y bajamos al sótano 
Fortunato miró todo atentamente y quiso sacarse el 
frac, no sé con qué objeto. 

En el sótano de casa había un ancho agujero re- 
bocado, cuyo destino en otro tiempo ignoro del todo. 



[24J 



SELECCION DE CUENTOS 



Medía tres metros de profundidad por dos de diáme- 
tro En días anteriores había amontonado en un rin- 
cón gran cantidad de tablas y piedras, apto todo para 
cerrar herméticamente una abertura. Allí conduje a 
Fortunato, y allí traté de descenderle Pero cuando le 
cogí de la cintura se desasió violentamente, mirándome 
con terror ¡Por fm f Contento, me froté las manos 
Toda mi alma estaba otra vez conmigo ► Me acerqué 
sonriendo y le dije al oído, con cuanta suavidad me 
fue posible 

— i Es el pozo, mi querido Fortunato 1 

Me miró con desconfianza, escondiendo las manos. 

— Es el pozo é el pozo, querido amigo! 

Entonces una luz pálida le iluminó los ojos Tomó 
de mi mano la vela, se acercó cautelosamente al hue- 
co, estiró el cuello y trató de ver el fondo. Se volvió, 
interrogante, 

~¿- 9 

— jEl pozo' — concluí abriendo los brazos. Su 
v^sta siguió mi ademán. 

— ¡Ah, no! — me reí entonces, y le expresé clara- 
mente bajando las manos* 

— |E1 pozo' 

Era bastante Esta concreta idea* el pozo, concluyó 
por entrar en su cerebro completamente aislada y 
pura La hizo suva» era el pozo Fue feliz del todo 

Nada me quedaba casi por hacer. Le ayudé a ba- 
jar, y aproximé mi seudo cemento En pos de cada 
acción acercaba la vela y le miraba Fortunato se 
había acurrucado, completamente satisfecho Una vez 
me chistó. 

— ¿Eh? — me incliné. Levantó el dedo sagaz y lo 
bajó perpendicularmente, Comprendí y nos reímos con 
toda el alma 



[25] 



HORACIO QUIROGA 



De pronto me vino un recuerdo y me asomé rápi- 
damente. 

— ¿Y el nitro? — Callé enseguida. — En un mo- 
mento eché ennma las tablas y piedras Ya estaba 
cerrado el pozo y Fortunato dentro. Me senté enton- 
ces, coloqué la vela al lado y como El Otro, esperé 

— ¡ Fortunato T 

Nada- ¿Sentiría 9 

Más fuerte. 

— j Fortunato! 

Y un grito sordo, pero horrible, subió del fondo 
del pozo Di un salto, y comprendí entonces, pero lo- 
camente, la precaución de Poe al llevar la espada 
consigo Busqué un arma desesperadamente no ha- 
bía ninguna Cogí la vela y la estrellé contra el suelo. 
Otro grito subió, pero más horrible A mt \ez aullé- 

— jTor el amor de Dios T 

No hubo ni un eco Aún subió otro grito y salí 
corriendo y en la calle corrí dos cuadras Al fin me 
detuve, la cabeza zumbando* 

|Ah, cierto! Fortunato estaba metido dentro de su 
agujero y gritaba. ¿Habría filtraciones? . Segura- 
mente en el último momento palpó claramente lo que 
se estaba haciendo . 1 Qué facilidad para encerrar- 
lo' El pozo . era su pasión. El otro Fortunato ha- 
bía gritado también. Todos gritan, porque se dan 
cuenta de sobra. Lo curioso es que uno anda más li- 
gero que ellos. 

Caminaba con la cabeza alta, dejándome ir a en- 
sueños en que Fortunato lograba *ahr de su escon- 
drijo y me perseguía con iguales asechanzas . jQué 
sonrisa más franca la suya* Presté oído ¡Bah 1 
Buena había sido la idea de quien hizo el agujero 
Y después la vela 



[26] 



SELECCION DE CUENTOS 



Eran las cuatro En el centro barrían aún las úl- 
timas máquinas. Sobre las calles claras la luna muer- 
ta descendía. De las casas dormidas quien sabe por 
qué tiempo, de las ventanas cerradas, caía un vasto 
silencio, Y continué mi marcha gozando las últimas 
a\ enturas con una fruicción tal que no sería extraño 
que yo a mi vez estuviera un poco loco 



[27] 



LOS PERSEGUIDOS 



Una noche que estaba en casa de Lugones, la lluvia 
arreció ele tal modo que nos levantamos a mirar a 
través de los vidrios El pampero silbaba en los hi- 
los, sacudía el agua que empañaba en rachas convul- 
sivas la luz roja de los faroles Después de seis días 
de temporal, esa tarde el cielo había despejado al 
«ur en un límpido azul de frío. Y he aquí que 
la lluvia volvía a prometernos otra semana de mal 
tiempo 

Lugones tenía estufa, lo que halagaba suficiente- 
mente mi flaqueza invernal. Volvimos a sentarnos pro- 
siguiendo una charla amena, como es la que se esta- 
blece sobre las personas locas Días anteriores aquél 
había visitado un manicomio, y las bizarrías de su 
gente añadidas a las que yo por mi parte había ob- 
servado alguna vez, ofrecían materia de sobra para 
un confortable vis a vis de hombres cuerdos. 

Dada, pues, la noche, nos sorprendimos bastante 
cuando la campanilla de la calle sonó Momentos des- 
pués entraba Lucas Díaz Vélez. 

Este individuo ha tenido una influencia bastante 
nefasta sobre una época de mi vida, y esa noche lo 
conocí. Según costumbre, Lugones nos presentó por 
el apellido únicamente, de modo que hasta algún tiem- 
po después ignoré su nombre. 

Díaz era entonces mucho más delgado que ahora 
Su ropa negra, color trigueño mate, cara afilada y 
grandes ojos negros, daban a su tipo un aire no co- 
mún. Los ojos, sobre todo, de fijeza atónita y brillo 



[28] 



SELECCION DE CUENTOS 



arsénica!, llamaban fuertemente la atención. Peinábase 
en esa época al medio y su pelo lacio, perfectamente 
aplastado, parecía un casco luciente. 

En los primeros momentos Vélez habló poco. Cru- 
zóse de piernas, respondiendo lo justamente preciso 
En un instante en que me volví a Lugones, alcancé 
a ver que aquél me observaba. Sin duda en otro hu- 
biera hallado muy natural ese examen tras una pre- 
sentación, pero la inmóvil atención con que lo hacía, 
me chocó. 

Pronto dejamos de hablar. Nuestra situación no fue 
muy grata, sobre todo para Vélez, pues debía suponer 
que antes de que él llegara, nosotros no practicaría- 
mos e*e terrible mutismo El mismo rompió el silen- 
cio Habló a Lugones de ciertas chancacas que un 
amigo le había enviado de Salta, y cuya muestra hubo 
de traer esa noche. Parecía tratarse de una variedad 
repleta de agrado en sí, y como Lugones se mostrara 
suficientemente inclinado a comprobarlo, Díaz Vélez 
prometióle enviar modos para ello. 

Roto el hielo, a los diez minutos volvieron nuestros 
locos Aunque sin perder una palabra de lo que oía, 
Díaz se mantuvo aparte del ardiente tema; no era 
posiblemente de su predilección. Por eso cuando Lu- 
gones salló un momento, me extrañó su inesperado 
interés. Contóme en un momento porción de anécdo- 
tas — las mejillas animadas y la boca precisa de 
convicción. Tenía por cierto a esas cosas mucho más 
amor del que yo le había supuesto, y su última his- 
toria, contada con honda viveza, me hizo ver enten- 
día a los locos con una sutileza no común en el 
mundo. 

Se trataba de un muchacho provinciano que al sa- 
lir del marasmo de una tifoidea halló las calles po- 



[29] 



HORACIO QUIROQA 



bladas de enemigos. Pasó dos meses de persecución, 
llevando así a cabo no pocos disparates Como era 
muchacho de cierta inteligencia, comentaba él mismo 
su caso con una sutileza tal que era imposible <*aber 
qué pensar, oyéndolo Daba la más perfecta idea de 
farsa: y esta era la opinión general al oírlo argu- 
mentar picarescamente sobre su caso — todo esto con 
la vanidad característica de los locos. 

Pasó de este modo tres meses pavoneando sus agu- 
dezas sicológicas, hasta que un día se mojó la cabeza 
en el agua fresca de la cordura y modestia en las 
propias ideas. 

— Ahora está bien — concluyó Vélez — pero le hin 
quedado algunas cosas bien típicas Hace una semana, 
por ejemplo, lo hallé en una farmacia: estaba recon- 
tado de espaldas en el mostrador, esperando no sé 
qué Pusímonos a charlar. De pronto un individuo 
entró sin que lo viéramos, y como no había ningún 
dependiente llamó con los dedos en el mostrador Brus- 
camente mi amigo se volvió al intruso con una ins- 
tantaneidad verdaderamente animal, mirándolo fija- 
mente en los ojos Cualquiera se hubiera también dado 
vuelta, pero no con esa rapidez de hombre que está 
siempre sobre aviso. Aunque no perseguido ya, ha 
guardado sin que él se de cuenta un fondo de miedo 
que explota a la menor idea de brusca sorpresa Des- 
pués de mirar un rato sin mover un músculo, pesta- 
ñea, y aparta los ojos, distraído. Parece que hubiera 
conservado un oscuro recuerdo de algo terrible que 
le pasó en otro tiempo y contra lo que na quiere más 
e«tar despre\enido Supóngase ahora el efecto que le 
hará una súbita cogida del brazo, en la calle Creo 
que no se le irá nunca. 



[30] 



SELECCION DE CUENTOS 



— Indudablemente el detalle es típico — apoyé- — 
¿Y las sicologías desaparecieron también? 

Cosa extraña: Díaz se puso seno y rae lanzó una 
iría mirada hostil 

— ¿Se puede saber por qué me lo pregunta? 

— I Porque hablábamos justamente de eso T — le 
respondí sorprendido. Mas seguramente el hombre ha- 
bía visto toda su ridiculez porque se disculpó ense- 
guida efusivamente: 

— Perdóneme. No sé qué cosa rara me pasó. A 
veces he sentido así, como una fuga inesperada de 
cabeza. Cosas de loco — agregó riéndose y jugando 
con la regla. 

— Completamente de loco — bromeé 

— jY tanto! Sólo que por ventura me queda un 
resto de razón Y ahora que recuerdo, aunque le pedí 
perdón — y le pido de nuevo — no he respondido 
aún a su pregunta. Mi amigo no aicologa más Como 
ahora es íntimamente cuerdo no siente como antes la 
perversidad de denunciar su propia locura, forzando 
esa terrible espada de dos filos que se llama racio- 
cinio. , . ¿verdad? £9 bien claro. 

— No mucho — me permití dudar. 

— Es posible — se no en definitiva. — Otra cosa 
muy de loco. Me hizo Una guiñada, y Be apartó son- 
riente de la mesa, sacudiendo la cabeza como quien 
calla así muchas cosas que podrían decirse. 

Lugones volvió y dejamos nuestro tema — ya ago- 
tado, por otro lado. Durante el resto de la visita Díaz 
habló poco, aunque se notaba claro la nerviosidad 
que le producía a él mismo su hurañía. Al fin se fue 
Posiblemente trató de hacerme perder toda mala im- 
presión con su afectuosísima despedida, ofreciéndome 
su apellido y su casa con un sostenido apretón de ma- 



[31] 



HORACIO QUIRQGA 



nos lleno de cariño. Lugones bajó con él, porque su 
escalera ya oscura no despertaba fuertes deseos de 
arriesgarse solo en su perpendicularidad. 

— ¿Qué diablo de individuo es ése? — le pregunté 
cuando volvió. Lugones se encogió de hombros. 

— Es un individuo terrible. No sé cómo esta noche 
ha hablado diez palabras con usted Suele pasar una 
hora entera sin hablar por su cuenta, y ya supondrá 
la gracia que me hace cuando viene así Por otra 
lado, viene poco. Es muy inteligente en sus buenos 
momentos. Ya lo habrá notado porque oí que con- 
versaban. 

— Sí, me contaba un caso curioso 

— ¿De qué? 

— De un amigo perseguido. Entiende como un de- 
monio de locuras. 

— Ya lo creo, como que él también es perseguido. 

Apenas oí esto, un relámpago de lógica explica- 
tiva iluminó lo oscuro que sentía en el otro [Indu- 
dablemente! . . . Recordé sobre todo su aire fosco 
cuando le pregunté si no sicologaba más... El buen 
loco había creído que yo lo adivinaba y me insinuaba 
en su fuero interno... 

— j Claro 1 — me reí. — ¡Ahora me doy cuenta ' 
Pero es endiabladamente sutil su Díaz Vélez T — Y 
le conté el lazo que me había tendido para divertirse 
a mis expensas: la ficción de un amigo perseguido, 
sus comentarios. Pero apenas en el comienzo, Lugo- 
nes me cortó. 

— No hay tal; eso ha pasado efectivamente. Sólo 
que el amigo es él mismo. Le ha dicho en un todo la 
verdad; tuvo una tifoidea, quedó mal, curó hasta por 
ahí, y ya ve que es bastante problemática su cordura. 
También es muy posible que lo del mostrador sea 



[32] 



SELECCION DE CUENTOS 



verdad, pero pasado a él mismo. Interesante el indi- 
viduo, ¿eh? 

— ¡De sobra! — le respondí, mientras jugaba con 
el cenicero. 

♦ 

* * 

Salí tarde. El tiempo se componía al fin, y sin que 
el cielo se viera el pecho libre lo sentía más alto. 
No llovía más El viento fuerte y seco rizaba el agua 
de las veredas y obligaba a inclinar el busto en las 
bocacalles. Llegué a Santa Fe y esperé un rato el 
tramway, sacudiendo los pies Aburrido, decidíme a 
caminar, apresuré el paso, encerré estrictamente las 
manos en los bolsillos y entonces pensé bien en Díaz 
Vélez. 

Lo que más recordaba de él era la mirada con que 
me observó al principio No se la podía llamar inte- 
ligente, reservando esta cualidad a las que buscan en 
la mirada nueva, correspondencia — pequeña o gran- 
de — a la personal cultura — y habituales en las per- 
sonas de cierta elevación. En estas miradas hay siem- 
pre un cambio de espíritus, — profundizar hasta dón- 
de llega la persona que se acaba de conocer, pero 
entregando francamente al examen extranjero parte 
de la propia alma. 

Díaz no me miraba así; me miraba a mí única- 
mente. No pensaba qué era ni qué podía ser yo, ni 
había en su mirada el más remoto destello de curio- 
sidad sicológica. Me observaba, nada más, como se 
observa sin pestañear la actitud equívoca de un felino. 

Después de lo que me contara Lugones, no me ex- 
trañaba ya esa objetividad de mirada de loco. En 
pos de su examen, satisfecho seguramente se había 



[33] 



HORACIO QUIKOGA 



reído de mí con el espantapájaro de su propia locura. 
Pero su afán de delatarse a escondidas tenía menos 
por objeto burlarse de mí que divertirse a sí mismo 
Yo era simplemente un pretexto para el razonamiento 
y sobre todo un punto de confrontación cuanto más 
admirase yo la endemoniada perversidad del loro que 
me describía, tantos más rápidos debían ser sus frui- 
trvos restregones de manos Faltó para su dicha com- 
pleta que yo le hubiera dicho: — fc '¿Pero no teme su 
amigo que lo descubran al delatarse así"? No se me 
ocurrió, y en particular porque el amigo aquél no me 
interesaba mayormente. Ahora que sabía yo en rea- 
lidad quién era el perseguido, me prometía provocarle 
esa felicidad violenta — y esto es lo que iba pen- 
sando mientras caminaba* 

Pasaron sin embargo quince días sin que volviera 
a verlo* Supe por Lugones que había estado en su 
casa, llevándole las confituras — buen regalo para 
él 

- — Me trajo también algunas para Vd Como no 
sabía dónde vive — creo que Vd. no le dio su dilec- 
ción — las dejó en casa Vaya por allá. 

— Un día de estos ¿Está acá todavía? 

— ¿Díaz Vélez? 

—Sí. 

— Sí, supongo que sí, no me ha hablado una pa- 
labra de irse. 

En la primera noche de lluvia fui a lo de Lugones, 
seguro de hallar al otro Por más que yo comprendiera 
como nadie que esa lógica de pensar encontrarlo jus- 
tamente en una noche de lluvia era propia de perro 
o loco, la sugestión de las coincidencias absurdas re- 



í 34] 



SELECCION DE CUENTOS 



girá siempre lo* casos en que el razonamiento no 
sabe ya qué haeer. 

Lugones se no de mi empeño en ver a Díaz Velez. 

— ¡Tenga cuidado' Los perseguidos- comienzan ado- 
rando a sus futuras víctimas- El se acordó muy bien 
de Vd. 

— No es nada. Cuando lo vea me va a tocar a mí 
divertirme. 

Esa noche salí muy Urde, 

# 

* * 

Pero no hallaba a Díaz Vélez Hasta que un medio- 
día, en el momento en que iba a cruzar la calle, lo 
vi en Artes. Caminaba hacia el norte, mirando de 
paso todas las vidrieras, sin dejar pasar una, como 
quien va pensando preocupado en otra cosa Cuando 
lo distinguí ya había sacado yo el pie de la vereda 
Quise contenerme pero no pude y descendí a la calle 
casi con un traspié. Me di vuelta y miré el borde de 
la vereda, aunque estaba bien seguro de que no ha- 
bía nada. Un coche de plaza guiado por un negro 
con saco de lustrina pasó tan cerca de mí que el cubo 
de la rueda trasera me engrasó el pantalón. Detúveme 
de nuevo, seguí con los ojos las patas de los caba- 
llos, hasta que un automóvil me obligó a saltar 

Todo esto duró diez segundos, mientras Díaz con- 
tinuaba alejándose, y tuve que forzar el paso. Cuando 
lo sentí a mi certísimo alcance, todas mis inquietu- 
des se fueron para dar lugar a una gran satisfacción 
de mí mismo. Sentíame en hondo equilibrio. Tenía 
todos los nervios conscientes y tenaces Cerraba y 
abría los dedos en toda extensión, feliz. Cuatro o 



[35] 



HORACIO QUIROGA 



cinco veces en un minuto llevé la mano al reloj, no 
acordándome de que se me había roto» 



Díaz Vélez continuaba caminando y pronto estuve 
a dos pasos detrás de él. Uno más y lo podía tocar. 
Pero al verlo así, sin darse m remotamente cuenta 
de mi inmediación, a pesar de su delirio de perse- 
cución y sicologías, regulé mi paso exactamente con 
el suyo i Perseguido! ¡Muy bien!... Me fijaba de- 
talladamente en su cabeza, sus codos, sus puños un 
poco de fuera, las arrugas transversales del pantalón 
en las corvas, los tacos, ocultos y visibles sucesiva- 
mente Tenía la sensación vertiginosa de que antes, mi- 
llones de años antes, yo había hecho ya eso encon- 
trar a Díaz Yélez en la calle, seguirlo, alcanzarlo — y 
una vez é&to seguir detrás de él — detrás Irradiaba 
de mi la satisfacción de diez vidas enteras que no 
hubieran podido nunca realizar su deseo ¿Para qué 
tocarlo? De pronto se me ocurrió que podría darse 
vuelta, y la angustia me apretó instantáneamente la 
garganta. Pensé que con la laringe así oprimida no 
se puede gritar, y mi miedo único, espantablemente 
únieo fue no poder gritar cuando se volviera, como 
si el fin de mi existencia debiera haber sido avanzar 
precipitadamente sobre él, abrirle las mandíbulas y 
gritarle desaforadamente en plena boca — contándole 
de paso todas las muelas 

Tuve un momento de angustia tal que me olvidé de 
ser él todo lo que veía: los brazos de Díaz Vélez, las 
piernas de Díaz Vélez, los pelos de Díaz Vélez, la 
cinta del sombrero de Díaz Vélez, la trama de la 



[36] 



SELECCION DE CUENTOS 



cinta del sombrero de Díaz Vélez, la urdimbre de la 
urdimbre de Díaz Vélez, de Díaz Vélez, de Díaz 
Vélez» 

Esta segundad de qué a pesar de mi terror no me 
había olvidado un momento de él, serenóme del todo. 

Un momento después tuve loca tentación de to- 
carlo sin que él sintiera, y enseguida, lleno de la más 
grande felicidad que puede caber en un acto que es 
creación intrínseca de uno mismo, le toqué el saco 
con exquisita suavidad, justamente en el borde in- 
ferior — ni más ni menos. Lo toqué y hundí en el 
bolsillo el puño cerrado. 

Estoy seguro que más de diez personas me vieron. 
Me fijé en tres: Una pasaba por la vereda de en- 
frente en dirección contraria, y continuó su camino 
dándose vuelta a cada momento con divertida extra- 
ñeza. Llevaba una valija en la mano, que giraba de 
punta hacia mí cada vez que el otro se volvía. 

La otra era un revisador de tramway que estaba 
parado en el borde de la vereda, las piernas bastante 
separadas Por la expresión de su cara comprendí que 
antes de que yo hiciera eso ya nos había observado. 
No manifestó la mayor extrañeza ni cambió de pos- 
tura ni movió la cabeza — siguiéndonos, eso sí, con 
los ojos. Supuse que era un viejo empleado que ha- 
bía aprendido a ver únicamente lo que le convenía 

El otro sujeto era un individuo grueso, de magní- 
fico porte, barba catalana y lentes de oro Debía de 
haber sido comerciante en España. El hombre pasaba 
en ese instante a nuestro lado y me vio hacer. Tuve 
la segundad de que se había detenido. Efectivamente, 
cuando llegamos a la esquina díme vuelta y lo vi in- 
móvil aún, mirándome con una de esas estrañezas de 
hombre honrado, enriquecido y burgués que obligan 



[37] 



HORACIO QUIBQGA 



a echar un poco la cabeza atrás con el ceño arrugado 
El individuo me encantó. Dos pasos después volví el 
rostro y me reí en su cara. Vi que contraía más el 
ceño y se erguía dignamente como si dudara de ser 
el aludido Hícele un ademán de vago disparate que 
acabó de desorientarlo. 

Seguí de nuevo, atento únicamente a Díaz Vélez. 
Ya habíamos pasado Cuyo, Corrientes. Lavalle, Tucu- 
mán y Vi amonte. La historia del saco y los tres mi- 
rones había sido entre estas dos últimas Tres minu- 
tos después llegábamos a Charcas y allí se detuvo 
Díaz Miró hacia Suipacha, columbró una silueta de- 
trás de él y se volvió de golpe. Recuerdo perfecta- 
mente este detalle durante medio segundo detuvo la 
mirada en un botón de mi chaleco, una mirada rapi- 
dísima, preocupada y vaga al misino tiempo, como 
quien fija de golpe la vista en cualquier cosa a punto 
de acordarse de algo. Enseguida me miró en los ojos 

— jOh, cómo le va! — me apretó la mano, loltán- 
domela velozmente. — No había tenido el gusto de 
verlo después de aquella noche en lo de Lngones. 
¿Venía por Artes 9 

— Sí, doblé en Viamonte y me apuré para alean* 
zarlo. También tenía deseos de verlo 

— Yo también. ¿No ha vuelto por lo de Lugones? 

—Sí, y gracias por las chancacas; muy ricas. 

Nos callamos, mirándolos. 

—¿Cómo le va? — rompí sonriendo, expresándole 
en la pregunta más cariño que deseos de saber en 
realidad cómo se hallaba, 

— Muy bien — me respondió en igual tono. Y nos 
sonreímos de nuevo. 

Desde que comenzáramos a hablar yo había per- 
dido los turbios centelleos de alegría de minutos an- 



[38] 



SELECCION DE CUENTOS 



tenores. Estaba tranquilo otra Tez; eso sí, Heno de 
ternura con Díaz Vélez. Creo que nunca he mirado 
a nadie con más cariño que a él en esa ocasión. 
— ¿Esperaba el tramway? 

— Sí — afirmó mirando la hora, Al bajar la cabeza 
al reloj, \i rápidamente que la punta de la nariz le 
llegaba al borde del labio superior. Irradióme desde 
el corazón un ardiente canño por Díaz. 

— ¿No quiere que tomemos café? Hace un sol ma- 
ravilloso.* , Suponiendo que haya comido ya y no 
tenga urgencia . . 

— Sí, no, ninguna — contestóme con voí distraída 
mirando a lo lejos de la vía. 

Volvimos- Posiblemente no me acompañó con de- 
cidida buena voluntad. Yo lo deseaba muchísimo más 
alegre y sutil — sobre todo esto último. Sin embargo 
mi efusiva ternura por ¿1 dio tal animación a mi 
voz que a las tres cuadras Díaz cambió Hasta en- 
tonces no había hecho más que extender el bigote de- 
recho con la mano izquierda, asintiendo sin mirarme 
De ahí en adelante echó las manos atrás, Al llegar a 
Corrientes — no sé qüé endiablada cosa le dije — se 
sonrió de un modo imperceptible, siguió alternativa- 
mente un rato la punta de míe zapatos y me lanzó a 
los ojos una fugitiva mirada de soslayo. 

— Hum. . ya empieza — pensé. Y mis ideas, en 
perfecta fila hasta ese momento, comenzaron a cam- 
biar de posición y entrechocarse vertiginosamente 
Hice un esfuerzo para rehacerme y me acordé súbi- 
tamente de un gato plomo, sentado en una silla, que 
yo había visto cuando tenía cinco años ¿Por qué ese 
gato 9 , . Silbé y callé de golpe De pronto sonéme 
las nanees y tras el pañuelo me reí sigilosamente 
Como había bajado la cabeza y el pañuelo era gran- 



[39] 



HORACIO QUIROGA 



de, no se me veía más que los ojos. Y con ellos atisbé 
a Díaz Vélez, tan seguro de que no me vería que 
tuve la tentación fulminante de escupirme precipita- 
damente tres veces en la mano y soltar la carcajada, 
para hacer una cosa de loco. 

# 

• * 

Ya estábamos en La Brasileña. Nos sentamos en la 
diminuta mesa, uno enfrente de otro, las rodillas to- 
cando casi El fondo verde nilo del café daba en la 
cuasi penumbra una sensación de húmeda y reluciente 
frescura que obligaba a mirar con atención las pa- 
redes por ver si estaban mojadas. 

Díaz se volvió al mozo recostado de espaldas y el 
paño en las manos cruzadas, y adoptó en definitiva 
una postura cómoda. 

Pasamos un rato sin hablar, pero las moscas de la 
excitación me corrían sin cesar por el cerebro. Aun- 
que estaba seno, a cada instante cruzábame por la 
boca una sonrisa convulsiva. Mordíame los labios es- 
forzándome — como cuando estamos tentados — en 
tomar una expresión natural que rompía enseguida el 
tic desbordante. Todas mis ideas se precipitaban su- 
perponiéndose unas sobre otras con velocidad inaudita 
y terrible expresión rectilínea; cada una era un im- 
pulso incontenible de provocar situaciones ridiculas y 
sobre todo inesperadas; ganas locas de ir hasta el 
fin de cada una, cortarla de repente, seguir esta otra, 
hundir los dos dedos rectos en los dos ojos separados 
de Díaz Vélez, dar porque sí un grito enorme tirán- 
dome el pelo, y todo por hacer algo absurdo — y en 
especial a Díaz Vélez. Dos o tres veces lo miré fu- 



[40] 



SELECCION DE CUENTOS 



gazmente y bajé la vista. Debía de tener la cara en- 
cendida porque la sentía ardiendo. 

Todo esto pasaba mientras el mozo acudía con su 
máquina, servía el café v se iba, no sin antes echar 
a la calle una mirada distraída Díaz continuaba des- 
ganado, lo t que me hacía creer que cuando lo detuve 
en Charcas pensaba en cosa muy distinta de acom- 
pañar a un loco como yo. . 

|Eso es 1 Acababa de dar en la causa de mi desa- 
sosiego Díaz Vélez, loco maldito y perseguido, sabía 
perfectamente que lo que yo estaba haciendo era obra 
suya. "Estoy seguro de que mi amigo — se habrá 
dicho — va a tener la pueril idea de querer espan- 
tarme cuando nos veamos. Si me llega a encontrar 
fingirá impulsos, sicologías, persecuciones, me segui- 
rá por la calle haciendo muecas, me llevará después a 
cualquier parte, a tomar café" 

— ¡Se equivoca com-ple-ta-men-te 1 le dije, poniendo 
los codos sobre la mesa y la cara entre las manos 
Lo miraba sonriendo, sin duda, pero sin apartar mis 
pupilas de las suyas. 

Díaz me miró sorprendido de verme salir con esa 
frase inesperada. 

— ¿Qué cosa? 

— Nada, esto no más. ¡se equivoca com-ple-ta- 
men-te t 

— ¡Pero a qué diablos se refiere' Es posible que 
me equivoque, pero no sé . 4 Es muy posible que 
me equivoque, no hay duda' 

— No se trata de que haya duda o que no sepa, lo 
que le digo es esto, y voy a repetirlo claro para que 
se dé bien cuenta- 4 se e-qui-voca com-ple-ta-mente 1 

Esta vez Díaz me miró con atenta y jovial atención 
y se echó a reír, apartando la vista 



[41] 



HORACIO QVmOGA 



— i Bueno, convengamos! 

— Hace bien en convenir porque es así — insistí, 
siempre la cara entre las manos. 

— Creo lo mismo — se rio de nuevo. 

Pero yo estaba 6eguro de que el maldito individuo 
sabía muy bien qué le quería decir con eso. Cuando 
más fijaba la vista en él, más se entrechocaban hasta 
el vértigo mis ideas. 

— Dí-az Vé-lez. . . articulé lentamente, sin arrancar 
un instante mis ojos de sus pupilas. Días no se vol- 
vió a mí, comprendiendo que no le llamaba. 

— Dí-az Vé-Iez — repetí con la misma imprecisión 
extraña a toda curiosidad, como si una tercera per- 
sona invisible y sentada con nosotros hubiera inter- 
venido así. 

Díaz pareció no haber oído, pensativo Y de pronto 
se volvió francamente; lai manos le temblaban un 
poco. 

— Vea, • — me dijo con decidida sonrisa. — Sería 
bueno que suspendiéramos por hov nuestra entrevista. 
U^ted está mal y yo voy a concluir por ponerme como 
usted. Pero antes es útil que hablemos claramente, 
porque si no no nos entenderemos nunca En dos pa- 
labras usted y Lugones y todos me creen perseguido 
¿Es cierto o no? 

Seguía mirándome en los ojos, sin abandonar su 
sonrisa de amigo franco que quiere dilucidar para 
siempre malentendidos. Yo había esperado muchas 
cosas, menos ese valor Díaz me echaba, con eso sólo, 
todo su juego descubierto sobre la mesa, frente a 
frente, sin perdernos un gesto. Sabía que yo sabía 
que quena jugar conmigo otra vez, como la primera 
noche en lo de Lugones y, sin embargo, se arriesgaba 
a provocarme 



r42] 



SELECCION DE CUENTOS 



De golpe me serené, ya no se trataba de dejar co- 
rrer las moscas subrepticiamente por el propio cere- 
bro por ver qué harían, sino acallar el enjambre per- 
sonal para oir atentamente el zumbido de las moscas 
ajenas. 

— Tal vez — le respondí de un modo vago cuando 
concluyó. 

— Usted creía que yo era perseguido, ¿no es cierto? 
— Creía 

— ¿Y que cierta Listona de un amigo loco que le 
conté en lo de Lugones, era para burlarme de usted? 
—Sí. 

— Perdóneme que siga. ¿Lugones le dijo algo de 
mí? 
— Me dijo. 

— ¿Que era perseguido? 
—Sí. 

— Y usted cree mucho más que antes que soy per- 
seguido, ¿ verdad? 
— Exactamente 

Los dos nos echamos a reír, apartando al mismo 
tiempo la vista. Díaz llevó la taza a la boca, pero a 
medio camino notó que estaba ya vacía y la dejó. 
Tenía los ojos más brillantes que de costumbre y 
fuertes ojeras — no de hombre, sino difusas y mo- 
radas de mujer. 

— Bueno, bueno, — sacudió la cabeza cordial- 
mente — Es difícil que no crea eso. Es posible, tan 
posible como esto que le voy a decir, óigame bien 
Yo puedo o no ser perseguido, pero lo que es indu- 
dable es que el empeño suyo en hacerme ver que us- 
ted también lo es, tendrá por consecuencia que usted, 
en su afán de estudiarme, acabará por convertirse en 
perseguido real, y yo entonces roe ocuparé en ha- 



[43] 



HORACIO QUIROGA 



cerle muecas cuando no me vea, como usted ha hecho 
conmigo seis cuadras seguidas, hace media hora 
y esto también es cierto. Y también esto otro: los 
dos nos vemoa bien; usted sabe que yo — perseguido 
real e inteligente, soy capaz de fingir una maravillosa 
normalidad; y yo sé que usted — perseguido larva- 
do — es capaz de simular perfectos miedos. ¿Acierto 9 

— Sí, es posible haya algo de eso. 

— ¿Algo? No, todo* 

Volvimos a reírnos, apartando enseguida la vista 
Puso los dos codos sobre la mesa y la cara entre las 
manos, como yo un rato antes. 

— ¿Y si yo efectivamente creyera que usted me 
persigue? 

Vi sus ojos de arsénico fijos en los míos Entre 
nuestras dos miradas no había nada, nada más que 
esa pregunta perversa que lo vendía en un desmayo 
de su astucia. ¿Pensó él preguntarme eso? No; pero 
su delirio estaba sobrado avanzado para no sufrir esa 
tentación. Se sonreía, con su pregunta sutil; pero el 
loco, el loco verdadero se le había escapado y yo lo 
veía en sus ojos, atisbándome. 

Me encogí desenfadadamente de hombros y como 
quien extiende al azar la mano sobre la mesa cuando 
va a cambiar de postura cogí disimuladamente la azu- 
carera Apenas lo hice, tuve vergüenza y la dejé Díaz 
vio todo sin bajar los ojos. 

—Sin embargo, tuvo miedo — se sonrió, 

— No — le respondí alegremente, acercando más 
la silla. Fue una farsa, como la que podía hacer cual- 
quier amigo mío con el cual nos viéramos claro 

Yo sabía bien que él no hacía farsa alguna, y que 
a través de sus ojos inteligentes desarrollando su jue- 
go sutil, el loco asesino continuaba agazapado, como 



[44] 



SELECCION DE CUENTOS 



un animal sombrío y recogido que envía a la descu- 
bierta a los cachorros de la disimulación. Poco a poco 
la bestia se fue retrayendo y en sus ojos comenzó a 
brillar la ágil cordura Tornó a ser dueño de sí, apar- 
tóse bien el pelo luciente y se rio por última vez le- 
vantándose. 

Ya eran las dos. Caminamos hasta Charcas hablan- 
do de todo, en un común y tácito acuerdo de entrete- 
ner la conversación con cosas bien naturales, a modo 
del diálogo cortado y distraído que sostiene en el 
tramway un matrimonio. 

Como siempre en esos casos, una vez detenidos 
ninguno habló nada durante dos segundos, v también 
como siempre lo primero que se dijo nada tenía que 
ver con nuestra despedida. 

— Malo, el asfalto — insinué con un avance del 
mentón. 

—Sí, jamás está bien — respondió en igual tono. — 
¿Hasta cuándo? 

— Pronto. ¿No va a lo de Lugones? 

— Quien sabe Dígame, ¿dónde diablos vive 
Vd ? No me acuerdo. 

Dile la dirección 

— ¿Piensa ir? 

— Cualquier día. . 

Al apretarnos la mano, no pudimos menos de mi- 
rarnos en los ojos y nos echamos a reír al mismo 
tiempo, por centésima vez en dos horas. 

— Adiós, hasta siempre. 

A los pocos metros pisé con fuerza dos o tres pa- 
sos seguidos y volví la cabeza; Díaz se había vuelto 
también Cambiamos un último saludo, él con la mano 
izquierda, yo con la derecha, y apuramos el paso al 
mismo tiempo. 



[45] 




HOBACIO QUPCOGA 



Loco, ¡maldito loco! Tenía clavada en los o jos su 
mirada en el cafó; yo había visto bien, había visto 
tras el farsante que me argüía al loco bruto y des- 
confiado! ¡Y me había v«to detrás de él por las vi- 
drieras 1 Sentía otra vez ansia profunda de provo- 
carlo, hacerle ver claro que él comenzaba ya, que 
desconfiaba de mí, que cualquier día iba a querer 
hacerme esto.. . 

♦ # 

Estaba solo en mi cuarto. Era tarde ya y la casa 
dormía, no se sentía en ella el menor ruido Esta 
sensación de aislamiento fue tan nítida que incons- 
cientemente levanté la vista y miré a los costados El 
ga* incandescente iluminaba en fría paz las paredes 
Miré al pico y constaté que no sufría las leves explo- 
siones de costumbre. Todo estaba en pleno silencio 

Sabido es que basta repetirse en voz alta cinco o 
siete veces una palabra para perderle todo sentido y 
verla convertida en un vocablo nuevo y absolutamente 
incomprensible Eso me pasó Yo estaba solo, solo, 
so -lo . , ¿ Qué quiere decir solo? Y al levantar los 
ojos a la pieza vi un hombre asomado apenas a la 
puerta, que me miraba. 

Dejé un instante de respirar. Yo conocía e*o ya, y 
sabía que tras ese comienzo no está lejos el eriza- 
miento del pelo. Bajé la vista, prosiguiendo mi carta, 
pero vi de reojo que el hombre acababa de asomarse 
otra vez. ¡No era nada, nada! lo sabía bien Pero no 
pude contenerme y miré bruscamente. Había mirado; 
luego estaba perdido 

Y todo era obra de Díaz; me había sobreexcitado 
con sus estúpidas persecuciones y lo estaba pagando. 

[46] 



SELECCION DE CUENTOS 



Simulé olvidarme y continué escribiendo: pero el hom- 
bre estaba allí, Desde ese instante, del silencio alum- 
brad o, de todo el espacio que quedaba tras mis es- 
paldas, surgió la aniquilante angustia del hombre que 
en una casa sola no se siente solo, Y no era esto 
únicamente parados detrás de mí había seres. Mi 
carta seguía y los ojos continuaban asomados apenas 
en la puerta y los seres me tocaban casi. Poco a poco 
el hondo pavor que trataba de contener me erizó el 
pelo, y levantándome con toda naturalidad de que se 
es capaz en estos casos, fui a la puerta y la abrí de 
par en pan Pero yo se a coBta de qué esfuerzo pu<Je 
hacerlo sin apresurarme* 

No pretendí volver a escribir, jDíaz Vélez T No ha- 
bía otro motivo para que mis nervios estuvieran así. 
Pero estaba también completamente seguro de que una 
por una, dos por dos me iba a pagar todas las gra- 
cias de esa tarde. 

La puerta de la calle estaba abierta aún y oí la 
animación de la gente que salía del teatro. Habrá 
ido a alguno — pensé. — Y como debe tomar el tram- 

wav de Charcas, es posible pase por aquí Y si 

se le ocurre fastidiarme con sus farsas ridiculas, simu- 
lando sentirse ya perseguido y sabiendo que yo voy 
a creer justamente que comienza a estarlo. . 

Golpearon a la puerta 

4 EI r Di un salto adentro y de un soplo apagué la 
lámpara. Quédeme quieto, conteniendo la respiración 
Esperaba con la angustia a flor de epidermis un se- 
gundo golpe 

Llamaros de nuevo Y luego, al rato, sus pasos 
avanzaron por el patio. Se detuvieron en mi puerta y 
el intruso quedó inmóvil ante la oscuridad. No había 
nadie, eso no Unía duda Y de pronto me llamó ¡Mal- 



[47] 



HORACIO QUIROGA 



dito sea! ¡ Sabía que yo lo oía, que había apagado la 
luz al sentirlo y que C9taba junto a la mesa sin mo- 
verme! ¡Sabía que yo estaba pensando justamente 
ésto y que esperaba, esperaba como una pesadilla oír- 
me llamar de nuevo! 

Y me llamó por segunda vez. Y luego, después de 
una pausa larga: 

— i Horacio! 

¡ Maldición 1 ♦ . . ¿ Qué tenía que ver mi nombre con 
esto? ¿Con qué derecho me llamaba por el nombre, 
i él que a pesar de su infamia torturante no entraba 
porque tenía miedo! "jSabe que yo lo pienso en este 
momento, está convencido de ello, pero ya tiene el 
delirio y no va a entrar!" 

Y no entró Quedó un instante más sin moverse del 
umbral y se volvió al zaguán. Rápidamente dejé la 
mesa, acerquéme en puntas de pie a la puerta y asomé 
la cabeza. "Sabe que voy a hacer esto". Siguió sin 
embargo con paso tranquilo y desapareció 

A raíz de lo que me acababa de pasar, aprecié en 
todo su valor el esfuerzo sobrehumano que suponía 
en el perseguido no haberse dado vuelta, sabiendo 
que tras sus espaldas yo lo devoraba con los ojos. 

* « 

Una semana más tarde recibía esta carta: 
Mi estimado X, 

Hace cuatro días que no salgo, con un fuerte res- 
frío Si no teme el contagio, me daría un gran gusto 
viniendo a charlar un rato conmigo. 
Suyo affmo. 

Díaz Velez 



[48] 



SELECCION DE CUENTOS 



P. D — Si ve a Lugones, dígale que me han man- 
dado algo que le va a interesar mucho 

La carta llegóme a las dos de la tarde. Como hacía 
frío y pensaba salir a caminar, fui con rápido paso 
a lo de Lugones. 

— ¿Qué hace a estas horas? — me preguntó En 
esa época lo veía muy poco de tarde. 

— Nada, Díaz Vélez le manda recuerdos. 

— ¿Todavía usted con su Díaz Vélez 9 — se no. 

— Todavía Acato de recibir una tarjeta suya. Pa- 
rece que hace ya cuatro días que no sale 

Para nosotros fue evidente que ese era el principio 
del fin, y en cinco minutos de especulación a su res- 
pecto lucírnosle hacer a Díaz un millón de cosas ab- 
surdas. Pero como yo no había contado a Lugones 
mi agitado día con aquél, pronto e&tuvo agotado el 
interés y me fui. 

Por el mismo motivo, Lugones no comprendió poco 
ni mucho mi \isita de esa tarde. Ir hasta su casa ex- 
presamente a comunicarle que Díaz le ofrecía más 
chancacas, era impensable, mas corno yo me había 
ido enseguida, el hombre debió pensar cualquier cosa 
menos lo que había en realidad dentro de todo eso. 

A las ocho golpeaba Di mi nombre a la sirvienta 
y momentos después aparecía una señora vieja de evi- 
dente sencillez provinciana — cabello liso y bata ne- 
gra con interminable fila de botones forrados. 

— ¿Desea ver a Lucas? — me preguntó observán- 
dome con desconfianza 

— Sí, señora. 

— Está un poco enfermo, no sé si podrá recibirlo. 
Objetéle que, no obstante, había recibido una tar- 
jeta suya. La vieja dama me observó otra vez. 
— Tenga la bondad de esperar un momento. 



[49] 



HORACIO QUIROGA 



Volvió y me condujo a mi amigo. Díaz estaba en 
cama, sentado y con saco sobre la camiseta. Me pre- 
sentó a la señora y ésta a mí. 

—Mi tía. 

Cuando se retiró 

— Creía que vivía solo — le dije. 

— Ante9, sí, pero desde hace dos meses vivo con 
ella Arrime el sillón. 

Ahora bien, desde que lo vi confírmeme en lo que 
ya habíamos previsto con ei otro, no tenía absoluta- 
mente ningún resfrío, 

— ¿Bronquitis?. . 

— Sí, cualquier cosa de esas . . . 

Observé rápidamente en lomo. La pieza se pare- 
cía a todas como un cuarto blanqueado a otro Tam- 
bién él tenía gas incandescente Miré con curiosidad 
el pico, pero el suyo silbaba, siendo así que el mío 
explotaba Por lo demás, bello silencio en la casa. 

Cuando bajé los ojos a él, me miraba. Hacía se- 
guramente cinco segundos que me estaba mirando 
Detuve inmóvil mi vista en la suya y desde la raíz 
de la médula me subió un tentacular escalofrío* 
jPero ya estaba loco' ¡El perseguido vivía ya por su 
cuenta a flor de ojo 1 En su mirada no había nada, 
nada fuera de su fijeza asesina. 

— "Va a &altar" — me dije angustiado. Pero la obs- 
tinación cesó de pronto, y tras una rápida ojeada al 
techo, Díaz recobró su expresión habitual. Miróme 
sonriendo y bajó la vista. 

— ¿Por qué no me respondió la otra noche en su 
cuarto? 

- — No sé . . 

— ¿Cree que no entré de miedo? 
— Algo de e#o. , 



[30] 



SELECCION DE CUENTOS 



— ¿Pero cree que no estoy enfermo? 
—No... ¿Por qué? 

Levantó el brazo y lo dejó caer perezosamente so- 
bre la colcha. 

— Hace un rato yo lo miraba. . 

— ^Dejemos*. . ¿Quiere? . 

— Se me había escapado ya el loco, ¿verdad 9 . 

— ¡Dejemos, Díaz, dejemos'.. 

Tenía un nudo en la garganta. Cada palabra suya 
me hacía el efecto de un empujón más a un abismo 
inminente. 

iSi sigue, explota» ¡No va a poder contenerlo! Y 
entonces me di clara cuenta de que habíamos tenido 
razón jSe había metido en cama de miedo' Lo miré 
y me estremecí violentamente- ¡Ya estaba otra vez! 
¡El asesino había remontado nvo a sus ojos fijos en 
mí' Pero como en la vez anterior, éstos, tras nueva 
ojeada al techo, volvieron a la luz normal 

— Lo cierto es que hace un silencio endiablado 
aquí — me dijo. 

Pasó un momento* 

— ¿A usted le gusta el silencio? 

— Absolutamente. 

— Es una entidad nefasta Da enseguida la sensa- 
ción de que hay cosas que están pensando demasiado 
en uno . . Le planteo un problema, 

— Veamos. 

Los ojos le brillaban de perversa inteligencia como 
en otra ocasión. 

— Esto supóngase que Vd. está como yo, acostado, 
solo desde hace cuatro días, y que Vd. — es decir, 
yo no he pensado en Vd. Supóngase que oiga claro 
una voz, ni suya ni mía, una voz clara, en cualquier 



8 



[51] 



HORACIO QUIROGA 



parle, detrás del ropero, en el techo — ahí en el te- 
cho, por ejemplo — llamándole, insultan „ 

No continuó; quedó con los ojos fijos en el techo, 
demudóse completamente de odio y gritó: 

— jQué hay 1 4 Qué hayl 

En el fondo de mi sacudida recordé instantánea- 
mente sus miradas anteriores, él oía en el techo la 
voz que lo insultaba, pero el que lo perseguía era yo 
Quedábale aún suficiente discernimiento para no li- 
gar las dos cosas, sin duda . . 

Tras su congestión, Díaz se había puesto espanto- 
samente pálido Arrancóse al fin al techo y perma- 
neció un rato inmóvil, la expresión vaga y la respi- 
ración agitada 

No podía estar más allí, eché una ojeada al ve- 
lador y vi el cajón entreabierto. 

— "En cuanto me levante — pensé con agustia — 
me va a matar de un tiro". Pero a pesar de todo me 
puse de pie, acercándome para despedirme Díaz, con 
una brusca sacudida, se volvió a mí» Durante el tiem- 
po que empleé en llegar a su lado su respiración sus- 
pendióse y sus ojos clavados en los míos adquirieron 
toda la expresión de un animal acorralado que ve 
llegar hasta él la escopeta en mira 

— Que ae mejore, Díaz. . 

No me atrevía a extender la mano; mas la razón 
es cosa tan violenta como la locura v cuesta horri- 
blemente perderla. Volvió en sí y me la dio él mismo 

— Venga mañana, hoy estoy mal. 

— Yo creo 

— No, no, venga, ¡lenga! — concluyó con impe- 
rativa angustia. 

Salí sin ver a nadie, sintiendo, al hallarme libre y 
recordar el horror de aquel hombre inteligentísimo 



[52] 



SELECCION DE CUENTOS 



peleando con el techo, que quedaba curado para siem- 
pre de gracias sicológicas 

Al día siguiente, a las ocho de la noche, un mu- 
chacho me entregó una tarjeta. 

Señor 

Lucas insiste mucho en ver a usted Si no le fuera 
molesto le agradecería pasara hoy por ésta su casa. 
Lo saluda alte, 

Deohnda S de Roldan 

Yo había tenido un día agitado No podía pensar 
en Díaz sin verlo de nue\o gritando, en aquella ho- 
rrible pérdida de toda conciencia razonable Tenía 
los nervios tan tirantes que el brusco silbido de una 
locomotora los hubiera rolo 

Fui, sin embargo; pero mientras caminaba el me- 
nor ruido me sacudía dolorosamente Y así, cuando 
al doblar la esquina vi un grupo delante de la puerta 
de Díaz Vélez, mis piernas se aflojaron — no de mie- 
do concreto a algo, sino de las coincidencias, a las 
cosas previstas, a los cataclismos de lógica. 

Oí un rumor de espanto allí 

— t Ya viene, ya viene! — Y todos se desbanda- 
ron hasta el medio de la calle. "Ya está, está loco" 
— me dije, con angustia de lo que podía haber pa- 
sado Corrí y en un momento estuve en la puerta 

Díaz vivía en Arenales entre Bulnes y Vidt. La 
casa tenía un hondo patio lleno de plantas. Como en 
él no había luz y sí en el zaguán, más allá de éste 
eran profundas tinieblas, 

— ¿Qué pasa? — pregunté. Varios me respondieron 

— -El mozo que vive ahí está loco. 



[53] 



HORACIO QUIKOG^ 



— Anda por el patio, , . 
— Anda desnudo . . . 
— Sale corriendo . , 
Ansiaba saber de su tía, 
— Ahí está 

Me \olvi, y contra la ventana estaba llorando Ja 
pobre dama. AI verme redobló el llanto. 
— i Lucas ' i Se ha enloquecido 1 
— ¿Cuándo?. 

— Hace un rato Salió corriendo de su cuarto 
poco después de haberle mandado , t 
Sentía que me hablaban. 
— ,Oiga, oiga' 

Del fondo negro nos llegó un lam entable alando 
— Grata agí, a cada momento 

— i Ahí \iene, ahí viene! — clamaron todos, hu- 
yendo No tuve tiempo ni fuerzas para arrancarme 
Sentí una carrera precipitada y sorda, y Díaz Velez, 
lívido, los ojos de fuera y completamente desnudo 
surgió en el zaguán, llevóme por delante, hizo una 
mueca en la puerta y volvió corriendo al patio 

— i Salga de ahí, lo va matar! — me gritaron Hoy 
tiró un sillón. 

Todos habían vuelto a apelotonarse en la puerta, 
hundiendo la mirada en las tinieblas* 

— i Oiga otra vez 1 

Ahora era un lamento de agonía el que llegaba de 
allá: — jAgua 1 . ¡Agua!.,. 

— Ha pedido agua dos veces . . 

Los dos agentes que acababan de llegar habían 
optado por apostarse a ambos lados del zaguán, hacia 
el fondo, y cuando Díaz se precipitara en éste, apo- 
deiarse de él La espera fue esta vez más ansiosa aún. 



[54] 



SELECCION DE CUENTOS 



Pero pronto repitióse el alarido y tras él, el des- 
bande. 

— ^Ahí viene! 

Díaz surgió, arrojó violentamente a la calle un ja- 
rro vacío, y un instante después estaba sujeto De- 
fendióse terriblemente, pero cuando se halló imposi- 
bilitado del todo, dejó de luchar, mirando a unos y 
otros con atónita y jadeante sorpresa. No me recono- 
ció ni demoré más tiempo allí 

♦ 

* * 

A la mañana siguiente fui a almorzar con Lugo- 
nes y contéle toda la historia — serios esta vez. 

— Lástima; era muy inteligente 

— Demasiado — apoyé, recordando 

Esto pasaba en junio de mil no\ecientoa tres. 

— Hagamos una cosa — me dijo aquél ¿Por qué 
no se viene a Misiones? Tendremos algo que hacer 

Fuimos y regresamos a los cuatro meses, él con 
toda la barba y yo con el estómago perdido. 

Díaz estaba en un Instituto Desde entonces — la 
crisis duró dos días — no había tenido nada Cuando 
fui a \isitarlo me recibió efusivamente 

— Creía no verlo más. ¿Estuvo afuera? 

—Sí, un tiempo, . ¿vamos bien 9 

— Perfectamente, espero sanar del todo antes de 
fin de año 

No pude menos de mirarlo. 

— Sí — se sonrió. — Aunque no siento absoluta- 
mente nada, me parece prudente esperar unos cuan- 
tos meses Y en el fondo, desde aquella noche no he 
tenido ninguna otra cosa. 



[55 1 



HORACIO QUIROGA 



— ¿Se acuerda?. * ♦ 

— No, pero me lo contaron. Debería de quedar muy 
gracioso desnudo. 

Entretuvímonos un rato más. 

— Vea — me dijo seriamente — voy a pedirle un 
favor Venga a verme a menudo. No sabe el fastidio 
que me dan estos señores con sus inocentes cuestio- 
narios y trampas Lo que consiguen es agriarme, sus- 
citándome ideas de las cuales no quiero acordarme. 
Estoy seguro de que en una compañía un poco más 
inteligente me curaré del todo. 

Se lo prometí honradamente Durante dos meses 
vol\í con frecuencia, sin que acusara jamás la menor 
falla, y aún tocando a veces nuestras viejas cosas 

Un día hallé con él a un médico interno. Díaz me 
hizo una hgera guiñada y me presentó gravemente a 
su tutor Charlamos bien como tres amigos juiciosos. 
No obstante, notaba en Díaz Vélez — con cierto pla- 
cer, lo confieso — cierta endiablada ironía en todo 
lo que decía a su médico. Encaminó hábilmente la 
conversación a los pensionistas y pronto puso en ta- 
blas su propio caso. 

— Pero Vd. es distinto — objetó aquél. — Vd. está 
curado. 

— No tanto, puesto que consideran que aún debo 
estar aquí. 

— Simple precaución . Vd* mismo comprende. 

— ¿De qué vuelva aquello?.. Pero Vd. no cree 
que será imposible, absolutamente imposible conocer 
nunca cuándo estaré cuerdo — sin precaución, ¿como 
Vd. dice? i No puedo, yo creo, ser más cuerdo que 
ahora ! 

— iPor ese lado, no! — se rio alegremente. 



[56] 



SELECCION DE CUENTOS 



Díaz tornó a hacerme otra imperceptible guiñada. 
— No me parece que se pueda tener mayor cor- 
dura consciente que ésta — permítame Ustedes sa- 
ben, como yo, que he sido perseguido, que una no- 
che tuve una crisis, que estoy aquí hace sel* meses, 
y que todo tiempo es corto para una garantía abso- 
luta de que las cosas no retomarán Perfectamente 
Esta precaución sería sensata si yo no viera claro 
todo esto y no argumentara buenamente . Sé que 
Vd, recuerda en este momento las locuras lúcidas, y 
me compara a aquel loco de La Plata que normal- 
mente se burlaba de una escoba a la cual creía su 
mujer en los malos momentos, pero que riéndose y 
todo de sí mismo, no apartaba de ella la vista, para 
que nadie la tocara , Sé también que esta perspi- 
cacia excesiva para seguir el juicio del médico mien- 
tras se cuenta el caso hermano del nuestro es cosa 
muy de loco .y la misma agudeza del análisis, no 
hace sino confirmarlo. 4 . Pero, — aún en este caso — 
¿de qué manera, de qué otro modo podría defen- 
derse un cuerdo? 

— jNo hay otro, absolutamente otro 1 — se echó a 
reír el interrogado Díaz me miró de reojo y se en- 
cogió de hombros sonriendo 

Tenía real deseo de saber qué pensaría el médico 
de esa extrahicidez En otra época yo la había apre- 
ciado a costa del desorden de todos mis nervios 
Echele una ojeada, pero el hombre no parecía haber 
sentido su influencia. Un momento después salíamos. 

— ¿Le parece 9 . — le pregunté. 

— ¡Hum 1 » . creo que sí. — me respondió mi- 
rando el patio de costado . . . Volvió bruscamente la 
cabeza. 



[57] 



HOBACIO QUmOGA 



— jVea, vea! — me dijo apretándome el brazo. 

Díaz, pálido, los ojos dilatados de terror y odio, 
se acercaba cautelosamente a la puerta, como segu- 
ramente lo había hecho siempre — mirándome 

— jAh T | bandido ' — me gritó levantando la ma- 
no — ¡Hace ya dos meses que te veo venir 1 ,.. 



f 58 ] 



EL ALMOHADON DE PLUMA 



Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, an- 
gelical y tímida, el carácter duro de su mando heló 
sus soñadas niñerías de novia Lo quería mucho, sin 
embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuan- 
do volviendo de noche juntos por la calle, echaba 
una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo 
desde hacía una hora El, por su parte, la amaba pro- 
fundamente, sin darlo a conocer. 

Durante tres meses — se habían casado en abril — 
vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella 
deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, 
más expansiva e incauta ternura; pero el impasible 
semblante de su marido la contenía siempre. 

La casa en que vivían influía un poco en sus es- 
tremecimientos La blancura del patio silencioso — fri- 
sos, columnas y estatuas de mármol — producía una 
otoñal impresión de palacio encantado Dentro, el 
brillo glacial del estuco, sin el más leve Tasguño en 
las altas paredes, afirmaba aquella sensación de des- 
apacible frío Al cruzar de una pieza a otra, los pa- 
sos hallaban eco en toda la casa, como si un largo 
abandono hubiera sensibilizado su resonancia. 

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el 
otoño No obstante, había concluido por echar un 
velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida 
en la casa hostil, sm querer pensar en nada hasta que 
llegaba su mando. 

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque 
de influenza que se arrastró insidiosamente días y 



[59] 



HOBACIO QTJIKOGA 



días, Alicia no se reponía nunca AI fin una tarda 
pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él Mi- 
raba indiferente a uno y otro lado De pronto Jor- 
dán con honda ternura, le pasó la mano por la ca- 
beza, y Alicia rompió enseguida en sollozos, echán- 
dole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su 
espanto callado, redoblando el llanto a la menor ten- 
tativa de caricia Luego los sollozos fueron retardán- 
dose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, 
sin moverse ni decir una palabra 

Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada 
Al día siguiente amaneció desvanecida» El médico de 
Jordán la examinó con suma atención, ordenándole 
calma y descanso absolutos* 

—No sé — le dijo a Jordán en la puerta de calle, 
con la voz todavía baja — Tiene una gran debilidad 
que no me explico, y sm vómitos, nada . . Si mañana 
«e despierta como hoy, llámeme enseguida. 

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta Cons- 
tatóse una anemia de marcha agudísima, completa- 
mente inexplicable, Alicia no tuvo más desmayos, pero 
se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dor- 
mitorio estaba con las luces prendidas y en pleno si- 
lencio Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia 
dormitaba Jordán vivía casi en la sala, también con 
toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un 
extremo a otro, con incansable obstinación. La al- 
fombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dor- 
mitorio y proseguía su raudo vaivén a lo largo de 
la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba 
en su dirección. 

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, con- 
fusas y flotantes al principio, y que descendieron luego 
a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesurada- 



[80] 



SELECCION DE CUENTOS 



mente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a 
uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche 
se quedó de repente mirando fijamente Al rato abrió 
la boca para gritar, y sus narices y labios se perla- 
ron de sudor. 

— i Jordán T L Jordán T — clamó, rígida de espanto, 
sin dejar de mirar la alfombra, 

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer 
Alicia dio un alarido de horror. 

— i Soy yo, Alicia, soy yo! 

Alicia lo miró con extravío, miró la alfombra, vol- 
vió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta 
confrontación, se serenó Sonrió y tomó entre las su- 
yas la mano de su marido, acariciándola temblando. 

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un an- 
tropoidea apoyado en la alfombra sobre los dedos, 
que tenía fijos en ella los ojos 

Los médicos volvieron inútilmente* Había allí de- 
lante de ellos una vida que se acababa, desangrán- 
dose día a día, hora a hora, sm saber absolutamente 
cómo En la última consulta Alicia yacía en estupor 
mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro 
la muñeca inerte La observaron largo rato en silen- 
cio y siguieron al comedor 

— Pst . — se encogió de hombros desalentado su 
médico — Es un caso serio . . poco hay que hacer. ► 

— i Sólo eso me faltaba T — resopló Jordán. Y tam- 
borileó bruscamente sobre la mesa, 

Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, 
agravado de tarde, pero que remitía siempre en las 
primeras horas. Durante el día no avanzaba su en- 
fermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en sín- 
cope casi. Parecía que únicamente de noche se le 
fuera la vida en nuevas olas de sangre Tenía sienv 



Í61] 



HORACIO QXJIROGA 



pre al despertar la sensación de estar desplomada en 
la cania con un millón de kilos encima. De*de el ter- 
cer día este hundimiento no la abandonó más Ape- 
nas podía mover la cabeza No quiso que le tocaran 
la cama, ni aun que le arreglaran el almohadón Sus 
terrores crepusculares avanzaron en forma de mons- 
truos que se arrastraban hasta la cama y trepaban 
dificultosamente por la colcha 

Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales 
deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban 
fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala 
En el silencio agónico de la casa, no se oía más que 
el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor 
ahogado de los eternos pasos de Jordán. 

Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a 
deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada 
el almohadón. 

— ¡Señor 1 — llamó a Jordán en voz baja. — En 
el almohadón hay manchas que parecen de sangre. 

Jordán se acercó rápidamente y se dobló a su vez 
Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del 
hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían 
manchitas oscuras, 

— Parecen picaduras — murmuró la sirvienta des- 
pués de un rato de inmóvil observación 

— Levántelo a la luz — le dijo Jordán. 

La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, 
y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando Sin 
saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le 
erizaban. 

— ¿Qué hay? — murmuró con la voz ronca, 
— Pesa mucho — articuló la sirvienta, sin dejar 
de temblar. 



[62] 



SELECCION DE CUENTOS 



Jordán lo levantó, pesaba extraordinariamente. Sa- 
lieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán 
cortó funda y envoltura de un tajo Las plumas su- 
periores volaron, y la sirvienta dio un grito de ho- 
rror con toda la boca abierta, llevándose las manos 
crispada* a los bandos — sobre el fondo, entre las 
plumas, moviendo lentamente las patas velludas, ha- 
bía un animal monstruoso, una bola viviente y vis- 
cosa Estaba tan hinchado que apenas se le pronun- 
ciaba la boca. 

Noche a noche, desde que Alicia había caído en 
cama, había aplicado sigilosamente su boca — su 
trompa, mejor dicho — a las sienes de aquella, chu- 
pándole la sangre La picadura era casi impercepti- 
ble La. remoción diaria del almohadón había impe- 
dido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven 
no pudo moverse, la succión fue vertiginosa En cinco 
días, en cinco noches, había vaciado a Alicia, 

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio 
habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones pro- 
porciones enormes. La sangre humana parece series 
particularmente favorable, y no es raro hallarlos en 
los almohadones de pluma. 



[63] 



LA INSOLACION 



El cachorro Oíd salió por la puerta y atravesó el 
patio con paso recto y perezoso. Se detuvo en la linde 
del pasto, estiró al monte, entrecerrando los ojos, la 
nariz vibrátil y se sentó tranquilo Veía la monótona 
llanura del Chaco, con sus alternativas de campo y 
monte, monte y campo, sin más color que el crema 
del pasto y el negro del monte Este cerraba el hori- 
zonte, a doscientos metros, por tres lados de la cha- 
cra Hacia el oeste, el campo se ensanchaba v exten- 
día en abra, pero que la ineludible línea sombría en- 
marcaba a lo lejos. 

A esa hora temprana, el confín, ofuscante de luz a 
mediodía, adquiría reposada nitidez. No había una 
nube ni un soplo de viento. Bajo la calma del cielo 
plateado* el campo emanaba tónica frescura que traía 
al alma pensativa, ante la certeza de otro día de seca, 
melancolías de mejor compensado trabajo 

Milk, el padre del cachorro, cruzó a su vez el patio 
y se sentó al lado de aquél, con perezoso quejido de 
bienestar. Permanecían inmóviles, pues aún no había 
moscas. 

Oíd, que miraba hacía rato la vera del monte, ob- 
servó 

— La mañana es fresca 

Milk siguió la mirada del cachorro y quedó con la 
vista fija, parpadeando distraído. Después de un mo- 
mento, dijo 

— En aquel árbol hay dos halcones 



[64] 



SELECCION DE CUENTOS 



_ Volvieron la vista indiferente a un buey que pa- 
saba, y continuaron mirando por costumbre las cosas 

Entretanto, el oriente comenzaba «i empurpurarse 
en abanico, y el horizonte había perdido va su mati- 
nal precisión. Milk cruzó las patas delanteras y smtió 
leve dolor. Miró sus dedos sm moverse, decidiéndose 
por fin a olfatearlos. El día anterior se había sacado 
un pique, y en recuerdo de lo que había sufrido la- 
mió extensamente el dedo enfermo 

— No podía caminar — exclamó, en conclusión. 

Oíd no entendió a qué se refería Milk agregó* 

— Hay muchos piques. 

Esta vez el cachorro comprendió Y repuso por su 
cuenta, después de largo rato: 

— Hay muchos piques 

Callaron de nuevo, convencidos. 

El sol salió, y en el pumer baño de luz las pavas 
del monte lanzaron al aire puro el tumultuoso trom- 
peteo de su charanga Los perros, dorados al sol obli- 
cuo, entornaron los ojos, dulcificando su molicie en 
beato pestañeo. Poco a poco la pareja aumentó con 
la llegada de los otros compañeros Dick, el taci- 
turno preferido; Prince, cuyo labio superior, partido 
por un coatí, dejaba ver dos dientes, e Isondíí, de 
nombre indígena. Los cinco fox-terners, tendidos y 
muertos de bienestar, durmieron, 

Al cabo de una hora írguieron la cabeza; por el 
lado opuesto del bizarro rancho de dos pisos — el 
inferior de barro y el alto de madera, con corredores 
y baranda de chalet — habían Bentido los pasos de 
su dueño que bajaba la escalera. Mister Jones, la toa- 
lla al hombro, se detuvo un momento en la esquina 
del rancho y miró el sol, alto ya. Tenía aún la mi- 



[65] 



HORACIO QUIKOGA 



rada muerta y el labio pendiente tras su solitaria ve- 
lada de whisky, más prolongada que las habituales 

Mientras se lavaba los perros se acercaron y le 
olfatearon las botas, meneando con pereza el rabo. 
Como las fieras amaestradas, los perros conocen el 
menor indicio de borrachera en su amo Se alejaron 
con lentitud a echarse de nuevo al sol Pero el calor 
creciente les hizo presto abandonar aquel por la som- 
bra de los corredores. 

El día avanzaba igual a los precedentes de todo ese 
mes, seco, límpido, con catorce horas de sol calci- 
nante que parecía mantener el cielo en fusión, y que 
en un instante resquebrajaba la tierra mojada en cos- 
tras blanquecinas, Mister Jones fue a la chacra, miró 
el trabajo del día anterior y retornó al rancho En 
toda esa mañana no hizo nada Almorzó y subió a 
dormir la siesta 

Los peones volvieron a las dos a la carpición, no 
obstante la hora de fuego, pues los yuyos no dejaban 
el algodonal. Tras ellos fueron los perros, muy ami- 
gos del cultivo, desde que el invierno pasado hubie- 
ran aprendido a disputar a los halcones los gusanos 
blancos que levantaba el arado. Cada uno se echó 
bajo un algodonero, acompañando con su jadeo los 
golpes sordos de la azada. 

Entretanto el calor crecía En el paisaje silencioso 
y encegueciente de sol, el aire vibraba a todos lados, 
dañando la vista. La tierra removida exhalaba vaho 
de horno, que los peones soportaban sobre la cabeza, 
envuelta hasta las orejas en el flotante pañuelo, con 
el mutismo de sus trabajos de chacra. Los perros cam- 
biaban a cada rato de planta, en procura de más 
fresca sombra. Tendíanse a lo largo, pero la fatiga 



[66] 



SELECCION DE CUENTOS 



los obligaba a sentarse sobre las patas traseras para 
respirar mejor. 

Reverberaba ahora delante de ellos un pequeño pá- 
ramo de greda que ni siquiera se había intentado 
arar Allí, el cachorro vio de pronto a Mister Jones 
que lo miraba fijamente, sentado sobre un tronco» Oíd 
se puso en pie, meneando el rabo. Los otros levan- 
táronse también, pero erizados. 

— |Es el patrón ' — • exclamó el cachorro, sorpren- 
dido de la actitud de aquéllos 

— No. no es él, — replicó Dick 

Los cuatro perros estaban juntos gruñendo sorda- 
mente, sin apartar lo* ojos de Míster Jones, que con- 
tinuaba inmóvil, mirándolos El cachorro, incrédulo, 
fue a avanzar, pero Pnnce le mostró los dientes* 

— No es él, es la Muerte. 

El cachorro se erizó de miedo y retrocedió al grupo 

— ¿Es el patrón muerto? — preguntó ansiosamente 
Los otros, sin responderle, rompieron a ladrar con 
furia, siempre en actitud de miedoso ataque Sin mo- 
verse, Mister Jones se desvaneció en el aire ondulante 

Al oír los ladridos, los peones habían levantado la 
vista, sin distinguir nada Giraron la cabeza para ver 
si había entrado algún caballo en la chacra, y se do- 
blaron de nuevo 

Los fox-terners volvieron al paso al rancho El ca- 
chorro, erizado aún, se adelantaba y retrocedía con 
cortos trotes nerviosos, y supo de la experiencia de 
sus compañeros que cuando una cosa va a morir, 
aparece antes. 

— ¿Y cómo saben que ése que vimos no era el pa- 
trón vivo ' — preguntó. 

— Porque no era él, — le respondieron displicentes 

£67] 

9 



HORACIO QUIROGA 



— Luego la Muerte, y con ella el cambio de dueño, 
las miserias, las patadas, estaba sobre ellos ' Pasaron 
el resto de la tarde al lado de su patrón, sombríos y 
alerta, Al menor ruido gruñían, sin saber adonde 
Mister Jones sentíase satisfecho de su guardiana in- 
quietud. 

Por fin el sol se hundió tras el negro palmar del 
arroyo, y en la calma de la noche plateada, los pe- 
rros se estacionaron alrededor del rancho, en cuvo 
piso alto Mister Jones recomenzaba su velada de 
whisky A media noche oyeron sus pasos, luego la 
doble caída de las botas en el piso de tablas, y la 
luz se apagó Los perros, entonces, sintieron más el 
próximo cambio de dueño, y solos, al pie de la casa 
dormida, comenzaron a llorar. Lloraban en coro, vol- 
cando sus sollozos convulsivos y secos, como mastica- 
dos, en un aullido de desolación, que la voz cazadora 
de Prmcc sostenía, mientras los otros tomaban el so- 
llozo de nuevo. El cachorro ladraba La noche avan- 
zaba, y los cuatro perros de edad, agrupados a la 
luz de la luna 5 el hocico extendido e hinchado de la- 
mentos — bien alimentados y acariciados por el dueño 
que iban a perder — continuaban llorando su domés- 
tica miseria 

A la mañana siguiente Mister Jones fue él mismo 
a buscar las muías y las unció a la carpidora, traba- 
jando hasta las nueve No estaba satisfecho, sin em- 
bargo. Fuera de que la tierra no había sido nunca 
bien rastreada, las cuchillas no tenían filo, y con el 
paso rápido de las muías, la carpidora saltaba Vol- 
vió con esta y afiló sus rejas, pero un tornillo en que 
ya al comprar la máquina había notado una falla, 
se rompió al armarla Mandó un peón al obraje pró- 
ximo, recomendándole el caballo, un buen animal, 



[68] 



SELECCION DE CUENTOS 



pero asoleado Alzó la cabeza al sol fundente de me- 
diodía e insistió en que no galopara un momento. 
Almorzó enseguida y subió. Los perros, que en la 
mañana no habían dejado un segundo a su patrón, 
se quedaron en los corredores 

La siesta pesaba, agobiada de luz y silencio Todo 
el contorno estaba brumoso por las quemazones Al- 
rededor del rancho la tierra blanquizca del patio, des- 
lumhraba por el sol a plomo, parecía deformarse en 
trémulo hervor, que adormecía los ojos parpadeantes 
de los fox-terners. 

— No ha aparecido más — dijo Milk 
Oíd, al oír aparecido, levantó las orejas sobre los 
ojos. 

Esta vez el cachorro, incitado por la evocación, se 
puso en pie y ladró, buscando a qué. Al rato calló 
con el grupo, entregado a su defensiva cacería de 
moscas 

— No vino más — agregó Isondú, 

— Había una lagartija bajo el raigón, — recordó 
por primera vez Prince. 

Una gallina, el pico abierto y las alas apartadas 
del cuerpo, cruzó el patio incandescente con su pe- 
sado trote de calor. Prince la siguió perezosamente 
con la vista, y saltó de golpe 

— L Viene otra vez! — gritó. 

Por el norte del patio avanzaba solo el caballo en 
que había ido el peón. Los perros se arquearon so- 
bre las patas, ladrando con prudente furia a la Muerte 
que se acercaba. El animal caminaba con la cabeza 
baja, aparentemente indeciso sobre el rumbo que iba 
a seguir AI pasar frente al rancho dio unos cuantos 
pasos en dirección al pozo, y se degradó progresi- 
vamente en la cruda luz. 



[69] 



HORACIO QUIROGA 



Mi&ter jones bajó; no tenía sueño. Disponíase a 
proseguir el montaje de la carpidora, cuando vio lle- 
gar inesperadamente al peón a caballo. A pesar de 
su orden, tenía que haber galopado para volver a 
esa hora. Culpólo, con $oda su lógica nacional, a lo 
que el otro respondía con evasivas razones Apenas 
libre y concluida su misión, el pobre caballo, en cu- 
\oa ijares era imposible contar el latido, tembló aga- 
chando la cabeza, y cayó de costado Mister Jones 
mandó al peón a la chacra, con el rebenque aún en la 
mano, para no echarlo si continuaba oyendo sus je- 
suíticas disculpas. 

Pero los perros estaban contentos La Muerte, que 
buscaba a su patrón, se había conformado con el ca- 
ballo. Sentíanse alegres, libres de preocupación, y en 
consecuencia disponíanse a ir a la chacra tras el peón, 
cuando oyeron a Mieter Jones que gritaba a éste, 
lejos ya. pidiéndole el tornillo. No había tornillo* el 
almacén estaba cerrado, el encargado dormía, etc 
Mister Jonea, sin replicar, descolgó su casco y salió 
él mismo en busca del utensilio. Resistía el sol como 
un peón, y el paseo era maravilloso contra su mal 
humor. 

Los perros lo acompañaron, pero se detuvieron a 
la sombra del primer algarrobo, hacía demasiado ca- 
lor. Desde allí, firmes en las patas, el ceño contraído 
y atento, lo veían alejarse. Al fin el temor a la so- 
ledad pudo más* y con agobiado trote siguieron tras él. 

Mister Jones obtuvo &u tornillo y volvió. Para acor- 
tar distancia, desde luego, evitando la polvorienta cur- 
va del camino, marchó en línea recta a su chacra 
Llegó al nacho y se internó en el pajonal, el dilu- 
viano pajonal del Saladito, que ha crecido, secado y 
retoñado desde que hay paja en el mundo, sin cono- 



SELECCION DE CUENTOS 



cer fuego Las malas, arqueadas en bóveda a la altura 
del pecho, se entrelazaban en bloques macizos. La 
tarea de cruzarlo, sena ya con día fresco, era muy 
dura a esa hora. Mister Jones lo atravesó, sin em- 
bargo, braceando entre la paja restallante y polvo- 
rienta por el barro que dejaban las crecientes, aho- 
gado de fatiga y acres vaho¡5 de nitratos 

Salió por fin y se detuvo en la linde; pero era im- 
posible permanecer quieto bajo ese sol y ese cansan- 
cio Marchó de nuevo Al calor quemante que crecía 
pin cesar desde tres días atrás, agregábase ahora el 
sofocamiento del tiempo descompuesto El cielo es- 
taba blanco y no se sentía un soplo de viento. El 
aire faltaba, con angustia cardíaca que no permitía 
concluir la respiración. 

Mister Jones se convenció de que había traspasado 
su límite de resistencia- Desde hacía rato le golpeaba 
en los oídos el latido de las carótidas. Sentíase en el 
aire, como si dentro de la cabeza le empujaran el 
cráneo hacia arriba. £e mareaba mirando el pasto 
Apresuró la marcha para acabar con eso de una 
vez» y de pronto volvió en sí y se halló en distinto 
paraje había caminado media cuadra sin darse cuen- 
ta de nada Miró atrás y la cabeza se le fue en un 
nuevo vértigo. 

Entretanto, los perros seguían tras él, trotando con 
toda la lengua de fuera A veces, asfixiados, detenían- 
se en las sombras de un espartillo; se sentaban pre- 
cipitando su jadeo, pero volvían al tormento del sol 
Al fin, como la casa estaba ya próxima, apuraron el 
trote Fue en ese momento cuando Oíd, que iba ade- 
lante, vio tras el alambrado de la chacra a Mister 
Jones, vestido de blanco, que caminaba hacia ellos 



[71] 



HORACIO QUIROGA 



El cachorro, con súbito recuerdo, volvió la cabeza a 
su patrón, y confrontó. 

— ¡La Muerte, la Muerte! — aulló. 

Los otros lo habían visto también, y ladraban eri- 
zados. Vieron que atravesaba el alambrado, y un ins- 
tante creyeron que se iba a equivocar; pero al llegar 
a cien metros se detuvo, miró el grupo con sus ojos 
celestes, y marchó adelante 

— ¡Que no camine hgero el patrón! — exclamó 
Prmce. 

— ¡Va a tropezar con él T — aullaron todos. 
En efecto, el otro, tras breve hesitación, había avan- 
zado, pero no directamente sobre ellos como antes, 
sino en línea oblicua y en apariencia errónea, pero 
que debía llevarlo justo al encuentro de Mister Jones. 
Los perrog comprendieron que esta vez todo concluía, 
porque su patrón continuaba caminando a igual paso 
como un autómata, gm darse cuenta de nada El otro 
llegaba ya Hundieron el rabo y corrieron de contado, 
aullando Pasó un segundo, y el encuentro se produjo 
Mister Jones se detuvo, giró sobre sí mismo y se 
desplomó 

Los peones, que lo vieron caer, lo llevaron a prisa 
al rancho, pero fue inútil toda el agua; murió sin 
volver en sí. Mister Moore, su hermano materno, fue 
de Buenos Aires, estuvo una hora en la chacra y en 
cuatro días liquidó todo, volviéndose enseguida al sur. 
Los indios se repartieron los perros que vivieron en 
adelante flacos y sarnosos, e iban todas la^ noches 
con hambriento sigilo a robar espigas de maíz en las 
chacras ajenas 



[72] 



EL MONTE NEGRO 



Cuando los asuntos se pusieron decididamente mal, 
Borderán y Cía, capitalistas de la empresa Quebra- 
cho y Tanino. del Chaco, quitaron a Braccamonte la 
gerencia. A los dos meses la empresa, falta de la vi- 
vacidad del italiano, que era en todo caso el único 
capaz de haberla salvado, iba a la liquidación. Bor- 
derán acusó furiosamente a Braccamonte por no ha- 
ber visto que el quebracho era pobre, que la distan- 
cia a puerto era mucha; que el tanino iba a bajar; 
que no se hacen contratos de soga al cuello en el 
Chaco — léase chasco — que, según informes, los 
bueyes eran viejos v las alzaprimas, más, etc , etc En 
una palabra, que no entendía de negocios 

Braccamonte, por su parte, gritaba que los famosos 
100 000 pesos invertidos en la empresa, lo fueron con 
una parsimonia tal, que cuando él pedía 4 000 pesos, 
enviábanle 3 500, 2 000, 1800 Y asi todo. Nunca 
consiguió la cantidad exacta. Aun a la semana, de 
un telegrama recibió 800 pesos en vez de 1 000 que 
había pedido 

Total lluvias inacabables, acreedores uTgentes, la 
liquidación, y Braccamonte en la calle, con 10 000 
pesos de deuda. 

Este solo detalle debería haber bastado para jus- 
tificar la buena fe de Braccamonte, dejando a su 
completo cargo la deficiencia de dirección, Pero la 
condena pública fue absoluta* mal gerente, pésimo ad- 
ministrador, y aún cosas más graves. 



[73] 



HORACIO QUTROGA 



En cuanto a su deuda, los mayoristas de la loca- 
lidad perdieron desde el primer momento toda espe- 
ranza de satisfacción. Hizose broma de esto en Re- 
sistencia. 

"¿Y usted no tiene cuentas con Braccamonte 9 " — 
era lo primero que se decían dos personas al encon- 
trarse Y las carcajadas crecían si, en efecto, acerta- 
ban. Concedían a Braccamonte ojo perspicaz para adi- 
vinar un negocio, pero sólo eso. Hubieran deseado 
menos cálculos brillantes y más actividad reposada. 
Negábanle, sobre todo, experiencia del terreno No 
era posible llegar a«ú a un país y triunfar de golpe 
en lo más difícil que hay en él No era capaz de una 
tarea ruda y juiciosa, y mucho menos visto el cui- 
dado que el advenedizo tenía de su figura no era 
hombre de trabajo. 

Ahora bien, aunque a Braccamonte le dolía la falta 
de fe en su honradez, ésta le exasperaba menos, a 
fuer de italiano ardiente, que la creencia de que él 
no fuera capaz de ganar dinero. Con su hambie de 
triunfo, rabiaba tras ese primer fracaso 

Pasó un mes nervioso, hostigando su imaginación. 
Hizo dos o tres viajes al Rosario, donde tenía ami- 
gos, y por fin dio con su negocio, comprar por me- 
nos de nada una legua de campo en el suroeste de 
Resistencia ) abrirle salida al Paraná, aprovechando 
el alza del quebracho. 

En esa legión de esteros y zanjones la empresa era 
fuerte, sobre todo debiendo efectuarla a todo vapor, 
pero Braccamonte ardía como un tizón Asocióse con 
Banker, sujeto inglés, viejo contrati&ta de obraje, y 
a los tres meses de su bancarrota emprendía marcha 
al Salado, con bueyes, carretas, muías y útiles. Como 
obra preparatoria tuvieron que construir sobre el Sa- 



[74] 



SELECCION DE CUENTOS 



lado una balsa de 40 borda!esa3 Braccamonte, con su 
ojo preciso de ingeniero nato, dirigía los trabajos. 

Pasaron Marcharon luego dos días, arrastrando 
penosamente las carretas y alzaprimas hundidas en 
el estero, y llegaron al fin al Monte Negro. 

Sobre la única loma del país hallaron agua a tres 
metros, y el pozo se afianzó con cuatro bordalesas 
desfondadas. Al lado levantaron el rancho campal, 
y enseguida comenzó la tarea de los puentes Las cin- 
co leguas desde el campo al Paraná estaban cortadas 
por zanjones y riachos, en que los puentes eran in- 
dispensables. Se cortaban palmas en la barranca y se 
las echaba en sentido longitudinal a la corriente, hasta 
llenar la zanja. Se cubría todo con tierra, y una vez 
pasados bagajes y carretas avanzaban todos hacia el 
Paraná 

Poco a poco se alejaban, del rancho, y a partir del 
quinto puente tuvieron que acampar sobre el terreno 
de operaciones. El undécimo fue la obra más seria de 
la campaña El nacho tenía 60 metros de ancho, y 
allí no era utilizable el desbarrancamiento en montón 
de palmas Fue preciso construir en forma pilares de 
palmeras, que se comenzaron arrojando las palmas, 
hasta lograr con ellas un piso firme. Sobre este piso 
colocaban una línea de palmeras niveladas, encima 
otra transversal, luego una longitudinal, y así hasta 
conseguir el nivel de la barranca Sobre el plano su- 
perior tendían una línea definitiva de palmas, afir- 
madas con clavos de urunday a estacones verticales, 
que afianzaban el primer pilar del puente. Desde esta 
base repetían el procedimiento, avanzando otros cua- 
tro metros hacia la barranca opuesta. En cuanto al 
agua, filtraba sin ruido por entre los troncos 



[75] 



HORACIO QUIROGA 



Pero esa tarea fue lenta, pesadísima, en un terrible 
\erano, y duró dos meses. Como agua, artículo prin- 
cipal, tenían la límpida, si bien oscura, del nacho Un 
día. sin embargo, después de una noche de tormenta, 
aquél amaneció plateado de peces muertos. Cubrían 
el riacho y derivaban sin cesar. Recién al anochecer, 
disminuyeron. Oías después pasaba aún uno que otro. 
A todo evento, los hombres se abstuvieron por una 
semana de tomar esa agua, teniendo que enviar un 
peón a buscar la del pozo, que llegaba tibia. 

No era sólo esto Los bueyes y muías se perdían 
de noche en el campo abierto, y los peones, que sa- 
lían al aclarar, volvían con ellos ya alto el sol, cuan- 
do el calor agotaba a los buejes en tres horas Luego 
pasaban toda la mañana en el nacho, luchando, sin 
un momento de descanso, contra la falta de iniciativa 
de los peones, teniendo que estar en todo, escogiendo 
las palmas, dirigiendo el derrumbe, afirmando, con 
los brazos arremangados, los catres de los pilares, 
hajo el sol de fuego y el vaho asfixiante del pajonal, 
hinchados por tábanos y banguís La greda amarilla 
y leverb erante del palmar les irritaba los ojos y que- 
maba los pies De vez en cuando sentíanse detenidos 
por la vibración crepitante de una serpiente de cas- 
cabel, que sólo se hacía oír cuando estaban a punto 
de pisarla. 

Concluida la mañana, almorzaban Comían, mañana 
Y noche, un plato de locro, que mantenían alejado 
sobre las rodillas, para que el sudor no cayera dentro, 
bajo un cobertizo hecho con cuatro chapas de zinc, 
que enceguecían entre moarés de aire caldeado. Era 
la! allí el calor, que no se sentía entrar el aire en 
los pulmones. Las barretas de fierro quemaban en 
la sombra. 



[76] 



SELECCION DE CUENTOS 



Dormían la siesta, defendidos de los polvorines por 
mosquiteros de gasa que, permitiendo apenas pasar 
el aire, levantaban aún la temperatura Con todo, 
ese martirio era preferible al de los polvorines. 

A las dos volvían a los puentes, pues debían a cada 
momento reemplazar a un peón que no comprendía 
bien — hundidos hasta las rodillas en el fondo po- 
drido y fofo del riacho, que burbujeaba a la menor 
remoción, exhalando un olor nauseabundo Como en 
estos casos no podían separar las manos del tronco, 
que sostenían en alto a fuerza de ríñones, los tábanos 
los aguijoneaban a mansalva 

Pero, no obstante esto, el momento verdaderamente 
duro era el de la cena» A esa hora el estero comen- 
zaba a zumbar, y enviaba sobre ellos nubes de mos- 
quitos, tan densas, que tenían que comer el plato de 
locro caminando de un lado para otro. Aun así no 
lograban paz, o devoraban mosquitos o eran devora- 
dos por ellos. Dos minutos de esta tensión acababa 
con los nervios más templados. 

En estas circunstancias, cuando acarreaban tierra 
al puente grande, llovió cinco días seguidos, y el char- 
que se concluyó Los zanjones, desbordados, imposi- 
bilitaban nueva provista, y tuvieron que pasar quince 
días a Iocto guacho — maíz cocido en agua única- 
mente — . Como el tiempo continuó pesado, los mos- 
quitos recrudecieron en forfna tal que ya ni caminan- 
do era posible librar el locro de ellos En una de 
esas tardes, Banker, que se paseaba entre un oscuro 
nimbo de mosquitos, sin hablar una palabra, tiró de 
pronto el plato contra el suelo, y dijo que no era po- 
sible vivir más así, que eso no era vida, que él se 
iba. Fue menester todo el calor elocuente de Brac- 
camonte, y en especial la evocación del muy seno 



[77 1 



HORACIO QUIROGA 



contrato entre ellos para que Bankeu se calmara» Pero 
Bracc amonte, en su interior, había pasado tres días 
maldiciéndose a sí mismo por esa estúpida empresa. 

El tiempo se afirmó por fin, y aunque el calor cre- 
ció y el viento norte sopló su fuego sobre las caras, 
sentíase el aire en el pecho por lo menos. La \ida 
sua\ izóse algo — más carne y menos mosquitos de 
comida — , y concluyeron por fin el puente grande, 
tras dos meses de penurias. Había devorado 2 700 
palmas. La mañana en que echaron la última palada 
de tierra, mientras las carretas lo cruzaban entre la 
gritería de triunfo de los peones, Bracc amonte y Ban- 
ker, parados uno al lado del otro, miraron largo rato 
su obra común, cambiando cortas observaciones a su 
respecto, que ambos comprendían sin oírlas casi 

Los demás puentes, pequeños todos, fueron un jue- 
go, además de que al verano había sucedido un seco 
y frío otoño. Hasta que por fin llegaron al río. 

Así, en seis meses de trabajo rudo y tenaz, que- 
brantos y cosas amargas, mucho más para contadas 
que pasadas, los dos socios construyeron 14 puentes, 
con la sola ingeniería de su experiencia y de su de- 
cisión incontrastable. Habían abierto puerto a la ma- 
dera sobre el Paraná, y la especulación estaba hecha. 
Pero salieron de ella las mejillas excavadas, las duras 
manos jaspeadas por blancas^ cicatrices de granos, y 
con rabiosas ganas de sentarse en paz a una mesa 
con mantel. 

Un mes después — el quebracho siempre en suba — , 
Braccamonte había vendido su campo, comprado en 
8 000 pesos, en 22 000. Los comerciantes de Resis- 
tencia no cupieron de satisfacción al verse pagados, 
cuando ya no lo esperaban — aunque creyendo siem- 
pre que en la cabeza del itahano había más fantasía 
que otra cosa 



[78] 



LOS CAZADORES DE RATAS 



Una siesta de in\ierno, las víboras de cascabel, 
que dormían extendidas sobre la greda* se arrollaron 
bruscamente al oír insólito ruido. Como la vista no 
es su agudeza particular, mantuviéronse inmóviles, 
mientras prestaban oído 

—Es el ruido que hacían aquéllos.. — murmuró 
la hembra. 

• — Sí, son voces de hombre, son hombres — afirmó 
el macho. 

Y pasando una por encima de la otra se retiraron 
veinte metros Desde allí miraron Un hombre alto 
y rubio y una mujer rubia y gruesa se habían acer- 
cado y hablaban observando los alrededores. Luego 
el hombre midió el suelo a grandes pasos, en tanto 
que la mujer clavaba señales en los extremos de cada 
recta. Conversaron después, señalándose mutuamente 
distintos lugares, y por fin se alejaron 

— Van a vivir aquí, — dieron las víboras — . Ten- 
dremos que irnos» 

En efecto, al día siguiente llegaron los colonos con 
un hijo de tres años y una carreta en que había ca- 
tres, cajones, herramientas sueltas y gallinas atadas 
a la baranda Instalaron la carpa, y durante semanas 
trabajaron todo el día. La mujer interrumpíase para 
cocinar, y el hijo, ira osezno blanco, gordo y Tubio, 
ensayaba de un lado a otro su infantil marcha de pato 

Tal fue el esfuerzo de la gente aquella, que al cabo 
de un mes tenían pozo, gallinero y rancho prontos 
— aunque a osle faltaban aúa las puertas* Después 



[79] 



HORACIO QUIROGA 



el hombre ausentóse por todo un día. volviendo al 
siguiente con ocho bueyes, y la chacra comenzó 

Las víboras, entretanto, no se decidían a irse de su 
paraje natal Solían llegar hasta la linde del pasto 
carpido, y desde allí miraban la faena del matrimo- 
nio. Un atardecer en que la familia entera había ido 
a la chacra, las víboras, animadas por el silencio, se 
aventuraron a cruzar el peligroso páramo y entraron 
en el rancho. Recorriéronlo con cauta curiosidad, res- 
tregando su piel áspera contra las paredes 

Pero allí había ratas, y desde entonces tomaron 
cariño a la casa Llegaban todas las tardes hasta el 
limite del patio y esperaban atentas que aquella que- 
dara sola Raras veces tenían esa dicha — y a más, 
debían precaverse de las gallinas con pollos, cuyos 
gritos, si las veían* delatarían su presencia 

De este modo, un crepúsculo en que la larga es- 
pera habíalas distraído, fueron descubiertas por una 
gallineta, que después de mantener un rato el pico 
extendido, huyó a toda ala abierta, gritando Sus 
compañeras comprendieron el peligro sin ver. y la 
imitaron. 

El hombre, que volvía del pozo con un balde, se 
detuvo al oír los gritos Miró un momento, v dejando 
el balde en el suelo se encaminó al paraje sospe- 
choso Al sentir su aproximación, las víboras quisie- 
ron huir, pero sólo una tuvo el tiempo necesario, y 
el colono halló sólo al macho. El hombre echó una 
rápida ojeada alrededor buscando un arma y llamó 
— los ojos fijos en el rollo oscuro 

— jHilda' [Alcánzame la azada, ligero! ¡Es una 
serpiente de cascabel * 

La mujer corrió y entregó ansiosa la herramienta 
a su mando. El filo de la azada descargada con te- 
rrible fuerza, cercenó totalmente la cabeza 



[60] 



SELECCION DE CUENTOS 



Tiraron luego lejos, más allá del gallinero, el cuerpo 
muerto, y la hembra lo halló por casualidad al otro 
día. Cruzó y recruzó cien veces por encima de él, y 
se alejó al fin, yendo a instalarse como siempre en 
la linde del pasto, esperando pacientemente que la 
casa quedara sola. 

La siesta calcinaba el paisaje en silencio, la ví- 
bora había cerrado los ojos amodorrada, cuando de 
pronto se replegó vivamente- acababa de ser descu- 
bierta de nuevo por las gallinetas, que quedaron esta 
vez girando en torno suyo a gritos y ala abierta. La 
víbora mantúvose quieta, prestando oído Smtió al 
rato ruido de pasos — la Muerte. Creyó no tener 
tiempo de huir, y se aprestó con toda su energía vital 
a defenderse 

En la casa dormían todos, menos el chico. Al oír 
los gritos de las gallinetas, apareció en la puerta, y el 
sol quemante le hizo cerrar los ojos. Titubeó un ins- 
tante, perezoso, y al fin se dirigió con su marcha de 
pato a ver a sus amigas las gallinetas. En la mitad 
del camino se detuvo, indeciso de nuevo, evitando el 
sol con el brazo. Pero las gallinetas continuaban en 
girante alarma, y el osezno rubio avanzó* 

De pronto lanzó un grito y cayó sentado La ví- 
bora, presta de nuevo a defender su vida, deslizóse 
dos metros y se replegó. Vio a la madre en enaguas 
y los brazos desnudos asomarse inquieta, y correr ha- 
cia su hijo, levantarlo y gritar aterrada' 

— ¡Otto, Otto 1 |Lo ha picado una víbora! 

Vio llegar al hombre, pálido, y llevar en sus bra- 
zos a la criatura atontada. Oyó la carrera de la mu- 
jer al pozo % sus voces, y al rato, después de una 
pausa, su alarido desgarrador 

— i Hijo mío f 



[81] 



LA GALLINA DEGOLLADA 



Todo el día, sentados en el patio en un banco, es- 
taban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzim 
-Ferraz Tenían la lengua entre los labios, los ojos 
estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta 

El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco 
de ladrillos El banco quedaba paralelo & él, a cinco 
metros, y allí se mantenían inmóviles* fijos los ojos 
en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, 
al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguece- 
dora llamaba su atención al principio, poco a poco sus 
ojos se animaban; se reían al íin estrepitosamente, 
congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mi- 
rando el sol con alegría bestial, como si fuera comida. 

Otras veces, alineados en el banco* zumbaban ho- 
ras enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos 
fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían en- 
tonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor 
del patio Pero casi siempre estaban apagados en un 
sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día 
sentados en su banco, con las piernas colgantes y 
quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón 

El mayor tenía doce años* y el menor ocho En 
todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta 
absoluta de un poco de cuidado maternal 

Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un 
día el encanto de sus padres, A los tres meses de ca- 
sados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor 
de mando y mujer, y mofcr y mando, hacia un por- 
\enir mucho más vital, un hijo ¿Qué mayor dicha 



[82] 



SELECCION DE CUENTOS 



para dos enamorados que esa honrada consagración 
de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mu- 
tuo amor sin fm ninguno y, lo que es peor para el 
amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación? 

Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo 
llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron 
cumplida su felicidad. La criatura creció, bella y ra- 
diante, hasta que tuvo año y medio Pero en* el vigé- 
simo mes sucudiéronlo una noche convulsiones terri- 
bles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus 
padres. El médico lo examinó con esa atención profe- 
sional que está visiblemente buscando las causas del 
mal en las enfermedades de los padres. 

Después de algunos días los miembros paralizados 
recobraron el mo\imiento, pero la inteligencia, el 
alma, aun el instinto, se habían ido del todo, había 
quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muer- 
to para siempre sobre las rodillas de su madre. 

— jHijo, mi hijo querido' — sollozaba ésta, sobre 
aquella espantosa ruma de su primogénito 

El padre, desolado, acompañó al médico afuera 

— A usted se le puede decir, creo que es un caso 
perdido Podrá mejorar, educarse en todo lo que le 
permita su idiotismo, pero no más allá. 

— jSí" ¡sí T — asentía Mazzim — . Pero dí- 
game ¿Usted cree que es herencia, que? 

— En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo 
que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, 
hav allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada 
más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala exa- 
minar bien. 

Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzmi 
redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pa- 
gaba los excesos del abuelo Tuvo asimismo que con- 

[«] 



HORACIO QUIROGA 



solar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más 
profundo por aquel fracaso de su joven maternidad 
Como es natural, el matrimonio puso todo su amor 
en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y 
limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido 
Pero a los dieciocho meses las convulsiones del pri- 
mogénito se repetían, y al día siguiente amanecía 
idiota. 

Esta vez los padres cayeron en honda desespera- 
ción. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos i ¡Su 
amor, sobre todo 1 Veintiocho años él, veintidós ella, 
y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear 
un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza 
e inteligencia como en el primogénito: ¡pero un hijo, 
un hijo como todos 1 

Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas de 
dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez 
para siempre la santidad de su ternura Sobrevinieron 
mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de 
los dos mayores. 

Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba 
a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hi- 
jos Hubo .que arrancar del limbo de la más honda ani- 
malidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abo- 
lido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun 
sentarse Aprendieron al fin a caminar, pero choca- 
ban contra todo, por no darse cuenta de los obstácu- 
los. Guando los lavaban mugían hasta inyectarse de 
sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando 
veían colores brillantes u oían truenos. Se reían en- 
tonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radian- 
tes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta fa- 
cultad imitativa, pero no se pudo obtener nada más. 



[84] 



SELECCION DE CUENTOS 



Con los mellizos pareció haber concluido la aterra- 
dora descendencia. Pero pasados tres años desearon 
de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que 
el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la 
fatalidad. 

No satisfacían sus esperanzas Y en ese ardiente 
anhelo que se exasperaba, en razón de s>u infructuosi- 
dad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había 
tomado sobre sí la parte que le correspondía en la 
miseria de sus hijos, pero la desesperanza de reden- 
ción ante las cuatro bestias que habían nacido de 
ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar 
a los otros, que es patrimonio específico de los cora- 
zones inferiores. 

Iniciáronse con el cambio de pronombres: tus hi- 
jos. Y como a más del insulto había la insidia, la 
atmósfera se cargaba. 

— Me parece — di j ole una noche Ma/zini, que aca- 
baba de entrar y se lavaba las manos — que podrías 
tener más limpios a los muchachos. 

Berta continuó leyendo como si no hubiera oído. 

— Es la primera vez — repuso al rato — que te veo 
inquietarte por el estado de tus hijos. 

Mazzini volvió un poco la cara a ella con una son- 
risa forzada. 

— De nuestros hijos, ¿me parece 9 

— Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? — alzó 
ella los ojos. 

Esta vez Mazzmi se expresó claramente' 

— ¿Creo que no vas a decir que yo tenga la cul- 
pa, no? 

— ¡Ah, no r — se sonrió Berta, muy pálida — ¡pero 
yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... — 
murmuró. 



[85] 



HORACIO QtTHftOGA 



— ¿Qué, tío faltaba más? 

— ¡tjne si alguien treme la culpa, no soy yo, en- 
tiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir 

Su mando la miró un momento, con brutal deseo 
de insultarla. 

— I Dejemos 1 — articuló, secándose por fin las 
manos 

— Como quieras; pero si queres decir, , 

— i Berta 1 

— ¡Como quietas! 

Este fue el primer choque y le sucedieron otros 
Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se 
unían con doble attetato y locura por otro hijo 

Nació así una niña Vivieron dos años con la an- 
gustia a flor de alma, esperando siempre otro desas- 
tre Nada acaeció, sin embargo, y los padres pu- 
sieron en ella toda su complacencia, que la pequeña 
llevaba a los más entremos límites del mimo y la 
mala crianza. 

Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siem- 
pre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del 
todo de los ottros. Su solo recuerdo la horrorizaba, 
como algo atroz que la hubieran obligado a cometer 
A Mazzini, bien qne en menor grado, pasábale lo 
mismo. 

No por eso la paz había llegado a sus almas La 
menor indisposición de su 'hija echaba ahora afuera, 
con el terror de perderla, los rencores de su descen- 
dencia podrida Habían acumulado hiél sobrado tiem- 
po para que ei vaso no quedara distendido, y al me- 
nor contacto el veneno se vertía afuera De^de el pri- 
rfiet disgusto emporMZdfiado habíanse perdido el res- 
peto , y si hay «tgo a 'que el htfftífrre se siente arras- 
trado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, 



[»6] 



SELECCION DE CUENTOS 



a humillar del todo a una persona. Antes se conte- 
nían por la mutua falta de éxito, ahora que éste ha» 
bía llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sen- 
tís mayor la infamia de los cuatro engendros que el 
otro habíale forzado a crear. 

Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro 
hijos mayores afecto posible, La sirvienta los vestía, 
les daba de comer, los acostaba, con visible brutali- 
dad No los lavaban casi nunca. Pasaban casi todo 
el día sentados frente al cerco, abandonados eje toda 
remota caricia. 

De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa 
noche, resultado de las golosinas que era a loa padres 
absolutamente imposible negarle* la criatura tuvo al- 
gún escalofrío y fiebre, Y el temor a verla morir o 
quedar idiota, tornó a reabrí* la eterna Haga» 

Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, 
como casi siempre, los fuertes pasos de Mazwu* 

— ¡Mi Dios! 6 No puedes caminar mas despacio? 
¿Cuántas veces?. 

— Bueno, es que me olvido; ¡se acabó' No lo hago 
a propósito. 

Ella se sonrió, desdeñosa: 

— ¡No, no te creo tanto! 

— Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a> tí . ¡ti- 
siquilla ! 

— iQué 1 ¿Qué dijiste?.., 
— iNada! 

— ¿Sí, te oí algo 1 Mira, ¡no se lo que dijiste; pero 
te juro que prefiero cualquier, cosa a tener un padre 
como el que has temdo túí 

Mazzini se puso pálido. 

— i Al fin 1 — murmuró coa loa dientes, apreta- 
dos — . ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías! 



[87] 



HORACIO QUIROGA 



— í Sí, víbora, sí! ¿Pero yo he tenido padres sanos, 
¿oyes?, ¡sanos' \Mi padre no ha muerto de delirio 1 
¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! 
¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos! 

Mazzini explotó a su vez, 

— i Víbora tísica 1 jeso es lo que te dije, lo que te 
quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién 
tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos 
mi padre o tu pulmón picado, víbora! 

Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta 
que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus 
bocas A la una de la mañana la ligera indigestión ha- 
bía desaparecido, y como pasa fatalmente con todos 
los matrimonios jóvenes que se han amado intensa- 
mente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto 
más efusiva cuanto hirientes fueran los agravios. 

Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se 
levantaba escupió sangre. Las emociones y mala no- 
che pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzim la 
retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperada- 
mente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una 
palabra. 

A las diez decidieron salir, después de almorzar 
Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta 
que matara una gallina. 

El día radiante había arrancado a los idiotas de 
su banco De modo que mientras la sirvienta dego- 
llaba en la cocina al animal, desangrándolo con par- 
simonia (Berta había aprendido de su madre este 
buen modo de conservar frescura a la carne), creyó 
sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio 
a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a 
otro, mirando estupefactos la operación . Rojo.., 
roj o . . 



[88] 



SELECCION DE CUENTOS 



— ¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina, 

Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y 
ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y feli- 
cidad reconquistada, podía evitarse esa horrible vi- 
sión r Porque, naturalmente, cuando más intensos eran 
los raptos de amor a su mando e hija, más irritado 
era su humor con los monstruos 

— ¡Que salgan, María 1 ¡Echelos 1 j Echelos, le digo' 

Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente 
empujadas, fueron a dar a su banco 

Después de almorzar, salieron todos La sirvienta 
fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por 
las quintas. Al bajar el sol \olvieron, pero Berta qui- 
so saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su 
hija escapóse enseguida a casa. 

Entretanto los idiotas no se habían movido en todo 
el día de su banco El sol había transpuesto ya el 
cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mi- 
rando los ladrillos* más inertes que nunca* 

De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el 
cerco Su hermana, cansada de cinco horas paterna- 
les, quería observar por su cuenta. Detenida al pie 
del cerco, miraba pensativa la cresta Quería trepar, 
eso no ofrecía duda Al fin decidióse por una silla 
desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un 
cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole 
colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó. 

Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron 
cómo su hermana lograba pacientemente dominar el 
equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la gar- 
ganta sobre la cresta del cerro, entre sus manos ti- 
rantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo 
con el pie para alzarse más. 



[89] 



HORACIO QUIROGA 



Pero la mirada de los idiotas se había animado; 
una misma luz insistente estaba fija en su¡> pupilas. 
No apartaban los 03 os de su hermana, mientras cre- 
ciente sensación de gula bestial iba cambiando cada 
línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el 
cerco La pequeña, que habiendo logrado calzar el 
pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro 
lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna De- 
bajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le 
dieron miedo. 

— j Solíame 1 ¿ Déjame! — gritó sacudiendo la pier- 
na Pero fue atraída. 

— jMamá' iAy, mamá r jMamá, papá' — lloró im- 
periosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero 
sintióse arrancada y cayó. 

— Mamá, [ay T Ma , — No pudo gritar más. Uno 
de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como 
si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una 
sola pierna hasta la corma, donde esa mañana si» ha- 
bía desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancán- 
dole la vida segundo por segundo 

Mazzmi, en la casa de enfrente, creyó oir la voz de 
su hija. 

— Me parece que te llama — le dijo a Berta. 

Prestaron oído, inquietos, pero no overon más Con 
todo, un momento después se despidieron, y mien- 
tras Berta iba a dejar su sombrero. Mazzini avanzó 
en el patio. 

— iBerhta! 

Nadie respondió 

— iBertita 1 — alzó más la voz, ya alterada. 

Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siem- 
pre aterrado, que la espalda se le heló de horrible 
presentimiento. 



[90] 



SELECCION DE CUENTOS 



— [Mi hija, mi hija! — corrió ya desesperado ha- 
cia el fondo» Pero al pasar frente a la cocina v.o en 
el piso un mar de sangre Empujó violentamente la 
puerta entornada, y lanzó un grito de horror 

Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez 
al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito 
y respondió con otro, Pero al precipitarse en la co- 
cina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, 
conteniéndola: 

—¡No entres! jNo entres! 

Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre» 
Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse 
a lo largo de él con un ronco suspiro. 



[91] 



EL PERRO RABIOSO 



El 20 ele marzo de este año, los vecinos de un pue- 
blo del Chaco santafecino persiguieron a un hombre 
rabioso que en pos de descargar su escopeta contra 
su mujer, mató de un tiro a un peón que cruzaba 
delante de él Los vecinos, armados, lo rastrearon en 
el monte como a una fiera, hallándolo por fin tre- 
pado en un árbol, con su escopeta aún, y aullando de 
un modo horrible. Viéronse en la necesidad de ma- 
tarlo de un tiro. 

• •• ...... . p.«. 

Marzo 9 — 

Hoy hace treinta y nueve días, hora por hora, que 
el perro rabioso entró de noche en nuestro cuarto Si 
un recuerdo ha de perdurar en mi memoria, es, el de 
las dos horas que siguieron a aquel momento. 

La casa no tenía puertas sino en la pieza que ha- 
bitaba mamá, pues como había dado desde el prin- 
cipio en tener miedo, no hice otra cosa, en los pri- 
meros días de urgente instalación, que aserrar tablas 
para las puertas y ventanas de su cuarto. En el nues- 
tro, v a la espera de mayor desahogo de trabajo, mi 
mujer se había contentado — verdad que bajo un 
poco de presión por mi parte — con magníficas puer- 
tas de arpillera. Como estábamos en verano, este de- 
talle de riguroso ornamento no dañaba nuestra salud 
ni nuestro miedo Por una de estas arpilleras, la que 
da al corredor central, fue por donde entró y me mor- 
dió el perro rabioso. 



[92] 



SELECCION DE CUENTOS 



Yo no sé si el alarido de un epiléptico da a los de- 
más la sensación de clamor bestial y fuera de toda 
humanidad que me produce a mí. Pero estoy seguro 
de que el aullido de un perro rabioso, que se obstina 
de noche alrededor de nuestra casa* provocará en to- 
dos la misma fúnebre angustia. Es un grito corto, 
estrangulado, de agonía, como si el animal boqueara 
ya, y todo él empapado en cuanto de lúgubre sugiere 
un animal rabioso. 

Era un perro negro, grande, con las orejas corta- 
das. Y para mayor contrariedad, desde que llegáramos 
no había hecho más que llover. El monte cerrado por 
el agua, las tardes rápidas y tristísimas, apenas sa- 
líamos de casa, mientras la desolación del campo, en 
un temporal sin tregua, había ensombrecido al exceso 
el espíritu de mamá 

Con esto, los perros rabiosos Una mañana el peón 
nos dijo que por su casa había andado uno la noche 
anterior, y que había mordido al su\o. Dog noches 
antes, un perro barcino había aullado feo en el mon- 
te Había muchos, según él. Mi mujer y yo no dimos 
mayor importancia al asunto, pero no así mamá, que 
comenzó a hallar terriblemente desamparada nuestra 
casa a medio hacer. A cada momento salía al corre- 
dor para mirar el camino. 

Sin embargo, cuando nuestro chico volvió esa ma- 
ñana del pueblo, confirmó aquello. Había explotado 
una fulminante epidemia de rabia Una hora antes 
acababan de perseguir a un perro en el pueblo Un 
peón había tenido tiempo de asestarle un machetazo 
en la oreja, y el animal, al trote, el hocico en tierra 
5 el rabo entre las patas delanteras, había cruzado 
por nuestro camino, mordiendo a un potrillo y a un 
chancho que halló en el trayecto* 



[03] 



HORACIO QUIROGA 



Más noticias aún. En k chacra vecina a la nuestra, 
y esa misma madrugada, otro perro había tratado 
inútilmente de saltar el corral de las varas Un in- 
menso perro flaco había corrido a un muchacho a ca- 
ballo, por la picada del puerto viejo Todavía de tar- 
de se sentía dentro del monte el aullido agónico del 
perro Como dato final, a las nueve llegaron al ga- 
lope dos agentes a darnos la filiación de los perros 
rabiosos vistos, y a recomendarnos sumo cuidado 

Había de sobra para que mamá perdiera el resto 
de valor que le quedaba Aunque de una serenidad 
a toda prueba, tiene terror a los perros rabiosos a 
causa de cierta cosa horrible que presenció en su ni- 
ñez. Sus nervios, ya enfeimos por el cielo constante- 
mente encapotado y lluvioso, provocáronle verdade- 
ras alucinaciones de perros que entraban al trote por 
la portera. 

Había un motivo real para este temor Aquí, como 
en todas partes donde la gente pobre tiene muchos 
más perros de los que puede mantener, las casas son 
todas las noches merodeadas por perros hambrientos, 
a que los peligros del oficio — un tiro o una mala 
pedrada — han dado verdadero proceder de fiera 5 ?. 
Avanzan al paso, agachados, los músculos flojos No 
se siente jamás su marcha Roban — si la palabra 
tiene sentido aquí — cuánto les exige su atroz ham- 
bre Al menor rumor, no huven porque esto haría 
ruido, sino se alejan al paso, doblando las pata* 3 Al 
llegar al pasto se agazapan, y esperan así tranquila- 
mente media o una hora, para avanzar de nuevo 

De aquí la ansiedad de mamá, pues siendo nuestra 
casa una de las tantas merodeadas, estábamos desde 
luego amenazados por la vista de los perros rabiosos, 
que recordarían el camino nocturno 



[943 



SELECCION DE CUENTOS 



En efecto, esa misma tarde, mientras mamá, un poco 
olvidada, iba caminando despacio hacia la portera, 
oí su grito 

— I Federico! jUn perro rabioso f 

Un perro barcino, con el lomo arqueado, avanzaba 
al trole en ciega línea recta, Al verme llegar se de- 
tuvo, erizando el lomo Retrocedí sin volver el cuerpo 
pal a ir a buscar la escopeta, pero el animal se fue. 
Recorrí inútilmente el camino, sin \olverlo a hallar 

Pasaron dos días El campo continuaba desolado 
de lluvia y tristeza* mientras el número de perros ra- 
biosos aumentaba* Como no se podía exponer a los 
chicos a un terrible tropiezo en los caminos infesta- 
dos, la escuela se cerró , y la carretera, ya sm tráfico, 
pinada de este modo de la bulla escolar que animaba 
ru soledad a las siete y a las doce, adquirió lúgubre 
silencio. 

Mamá no se atrevía a dar un paso fuera del patio. 
Al menor ladrido miraba sobresaltada hacia la por* 
tera. y apenas anochecía, veía avanzar por entre el 
pasto ojos fosforescentes Concluida la cena se ence- 
rraba en su cuarto, el oído atento al más hipotético 
aullido. 

Hasta que la tercera noche me desperté, muy tarde 
)a tenía la impresión de haber oído un grito, pero 
no podía precisar la sensación Esperé un rato. Y de 
pronto un aullido corto, metálico, de atroz «-uframento, 
tembló bajo el corredor 

— «i Federico* — oí la \oz traspasada de emoción 
de mamá — ¿sentirte? 

—Si — respondí, deshzándomc de la cama. Pero ella 
oyó el ruido» 

— iPoir Dios, e* un perro rabioso r j Federico, no 
salgas, por Dios! ¡ Juana! ¡Me a tu marido que no 



[95] 



HORACIO QUIROGA 



salga! — Clamó desesperada, dirigiéndose a mi 
mujer. 

Otro aullido explotó, esta vez en el corredor cen- 
tral, delante de la puerta Una finísima lluvia de es- 
calofríos me bañó la médula hasta la cintura. No creo 
que haya nada más profundamente lúgubre que un 
aullido de perro rabioso a esa hora Subía tras él la 
voz desesperada de mamá 

— í Federico ' jVa a entrar en tu cuarto ! ¡No sal- 
gas, mi Dios, no salgas! ¡Juana! ¡Dile a tu mari- 
do' . 

— I Federico 1 — se cogió mi mujer a mi brazo. 

Pero la situación podía tornarse muy crítica si es* 
perabd a que el animal entrara, y encendiendo la 
lámpara descolgué la escopeta Levanté de lado la 
arpillera de la puerta, y no vi más que el negro trián- 
gulo de la profunda niebla de afuera Tuve apenas 
tiempo de avanzar una pierna, cuando sentía que algo 
firme y tibio me rozaba el muslo: el perro rabioso 
se entraba en nuestro cuarto» Le eché violentamente 
atrás la cabeza de un golpe de rodilla, v súbitamente 
me lanzó un mordisco, que falló en un claro golpe 
de dientes Pero un instante después sentía un dolor 
agudo. 

Ni mi mujer ni mi madre se dieron cuenta de que 
me había mordido» 

— i Federico' ¿Qué fue eso? — gritó mamá que 
había oído mi detención y la dentellada al aire 

— Nada: quería entrar. 

— jOh'... 

De nuevo, y esta vez detrás del cuarto de mamá, 
el fatídico aullido explotó. 



[96] 



SELECCION DE CUENTOS 



— ¡Federico 1 jEstá rabioso! jNo salgas 1 — clamó 
enloquecida, sintiendo al animal tras la pared de ma- 
dera, a un metro de ella. 

Hay cosas absurdas que tienen toda la apariencia 
de un legítimo razonamiento: Salí afuera con la lám- 
para en una mano y la escopeta en la otra, exacta- 
mente como para buscar a una rata aterrorizada, que 
me daba perfecta holgura para colocar la luz en el 
suelo y matarla en el extremo de un horcón. 

Recorrí los corredores. No se oía un rumor, pero 
de dentro de las piezas me seguía la tremenda an- 
gustia de mamá y mi mujer que esperaban el estam- 
pido. 

El perro se había ido. 

— \ Federico f — exclamó mamá al sentirme volver 
por fin — . ¿Se fue el perro 9 

— Creo que sí; no lo veo. Me parece haber oído 
un trote cuando salí. 

— Sí, yo también sentí. ► Federico • ¿no estará en 
tu cuarto 9 . ¡No tiene puerta, mi Dios* j Quédate 
adentro * ¡Puede volver r 

En efecto, podía volver. Eran las dos y veinte de 
la mañana Y juro que fueron fuertes las dos horas 
que pasamos mi mujer y \o, con la luz prendida hasta 
que amaneció, ella acostada, yo sentado en la cama, 
vigilando sm cesar la arpillera flotante 

Antes me había curado. La mordedura era nítida 
dos agujeros violetas, que oprimí con todas mis fuer- 
zas, y lavé con permanganato 

Yo creía muy restrictivamente en la rabia del ani- 
mal. Desde el día anterior se había empezado a en- 
venenar perros, y algo en la actitud abrumada del 
nuestro me prevenía en pro de la estricnina. Queda- 
ban el fúnebre aullido - y el mordisco; pero de todos 



[97] 



HORACIO QUIROGA 



modos me inclinaba a lo primero. De aquí, segura- 
mente, im relativo descuido con la herida 

Llegó por fin el día A las ocho, y a cuatro cuadras 
de casa, un transeúnte mató de un tiro de revólver al 
perro negro que trotaba en inequívoco estado de rabia 
Enseguida lo supimos, teniendo de mi parte que li- 
brar una verdadera batalla contra mamá y mi mujer 
para no bajar a Buenos Aires a darme inyecciones. 
La herida, franca, había sido bien oprimida, y lavada 
con mordiente lujo de permanganato. Todo esto^ a 
lo* cmco minutos de la mordedura. ¿Qué demonios 
podía temer tras -esa corrección higiénica 9 En casa 
concluyeron por tranquilizarse, y como la epidemia 
— provocada por una crisis de llover sin tregua como 
jamás se viera aquí — había cesado casi de golpe, 
la vida recobró su línea habitual. 

Pero no por ello mamá y mi mujer dejaron m de- 
jan de llevar cuenta exacta del tiempo. Los clásicos 
cuarenta días pesan fuertemente, sobre todo en mamá, 
y aun hoy, con treinta y nueve transcurridos sin el 
más leve trastorno, ella espera el día de mañana para 
echar de su espíritu, en un inmenso suspiro, el terror 
siempre vivo que guarda de aquella noche. 

£1 único fastidio acaso que para mí ha tenido esto 
es recordar, punto por punto, lo que ha pasado. Con* 
fío en que mañana de noche concluya* con la cua- 
rentena, esta historia que mantiene fijos en mí los 
ojos de mi mujer y de mi madre, como si buscaran 
en mi expresión el primer indicio de enfermedad. 

Marzo 10 — 

¡Por fui 1 Espero que de aquí en adelante podré 
vivir como un hombre cualquiera, que no tiene sus- 
pendida sobre su cabeza corona* de muerte Ya han 



SELECCION DE CUENTOS 



pasado loa famosos cuarenta días, y la ansiedad, la 
manía de persecuciones y los horribles gritos que es- 
peraban de mí, pasaron también para siempre. 

Mi mujer y mi madre han festejado el fausto acon- 
tecimiento de un modo particular, contándome, punto 
por punto, todos los terrores que han sufrido sin ha- 
cérmelo ver. El más insignificante desgano mío las 
sumía en mortal angustia jEs la rabia que comienza 1 
— gemían Si alguna mañana me levanté tarde, du- 
rante horas no vivieron, esperando otro síntoma La 
fastidiosa infección en un dedo que me tuvo tres días 
febril e impaciente, fue para ellas una absoluta prueba 
de la rabia que comenzaba, de donde su consterna- 
ción, más angustiosa por furtiva, 

Y así, el menor cambio de humor, el más leve aba- 
timiento, provocáronles, durante cuarenta días, otras 
tantas horas de inquietud. 

No obstante esas confesiones retrospectivas, desagra- 
dables siempre para el que ha vivido engañado, aún 
con la más arcangélica buena voluntad, con todo me 
he reído buenamente. — ¡Ah, mi hijo' jNo puedes fi- 
gurarte lo horrible que es para una madre el pensa- 
miento de que su hijo pueda estar rabioso 1 Cualquier 
otra cosa... ¡pero rabioso, rabioso 

Mi mujer, aunque más sensata, ha divagado tam- 
bién bastante más de lo que confiesa [Pero ya se 
acabó, por suerte! Esta situación de mártir, de bebé 
vigilado segundo a segundo contra tal disparatada 
amenaza de muerte, no es seductora, a pesar de todo 
¡Por fin, de nuevo 1 Viviremos en paz, y ojalá que 
mañana o pasado no amanezca con dolor de cabeza, 
para resurrección de las locuras 



Marzo 15 — 

[99] 

11 



HOTIAdO QXHROQA 



Hubiera quendo estar absolutamente tranquilo, pero 
es imposible. No hay ya más, creo, posibilidad de que 
esto concluya. Mirada» de soslayo todo el día, cuchi- 
cheos incesantes, que cesan de golpe en cuanto oyen 
mis pasos, un crispante espionaje de mi expresión 
cuando estamos en la mesa, todo esto se ta haciendo 
intolerable. — jPero qué tienen, por favor! — acabo 
de decirles — . ¿Me hallán algo anormal, no estoy 
exactamente como siempre? jYa es un poco cansa- 
dora esta historia del perro rabioso 1 — ¡Pero Fede- 
rico 1 — me han respondido, mirándome con sorpre- 
sa — . ¡Si no te decimos nada, ni nos hemos acor* 
dado de eso! 

¿Y no hacen, sin embargo, otra cosa, otra que es- 
piarme noche y día, día y noche, a ver si la estúpida 
rabia de su perro se ha infiltrado en mí! 



Marzo 18 — 

Hace tres días qüo viro como debería y desearía 
hacerlo toda la vida ¡Me han dejado en paz, por fin, 
por fin, por fin! 



Marzo 19 — - 

¿Otra vez r ¡Otra vez han comenzado! ya no me 
quitan los ojo» de encima, como si sucediera lo que 
parecen desear: que esté rabioso. ¡Cómo es posible 
tanta estupidez en dos personas sensatas! Ahora no 
disimulan más, y hablan precipitadamente en voz alta 
de mí; pero, no sé por qué, no puedo entender una 
palabra. En cuanto llego cesan de golpe, v apenas me 
alejo un paso recomienza el vertiginoso parloteo No 
he podido contenerme y me he vuelto con rabia. — ■ 



[100] 



SELECCION DE CUENTOS 



¡Pero hablen, hablen delante, que es menos cobarde! 

No he querido oír lo que han dicho y me he ido» 
¡Ya no es vida la que llevo ' 

8 p.m 

¡Quieren irse 1 j Quieren que nos vayamos r 
¡ Ah, yo sé por qué quieren dejarme' . . 

Marzo 20 — (6 a ra ) 

¡Aullidos, aullidos' k Toda la noche no he oído más 
que aullidos, ¡He pasado toda la noche despertándome 
a cada momento 1 ¡Perros, nada más que peños ha 
habido anoche alrededor de casa' jY mi mujer y mi 
madre han fingido el más perfecto sueño, para que 
yo solo absorbiera por los ojo~s los aullidos de todos 
los perros que me miraban 1 

• • « • •• » • « • • i * • 
7 am« 

jNo hay más que víboras! ¡Mi casa está llena de 
víboras! 4 A1 lavarme había tres enroscadas en la pa- 
langana 1 jEn el forro del saco había muchas 1 jY 
hay más' ^Hay otras cosas r jMi mujer me ha llenado 
la casa de víboras 1 ¡Ha traído enormes arañas pelu- 
das que me persiguen! ; Ahora comprendo por qué 
me espiaba día y noche! ¡ahora comprendo todo r 
j Quería irse por eso! 

715 a m 

i El patio está lleno de víboras 1 ^No puedo dar un 
paso 1 ;No, no 1 , ; Socorro 1 . . 

¡Mi mujer se va corriendo! ¿Mi madre se va T ¿Me 
han asesinado 1 . 4 Ah, la escopeta!... t Maldición r 



[101] 



HORACIO QUIROGA 



jEstá cargada con munición! Pero no importa 

tQué grito ha dado r Le erré. , . ¡Otra vez las víbo- 
ras' ¡Allí, allí hay una enorme!. . ¡Ay r ¡¡Socorro, 
socorro 1 1 

i Todos me quieren matar 1 iLas han mandado con- 
tra mí, todas! ¡El monte está lleno de arañas 1 ¡Me 
han seguido desde casal.» 



Ahí viene otro asesino. . ¡Las trae en la mano! 
I Viene echando víboras en el suelo r ¡Viene sacando 
víboras de la boca y las echa en el suelo contra mí 1 
4 Ah T pero ése no vivirá mucho ¡Le pegué f i Murió 
con todas las víboras 1 . * ¿Las arañas 1 ¡Ay 1 ¡¡So- 
corro' 1 



¡Ahí vienen, vienen todos 1 . . ¡Me buscan, me bus- 
ran' jHan lanzado contra mí un millón de víbo- 
ras 1 j Todos las ponen en el suelo T ¡Y yo no tengo 
más cartuchos < ¡Me han visto!. . Uno me está 
apuntando 



r 102] 



LA MIEL SILVESTRE 

Tengo en el Salto Oriental dos primos, hoy hom- 
bres ja, que a sus doce años, y a consecuencia de 
profundas lecturas de Julio Verne, dieron en la rica 
empresa de abandonar su casa para ir a vivir al 
monte Este queda a dos leguas de la ciudad. Allí vi- 
virían primitivamente de la caza y la pesca. Cierto 
es que los dos muchachos no se habían acordado par- 
ticularmente de llevar escopetas ni anzuelos, pero, de 
todos modos, el bosque estaba allí, con su libertad 
como fuente de dicha y sus peligros como encanto 

Desgraciadamente, al segundo día fueron hallados 
por quienes los buscaban. Estaban bastante atónitos 
toda\ía, no poco débiles, y con gran asombro de sus 
hermanos menores — iniciados también en Julio Ver- 
ne — sabían andar aún en dos pies y recordaban el 
habla. 

La aventura de los dos robinsones, sin embargo, 
fuera acaso más formal a haber tenido como teatro 
otro bosque menos dominguero. Las escapatorias lie- 
\an aquí en Misiones a límites imprevistos, y a ello 
arrastró a Gabriel Benincasa el orgullo de sus strom- 
boot 

Benincasa, habiendo concluido sus estudios de con- 
taduría pública, sintió fulminante deseo de conocer 
la vida de la selva. No fue arrastrado por su tempe- 
ramento, pues antes bien Benincasa era un muchacho 
pacífico, gordinflón y de cara rosada, en razón de 
su excelente salud. En consecuencia, lo suficiente cuer- 
do para preferir un té con leche y pastelitos a quién 



flOSJ 



HORACIO QUIROGA 



sabe qué fortuita e infernal comida del bosque. Pero 
así como el soltero que fue siempre juicioso cree de 
su deber, la víspera de sus bodas, despedirse de la 
vi Jd libre con una noche de orgía en compañía de 
sus amigos, de igual modo Bemncasa quiso honrar mi 
vida aceitada con dos o tres choques de vida intensa 
Y por este motivo remontaba el Paraná hasta un 
obraje, con sus famosos stromboot 

Apenas salido de Corrientes había calzado sus re 
cías botas, pues los yacarés de la orilla calentaban ya 
el paisaje Mas a pesar de ello el contador público 
cuidaba mucho de su calzado, evitándole arañazos y 
sucios contactos* 

De este modo llegó al obraje de su padrino, y a la 
hora tuvo éste que contener el desenfado de su ahi- 
jado 

— ¿ Adonde vas ahora? — le había preguntado sor- 
prendido. 

— Al monte; quiero recorrerlo un poco — repuso 
Bemncasa. que acababa de colgarse el Winchester al 
al hombro. 

— jPero infeliz * No vas a poder dar un paso Sigue 
la picada, si quieres.., O mejor deja esa arma } 
mañana te haré acompañar por un peón 

Bemncasa renunció a su paseo. No obstante, íue 
hasta la vera del bosque y se detuvo. Intentó vaga- 
mente un paso adentro, y quedó quieto Metióse las 
manos en los bolsillos y miró detenidamente aquella 
inextricable maraña, silbando débilmente aires trun- 
cos. Después de observar de nuevo el bosque a uno y 
otro lado, retornó bastante desilusionado. 

Al día siguiente, sin embargo, recorrió la picada 
central por espacio de una legua, y aunque su fusil 



[104] 



SELECCION DE OTRNTOS 



volvió profundamente dormido, Benincasa no deploró 
el paseo» Las fieras llegarían poco a poco. 

Llegaron éstas a la segunda noche — aunque de 
un carácter un poco singular. 

Benincasa dormía profundamente, cuando fue des- 
pertado por su padrino. 

< — jEh, dormilón! Levántate que te van a comer 
vivo. 

Benincasa se sentó bruscamente en la cama, aluci- 
nado por la luz de los tres faroles de viento que se 
movían de un lado a otro en la pieza. Su padrino y 
dos peones regaban el piso. 

—¿Qué hay, qué hay? — preguntó echándose al 
suelo. 

—Nada . . Cuidado con los pies. . . La corrección. 

Benincasa había sido ya enterado de las curiosas 
hormigas a que llamamos corrección Son pequeñas, 
negras, brillantes v marchan velozmente en ríos más 
o menos anchos Son esencialmente carnívoras. Avan- 
zan devorando todo lo que encuentran a su paso* ara- 
ñas, grillos, alacranes, sapos, víboras y a cuanto ser 
no puede resistirles. No hay animal, por grande y 
fuerte que sea, que no huya de ellas. Su entrada en 
una casa supone la exterminación absoluta de todo 
ser viviente, pues no hay rincón ni agujero profundo 
donde no se precipite el río devorador. Los perros 
aullan, los bueyes mugen y es forzoso abandonarles 
la casa, a trueque de ser roídos en diez horas hasta 
el esqueleto Permanecen en un lugar uno, dos, hasta 
cinco días, según su riqueza en insectos, carne o grasa. 
Una vez devorado todo, se van* 

No resisten, sin embargo, a la creolina o droga si- 
milar, y como en el obraje abunda aquélla, antes de 
una hora el chalet quedó libre de la corrección 



[ 105 ] 



HORACIO QUIROGA 



Bemncasa se observaba muy de cerca, en los pies, 
la placa lívida de una mordedura. 

— :i Pican muy fuerte, realmente' — dijo sorpren- 
dido, levantando la cabeza hacia su padrino. 

Este, para quien la observación no tenía ya ningún 
valor, no respondió, felicitándose, en cambio, de ha- 
ber contenido a tiempo la invasión Bemncasa reanu- 
dó el sueño, aunque sobresaltado toda la noche poT 
pesadillas tropicales. 

Al día siguiente se fue al monte, esta vez con un 
machete, pues había concluido por comprender que 
tal utensilio le sería en el monte murrio más útil que 
el fusil Cierto es que su pulso no era maravilloso, y 
su acierto, mucho menos. Pero de todos modos lo- 
graba trozar las ramas, azotarse la cara y cortarse 
las botas; todo en uno. 

El monte crepuscular y silencioso lo cansó pronto 
Dábale la impresión — exacta por lo demás — de un 
escenario visto de día De la bullente vida tropical 
no hay a esa hora más que el teatro helado, ni un 
animal, ni un pájaro, ni un ruido casi Bemncasa vol- 
vía cuando un sordo zumbido le llamó la atención A 
diez metros de él, en un tronco hueco, diminutas abe- 
jas aureolaban la entrada del agujero Se acercó con 
cautela y vio en el fondo de la abertura diez o doce 
bolas oscuras, del tamaño de un huevo 

— Esto e3 miel — se dijo el contador público con 
íntima gula — . Deben de ser bolsitas de cera, llenas 
de miel. . . 

Pero entre él — Bemncasa — y las bolsitas estaban 
las abejas Después de un momento de descanso, pen- 
só en el fuego, levantaría una buena humareda La 
suerte quiso que mientras el ladrón acercaba caute- 
losamente la hojarasca húmeda, cuatro o cinco abeja? 



[106] 



SELECCION DE CUENTOS 



se posaran en su mano, sm picarlo» Benincasa cogió 
una enseguida, y oprimiéndole el abdomen, constató 
que no tenía aguijón. Su saliva, ya liviana, se clarificó 
en melifica abundancia. ¡Maravillosos y buenos ani- 
malitog! 

En un instante el contador desprendió las bolsitas 
de cera, y alejándose un buen trecho para escapar al 
pegajoso contacto de las abejas, se sentó en un rai- 
gón De las doce bolas, siete contenían polen Pero 
las restantes estaban llenas de miel, una miel oscura* 
de sombría transparencia, que Benincasa paladeó go- 
losamente. Sabía distintamente a algo ¿A qué 9 El 
contador no pudo precisarlo. Acaso a resina de fru- 
tales o de eucahptus Y por igual motivo, tenía la 
densa miel un vago dejo áspero. ¡Más qué perfume, 
en cambio' 

Benincasa, una vez bien seguro de que cinco bol- 
sitas le serían útiles, comenzó Su idea era sencilla* 
tener suspendido el panal goteante sobre su boca 
Pero como la miel era espesa, tuvo que agrandar el 
agujero, después de haber permanecido medio minuto 
con la boca inútilmente abierta. Entonces la miel aso- 
mó, adelgazándose en pesado hilo hasta la lengua 
del contador. 

Uno tras otro, los cinco panales se vaciaron a*í 
dentro de la boca de Benincasa. Fue inútil que éste 
prolongara la suspensión, v mucho más que repasara 
los globos exhaustos; tuvo que resignarse. 

Entretanto, la sostenida posición de la cabeza en 
alto lo había mareado un poco Pesado de miel, quie- 
to y los ojos bien abiertos, Benincasa consideró de 
nuevo el monte crepuscular. Los árboles y el suelo 
tomaban posturas por demás oblicuas, y su cabeza 
acompañaba el vaivén del paisaje. 



[107] 



HORACIO QUIROQA 



— Que curioso mareo,*» — pcneó el contador-^. 
Y lo peor es. . . 

Al levantarse e intentar dar un paso, se había visto 
obligado a caer de nuevo sobre el tronco. Sentía su 
cuerpo de plomo, sobre todo las piernas, como si 
estuvieran inmensamente hinchadas. Y loe pies y las 
manos le hormigueaban, 

— ;Es muy raro, muy raro, muy raro r — se repi- 
tió estúpidamente Bemncasa, sin escudriñar, sin era* 
bargo. el motivo de esa rareza. Como si tuviera hor- 
migas La corrección — concluyó. 

Y de pronto la respiración se le cortó en seco, de 
espanto. 

— ¡Debe ser la miel!... ¡Es venenosa!. . ¡Estoy 
envenenado ' 

Y a un segundo esfuerzo para incorporarse, se le 
erizó el cabello de terror, no había podido ni aun 
moverse Ahora la sensación de plomo y el hormigueo 
subían hasta la cintura Durante un rato el horror 
de morir allí, miserablemente solo, lejos de su madre 
y sus amigos, le cohibió todo medio de defensa. 

— ¡Voy a morir ahora! ... ¡De aquí a un rato vov 
a morir 1 . ¡Ya no puedo mover la mano 1 . 

En su pánico constató, sin embargo, que no tenía 
fiebre ni ardor de garganta, y el corazón y pulmones 
conservaban su ritmo normal. Su angustia cambió de 
forma. 

— i Estoy paralítico, es la parálisis! ¡Y no me van 
a encontrar 1 . . 

Pero una visible somnolencia comenzaba a apode- 
rarse de él, dejándole íntegras sus facultades, a la 
par que el mareo se aceleraba Creyó así notar que el 
suelo oscilante se volvía negro y se agitaba vertigi- 
nosamente. Otra vez subió a su memoria el recuerdo 



[108] 



SELECCION DE CUENTOS 



de la corrección, y en su pensamiento se fijó como 
una supiema angustia la posibilidad de que eso negro 
que invadía el suelo, . 

Tuvo aún fuerzas para arrancarse a ese último es- 
panto, y de pronto lanzó un grito, un verdadero ala- 
rido, en que la voz del hombre recobra la tonalidad 
del niño aterrado por sus piernas trepaba un pieci- 
pitado río de hormigas negras Alrededor de él la 
corrección devoradora oscurecía el suelo, y el con- 
tador sintió, por bajo del calzoncillo, el río de hor- 
migas carnívoras que subían. 

« * 

Su padrino halló por fin, dos días después, y sin 
la menor partícula de carne, el esqueleto cubierto de 
ropa de Beninca=ia La corrección que merodeaba aún 
por allí, y las bolsitas de cera, lo iluminaron sufi- 
cientemente. 

No es común que la miel silvestre tenga esas pro- 
piedades narcóticas o paralizantes, pero se la halla 
Las flores con igual carácter abundan en el trópico, 
y ya el sabor de la miel denuncia en la mayoría de 
los casos su condición, tal el dejo a resina de euca- 
hptus que creyó sentir Benmcasa. 



[109] 



UNA ESTACION DE AMOR 



Primavera 

Era el martes de carnaval. Nébel acababa de en- 
trar en el corso, ya al oscurecer, y mientras deshacía 
un paquete de serpentinas miró al carruaje de delan- 
te Extrañado de una cara que no había visto la tarde 
anterior, preguntó a sus compañeros. 

— ¿Quién es? No parece fea 

— lUn demonio 1 Es lindísima Creo que sobrina, 
o cosa así, del doctor Arrizab alaga Llegó ayer, me 
parece , . 

Nébel fijó entonces atentamente los ojos en la her- 
mosa criatura. Era una chica muy jo\en aún. acaso 
no más de catorce años, pero completamente nubil 
Tenía, bajo el cabello muy oscuro, un rostro de su- 
prema blancura, de ese blanco mate y raso que es 
patrimonio exclusivo de los cutis muy finos. Ojos 
azules, largos, perdiéndose hacia las sienes entre ne- 
gras pestañas Acaso un poco separados, lo que da, 
bajo una frente tersa, aire de mucha nobleza o de 
gran terquedad Pero sus ojos, así, llenaban aquel 
semblante en flor con la luz de su belleza Y al sen- 
tirlos Nébel detenidos un momento en los suyos, quedó 
deslumhrado. 

— i Qué encanto! — murmuró, quedando inmóvil 
con una rodilla en el almohadón del surrey Un mo- 
mento después las serpentinas volaban hacia la vic- 
toria. Ambos carruajes estaban ya enlazados por el 



[110] 



SELECCION DE CUENTOS 



puente colgante de cintas, y la que lo ocasionaba 
sonreía de vez en cuando al galante muchacho 

Mas aquello llegaba va a la falta de respeto a per- 
sonas, cocheros y aun carruaje" sobre el hombro, la 
cabeza, látigo, guardabarros, las serpentinas llovían 
sin cesar Tanto fue, que las dos personas sentadas 
atrás se volvieron y, bien que sonriendo, examinaron 
atentamente al derrochador. 

— ¿Quiénes son 9 — preguntó Nébel en voz baja 
— El doctor Arnzabalaga . . Cierto que no lo co- 
noces. La otra es la madre de tu chica . Es cuñada 
del doctor. 

Como en pos del examen, Arrizabalaga v la señora 
se sonrieran francamente ante aquella exuberancia de 
juventud, Nébel se cre\ó en el deber de saludarlos, 
a lo que respondió el terceto con jovial condescen- 
dencia 

Este fue el principio de un idilio que duró tres 
meses, y al que Nébel aportó cuanto de adoración ca- 
bía en su apasionada adolescencia Mientras continuó 
el corso, y en Concordia se prolonga hasta horas in- 
creíbles, Nébel tendió incesantemente su brazo hacia 
adelante, tan bien que el puño de su camisa, despren- 
dido, bailaba sobre la mano. 

Al día siguiente se reprodujo la escena; y como 
esta vez el corso se reanudaba de noche con batalla 
de flores, Nébel agotó en un cuarto de hora cuatro 
inmensas canastas. Arnzabalaga y la señora se reían, 
volviéndose a menudo, y la joven no apartaba casi 
sus ojos de Nebel Este echó una mirada de desespe- 
ración a sus canastas vacías, mas sobre el almohadón 
del surrey quedaba aún uno, un pobre ramo de siem- 
previvas y jazmines del país. Nébel saltó con él por 
sobre la rueda del surrey, dislocóse casi un tobillo, y 



tlll] 



HORACIO QUIROGA 



corriendo a la victoria, jadeante, empapado en sudor 
y con el entusiasmo a flor de ojos, tendió el ramo a 
la joven Ella buscó atolondradamente otro, pero no 
lo tenía. Sus acompañantes se reían 

— jPero loca T — le dijo la madre, señalándole el 
pecho — ¡Ahí tienes uno! 

El carruaje arrancaba al trote Nébel, que había 
desuendido del estribo, afligido, corrió y alcanzó el 
ramo que la joven le tendía, con el cuerpo casi fuera 
del coche. 

Nébel había llegado tres días atrás de Buenos Ai- 
res, donde concluía su bachillerato Había permane- 
cido allá siete años, de modo que su conocimiento de 
la sociedad actual de Concordia era mínimo. Debía 
quedar aún quince días en su ciudad natal, disfruta- 
dos en pleno sosiego de alma, si no de cuerpo, y he 
aquí que desde el segundo día perdía toda su sere- 
nidad. Pero en cambio, ¡qué encanto * 

— ¿Qué encanto! — se repetía pensando en aquel 
rayo de luz, flor y carne femenina que había llegado 
a él desde el carruaje. Se reconocía real v profunda 
mente deslumhrado, y enamorado, desde luego. 

j Y si ella lo quisiera 1 ... ¿Lo querría 9 Nébel, para 
dilucidarlo, confiaba mucho más que en el ramo de 
bu pecho, en la precipitación aturdida con que la jo- 
ven había buscado algo para darle Evocaba clara- 
mente el brillo de sus ojos cuando lo vio llegar co- 
rriendo, la inquieta espectativa con que lo esperó y 
en otro orden, la morbidez del joven pecho, al ten- 
derle el ramo. 

^ Y ahora, concluido! Ella se iba al día siguiente 
a Montevideo. ¿Qué le importaba lo demás, Concor- 
dia, su amigos de antes, su mismo padre? Por lo me- 
nos iría con ella hasta Buenos Aires. 



[112] 



SELECCION DE CUENTOS 



Hicieron efectivamente el viaje juntos, y durante él 
Nébel llegó al más alto grado de pasión que puede 
alcanzar un romántico muchacho de 18 años, que se 
siente querido. La madre acogió el casi infantil idilio 
con afable complacencia, y ae reía a menudo al ver- 
los, hablando poco, sonriendo sin cesar, y mirándose 
infinitamente 

La despedida fue breve, pues Nébel no quiso per- 
der el último vestigio de cordura que le quedaba, cor- 
tando su carrera tras ella. 

Ellas volverían a Concordia en el invierno, acaso 
una temporada ¿Iría él? u iOh, no volver yo!" Y 
mientras Nébel se alejaba despacio por el muelle, vol- 
viéndose a cada momento, ella, de pecho sobre la 
borda, la cabeza un poco baja, lo seguía con los ojos, 
mientras en la planchada los marineros levantaban 
los suyos risueños a aquel idilio — y al vestido, corto 
aún, de la tiernísima novia» 

Verano 

El 13 de junio Nébel volvió a Concordia, y aunque 
supo desde el primer momento que Lidia estaba allí, 
pasó una semana sin inquietarse poco ni mucho por 
ella. Cuatro metes son plazo sobrado para un relám- 
pago de pasión, y apenas si en el agua dormida de 
su alma el último resplandor alcanzaba a rizar su 
amor propio. Sentía, sí, curiosidad de verla. Hasta 
que un nimio incidente, punzando su vanidad, lo arras- 
tró de nuevo. El primer domingo, Nébel, como todo 
buen chico de pueblo, esperó en la esquina la salida 
de misa. Al fin, las últimas acaso, erguidas y mirando 
adelante, Lidia y su madre avanzaron por entre la 
fila de muchachos. 



tH3] 



HORACIO QUIROGA 



Nébel, al verla de nuevo, sintió que sus ojos se di- 
lataban para sorber en toda su plenitud la figura brus- 
camente adorada. Esperó con ansia casi dolorosa el 
instante en que los ojos de ella, en un súbito resplan- 
dor de dichosa sorpresa, lo reconocerían entre el 
grupo. 

Pero pasó, con su mirada fría, fija adelante 

— Parece que no se acuerda más de tí — le dijo 
un amigo, que a su lado había seguido el incidente. 

— ¿No mucho' — se sonrió él — . Y es lástima, por- 
que la chica me gustaba en realidad. 

Pero cuando estuvo solo se lloró a sí mismo su 
desgracia. |Y ahora que había vuelto a verla ' jCómo, 
cómo la había querido siempre, él que creía no acor- 
darse más T ¡Y acabado 1 jPum, pum, pum 1 — repe- 
tía sin darse cuenta, con la costumbre del chico — . 
iPum f ¡todo ha concluido! 

De golpe ¿Y si no me hubiera visto?. (Claro! 
ipero claro 1 Su rostro se animó de nuevo, acogién- 
dose con plena convicción a una probabilidad como 
ésa, profundamente razonable 

A las tres golpeaba en casa del doctor Arnzaba- 
laga. Su idea era elemental: consultaría con cualquier 
mísero pretexto al abogado, y entretanto acaso la 
viera. Una súbita carrera por el patio respondió al 
timbre, y Lidia, para detener el impulso, tuvo que 
cogerse violentamente a la puerta vidriera. Vio a Né- 
bel, lanzó una exclamación, y ocultando con sus bra- 
zos la liviandad doméstica de su ropa, huyó más ve- 
lozmente aún 

Un instante después la madre abría el consultorio, 
V acogía a su antiguo conocido con más viva com- 
placencia que cuatro meses atrás. Nébel no cabía en 
sí de gozo, y como la señora no parecía inquietarse 



[ 114] 



SELECCION DE CUENTOS 



por las preocupaciones jurídicas de Nébel, éste pre- 
firió también un millón de veces tal presencia a la 
del abogado. 

Con todo, se hallaba sobre ascuas de una felicidad 
demasiado ardiente y, como tenía 18 años, deseaba 
irse de una \ez para gozar a solas, y sin coitedad, su 
inmensa dicha 

— ¿Tan pronto. ya T — le dijo la señora — Espero 
que tendremos el gusto de verlo otra vez ¿No es 
verdad 9 

— |Oh, «í, señora r 

—En ca^a todos tendríamos mucho placer . j su- 
pongo que todos T ¿Quiere que consultemos ? — se 
sonrió con maternal buila 

— lQIi, con toda el alma 1 — repuso Nébel. 

— ¡Lidia 1 (Ven un momento 1 Hay aquí una per- 
sona a quien conoce*. 

Nébel había sido visto ya por ella, pero no impor- 
taba. 

Lidia llegó cuando él estaba de pie Avanzó a su 
encuentro, los ojos centelleantes de dicha, y le tendió 
un gran ramo de violetas, con adorable torpeza, 

—Si a usted no le molesta — prosiguió la madre — 
podría venir todos los lunes . ¿qué le parece? 

— [Qué es muy poco, señora' — repuso el mucha- 
cho — Los viernes también . ¿me permite? 

La señora se echó a reír. 

— iQué apurado 1 Yo no sé... veamos qué dice 
Lidia ¿Qué dices, Lidia? 

La criatura, que no apartaba sus ojos rientes de 
Nébel, le dijo ;sí ! en pleno rostro, puesto que a él 
debía su respuesta 

— Muy bien, entonces hasta el lunes, Nébel. 

Nébel objetó: 

[115] 

12 



HORACIO QUIROGA 



— ¿No me permitiría venir esta noche? Hoy es un 
día extraordinario. 

— j Bueno! ¡Esta noche también' Acompáñalo, Lidia 
Pero Nébel, en loca necesidad de movimiento, se 
despidió allí mismo y huyó con su ramo cuyo rabo 
había deshecho casi, y con el alma proyectada al úl- 
timo cielo de- la felicidad 

II 

Durante dos meses, todos los momentos en que se 
veían, todas las hoias que los separaban, Nébel y 
Lidia se adoraron Para él, romántico hasta sentir el 
estado de dolorosa melancolía que provoca una sim- 
ple garúa que agnsa el patio, la criatura aquella, con 
su cara angelical, sus ojos azules y su temprana ple- 
nitud, debía encarnar la suma posible de ideal Para 
ella* Nébel era varonil, buen mozo e inteligente No 
había en su mutuo amor más nube para el porvenir 
que la minoría de edad de Nébel El muchacho, de- 
jando de lado estudios, carreras y superfluidades por 
el estilo, quería casarse Como probado, no había sino 
dos cosas que a él le era absolutamente imposible 
vrwr sin Lidia, y que llevaría por delante cuánto se 
opusiese a ello. Presentía — o más bien dicho, sen- 
tía — que iba a escollar rudamente. 

Su padre, en efecto, a quien había disgustado pro- 
fundamente el año que perdía Nébel tras un amorío 
de carnaval, debía apuntar las íes con terrible vigor» 
A fines de agosto habló un día definitivamente a su 
hijo: 

— Me han dicho que sigues tus visitas a lo de Arri- 
zatíalaga ¿Es cierto? Porque tú no te dignas decirme 
una palabra. 



[116] 



SELECCION DE CUENTOS 



Nébel vio toda la tormenta en esa forma de digni- 
dad, y la voz le tembló un poco al contestar 

— Si no te dije nada, papá, es porque sé que no te 
gusta que hable de eso 

— ¿Bah! como gustarme, puedes, en efecto, aho- 
rrarte el trabajo,. Pero quisiera saber en qué es- 
tado estás. ¿Vas a esa casa como novio? 

— Sí, 

— ¿Y te reciben formalmente? 
— Creo que sí 

El padre lo miró fijamente y tamborileó sobre la 
mesa. 

— jEstá bueno 1 ¡Muy bien!.*. Oyeme, porque ten- 
go el deber de mostrarte el camino ¿Sabes tu bien 
lo que haces? ¿Has pensado en lo que puede pasar 9 

—¿Pasar?... ¿qué? 

— Que te cases con esa muchacha. Pero fíjate ya 
tienes edad para reflexionar, al menos. ¿Sabes quién 
es? ¿De dónde viene? ¿Conoces a alguien que sepa 
qué vida lleva en Montevideo? 

— ¡ Papá! 

— I Sí. qué hacen allá! ¡Bah' no pongas esa ca- 
ra . . No me refiero a tu . , novia. Esa es una cria- 
tura, y como tal no sabe lo que hace. ¿Pero sabes de 
qué viven? 

— ¡No T Ni me importa, porque aunque seas mi 
padre , . 

— ]Bah, bah, bah ? Deja eso para después. No te 
hablo como padre sino como cualquier hombre honrado 
pudiera hablarte. Y puesto que te indigna tanto lo que 
te pregunto, averigua a quien quiera contarte, qué 
clase de relaciones tiene la madre de tu novia con su 
cuñado, pregunta! 

— ¡Sí! Ya sé que ha sido... 



[117] 



HORACIO QITOOGA 



— Ah, ¿sabes que ha sido la quenda de Arnzaba- 
laga ? ¿Y que él u otro sostienen la casa en Monte- 
video? jY te quedas tan fresco! 

-,...! 

— i Sí, ya sé, tu novia no tiene nada que ver con 
esto, ya sé! No hay impulso más bello que el tu>o 
Pero anda con cuidado, porque puedes llegar tarde, . . 
¡No, no, cálmate r No tengo ninguna idea de ofender 
a tu nov^a, y creo, como te he dicho, que no está 
contaminada aún por la podredumbre que la rodea 
Pero si la madre te la quiere vender en matrimonio, 
o más bien a la fortuna que vas a heredar cuando yo 
muera, dile que el viejo Nébel no está dispuesto a 
esos tráficos, y que antes se lo llevará el diablo que 
consentir en eso. Nada más te quería decir. 

El muchacho quería mucho a su padre a pesar del 
carácter de éste, salió lleno de rabia por no haber 
podido desahogar su ira, tanto más violenta cuanto 
que él mismo la sabía injusta. Hacía tiempo ya que 
no ignoraba e&to: la madre de Lidia había sido que- 
rida de Arrizabalaga en vida de su marido, y aún 
cuatro o cinco años después. Se veían aún de tarde en 
tarde, pero el viejo libertino, arrebujado ahora en su 
artritis de solterón enfermizo, distaba mucho de ser 
respecto de su cuñada lo que se pretendía: y si man- 
tenía el tren de madre e hija, lo hacía por una espe- 
cie de compasión de ex-amante, rayana en vil egoís- 
mo, y sobre todo para autorizar los chismes actua- 
les que hinchaban su vanidad. 

Nébel evocaba a la madre, y oon un estremeci- 
miento de muchacho loco por las mujeres casadas, 
recordaba cierta noche en que hojeando juntos y re- 
clinados una "Illustration", había creído sentjr sobre 
sus nervios súbitamente teosos, un hondo hálito de 



[118] 



SELECCION BE CUENTOS 



deseo que surgía del cuerpo pleno que rozaba con él 
Al levantar los ojos, Nébel había visto la mirada de 
ella, mareada, posarse pesadamente sobre la suya 

¿Se había equivocado? Era terriblemente histérica, 
pero con raras crisis explosivas, los nervios desorde- 
nados repiqueteaban hacia adentro, y de aquí la en- 
fermiza tenacidad en un disparate y el súbito aban- 
dono de una convicción, v bu los pródromos de la 
crisis, la obstinación creciente, convulsiva, edificán- 
dose a grandes bloques de absurdos Abusada de la 
morfina por angustiosa necesidad y por elegancia 
Tenía treinta y siete años, era alta, con labios muy 
gruesos y encendidos que humedecía sin cesar Sin 
ser grandes, sus ojos lo parecían por el corte y por 
tener pestañas muy largas, pero eran admirables de 
sombra y fuego. Se pintaba. Vestía, como la hija, con 
perfecto buen gusto, y era ésta, sin duda, su mayor 
seducción Debía de haber tenido, como mujer, pro- 
fundo encanto, ahora la histeria había trabajado mu- 
cho su cuerpo — siendo, desde luego, enferma del 
vientie Cuando el latigazo de la morfina pasaba, sus 
ojos se empañaban, y de la comisura de los labios, 
del párpado globoso, pendía una fina redecilla de 
arrugas Pero a pesar de ello* la misma histeria que 
le deshacía los nervios era el alimento, un poco má- 
gico, que sostenía su tonicidad 

Quería entrañablemente a Lidia; y con la moral de 
las histéricas burguesas, hubiera envilecido a su luja 
para hacerla feliz — esto es, para proporcionarle aque- 
llo que habría hecho su propia felicidad 

Así, la inquietud del padre de Nébel a este respecto 
tocaba a su hijo en lo más hondo de sus cuerdas de 
amante. ¿Cómo había escapado Lidia 9 Porque la lim- 
pidez de su cutis, la franqueza de su pasión de chica 



[119] 



HORACIO QUIROGA 



que surgía con adorable libertad de sus ojos brillan- 
tes, eran, ya no prueba de pureza, sino escalón de 
noble gozo por el que Nébel ascendía triunfal a arran- 
car de una manotada a la planta podrida, la flor que 
pedía por 6L 

Esta convicción era tan intensa, que Nébel jamás 
la había besado. Una tarde, después de almorzar, en 
que pasaba por lo de Amzabaiaga, había sentido loco 
deseo de verla. Su dicha fue completa, pues la halló 
sola, en batón, y los rizos sobre las mejillas Como Né- 
bel la retuvo, ella, riendo y cortada, se recostó en la 
pared Y el muchacho, a su frente, tocándola casi, 
sintió con las manos inertes la alta felicidad de un 
amor inmaculado, que tan fácil le habría sido manchar 

jPero luego, una vez su mujer! Néibel precipitaba 
cuanto le era posible su casamiento Su habilitación 
de edad, obtenida en esos días, le permitía por su le- 
gítima materna afrontar los gastos Quedaba el con- 
sentimiento paterno, y la madre apremiaba este de- 
talle 

La situación de ella, sobrado equívoca, exigía una 
plena sanción social que debía comenzar, desde luego, 
por la del futuro suegro de su hija Y sobre todo, la 
sostenía el deseo de humillar, de forzar a la moral 
burguesa a doblar la rodilla ante la misma inconve- 
niencia que despreció. 

la varias veces había tocado con su futuro yerno, 
con alusiones a "mi suegro" . "mi nueva familia" . . 
"la cuñada de mi hija". Nébel se callaba, y los ojos 
de la madre brillaban entonces con más sombrío fuego 

Hasta que un día la llama se levantó. Nébel había 
fijado el 18 de octubre como fecha de su casamiento. 
Faltaba más de un mes aún, pero la madre hizo en- 



[120] 



SELECCION DE CUENTOS 



tender claramente al muchacho que quería la presen- 
cia de su padre esa noche 

—Será difícil — dijo Nébel después de un morti- 
ficante silencio — Le cuesta mucho salir de noche « . 
no sale nunca. 

— ¡Ah' — exclamó la madre, mordiéndose rápida- 
mente el labio» Otra pausa siguió, pero ésta ya de 
presagio. 

— Porque usted no hace un casamiento clandestino, 
¿verdad? 

— jOh' — se somió difícilmente Nébel — Mi padre 
tampoco lo cree 
— ¿Y entonces 9 

Nuevo silencio, cada \ez más tempestuoso. 

—¿Es por mí que su señor padre no quiere asistjr? 

— ¡No, no señora 1 — exclamó al fin Nchel impa- 
ciente — Está en su modo de ser . Hablaré de 
nue\o con él, si quiere 

— ¿Yo, querer? — %e sonuó la madre dilatando las 
nances — Haga lo que le parezca ¿quiere irse, 
Nébel, ahora? No e^toy bien 

Nébel salió, profundamente disgustado ¿Qué iba 
a decir a su padre? Este sostenía siempre su rotunda 
oposición a tal matrimonio, y ya el hijo había em- 
prendido las gestiones para prescindir de ella. 

— Puedes hacer eso, mucho más, y todo lo que te 
dé la gana ¡Pero mi consentimiento para que esa en- 
tretenida sea tu suegra, | jamás 1 

Después de tres días Nébel decidió concluir de una 
vez con ese estado de cosas, y aprovechó para ello un 
momento en que Lidia no estaba 

— Hablé con mi padre — comenzó Nébel — y me 
ha dicho que le será completamente imposible asistir 



[121] 



HQRACTO QUIROGA 



La madre se puso un poco pálida, mientras sus 
ojos, en un súbito fulgor, se estiraban hacia las sienes» 

— ¿Ah! ¿Y por qué? 

— No sé — repuso con voz sorda Nébe^ 

— Es decir» . . ¿que su señor padre teme manchal se 
si pone los pies aquí? 

— No sé — repitió éL obstinado a su vez 

— lEs que es una ofensa gratuita la que nos hace 
ese señor 1 ¿Qné se ha figurado > — añadió con \oz 
ya alterada v los labios temblantes — ¿Quién es él 
para darse ese tono? 

Nébel sintió entonces el fus tazo de reacción en 1j 
cepa profunda de su familia, 

— jQué es, no sé T — repuso con la voz precipitada 
a su vez — • Pero no sólo se mega a asistir, sino que 
tampoco da su consentimiento 

— ¿Qué? ¿Que se mega? ,Y por qué? ¿Quién es 
él? j El más autorizado para esto* 

Nébel se levantó: 

— Vd. no, , 

Pero ella se había levantado también. 

■ — ¡Sí, él' | Usted es una criatura 1 j Pregúntele de 
dónde ha sacado su fortuna, robada a ^us cliente* 1 4 -Y 
con e&os aires r jSu famdia irrepro« hable, htj manch?, 
se llena la boca con eso' { Su familia 1 , ; Dígale que 
le digra cuántas paredes tenía que saltar para ir a 
dormir con su mujer, antes de casarse T ¡Su y rae 
viene con su familia r . ¿Muy bien, vayase, estoy 
hasta aquí de hipocresías r jQue lo pa&e bien 1 

III 

Nébel vhió cuatro días vagando en la más honda 
desesperación ¿Qué podía esperar después de lo &U- 



[122] 



SELECCION DE CUENTOS 



cedido? Al quinto, y al anochecer, recibió una es- 
quela. 

"Octavio Lidia está bastante enferma, y sólo 
su presencia podría calmarla* 

María 5, de Amzabalaga " 

Era una treta, no tenía duda Pero si su Lidia en 
verdad" 

Fue esa noche y la madre lo recibió con una dis- 
creción que o sombró a Nébel, sin afabilidad excesiva, 
ni aire tampoco dr pecadora que pide disculpa. 

— Si quiere veria . 

Nébel entró con la madre, y vio a su amor adorado 
en la cama, el rostro con esa frescura sin polvos que 
dan únicamente los 14 años y las rodillas recogidas 

Se sentó a su lado, y en balde la madre esperó a 
que se dijeran algo no hacían sino mirarse y sonreír. 

De pronto Nébel sintió que estaban solos y la ima- 
gen de la madre surgió nítida "se va para que en 
el transporte de mi amor reconquistado pierda la 
cabeza, y el matrimonio sea así forzoso" Pero en ese 
cuarto de hora de goce final qne le ofrecían adelan- 
tado a costa de un pagaré de casamiento, el mucha- 
cho de 18 años sintió - — ■ como otra vez contra la 
pared — el placer sin la más leve mancha, de un 
amor puro en toda m aureola de poético idilio 

Sólo Nébel pudo decir cuán grande fue su dicha 
recuperada en pos del naufragio El también olvidaba 
lo que fuera en la madre explosión de calumnia, ansia 
rabiosa de insultar a los que no lo merecen Pero 
tenía la más fría decisión de apartar a la madre de 
su vida, una \ez casados. El recuerdo de su tierna no- 



[123] 



HORACIO QUIROGA 



vía, pura y riente en la cama de que se había desten- 
dido una punta para él, encendía la promesa de una 
voluptuosidad íntegra, a la que no había robado el 
más pequeño diamante. 

A la noche siguiente, al llegar a lo de Arrizabalaga, 
Nébel halló el zaguán oscuro Después de largo rato 
la sirvienta entreabrió la vidriera. 

— ¿Han salido? — preguntó él extrañado. 

— No. se van a Montevideo , Han ido al Salto a 
dormir a bordo. 

— jAh f — murmuró Nébel aterrado Tenía una es- 
peranza aún. 

— ¿El doctor? ¿Puedo hablar con él? 

— No está; se ha ido al club después de comer . , 

Una vez solo en la calle oscura, Nébel levantó y 
dejó 'caer los brazos con mortal desaliento* jSe acabó 
todo* Su felicidad, su dicha reconquistada un día an- 
tes, ¿'perdida de nuevo y para siempre I Presentía que 
esta \ez no había redención posible Los nervios de 
la madre habían saltado a la loca, como teclas, y él 
no podía hacer va nada más. 

Caminó hasta la esquina, y desde allí, inmóvil bajo 
el farol, contempló con estúpida fijeza la casa rosada 
Dio una vuelta a la manzana, y tornó a detenerse 
bajo ¡el farol. ¡Nunca, nunca! 

Hasta las once y media hizo lo mismo. Al fin se 
fue a 1 su casa y cargó el revólver Pero un recuerdo 
lo detuvo: meses atrás había prometido a un dibu- 
jante; alemán que antes de suicidarse — Nébel era 
adolescente — iría a verlo. Uníalo con el viej o mi- 
litar de Guillermo una viva amistad, cimentada sobre 
largas charlas filosóficas. 

[ 124 ] 



SELECCION DE CUENTOS 



A la mañana siguiente, muy temprano, Nébel lla- 
maba al pobre cuarto de aquél. La expresión de su 
rostro era sobrado explícita. 

— ¿Es ahora? — le preguntó el paternal amigo, es- 
trechándole con fuerza la mano 

— |Pst! jDe todos modos! . — repuso el mucha- 
cho, mirando a otro lado 

El dibujante, con gran calma, le contó entonces c u 
propio drama de amor. 

—Vaya a su casa — - concluyó — y si a las once 
no ha cambiado de idea, vuelva a almorzar conmigo, 
si es que tenemos que. Después hará lo que quiera. 
¿Me lo jura? 

— Se lo juro — contestó Nébel, devolviéndole su 
estrecho apretón con grandes ganas de llorar. 

En su casa lo esperaba una tarjeta de Lidia: 

"Idolatrado Octavio Mi desesperación no pue- 
de ser más grande, pero mamá ha visto que si 
me casaba con usted, me estaban reservados gran- 
des dolores, he comprendido como ella que lo 
mejor era separarnos y le jura no olvidarlo 
nunca. 

tu 

Lidia " 

— jAh, tenía que ser así — clamó el muchacho, 
viendo al mismo tiempo con espanto su rostro demu- 
dado en el espejo A La madre era quien había inspi- 
rado la carta, ella y su maldita locura ' Lidia no ha- 
bía podido menos que escribir, y la pobre chica, tras- 
tornada, lloraba todo su amor en la redacción. — ] Ah T 
jSi pudiera verla algún día, decirle de qué modo la 
he querido, cuánto la quiero ahora, adorada de mi 
almal 



[125] 



HORACIO QUIROOA 



Temblando fue hasta el velador y cogió el revól- 
ver; pero recordó su nueva promesa, v durante un 
rato permaneció inmóvil, limpiando obstinadamente 
con la uña una mancha del tamnor. i 

Otoño 

Una tarde, en Buenos Aires, acababa Nébel de su- 
bir al tramwav cuando el coche se detuvo un momento 
más del conveniente^ y Nébel, que leía, volvió al fin 
la cabeza. Una mujer con lento y difícil pa^o avan- 
zaba Tras urna rápida ojeada a la incómoda perdona, 
Nébel reanudó la lectura. La dama se sentó a su lado, 
y al hacerlo miró atentamente a su vecmo Nébel, 
aunque sentía de vez en cuando la mirada extran- 
jera posada sobre él, prosiguió su lectura, pero al 
fin se cansó y levantó el rostro extrañado. 

— Ya me parecía que era usted — exclamó la da- 
ma — aunque dudaba aún. . No me recuerda, ¿no 
es cierto? 

— Sí — repuso Nébel abriendo los ojos— la se- 
ñora de Arnzabalaga. . 

Ella lio la sorpresa de Nébel, y sonrió con aire de 
\ieja cortesana que trata aún de parecer bien a un 
muchacho. 

De ella — cuando Nébel la conoció once años 
atrás — sólo quedaban los ojos, aunque más hundi- 
dos, y ya apagados. El cutis amarillo, con tonos vei- 
dosos en las sombras, se resquebrajaba en polvorien- 
tos surcos Los pómulos saltaban ahora, y los labios, 
siempre gruesos, pretendían ocultar una dentadura del 
todo cariada Bajo el cuerpo demacrado se veía viva 
a la morfina corriendo por entre los nervios agots- 
dos y las arterias acuosas, hasta haber convertido en 



[126] 



SELECCION DE CUENTOS 



aquel esqueleto a la elegante mujer que un día ho- 
jeara la "Illustration" a su lado. 

— Sí« estoy muy envejecida., y enferma; he te- 
nido ya ataques a los ríñones . . Y usted — añadió 
mirándolo con ternura — ¡siempre igual 1 Verdad es 
que no tiene treinta años aún . . . Lidia también está 
igual. 

Nébel levantó los ojos: 
— ¿Soltera? 

— Sí . ¡Cuánto se alegrará cuando le cuente! ¿Por 
qué no le da ese gusto a la pobre? ¿No quiere ir a 
vernos 9 

— Con mucho gusto . . — murmuró Nébel, 

— Sí, \aya pronto, ya sabe lo que hemos sido 
para En fm, Boedo, 1483; departamento 14, . 
Nuestra posición es tan mezquina . . 

— ^Oh 1 — protestó él, levantándose para irse» Pro- 
metió ir muy pronto 

Doce días después Nébel debía volver al ingenio, y 
antes quiso cumplir su promesa. Fue allá — un mi- 
serable departamento de arrabal La señora de Arri- 
zabalaga lo íecibió, mientras Lidia se arreglaba un 
poco. 

— i Conque once años 1 — observó de nuevo la ma- 
dre— ¡Cómo pasa el tiempo! ¡Y usted qu© podría 
tener una infinidad de hijos con Lidia 1 

—Seguramente — sonrió Nébel, mirando a su re- 
dedor. 

— ¿Oh 1 |No estamos muy bien* Y sobre todo como 
debe e&tar puesta su casa... Siempre oigo hablar de 
sus cañaverales. . ¿Es ése su único establecimiento? 

— Sí. . . en Entre Ríos también. . . 



[127] 



HORACIO QUIROGA 



— ¿Qué febz r Si pudiera uno» . ¿Siempre desean* 
do ir a pasar unos meses en el campo, y siempre con 
el deseo! 

Se calló, echando una fugaz mirada a NébeL Este, 
con el corazón apretado, revivía nítidas las impresio- 
nes enterradas once años en su alma. 

— Y todo esto por falta de relaciones . jEs tan 
difícil tener un amigo en esas condiciones 1 

El corazón de Nébel se contraía cada vez más, y 
Lidia entró 

Ella estaba también muy cambiada, porque el en- 
canto de un candor y una frescura de los catorce 
años, no se vuelve a hallar más en la mujer de vein- 
tiséis Pero bella siempre. Su olfato masculino sintió 
en su cuello mórbido, en la mansa tranquilidad de 
su mirada, y en todo lo indefinible que denuncia al 
hombre el amor ya gozado, que debía guardar ve- 
lado para siempre el recuerdo de la Lidia que conoció. 

Hablaron de cosas muy triviales, con perfecta dis- 
creción de personas maduras. Cuando ella salió de 
nuevo un momento, la madre reanudó 

— Sí, está un poco débil. , . Y cuando pienso que 
en el campo se repondría enseguida . , Vea, Octavio 
¿me permite ser franca con usted ? Ya sabe que lo 
he querido como a un hijo».. ¿No podríamos pasar 
una temporada en su establecimiento? A Cuánto bien 
le haría a Lidia! 

— Sov casado — repuso Nébel 

La señora tu\o un gesto de viva contrariedad, y 
por un instante su decepción fue sincera; pero ense- 
guida cruzó sus manos cómicas 

— I Casado, usted 1 jOh, qué desgracia, qué desgra- 
cia 1 ¡Perdóneme, ya sabe 1 No sé lo que digo, 

¿Y su señora vive con usted en el ingenio 9 



[128] 



SELECCION DE CUENTOS 



— Sí, generalmente Ahora está en Europa. 

— ¡Qué desgracia ' Es decir*.. ¡Octavio 1 — aña- 
dió abriendo los brazos con lágrimas en los ojos — : 
a usted le puedo contar, usted ha sido casi mi hi- 
jo, . ¡Estamos poco menos que en la miseria 1 ¿Por 
qué no quiere que vaya con Lidia? Voy a tener con 
usted una confesión de madre — concluyó con una 
pastosa sonrisa y bajando la voz — usted conoce 
bien el corazón de Lidia, ¿no es cierto? 

Esperó respuesta, pero Nébel permanecía callado, 

— ¡Sí, usted la conoce! ¿Y cree que Lidia es mu- 
jer capaz de olvidar cuando ha querido 9 

Ahora había reforzado su insinuación con una 
lenta guiñada Nébel valoró entonces de golpe el abis- 
mo en que pudo haber caído antes Era siempre la 
misma madre, pero ya envilecida por su propia alma 
vieja, la morfina y la pobreza. Y Lidia . , Al verla 
otra vez había sentido un brusco golpe de deseo por 
la mujer actual de garganta llena y ya estremecida. 
Ante el tratado comercial que le ofrecían, se echó en 
brazos de aquella rara conquista que le deparaba el 
destino 

— ¿No sabes, Lidia? — prorrumpió la madre al- 
borozada, al volver su hija — Octavio nos invita a 
pasar una temporada en su establecimiento. ¿Qué te 
parece? 

Lidia tuvo una fugitiva contracción de las cejas y 
recuperó su serenidad* 
— Muy bien, mamá . . . 

— lAh f ¿No sabes lo que dice? Está casado. ¡Tan 
joven aún! Somos casi de su familia 

Lidia volvió entonces los ojos a Nébel, y lo miró 
un momento con dolorosa gravedad. 

— ¿Hace tiempo? — murmuró. 



[129] 



HORACIO QUIROGA 



— Cuatro años — repuso él en voz baja A pesar 
de todo, le faltó ánimo para mirarla. 

Invierno 

No hicieron el viaje juntos, por último escrúpulo 
de cacado en una línea donde era muy conocido, 
pero al salir de la estación subieron en el bicc de la 
casa Cuando Nébel quedaba solo en el ingenio, no 
guardaba a su servicio doméstico mas que a una vie- 
ja india, pues — a más de su propia frugalidad — 
su mujer se llevaba consigo toda la servidumbre De 
este modo presentó sus acompañantes a la fiel nativa 
como una tía anciana y su hija, que venían a reco- 
brar la salud perdida. 

Nada más creíble, por otro lado, pues la señoia 
decaía vertiginosamente* Había llegado deshecha, el 
pie incierto y pesadísimo, y en su facies angustiosa 
la morfina, que había sacrificado cuatro hora** se- 
guidas a ruego de Nébel, pedía a gritos una corrida 
por dentro de aquel cadáver viviente 

Nébel, que cortara sus estudios a la muerte de su 
padre, sabía lo suficiente para prever una rápida ca- 
tástrofe, el riñon, íntimamente atacado, tenía a ve- 
ces paros peligrosos que la morfina no hacía sino 
precipitar. 

Ya en el coche, no pudiendo resistir más, había 
mirado a Nébel con transida angustia 

— Si me permite, Octavio . ¡no puedo más* Lidia, 
ponte delante. 

La hija, tranquilamente, ocultó un poco a su ma- 
dre, y Nébel oyó el crujido de la ropa \iolentamente 
recogida para pinchar el muslo. 



[130] 



SELECCION DE CUENTOS 



Los ojos se encendieron, y una plenitud de vida 
cubrió como una máscara aquella cara agónica. 

— Ahora estoy bien . . ¡qué dicha 1 Me siento bien, 

— Debería dejar eso — dijo rudamente Nébel, mi- 
rándola de costado — Al llegar, estará peor 

— |0h, nof Antes morir aquí mismo 

Nébel pasó todo el día disgustado, y decidido a vi- 
vir cuanto le fuera posible sin ver en Lidia y su ma- 
dre más que dos pobres enfermas. Pero al caer la 
tarde, y como las fieras que empiezan a esa hora a 
afilar las uñas, el celo de varón comenzó a relajarle 
la cintura en lasos escalofríos. 

Comieron temprano, pues la madre, quebrantada, 
deseaba acostarse de una vez. No hubo tampoco me- 
dio de que tomara exclusivamente leche 

— jHuy T i Qué repugnancia r No la puedo pasar 
¿Y quiere que sacrifique los últimos años de mi vida, 
ahora que podría morir contenta^ 

Lidia no pestañeó. Había hablado con Nébel pocas 
palabras, y sólo al fin del café la mirada de éste se 
clavó en la de ella; pero Lidia bajó la suya enseguida. 

Cuatro horas después Nobel abría sin ruido la 
puerta del cuarto de Lidia, 

— ¡Quién es f — sonó de pronto la voz azorada 

— Soy yo — murmuró Nébel en voz apenas sen- 
sible. 

Un movimiento de ropas, como el de una persona 
que se sienta bruscamente en la cama, siguió a sus 
palabras, y el silencio reinó de nuevo Pero cuando 
la mano de Nebel tocó en la oscuridad un brazo ti- 
bio, el cuerpo tembló entonces en una honda sacudida 

Luego, inerte al lado de aquella mujer que ya ha- 
bía conocido el amor antes que él llegara, subió de 

[131] 

13 



HORACIO QUIROGA 



lo más recóndito del alma de Nébel el santo orgullo 
de su adolescencia de no haber tocado jamás, de no 
haber robado ni un beso siquiera, a la criatura que 
lo miraba con radiante candor» Pensó en las pala- 
bra & de Dostoiewsky, que hasta ese momento no ha- 
bía comprendido "Nada hay más bello y que forta- 
lezca más en la vida, que un recuerdo puro 1 '. Nébel 
lo había guardado, ese recuerdo sin mancha, pureza 
inmaculada de sus dieciocho años y que ahora yacía 
allí, enfangado hasta el cáliz sobre una cama de sir- 
vienta. 

Sintió entonces sobre su cuello dos lágrimas pesa- 
das, silenciosas Ella a su ves recordaría , Y las 
lágrimas de Lidia continuaban una tras otra, regando 
como una tumba el abominable fin de su único sueño 
de felicidad. 

IV 

Durante diez días la vida prosiguió en común, aun- 
que Nébel estaba casi todo el día afuera Por tácito 
acuerdo, Lidia y él se encontraban muy pocas veces 
solos, y aunque de noche volvían a verse, pasaban 
aún entonces largo tiempo callados 

Lidia tenía ella misma bastante qué hacer cuidando 
a su madre, postrada al fin. Como no había posibi- 
lidad de reconstruir lo ya podrido, y aún a trueque 
del peligro inmediato que ocasionara, Nébel pensó en 
suprimir la morfina. Pero se abstuvo una mañana 
que, entrando bruscamente en el comedor, sorprendió 
a Lidia que se bajaba precipitadamente las faldas, 
Tenía en la mano la jeringuilla, y fijó en Nebel su 
mirada espantada. 

— ¿Hace mucho tiempo que usas eso? — le pre- 
guntó él al fin. 



[132] 



SELECCION DE CUENTOS 



— Sí — munnuTÓ Lidia, doblando en una convul- 
sión la aguja. 

Nébel la miró aun y se encogió de hombros. 

Sin embargo, como la madre repetía sus inyeccio- 
nes con una frecuencia terrible para ahogar los do- 
lores de su riñon que la morfina concluía por matar, 
Nébel se decidió a intentar la salvación de aquella 
desgraciada, sustrayéndole la droga. 

— ¡ Octavio r ¡Me va a matar! — clamó ella con 
ronca súplica — jMi hijo Octavio' ¿no podría vivir 
un día* 

— ¡Es que no vivirá dos horas si le dejo eso! — con- 
testó Nébel. 

— i No importa, mi Octavio 1 ¡Dame, dame la mor- 
fina! 

Nébel dejó que los brazos se tendieran inútilmente 
a él, y salió con Lidia. 
— ¿Tú sabes la gravedad del estado de tu madre 9 
— Sí... Los médicos me habían dicho.. 
El la miró fijamente. 

— Es que está mucho peor de lo que imaginas. 

Lidia se puso lívida, y mirando afuera entrecerró 
los ojos y se mordió los labios en un casi sollozo 

— ¿No hay médico aquí? — murmuró. 

— Aquí no, ni en diez leguas a la redonda, pero 
buscaremos. 

Esa tarde llegó el correo cuando estaban solos en 
el comedor, y Nébel abrió una carta. 

— ¿Noticias 9 — preguntó levantando inquieta los 
ojos a él. 

— Sí — repuso Nébel, prosiguiendo la lectura. 
— ¿Del médico? — volvió Lidia al rato, más an- 
siosa aún. 



[133] 



HORACIO QUIROGA 



— No, de mi mujer — repuso él con la voz dura, 
sm levantar los ojos 

A las diez de la noche, Lidia llegó corriendo a la 
pieza de Nébel. 

— i Octavio i ¡mamá se muere!. . 

Corrieron al cuarto de la enferma. Una intensa pa- 
lidez cadavenzaba ya el rostro. Tenía los labios des- 
mesuradamente hinchados y azules, y por entre ellos 
se escapaba un remedo de palabra, gutural y a boca 
llena 

—Pía pía , . pía . 

Nebel vio enseguida sobre el velador el frasco de 
morfina, casi vacío. 

— i Es claro, se muere! ¿Quién le ha dado esto ? 
— preguntó 

— ¿No sé, Octavio' Hace un rato sentí ru-do 
Seguramente lo fue a buscar a tu cuarto cuando no 
estabas . . ¡Mamá, pobre mamá r — cayó sollozando 
sobre el miserable brazo que pendía hasta el piso 

Nebel la pulsó, el corazón no daba más, y la tem- 
peratura caía. Al rato los labios callaron su pía 
pía, y en la piel aparecieron grandes manchas violetas 

A la una de la mañana murió. Esa tarde, tras el 
entierro, Nébel esperó que Lidia concluyera de ver- 
tirse, mientras los peones cargaban las valijas en el 
carruaje. 

— Toma esto — le dijo cuando se aproximó a él, 
tendiéndole un cheque de diez mil pesos 

Lidia se estremeció violentamente, y sus ojo3 en- 
rojecidos se fijaron de Heno en los de Nébel. Pero 
éste sostuvo la mirada. 

— ¿Torna, pues ! — repitió sorprendido 

Lidia lo lomó v se bajó a recoger su vahjita. Né- 
bel se inclinó sobre ella. 



r iw] 



SELECCION DE CUENTOS 



— Perdóname — le dijo — . No rae juzgues peor de 
lo que soy* 

En la estación esperaron un rato y sin hablar, 
junto a la escalerilla del vagón, pues el tren no salía 
aún. Cuando la campana sonó, Lidia le tendió la 
mano, que Nébel retuvo un momento en silencio. Lue- 
go, sin soltarla, recogió a Lidia de la cintura y la 
besó hondamente en la boca. 

El tren partió. Inmóvil, Nébel siguió con la \ista 
la ventanilla que se perdía. 

Pero Lidia no se asomó. 



[135] 



A LA DERIVA 



El hombre pisó algo blanduzco, y enseguida sintió 
la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse 
con un juramento vio - una varar acusú que arrollada 
sobre sí misma esperaba otro ataque. 

El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde 
dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y 
sacó el machete de la cintura. La \íbora vio la ame- 
naza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de 
su espiral, pero el machete cayó de lomo, dislocán- 
dole las vértebras. 

El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las 
gotitas de sangre, y durante un instante contempló. 
Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y 
comenzaba a invadir todo el pie Apresuradamente 
se hgó el tobillo con su pañuelo y siguió por la 
picada hacia su rancho. 

El dolor en el pie aumentaba, con sensación de ti- 
rante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos 
o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos ha- 
bían irradiado desde la herida hasta la mitad de la 
pantornlla. Movía la pierna con dificultad; una me- 
tálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, 
le arrancó un nuevo juramento. 

Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre 
la rueda de un trapiche. Los dos puntítos violeta de- 
saparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie 
entero La piel parecía adelgazada y a punto de ce- 
der, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se 



[136] 



SELECCION DE CUENTOS 



quebró en un ronco arrastre de garganta reseca* La 
sed lo devoraba. 

— l Dorotea! — -alcanzó a lanzar en un estertor — . 
¡Dame caña! 

Su mujer corrió con un vaso Heno, que el hombre 
sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto 
alguno, 

— jTe pedí caña, no agua* — rugió de nuevo — 
¡Dame caña T 

— ¡Pero es caña, Paulino! — protestó la mujer es- 
pantada. 

— ¡No, me diste agua 1 j Quiero caña, te digo! 

La mujer corrió otra vez, volviendo con la dama- 
juana. El homfbre tragó uno tras otro dos vasos, pero 
no sintió nada en la garganta 

— Bueno, esto se pone feo — murmuró entonces, 
mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. 
Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne des- 
bordaba como una monstruosa morcilla. 

Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos re- 
lampagueos, y llegaban ahora a la ingle La atroz se- 
quedad de garganta que el aliento parecía caldear 
más, aumentaba a la par Cuando pretendió incorpo- 
rarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio mi- 
nuto con la frente apoyada en la rueda de palo 

Pero el hombre no quería morir, y descendiendo 
hasta la costa subió a su canoa. Sentóse en la popa 
y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí 
la corriente del río, que en las inmediaciones del 
Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco ho- 
ras a Tacurú-Pucú. 

El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente 
llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dor- 
midas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un 



[137] 



HORACIO QUIROGA 



nuevo vómito — de sangre esta vez — dirigió una 
mirada al sol que ya trasponía el monte. 

La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un 
bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa El 
hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su 
cuchillo el bajo vientre desbordó hinchado, con gran- 
des manchas lívidas y terriblemente doloroso El hom- 
bre pensó que no podría jamás llegar él solo a Ta- 
curú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre 
Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban dis- 
gustados. 

La comente del río se precipitaba ahora hacia la 
costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar 
Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a loa 
veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho 

— í Alves 1 — gritó con cuanta fuerza pudo, y pres- 
tó oído en vano. 

— (Compadre Alves* jNo me niegue este favor 1 
— clamó de nuevo* alzando la cabeza del suelo — . En 
el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El 
hombre tuvo aún valor para llegar hasta bu canoa, 
v la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó veloz- 
mente a la deriva. 

El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa 
hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan 
fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de 
negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro 
también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna 
muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado 
se precipita en incesantes borbollones de agua fan- 
gosa El paisaje es agresivo, y reina en él un silen- 
cio de muerte Al atardecer, sm embargo, su belleza 
sombría y calma cobra una majestad única. 



[138] 



SELECCION DE CUENTOS 



El so] había caído ya cuando el hombre, semiten- 
dido en el fondo de la canoa, tuvo un violento esca- 
lofrío Y de pronto, con asombro, enderezó pesada- 
mente la cabeza' se sentía mejor. La pierna le dalia 
apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se 
abría en lenta inspiración 

El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se ha- 
llaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mo- 
ver la mano, contaba con la caída del rocío para 
reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas 
estaría en Tacurú-Pucú 

El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia 
llena de recuerdos No sentía ya nada ni en la pierna 
ni en el vientre ¿Viviría aún su compadre Gaona en 
Tacurú-Pucú^ Acaso viera también a su ex - patrón 
mister Dougald, y al recibidor del obraje. 

¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría 
ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado 
también Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, 
el monte dejaba caer sobre el río su frescura cre- 
puscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel 
silvestre Una pareja de guacamayos cruzó muy alto 
y en silencio hacia el Paraguay. 

Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba 
velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el 
borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella 
se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el 
tiempo justo que había pasado sin ver a su ex -pa- 
trón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto 
¿Dos años y nueve meses ? Acaso ¿Ocho meses y me- 
dio? Eso sí, seguramente 

De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho, 
¿Qué sería 9 Y la respiración también. 



[139] 



HORACIO QUIROGA 



Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lo- 
renzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza 
un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves . 

El hombre estiró lentamente los dedoa de la mano. 

— Un jueves . . * 

Y cesó de respirar. 



r i4o] 



EL ALAMBRE DE PUA 



Durante quince días el alazán había buscado en 
vano la senda por donde su compañero se escapaba 
del potrero. El formidable cerco, de capuera — des- 
monte que ha rebrotado inextricable — no permitía 
paso ni aun a la cabeza del caballo Evidentemente, 
no era por allí por donde el malacara pasaba. 

Ahora recorría de nuevo la chacra, trotando in- 
quieto con la cabeza alerta De la profundidad del 
monte, el malacara respondía a los relinchos vibran- 
tes de su compañero, con los suyos cortos y rápidos, 
en que había sin duda una fraternal promesa de abun- 
dante comida. Lo más irritante para el alazán era 
que el malacara reaparecía dos o tres veces en el día 
para beber Prometíase aquél, entonces, no abandonar 
un instante a su compañero, y durante algunas horas, 
en efecto, la pareja pastaba en admirable conserva. 
Pero de pronto el malacara, con su soga a rastra, se 
internaba en el chircal, y cuando el alazán, al darse 
cuenta de su soledad, se lanzaba en su persecución, 
hallaba el monte inextricable. Esto sí, de adentro, 
muy cerca aún, el maligno malacara respondía a sus 
desesperados relinchos, con un rehnchillo a boca llena. 

Hasta que esa mañana el viejo alazán halló la bre- 
cha muy sencillamente • cruzando por frente al chir- 
cal que desde el monte avanzaba cincuenta metros 
en el campo, vio un vago sendero que lo condujo en 
perfecta línea oblicua al monte. Allí estaba el mala- 
cara, deshojando árboles. 

[141] 



HORACIO QUIROGA 



La cosa era muy simple* el malacara, cruzando un 
día el chircal, había hallado la brecha abierta en el 
monte por un incienso desarraigado. Repitió su avance 
a través del chircal, hasta llegar a conocer perfectamen- 
te la entrada del túnel Entonces usó del viejo camino 
que con el alazán habían formado a lo largo de la lí- 
nea del monte, Y aquí estaba la causa del trastorno 
del alazán: la entrada de la senda formaba una línea 
sumamente oblicua con el camino de los caballos, de 
modo que el alazán, acostumbrado a recorrer éste de 
sur a norte y jamás de norte a sur, no hubiera ha- 
llado jamás la brecha 

En un instante estuvo unido a su compañero, y 
juntos entonces, sin más preocupación que la de des- 
puntar torpemente las palmeras jóvenes, los dos ca- 
ballos decidieron alejarse del malhadado potrero que 
sabían ya de memoria 

El monte, sumamente raleado, permitía un fácil 
avance, aun a caballos Del bosque no quedaba en 
verdad sino una franja de doscientos metros de an- 
cho Tras él, una capuera de dos años se empena- 
chaba de tabaco salvaje El viejo alazán, que en su 
juventud había correteado capueras hasta vivir per- 
dido seis meses en ellas dirigió la marcha, y en me- 
dia hora los tabacos Inmediatos quedaron desnudos 
de hojas hasta donde alcanza un pescuezo de caballo. 

Caminando, comiendo, curioseando, el alazán y el 
malacara cruzaron la capuera hasta que un alam- 
brado los detuvo. 

—Un alambrado — dijo el alazán 

—Sí, alambrado — asintió el malacara. Y ambos, 
pasando la cabeza sobre el hilo superior, contempla- 
ron atentamente. Desde allí se veía un alto pastizal 
de viejo rozado, blanco por la helada, un bananal y 



[142] 



SELECCION DE CUENTOS 



ulia plantación nueva Todo ello poco tentador, sin 
duda; pero los caballos entendían ver eso, y uno tras 
otro siguieron el alambrado a la derecha. 

Dos minutos después pasaban: un árbol, seco en 
pie por el fuego, había caído sobre los hilos* Atrave- 
saron la blancura del pasto helado en que sus pasos 
no sonaban, y bordeando el rojizo bananal, quemado 
por la escarcha, vieron entoncei de cerca qué eran 
aquellas plantas nuevas 

— Es yerba — constató el malacara, haciendo tem- 
blar los labios a medio centímetro de las hojas co- 
riáceas La decepción pudo haber sido grande; mas 
los caballos, si bien golosos, aspiraban sobre todo a 
pasean De modo que cortando oblicuamente el yer- 
bal prosiguieron su camino, hasta que un nuevo alam- 
brado contuvo a la pareja Costeáronlo con tranqui- 
lidad grav« y paciente, llegando así a una tranquera, 
abierta para su dicha, y los paseantes se vieron de 
repente en pleno camino real 

Ahora bien, para ks caballos, aquello que acaba- 
ban de hacer tenía todo el aspecto de una proeza. Del 
potrero aburndor a la libertad presente, había infinita 
distancia. Mas por infinita que fuera loa caballos pre- 
tendían prolongarla aún, y así, después de observar 
con perezosa atención los alrededores quitáronse mu- 
tuamente la caspa del pescuezo, y en mansa felicidad 
prosiguieron su aventura 

El día, en verdad, favorecía tal estado de alma La 
bruma matinal de Misiones acababa de disiparse del 
todo, y bajo el cielo súbitamente puro, el paisaje bri- 
llaba de esplendorosa claridad Desde la loma cuya 
cumbre ocupaban en ese momento los dos caballos, 
el camino de tierra colorada cortaba el pasto delante 
de ellos con precisión admirable, descendía ai valle 



[143] 



HORACIO QUIROGA 



blanco de espartiUo helado, para tornar a subir hasta 
el monte lejano. El viento, muy frío, cristalizaba aún 
más la claridad de la mañana de oro, y los caballos, 
que sentían de frente el sol, casi horizontal todavía, 
entrecerraban los ojos al dichoso deslumbramiento. 

Seguían así, solos y gloriosos de libertad en el ca- 
mino encendido de luz, hasta que al doblar una punta 
de monte vieron a orillas del camino cierta extensión 
de un verde inusitado. ¿Pasto 9 Sin duda Mas en 
pleno invierno . . . 

Y con las nances dilatadas de gula, los caballos se 
acercaron al alambrado. ¡Sí, pasto fino, pasto admi- 
rable 1 ¡Y entrarían, ellos, los caballos Ubres! 

Hay que advertir que el alazán y el malacara po- 
seían desde esa madrugada alta idea de sí mismos. 
Ni tranquera, ni alambrado, ni monte, ni desmonte, 
nada era para ellos obstáculo. Habían visto cosas ex- 
traordinarias, salvado dificultades no creíbles, y se 
sentían gordos, orgullosos y facultados para tomar la 
decisión más estrafalaria que ocurrírseles pudiera. 

En este estado de énfasis, vieron a cien metros de 
ellos vanas vacas detenidas a orillas del camino, y 
encaminándose allá llegaron a la tranquera, cerrada 
con cinco robustos palos Las vacas estaban inmóvi- 
les, mirando fijamente el verde paraíso inalcanzable 

—¿Por qué no entran? — preguntó el alazán a 
las vacas. 

— Porque no se puede — le respondieron 

— Nosotros pasamos por todas partes — afirmó el 

alazán, altivo — . Desde hace un mes pasamos por 

todas partes. 

Con el fulgor de su aventura, los caballos habían 
perdido sinceramente el sentido del tiempo. Las va- 
cas no se dignaron siquiera mirar a los intrusos. 



[144] 



SELECCION DE CUENTOS 



— Los caballos no pueden — dijo una vaquillona 
movediza — - Dicen eso y no pasan por ninguna parte. 
Nosotras sí pasamos por todas partes. 

— Tienen soga — añadió una vieja madre sin vol- 
ver la cabeza. 

— ¡Yo no, yo no tengo soga! — respondió \iva- 
mente el alazán — . Yo vivía en las capueras y pasaba. 

— i Sí, detrás de nosotras^ Nosotras pasamos y us- 
tedes no pueden. 

La vaquillona movediza intervino de nuevo. 

— El patrón dijo el otro día* a los caballos con 
un solo hilo se los contiene. ¿Y entonces 9 ... ¿Uste- 
des no pasan 9 

— No, no pasamos — repuso sencillamente el mala- 
cara, convencido por la evidencia. 

— ¡Nosotras sí T 

Al honrado malacara, sin embargo, se le ocurrió 
de pronto que las vacas, atrevidas y astutas, impeni- 
tentes invasoras de chacras y del Código Rural, tam- 
poco pasaban la tranquera. 

— Esta tranquera es mala — objetó la vieja ma- 
dre — ¡El sV Corre los palos con los cuernos. 

— i Quién 9 — preguntó el alazán 

Todas las vacas \ olvieron a él la cabeza con sorpresa 

— |E1 toro, Bangui 1 El puede más que los alam- 
brados malos. 

— ¿Alambrados?. . ¿Pasa 9 

—¡Todo' Alambre de púa también Nosotras pa- 
samos después. 

Los dos caballos, vueltos ya a su pacífica condición 
de animales a que un solo hilo contiene, se sintieron 
ingenuamente deslumhrados por aquel héroe capaz 
de afrontar el alambre de púa, la cosa más terrible 
que puede hallar el deseo de pasar adelante. 



[ 145] 



HORACIO QUIROGA 



De pronto las vacas se removieron mansamente • a 
lento paso llegaba el toro. Y ante aquella chata v 
obstinada frente dirigida en tranquila recta a la tran- 
quera, los caballos comprendieron humildemente su 
inferioridad. 

Las vacas se apartaron, y Bariguí, pasando el tes- 
tuz bajo una tranca, intentó hacerla correr a un lado. 

Los caballos levantaron las orejas, admirados, pero 
la tranca no corrió Una tras otra, el toro probó sin 
resultado su esfuerzo inteligente: el chacarero, dueño 
feliz de la plantación de avena, había asegurado la 
tarde anterior los palos con cuñas 

El toro no intentó más Volviéndose con pereza, 
olfateó a lo lejos entrecerrando los ojos, y costeó lue- 
go el alambrado, con ahogados mugidos sibilantes. 

Desde la tranquera, los caballos y las vacas mira- 
ban En determinado lugar el toro pasó los cuernos 
bajo el alambre de púa, tendiéndolo violentamente ha- 
cia arriba con el testuz, v la enorme bestia pasó ar- 
queando el lomo. En cuatro pasos más estuvo entre 
la avena, y las vacas se encaminaron entonces allá, 
intentando a su vez pasar Pero a las vacas falta e\i- 
dentemente la decisión masculina de permitir en la 
piel sangrientos rasguños, y apenas introducían el cue- 
llo lo retiraban presto con mareante cabeceo. 

Los caballos miraban siempre. 

— No pasan — observó el malacara. 

— El toro pasó — repuso el alazán — . Come mucho. 

Y la pareja se dirigía a su vez a costear el alam- 
brado por la fuerza de la costumbre, cuando un mu- 
gido, claro y berreante ahora, llegó hasta ellos den- 
tro del avenal el toro, con cabriolas de falso ataque, 
bramaba ante el chacarero que con un palo trataba 
de alcanzarlo. 



[146] 



SELECCION DE CUENTOS 



— ¿Aña!... Te voy a dar saltitos... — gritaba 
el hombre Bangui, siempre danzando y berreando 
ante el hombre, esquivaba los golpes. Maniobraron así 
cincuenta metros, hasta que el chacarero pudo forzar 
a la bestia contra el alambrado. Pero ésta, con la 
decisión pesada y bruta de su fuerza hundió la ca- 
beza entre los hilos y pasó, bajo un agudo \iolineo 
de alambre y de grampas lanzadas a veinte metros. 

Los caballos vieron cómo el hombre volvía preci- 
pitadamente a su rancho, y tornaba a salir con el 
rostro pálido. Vieron también que saltaba el alam- 
brado y se encaminaba en dirección de ellos, por lo 
cual los compañeros, ante aquel paso que avanzaba 
decidido, retrocedieron por el camino en dirección a 
su chacra. 

Como los caballos marchaban dócilmente a pocos 
pasos delante del hombre, pudieron llegar juntos a 
la chacra del dueño del toro, siéndoles dado oír la 
conversación. 

Es evidente, por lo que de ello se desprende, que 
el hombre había sufrido lo indecible con el toro del 
polaco Plantaciones, por inaccesibles que hubieran 
sido dentro del monte; alambrados, por grande que 
fuera su tensión e infinito el número de hilos, todo 
lo arrolló el toro con sus hábito» de pillaje. Se de- 
duce también que los vecinos estaban hartos de la 
bestia y de su dueño, por los incesantes destrozos de 
aquélla. Pero como los pobladores de la región difí- 
cilmente denuncian al Juzgado de Paz perjuicios de 
animales, por duros que les sean, el toro proseguía 
comiendo en todas partes menos en la chacra de su 
dueño, el cual, por otro lado, parecía divertirse mu- 
cho con esto. 

[147] 

14 



HORACIO QUtROGA 



De este modo, los caballos vieron y oyeron al irri- 
tado chacarero y al polaco cazurro. 

— ^s la última vez, don Zaninski, que vengo a 
verlo por su toro 1 Acaba de pisotearme toda la ave- 
na ¡Ya no se puede más 1 

El polaco, alto y de ojillos azules, hablaba con ex- 
traordinario y meloso falsete. 

— |Ah, toro, malo! ^Mí no puede f ¡Mí ata, escapa 1 
jVaca tiene culpa 1 ¡Toro sigue vaca 1 

— jYo no tengo vacas, usted bien sabe f 

— |No, no! jVaca Ramírez! ¡Mí queda loco, toro! 

— Y lo peor es que afloja todos los hilos, usted lo 
sabe también! 

— jSi, sí, alambre 1 |Ah, mí no sabe* 

— I Bueno 1 , vea don Zanmski yo no quiero cues- 
tiones con vecinos, pero tenga por última vez cuidado 
con su toro para que no entre por el alambrado del 
fondo; en el camino voy a poner alambre nuevo 

— jToro pasa por camino 1 ¡No fondo! 

— Es que ahora no va a pasar por el camino. 

— ¡Pasa, toro! jNo púa, no nada! jPasa todo 1 

— No va a pasar. 

— ¿Qué pone? 

— Alambre de púa. . pero no va a pasar 
— ¡No hace nada púa! 

— Bueno; haga lo posible porque no entre, porque 
si pasa se va a lastimar. 

El chacarero se fue. Es como lo anterior evidente 
que el maligno polaco, riéndose una vez más de las 
gracias del animal, compadeció, si cabe en lo posi- 
ble, a su vecino que iba a construir un alambrado in- 
franqueable por su toro. Seguramente se frotó las 
manos: 

[148] 



SELECCION: DE CUENTOS 



— ¡Mí no podrán decir nada esta vez si toro come 
toda avena! 

Los caballos reemprendieron de nuevo el camino 
que los alejaba de su chacra, y un rato después lle- 
gaban al lugar en que Bangui había cumplido su 
hazaña. La bestia estaba allí siempre, inmóvil en me- 
dio del camino, mirando con solemne vaciedad de 
idea desde hacía un cuarto de hora, un punto fijo de 
la distancia. Detrás de él, las vacas dormitaban al 
sol ya caliente, rumiando. 

Pero cuando los pobres caballos pasaron por el ca- 
mino, ellas abrieron los ojos, despreciativas* 

— Son los caballos. Querían pasar el alambrado, Y 
tienen soga. 

— i Bangui sí pasó 1 

— A los caballos un solo hilo los contiene. 
— Son flacos. 

Esto pareció herir en lo vivo al alazán, que volvió 
la cabeza: 

— Nosotros no estamos flacos. Ustedes, sí están No 
va a pasar más aquí — añadió señalando los alam- 
bres caídos, obra de Bariguí. 

— j Bangui pasa siempre! Después pasamos noso- 
tras. Ustedes no pasan. 

— No va a pasar más. Lo dijo el hombre. 

— El comió la avena del hombre. Nosotras pasa- 
mos después. 

El caballo, por mayor intimidad de trato, es sensi- 
blemente más afecto al hombre que la vaca. De aquí 
que el malacara y el alazán tuvieran fe en el alam- 
brado que iba a construir el hombre. 

La pareja prosiguió su camino, y momentos des- 
pués, ante el campo hbre que se abría ante ellos, los 



[149] 



dos caballos bajaron la cabed* a comer, olvidándose 
de las vacas. 

Tarde ya, cuando el sol acababa de entrar, los dos 
caballos se acordaron del maíz y emprendieron el re- 
greso. Vieron en el camino al chacarero que cara- 
biaba todos los postes de su alambrado, y a un hom- 
bre rubio que detenido a su lado a caballo, lo miraba 
trabajar. 

— Le digo que va a pasar — decía el pasajero. 

— No pasará dos veces — replicaba el chacarero 

— ¡Usted vera' ¡Esto es un }uego para el maldito 
toro del polaco! ¡.Va a pasar! 

— No pasará dos vece* — repetía obstinadamente 
el otro 

Los caballos siguieron, oyendo aún palabras cor- 
tadas: 

— , , .reír! 
— ♦ veremos. 

Dos minutos más tarde el hombre rubio pasaba a 
su lado a trote inglés El malacara y el alazán, algo 
sorprendidos de aquel paso que no conocían, mira* 
ron perderse en el valle al hombre presuroso. 

— ¡ Curioso 1 — observó el malacara después de lar- 
go rato — El caballo va al trote y el hombre al ga- 
lope. 

Prosiguieron. Ocupaban en ése momento la cima 
de la loma, como esa mañana Sobre el cielo pálido 
\ frío, sus siluetas se destacaban en negro, en man^a 
y cabizbaja pareja, el malacara delante, el alazán de- 
trás. La atmósfera, ofuscada Airante el día por la 
excesiva luz del sol. a&jwma a esa semisombra cre- 
puscular una transparencia casi fúnebre» El viento 
había cesado por completo, y coa la calma del atar- 
decer, en que el te*roóm«$ra c**iaenzaba a caer veloz- 



[130] 



SELECCION DE CUENTOS 



mente, el valle helado expandía su penetrante hume- 
dad, que se condensaba en rastreante neblina en el 
fondo sombrío de las vertientes. Revivía, en la tierra 
ya enfriada, el invernal olor de pasto quemado, y 
cuando el camino costeaba el monte, el ambiente, que 
se sentía de golpe más frío y húmedo, se tornaba ex- 
cesivamente pesado de perfume de azahar 

Los caballos entraron por el portón de su chacra, 
pues el muchacho, que hacía sonar el cajoncito de 
maíz, había oído su ansioso trémulo. El viejo alazán 
obtuvo el honor de que se le atribuyera la iniciativa 
de la aventura, viéndose gratificado con una soga, a 
efectos de lo que pudiera pasar. 

Pero a la mañana siguiente, bastante tarde ya a 
causa de la densa neblina, los caballos repitieron su 
escapatoria. atra\ esando otra v«z el tabacal salvaje, 
hollando con mudos pasos el pastizal helado, salvando 
la tranquera abierta aún 

La mañana encendida de sol, muy alto ya, rever- 
beraba de luz, y el calor excesivo prometía para muy 
pronto cambio de tiempo. Después de trasponer la 
loma, los caballos vieron de pronto a las vacas dete- 
nidas en el camino, y el recuerdo de la tarde ante- 
rior excitó bus ojeras y au paso, querían ver cómo 
era el nuevo alambrado. 

Pero su decepción, al llegar, fue grande. En los pos- 
tes nuevos — -oscuros y torcidos — había dos sim- 
ples alambres de púa, gruesos tal vez, pero única- 
mente dos. 

No obstante su mezquina audacia, la vida cons- 
tante en chacras había dado a los caballos cierta ex- 
periencia en cercados. Observaron atentamente aque- 
llo, especialmente los poste*. 



[151] 



HORACIO QUIROGA 



— Son de madera de ley — observó el malacara 
— Sí, cernes quemados. 

Y tras otra larga mirada de examen, constató 
— El hilo pasa por el medio, no hay grampas. 
— Están muy cerca uno de otro. 

Cerca, los postes, sí, indudablemente tres metros 
Pero en cambio, aquellos dos modestos alambres en 
reemplazo de los cinco hilos del cercado anterior, 
desilusionaron a los caballos ¿Cómo era posible que 
el hombre creyera que aquel alambrado para terne- 
ros iba a contener al terrible toro 9 

• — El hombre dijo que no iba a pasar — se atrevió 
sm embargo el malacara, que en razón de ser el fa- 
vorito de su amo, comía más maíz, por lo cual sen- 
tíase más creyente. 

Pero las vacas lo habían oído 

— Son los caballos Los dos tienen soga. Ellos no 
pasan. Bariguí pasó ya 

— ¿Pasó? ¿Por aquí? — preguntó descorazonado 
el malacara. 

—Por el fondo. Por aquí pasa también. Comió la 
avena 

Entretanto, la vaquilla locuaz había pretendido pa- 
«;ar los cuernos entre los hilos; y una vibración agu- 
da, seguida de un seco golpe en los cuernos, dejó en 
suspenso a los caballos. 

— Los alambres están muy estirados — dijo des- 
pués de largo examen el alazán. 

—Sí Más estirado no se puede . . 

Y ambos, sin apartar los ojos de los hilos, pensa- 
ban confusamente en cómo se podría pasar entre los 
dos hilos 

Las vacas, mientras tanto, se animaban unas a otras. 



[152] 



SELECCION DE CUENTOS 



— El pasó ayer. Pasa el alambre de púa. Nosotras 
después. 

— Ayer no pasaron. Las vacas dicen sí, y no pa- 
san — oyeron al alazán 

— ¡Aquí hay púa, y Bariguí pasa! ¡Allí viene r 
Costeando por adentro el monte del fondo, a dos- 
cientos metros aún, el toro avanzaba hacia el avenal 
Las vacas se colocaron todas de frente al cercado, 
siguiendo atentas con los ojos a la bestia invasora. 
Los caballos, inmóviles, alzaron las orejas. 
— jCome toda la a\ena f j Después pasa' 
— Los hilos están muy estirados — observó aún 
el malacara, tratando siempre de precisar lo que su- 
cedería si» » . 

— ^ Comió la avena * jEl hombre viene * j Viene el 
hombre T — lanzó la vaquilla locuaz. 

En efecto, el hombre acababa de salir del rancho 
y avanzaba hacia el toro. Traía el palo en la mano, 
pero no parecía iracundo; estaba sí muy serio y con 
el ceño contraído. 

El animal esperó a que el hombre llegara frente a 
él, y entonces dio principio a los mugidos con brava- 
tas de cornadas El hombre avanzó más, el toro co- 
menzó a retroceder, berreando siempre y arrasando 
la avena con sus bestiales cabriolas Hasta que, a diez 
metros ya del camino, volvió grupas con un postrer 
mugido de desafío burlón, y se lanzó sobre el alam- 
brado. 

— i Viene Bangui! ¡El pasa todo T ¡Pasa alambre 
de púa r — alcanzaron a clamar las vacas. 

Con el impulso de su pesado trote, el enorme toro 
bajó la cabeza y hundió los cuernos entre los dos 
hilos. Se oyó un agudo gemido de alambre, un estri- 



[153] 



HORACIO QUIROGA 



dente chirrido que se propagó de poste a poste hasta 
el fondo, y el toro pasó. 

Pero de su lomo y de su vientre, profundamente 
abiertos, canalizados desde el pecho a la grupa, llo- 
vían ríos de sangre. La bestia, presa de estupor, que- 
dó un instante atónita y temblando Se alejó luego al 
paso, inundando el pasto de sangre, hasta que a los 
vemte metros se echó, con un ronco suspiro. 

A mediodía el polaco fue a buscar a su toro, y 
lloró en falsete ante el chacarero impasible. El ani- 
mal se había levantado, y podía caminar Pero su 
dueño, comprendiendo que le costaría mucho trahajo 
curarlo — si esto aún era posible — lo carneó esa 
tarde, y al día siguiente al malacara le tocó en suerte 
llevar a su casa en la maleta, dos kilos de carne del 
toro muerto. 



[134] 



LOS INMIGRANTES 



El hombre y la mujer caminaban desde las cuatro 
de la mañana El tiempo, descompuesto en asfixiante 
calma de tormenta, tornaba aún más pesado el vaho 
nitroso del estero. La llmia cavó por fin, y durante 
una hora la pareja, calada hasta los huesos, avanzó 
obstmad amenté. 

El agua cesó. El hombre y la mujer se miraron en- 
tonces con angustiosa desesperanza. 

— ¿Tienes fuerzas para caminar un rato aún? — di- 
jo éi — . Tal vez los alcancemos.. 

La mujer, lívida y con profundas ojeras, sacudió 
la cabeza. 

— Vamos — repuso, prosiguiendo el camino 
Pero al rato se detuvo, cogiéndose crispada de una 

rama. El hombre, que iba delante, se volvió al oír 

el gemido. 

— i No puedo más 1 ... — murmuró ella con la boca 
torcida y empapada en sudor — . ¡ Ay, Dios mío ! . . 

El hombre, tras una larga mirada a su alrededor, 
se convenció de que nada podía hacer. Su mujer es- 
taba encinta. Entonces, sin saber dónde ponía los 
pies, alucinado de excesiva fatalidad, el hombre cortó 
ramas, tendiólas en el suelo y acostó a su mujer en- 
cima. El se sentó a ia cabecera, colocando sobre sus 
piernas la cabeza de aquélla. 

Pasó un cuarto de hora en silencio. Luego la mu- 
jer se estremeció hondamente y fue menester en- 
seguida toda la fuerza maciza del hombre para con- 



[155] 



HORACIO QUTKOGA 



tener aquel cuerpo proyectado violentamente a todos 
lados por la eclampsia» 

Pasado el ataque, él quedó un rato aún sobre su 
mujer, cuyos brazos sujetaba en tierra con las ro- 
dillas Al fin se incorporó, alejóse unos pasos vaci- 
lante, se dio un puñetazo en la frente y tornó a colo- 
car sobre sus piernas la cabeza de su mujer sumida 
ahora en profundo sopor. 

Hubo otro ataque de eclampsia, del cual la mujeT 
salió más inerte. Al rato tuvo otro, pero al concluir 
éste, la vida concluyó también. 

El hombre lo notó cuando aún estaba a horcajadas 
sobre su mujer, sumando todas sus fuerzas para con- 
tener las convulsiones Quedó aterrado, fijos lo9 ojos 
en la bullente espuma de la boca, cuyas burbujas 
sanguinolentas se iban ahora resumiendo en la negra 
cavidad. 

Sin saber lo que hacía, le tocó la mandíbula con 
el dedo 

— t Carlota! — dijo con una voz que no era la 
suya, y que no tenía entonación alguna. El sonido 
de su voz lo volvió a sí, e incorporándose entonces 
miró a todas partes con ojos extraviados 

— Es demasiada fatalidad — murmuró. 

— Es demasiada fatalidad . . • — murmuró otra vez, 
esforzándose entretanto por precisar lo que había pa- 
sado. Venían de Europa, eso no ofrecía duda, y ha- 
bían dejado allá a su primogénito de dos años. Su 
mujer estaba encinta e iban a Makallé con otros com- 
pañeros... Habían quedado retrasados y solos por- 
que ella no podía caminar bien.. . Y en malas con- 
diciones, acaso, acaso su mujer hubiera podido en- 
contrarse en peligro. 

Y bruscamente se volvió, mirando enloquecido: 



[156] 



SELECCION DE CUENTOS 



— ¡Muerta, allí!. . 

Sentóse de nuevo, y volviendo a colocar la cabeza 
muerta de su mujer sobre sus muslos, pensó cuatro 
horas en lo que haría. 

No arribó a pensar nada; pero cuando la tarde 
caía cargó a su mujer en los hombros y emprendió 
el camino de vuelta 

Bordeaban otra vez el estero El pajonal se exten- 
día sin fin en la noche plateada, inmóvil y todo zum- 
bante de mosquitos El hombre, con la nuca doblada, 
caminó con igual paso, hasta que su mujer muerta 
ca}ó bruscamente de su espalda El quedó un instante 
de pie, rígido, y se desplomó tras ella. 

Cuando despertó, el *ol quemaba Comió bananas 
de filodendro, aunque hubiera deseado algo más nu- 
tritivo, puesto que antes de poder depositar en tierra 
sagrada el cadáver de su esposa, debían pasar días 
aún. 

Cargó otra vez con el cadáver, pero sus fuerzas dis- 
minuían. Rodeándola entonces con lianas entretejidas, 
hizo un fardo con el cuerpo y avanzó así con menos 
fatiga. 

Durante tres días, descansando, siguiendo de nuevo, 
bajo el cielo blanco de calor, devorado de noche por 
los insectos, el hombre caminó y caminó, sonámbuli- 
zado de hambre, envenenado de miasmas cadavéricos 
— toda su misión concentrada en una sola y obsti- 
nada idea* arrancar al país hostil y salvaje el cuerpo 
adorado de su mujer. 

La mañana del cuarto día vióse obligado a dete- 
nerse, y apenas de tarde pudo continuar su camino. 
Pero cuando el sol se hundía, un profundo escalofrío 
corrió por los nervios agotados del hombre, y ten- 



[157] 



HORACIO QUTROGA 



diendo entonces el cuerpo muerto en tierra, se sentó 
a su lado. 

La noche había caído ya, y el monótono zumbido 
de mosquitos llenaba el aire solitario. El hombre pudo 
sentirlos tejer su punzante red sobre su rostro, pero 
del fondo de su médula helada los escalofríos mon- 
taban sin cesar. 

La luna ocre en menguante había surgido al fin 
tras el estero Las pajas altas y rígidas brillaban hasta 
el confín en fúnebre mar amarillento La fiebre per* 
niciosa subía ahora a escape 

El hombre echó una ojeada a la horrible masa 
blanduzca que yacía a su lado, y cruzando sus ma- 
nos sobre las rodillas quedóse mirando fijamente ade- 
lante, al estero venenoso, en cuya lejanía el delirio 
dibujaba una aldea de Silesia, a la cual él y su mu- 
jer, Carlota Phoening, regresaban felices y ricos a 
buscar a su adorado primogénito. 



[153] 



NUESTRO PRIMER CIGARRO 



Ninguna época de mayor alegría que la que nos 
proporcionó a María y a mí, nuestra tía con su 
muerte, 

Lucía volvía de Buenos Aires, donde había pasado 
tres meses. Esa noche, cuando nos acostamos, oímos 
que Lucía decía a mamá. 

— ¡Qué extraño! Tengo las cejas hinchadas. 

Mamé examinó seguramente las cejas de tía, pues 
después de un rato contestó: 

— Es cierto . ¿No sientes nada? 

— No . . sueño. 

Al día siguiente, hacia las dos de la tarde, notamos 
de pronto fuerte agitación en casa, puertas que se 
abrían y no se cerraban, diálogos cortados de excla- 
maciones, y semblantes asustados. Lucía tenía viruela, 
y de cierta especie hemorrágica que había adquirido 
en Buenos Aires. 

Desde luego, a mi hermana y a mí nos entusiasmó 
el drama. Las criaturas tienen casi siempre la des- 
gracia de que las grandes cosas no pasen en su casa. 
Esta vez nuestra tía — t casualmente nuestra tía 1 — 
A enferma de viruela' Yo, chico feliz, contaba ya en 
mi orgullo la amistad de un agente de policía, y el 
contacto con un payaso que saltando las gradas ha- 
bía tomado asiento a mi lado. Pero ahora el gran 
acontecimiento pasaba en nuestra propia casa, y al 
comunicarlo al primer chico que se detuvo en la 
puerta de calle a mirar, había ya en mis ojos la va- 



[159] 



HORACIO QUIKOGA 



nidad con que una criatura de riguroso luto pasa por 
primera vez ante sua vecinillos atónitos y envidiosos 

Esa misma tarde salimos de casa, instalándonos en 
la única que pudimos hallar con tanta premura, una 
vieja quinta de lo& alrededores Una hermana de 
mamá, que había tenido viruela en su niñez, quedó 
al lado de Lucía. 

Seguramente en los primeros días mamá pasó crue- 
les angustias por sus hijos que habían besado a la 
virolenta. Pero en cambio nosotros, convertidos en 
furiosos Robmsones, no teníamos tiempo para acor- 
darnos de nuestra tía Hacía mucho tiempo que la 
quinta dormía en su sombrío y húmedo sosiego. Na- 
ranjos blanquecinos de diaspis, duraznos rajados en 
la horqueta, membrillos con aspecto de mimbres, hi- 
gueras rastreantes a fuerza de abandono, aquello 
daba, en su tupida hojarasca que ahogaba los pasos, 
fuerte sensación de p aráis o. 

Nosotros no éramos precisamente Adán v Eva, pero 
sí heroicos Robmsones, arrastrados a nuestro destino 
por una gran desgracia de familia* la muerte de nues- 
tra tía, acaecida cuatro días después de comenzar 
nuestra exploración. 

Pasábamos el día entero huroneando por la quinta, 
bien que las higueras, demasiado tupidas al pie, nos 
inquietaran un poco. El pozo también suscitaba nues- 
tras preocupaciones geográficas Era éste un viejo 
pozo inconcluso, cuyos traba j" os se habían detenido 
a los catorce metros sobre el fondo de piedra, y que 
desaparecía ahora entre los culantrillos y doradillas 
de sus paredes. Era, sin embargo, menester explorarlo, 
y por vía de avanzada logramos con infinitos esfuer- 
' zos llevar hasta su borde una gran piedra. Como el 
pozo quedaba oculto tras un macizo de cañas, nos 



[160] 



SELECCION DE CUENTOS 



fue permitida esta maniobra sin que mamá se ente- 
rase No obstante, María, cuya inspiración poética 
primó siempre en nuestras empresas, obtuvo que apla- 
záramos el fenómeno hasta que una gran lluvia, lle- 
nando el pozo, nos proporcionara satisfacción artís- 
tica, a la par que científica. 

Pero lo que sobre todo atrajo nuestros asaltos dia- 
rios fue el cañaveral. Tardamos dos semanas enteras 
en explorar como era debido aquel diluviano enredo 
de varas verdes, varas secas, varas verticales, varas 
dobladas, atravesadas, rotas hacia tierra Las hojas 
secas, detenidas en su caída, entretejían el macizo, 
que llenaba el aire de polvo y briznas al menor con- 
tacto. 

Aclaramos el secreto, sin embargo: y sentados con 
mi hermana en la sombría guarida de dlgún rincón, 
bien juntos y mudos en la semi oscuridad, gozamos 
horas enteras el orgullo de no sentir miedo. 

Fue allí donde una tarde, avergonzados de nuestra 
poca iniciativa^ inventamos fumar Mamá era viuda; 
con nosotros vivían habitualmente dos hermanas su- 
yas, y en aquellos momentos un hermano, precisamente 
el que había venido con Lucía de Buenos Aires. 

Este nuestro tío de veinte años, muy elegante y 
presumido, habíase atribuido sobre nosotros dos cierta 
potestad que mamá, con el disgusto actual y su falta 
de carácter, fomentaba. 

María y yo, por de pronto, profesábamos cordialí- 
sima antipatía al padrastnllo 

— Te aseguro — decía él a mamá, señalándonos 
con el mentón — que desearía vivir siempre contigo 
para vigilar a tus hijos. Te van a dar mucho Uabajo. 

— ¡Déjalos! — respondía mamá cansada. 



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HORA CTO QUrROGA 



Nosotros no decíamos nada; pero nos mirábamos 
por encima del plato de sopa. 

A este severo personaje, pues, habíamos robado un 
paquete de cigarrillos; y aunque nos tentaba iniciar- 
nos súbitamente en la viril virtud, esperamos el arte* 
facto Este consistía en una pipa que yo había fa- 
bricado con un trozo de caña, por depósito; una va- 
rilla de cortina, por boquilla; y por cemento, masilla 
de un vidrio recién colocado. La pipa era perfecta 
grande, liviana y de vanos colores. 

En nuestra madriguera del cañaveral cargárnosla 
María y yo con religiosa y firme unción. Cinco ciga- 
rrillos dejaron su tabaco adentro; y sentándonos en- 
tonces con las rodillas altas, encendí la pipa v aspiré 
María, que devoraba mi acto con los ojos, notó que 
los míos se cubrían de lágrimas: jamás se ha visto 
ni verá cosa más abominable. Deglutí, sin embargo, 
valerosamente la nauseosa saliva. 

— ¿Rico? — me preguntó María ansiosa, tendiendo 
la mano. 

— Rico — le contesté pasándole la horrible má- 
quina. 

María chupó, y con más fuerza aun. Yo, que la 
observaba atentamente, noté a mi vez sus lágrimas y 
el movimiento simultáneo de labios, lengua y gar- 
ganta, rechazando aquello Su valor fue mayor que 
el mío. 

— Es rico — dijo con los ojos llorosos y haciendo 
casi un puchero. Y se llevó heroicamente otra vez a 
la boca la varilla de bronce. 

Era inminente salvarla. El orgullo, sólo él. la pre- 
cipitaba de nuevo a aquel infernal humo con gusto 
a sal de Chantaud, el mismo orgullo que me había 
hecho alabarle la nauseabunda fogata 



[162] 



SELECCION DE CUENTOS 



— ¡Pshti — dije bruscamente, prestando oído — , 
me parece el gargantilla del otro día . . debe de tener 
nido aquí . 

María se incorporó, dejando la pipa de lado, y 
con el oído atento y los ojos escudriñan tes 1109 aleja- 
mos de allí, ansiosos aparentemente de ver al anima- 
lito, pero en verdad asidos como moribundos a aquel 
honorable pretexto de mi invención, para retirarnos 
prudentemente del tabaco sm que nuestro orgullo su- 
friera. 

Un mes más tarde volví a la pipa de caña, pero 
entonces con muy distinto resultado. 

Por alguna que otra travesura nuestra, el padras- 
tnllo habíanos ya levantado la \oz mucho más dura- 
mente de lo que podíamos permitirle mi hermana y 
yo- Nos quejamos a mamá, 

— ¿Bah 1 , no hagan caso — nos respondió, sm oír- 
nos casi — ; él es así 

—¡Es que nos va a pegar un día' — gimoteó María 

— Si ustedes no le dan motivo, no ¿Qué le han 
hecho 9 — añadió dirigiéndose a mí 

— Nada, mamá.». ^Pero yo no quiero que me to- 
que 1 — objeté a mi vez» 

En este momento entró nuestro tío 

— jAh 1 aquí esta el buena pieza de tu Eduardo. . 
¿Te va a sacar canas este hijo, ya verás! 

— Se quejan de que quieres pegarles. 

— ¿Yo 9 — exclamó el padrastrillo midiéndome — . 
No lo he pensado aún Pero en cuanto me faltes al 
respeto . . . 

— Y harás bien — asintió mamá, 

— ¡Yo no quiero que me toque! — repetí enfurru- 
ñado y rojo — . ¡El no es papá! 

[163] 

15 



HORACIO QUIROGA 



— Pero a falta de tu pobre padre, es tu tío ¡En 
fin, déjenme tranquila 1 — ■ concluyó apartándonos. 

Solos en el patio, María y yo nos miramos con al- 
tivo fuego en los ojos, 

— i Nadie me va a pegar a mí — asenté. 

— |No... ni a mí tampoco! — apoyó ella, por la 
cuenta que le iba. 

— ¡E9 un zonzo! 

Y la inspiración vino bruscamente, y como siem- 
pre, a mi hermana, con furibunda risa y marcha 
triunfal 

— A Tío Alfonso... es un zonzo' ¡Tío Alfonso . 
es un zonzo T 

Cuando un rato después tropecé con el padrastri- 
11o, me pareció, por su mirada, que nos había oído, 
Pero va habíamos planteado la historia del Cigarro 
Pateador, epíteto éste a la mayor gloria de la muía 
Maud. 

El cigarro pateador consistió, en sus líneas ele- 
mentales, en un cohete que rodeado de papel de fu- 
mar, fue colocado en el atado de cigarrillos que tío 
Alfonso tenía siempre en su velador, usando de ellos 
a la siesta. 

Un extremo había sido cortado a fin de que el 
cigarro no afectara excesivamente al fumador. Con 
el violento chorro de chispas había bastante, y en su 
total, todo el éxito estribaba en que nuestro tío, ador- 
milado, no se diera cuenta de la singular rigidez de 
su cigarrillo. 

Las cosas se precipitan a veces de tal modo, que 
no hay tiempo ni aliento para contarlas. Sólo sé que 
una siesta el padrastnllo salió como una bomba de 
su cuarto, encontrando a mamá en el comedor. 



[164] 



SELECCION DE CUENTOS 



— jAh, estás acá! ¿Sabes lo que han hecho? ¡Te 
juro que esta vez se van a acordar de mí! 
— i Alfonso! 

— ¿Qué? ¡No faltaba más que tú también 1 ... | Si 
no sabes educar a tus hijos, yo lo voy a hacer! 

Al oír la voz furiosa del tío, yo, que me ocupaba 
inocentemente con mi hermana en hacer rayitas en 
el brocal del aljibe, evolucioné hasta entrar por la 
segunda puerta en el comedor, y colocarme detrás de 
mamá. El padrastnllo me vio entonces y se lanzó 
sobre mí. 

— 4 Yo no hice nada! — grité. 

— j Espérate! — rugió mi tío, corriendo tras de 
mí alrededor de la mesa. 

— í Alfonso, déjalo! 

— ¡Después te lo dejaré! 

— i Yo no quiero que me toque! 

— ¡Vamos, Alfonso! ¡Pareces una criatura! 

Esto era lo último que se podía decir al padrastri- 
11o Lanzó un juramento y sus piernas en mi perse- 
cución con tal velocidad, que estuvo a punto de al- 
canzarme. Pero en ese instante salía yo como de una 
honda por la puerta abierta, y disparaba hacia la 
quinta, con mi tío detrás. 

En cinco segundos pasamos como una exhalación 
por los durazneros, los naranjos y los perales, y fue 
en este momento cuando la idea del pozo, y su piedra 
surgió terriblemente nítida. 

— ¿No quiero que me toque ! — grité aún. 

— ¡Espérate! 

En ese instante llegamos al cañaveral. 
— ¡Me voy a tirar al pozo T — aullé para que mamá 
me oyera* 

— ¡Yo soy el que te voy a tirar! 



[165] 



HORACIO QUIROGA 



Bruscamente desaparecí a sus ojos tras las cañas, 
corriendo siempre, di un empujón a la piedra explo- 
i adora que esperaba una lluvia, y salté de costado, 
hundiéndome bajo la hojarasca. 

Tío desembocó enseguida, a tiempo que dejando 
de verme, sentía allá en el fondo del pozo el abomi- 
nable zumbido de un cuerpo que se aplastaba 

El padrastrillo se detuvo, totalmente lívido, volvió 
a todas partes sus ojos dilatados, y se aproximó al 
pozo. Trató de mirar adentro, pero los culantrillos 
se lo impidieron. Entonces pareció reflexionar, y des- 
pués de una atenta mirada al pozo y sus alrededores 
comenzó a buscarme 

Como desgraciadamente para el caso, hacía poco 
tiempo que el tío Alfonso cesara a su vez de escon- 
derle para evitar los cuerpo a cuerpo con sus padres, 
conseivaba aún muy frescas las estrategias subsecuen- 
tes, e hizo por mi persona cuanto era posible hacei 
para hallarme. 

Descubrió enseguida mi cubil, volviendo pertinaz- 
mente a él con admirable olfato, pero fuera de que 
la hojarasca diluviana me ocultaba del todo, el ruido 
de mi cuerpo estrellándose obsediaba a mi tío, que 
no buscaba bien, en consecuencia 

Fue pues resuelto que yo yacía aplastado en el 
fondo del pozo, dando entonces principio a lo que 
llamaríamos mi venganza postuma. El caso era bien 
claio: ¿con qué cara mi tío contaría a mamá que yo 
me había suicidado para evitar que él me pegara ? 

Pasaron diez minutos. 

— ¡Alfonso' — sonó de pronto la voz de mamá en 
el patio 

— ¿Mercedes? — respondió aquél tras una brusca 
sacudida 



[ 166] 



SELECCION DE CUENTOS 



Seguramente mamá presintió algo, porque su voz 
sonó de nuevo, alterada 

— ¿Y Eduardo ? ¿ Dónde está? — agregó avan- 
zando. 

— i Aquí, conmigo 1 — contestó riendo — . Ya he- 
mos hecho las paces. 

Como de lejos mamá no podía \er su palidez m la 
ridicula mueca que él pretendía ser beatífica sonrisa, 
todo fue bien 

— ¿No le pegaste, no? — insistió aun mamá 

— No 4 Si fue una broma! 

Mamá entró de nuevo. ¡Broma! Broma comenzaba 
a ser la mía para el padrastrillo 

Celia, mi tía mayor, que había concluido de dor- 
mir la siesta, cruzó el patio y Alfonso la llamó en 
silencio con la mano Momentos después Celia lanzaba 
un ¡oh T ahogado, llevándose las manos a la cabeza 

— ¡Pero, cómo 1 ¡Qué horror! ¡Pobre, pobre Mer- 
cedes 1 ¡Qué golpe! 

Era menester resolver algo antes que Mercedes se 
enterara. ¿Sacarme, con vida aun?... El pozo tenía 
catorce metros sobre piedra viva Tal vez, quién sa- 
be . Pero para ello sería preciso traer sogas, hom- 
bres, y Mercedes . . 

— í Pobre, pobre madre 1 — repetía mi tía. 

Justo es decir que para mí. el pequeño héroe, már- 
tir de su dignidad corporal, no hubo una sola lá- 
grima Mamá acaparaba todos los entusiasmos de 
aquel dolor, sacrificándole ellos la remota probabi- 
lidad de vida que vo pudiera aún conservar allá 
abajo Lo cual, hiriendo mi doble vanidad de muerto 
V de vivo, avivó mi sed de venganza. 

Media hora después mamá volvió a preguntar por 
mí, respondiéndole Celia con tan pobre diplomacia, 



[167] 



HORACIO QUIROGA 



que mamá tuvo enseguida la segundad de una catás- 
trofe 

— i Eduardo, mi hijo 1 — clamó arrancándose de 
las manos de su hermana que pretendía sujetarla, v 
precipitándose a la quinta. 

— 1 Mercedes 1 jTe juro que no 1 ¡Ha salido T 

— jMi hijo! i Mi hijo! [Alfonso! 

Alfonso corrió a su encuentro, deteniéndola al ver 
que se dirigía al pozo. Mamá no pensaba en nada con- 
creto, pero al ver el gesto horrorizado de su hermano, 
recordó entonces mi exclamación de una hora antes, 
y lanzó un espantoso alarido. 
■ — 4 Av T jMi hijo! i Se ha matado T ¡Déjame, déjen- 
me 1 jMi hijo, Alfonso! ¡Me lo has muerto! 

Se llevaron a mamá sin sentido No me había con- 
mo\ido en lo más mínimo la desesperación de mamá, 
puerto que yo, — motivo de aquélla — estaba en ver- 
dad vivo y bien vivo, jugando simplemente en mis 
ocho años con la emoción, a manera de los grandes 
que usan de las sorpresas semi-trágicas * ¡el gusto que 
va a tener cuando me vea! 

Entretanto, gozaba yo íntimo deleite con el fracaso 
del padrastnllo. 

— iHum 1 . ¡Pegarme' — rezongaba yo, aún bajo 
la hojarasca Levantándome entonces con cautela, sen- 
téme en cuclillas en mi cubil y recogí la famosa pipa 
bien guardada entre el follaje. Aquél era el momento 
de dedicar toda mi seriedad a agotar la pipa. 

El humo de aquel tabaco humedecido, seco, vuelto 
a humedecer y resecar infinitas veces, tenía en aquel 
momento un gusto a cumbarí, solución Coirre y sul- 
fato de soda, mucho más ventajoso que la primera 
\ez Emprendí, sin embargo, la tarea que sabía dura, 



[168] 



SELECCION DE CUENTOS 



con el ceño contraído y los dientes crispados sobre 
la boquilla. 

Fumé, quiero creer que la cuarta pipa Sólo re- 
cuerdo que al final el cañaveral se puso completa- 
mente azul y comenzó a danzar a dos dedos de mis 
ojos. Dos o tres martillos de cada lado de la cabeza 
comenzaron a destrozarme las sienes, mientras el es- 
tómago, instalado en plena boca, aspiraba él mismo 
directamente las últimas bocanadas de humo 

Volví en mí cuando me llevaban en brazos a casa. 
A pesar de lo horriblemente enfermo que me encon- 
traba, tuve el tacto de continuar dormido, por lo que 
pudiera pasar. Sentí los brazos delirantes de mamá 
sacudiéndome 

— ( Mi hijo querido T ¡Eduardo, mi hijo T ¡Ah, Al- 
fonso, nunca te perdonaré el dolor que me has cau- 
sado! 

— |Pero, vamos ' — decíale mi tía mayor — 4 no 
seas loca, Mercedes' ¡Ya ves que no tiene nada* 

— ¡Ah T — repuso mamá llevándose las manos al co- 
razón en un inmenso suspiro — ¡Sí, va pasó 1 . . 
Pero dime, Alfonso, ¿cómo pudo no haberse hecho 
nada? ¡Ese pozo, Dios mío 1 , „ 

El padrastrillo, quebrantado a su vez, habló vaga- 
mente de desmoronamiento, tierra blanda, prefirien- 
do para un momento de mayor calma la solución ver- 
dadera. miPntras la pobre mamá no se percataba de 
la horrible infección de tabaco que exhalaba su sui- 
cida. 

Abrí al fin los ojos, me sonreí y volví a dormirme, 
esta vez honrada y profundamente. 
Tarde ya, el tío Alfonso me despertó. 



[169] 



HORACIO QUIROGA 



— ¿Qué merecerías que te hiciera? — me dijo con 
sibilante rencor — ¡Lo que es mañana, le cuento 
todo a tu madre, y ya verás lo que son gracias! 

Yo veía aún bastante mal, las co&as bailaban un 
poco, y el estómago continuaba todavía adherido a 
la garganta Sin embargo, le respondí 

— ¡Si le cuentas algo a mamá, lo que es esta vez 
te juro que me Uro! 

Los ojos de un jo\en suicida que fumó heroica- 
mente su pipa, ¿expresan acaso desesperado valor 9 

Es posible De todos modos el padrastrillo, después 
de mirarme fijamente, se encogió de hombros, levan- 
tando hasta mi cuello la sábana un poco caída. 

— Me parece que mejor haría en ser amigo de este 
microbio — murmuró. 

— Creo lo mismo — le respondí. 

Y me dormí. 



[170] 



LOS PESCADORES DE VIGAS 



El motivo fue cierto juego de comedor que Mister 
Hall no tenía aún, y su fonógrafo le sirvió de an- 
zuelo. 

Candiyú lo vio en la oficina provisoria de la Yerba 
Company, donde Mister Hall maniobraba su fonó- 
grafo a puerta abierta. 

Candiyú, como buen indígena, no manifestó sor- 
presa alguna, contentándose con detener su caballo 
un poco al través delante del chorro de luz y mirar 
a otra parte. Pero como un inglés a la caída de la 
noche, en mangas de camisa por el calor y una bo- 
tella de whisky al lado es cien veces más circunspecto 
que cualquier mestizo, Mister Hall no levantó la vista 
del disco. Con lo que, vencido y conquistado, Can- 
diyú concluyó por arrimar su caballo a la puerta, en 
cuyo umbral apoyó el codo, 

— Buenas noches, patrón. ¡Linda música! 

— Sí, linda — repuso Mister Hall. 

— i Linda r — repitió el otro — . ¡ Cuánto ruido! 

— Sí, mucho ruido — asintió Mister Hall, que ha- 
llaba no desprovistas de profundidad las observacio- 
nes de su visitante. 

Candiyú admiraba los nuevos discos. 

— ¿Te costó mucho a usted, patrón? 

— Costó... ¿qué? 

— Ese hablero . , los mozos que cantan. 
La mirada turbia, inexpresiva e insistente de Mis- 
ter Hall se aclaró. El contador comercial surgía. 



[171] 



HORACIO QUIROGA 



— lOh, cuesta mucho!».. ¿Usted quiere comprar? 

— Si usted querés venderme . — contestó llana- 
mente Candiyú, convencido de la imposibilidad de 
tal compra Pero Mister Hall proseguía mirándolo con 
pesada fijeza, mientras la membrana saltaba del dis- 
co a fuerza de marchas metálicas 

— Vendo barato a usted , . . ¡ cincuenta pesos ! 

Candivú sacudió la cabeza, sonriendo al aparato y 
a su maquinista, alternativamente, 

— i Mucha plata 1 No tengo. 

— ¿Usted qué tiene, entonces? 

El hombre se sonrió de nuevo, sin responder 

—¿Dónde usted vive? — prosiguió Mister Hall, 
evidentemente decidido a desprenderse de su gramó- 
fono. 

— En el puerto 

— jAh 1 Yo conozco a usted ¿Usted llama Can- 
diyú? 
— Así es. 

— ¿Y usted pesca vigas 9 
— A veces, alguna viguita sin dueño . . 
— i Vendo por vigas!... Tres vigas aserradas. Yo 
mando carreta. ¿Conviene? 
Candiyú se reía, 

— No tengo ahora. Y esa . maquinaria, ¿tiene 
mucha delicadeza? 

— No, botón acá, y botón acá,.,; yo enseño. 
¿Cuándo tiene madera? 

— Alguna creciente. . Ahora debe venir una. ¿Y 
qué palo querés usted? 

— Palo rosa ¿Conviene? 

— iHum 1 . . No baja ese palo casi nunca . Me* 
diante una creciente grande solamente. ¡Lindo palo! 
Te gusta palo bueno a usted. 



[172] 



SELECCION DE CUENTOS 



— Y usted lleva buen gramófono. ¿Conviene? 

El mercado prosiguió a son de cantos británicos, 
el indígena esquivando la vía recta y el contador aco- 
rralándolo en el pequeño círculo de la precisión En 
el fondo, y descontados el valor y el uhisky, p\ ciu- 
dadano inglés no hacía mal negocio cambiando un 
perro gramófono por varias docenas de bellas tablas, 
mientras el pescador de vigas, a su vez, entregaba 
algunos días de habitual trabajo a cuenta de una ma- 
quinita prodigiosamente ruidera 

Por lo cual el mercado se realizó a tanto tiempo 
de plazo. 

Candiyú vive en la costa del Paraná desde hace 
treinta años; y si su hígado es aún capaz de elimi- 
nar cualquier cosa después del ultimo ataque de fie- 
bre en diciembre pasado, debe vivir todavía unos me- 
ses más. Pasa ahora los días sentado en su catre de 
varas, con el sombrero puesto. Sólo sus manos, lívi- 
das zarpas veteadas de verde, que penden inmensas 
de las muñecas, como proyectadas en primer término 
de una fotografía, se mue\en monótonamente sin ce- 
sar, con temblor de loro implume 

Pero en aquel tiempo Candiyú era otra cosa Te- 
nía entonces por oficio honorable el cuidado de un 
bananal ajeno y — poco menos lícito— el de pescar 
vigas. Normalmente, y sobre todo en época de cre- 
ciente, derivan vigas escapadas de los obrajes, bien 
que un peón bromista corte de un machetazo la soga 
que las retiene. Candiyú era poseedor de un anteojo 
telescopado, y pasaba las mañanas apuntando al agua 
hasta que la línea blanquecina de una viga, destacán- 
dose en la punta de Itacurubí, lo lanzaba en su cha- 
lana al encuentro de la presa Vista la viga a tiempo 
la empresa no es extraordinaria, porque la pala de 



[173] 



HORACIO QUIROGA 



un hombre de coraje recostado o balando de una 
pieza de 10 por 40 vale cualquier remolcador. 

Allá en el obraje de Castelhum, más arriba de 
Puerto Felicidad, las lluvias habían comenzado des- 
pués de sesenta y cinco días de seca absoluta, que no 
dejó llanta en las alzaprimas. El haber realizable del 
obraje consistía en ese momento en siete mil vigas 
— bastante más que una fortuna — , Pero como las 
dos toneladas de una viga mientras no estén en el 
puerto no pesas dos escrúpulos en caja, Castelhum y 
Compañía, distaban muchísimas leguas de estar con- 
tentos. 

De Buenos Aires llegaron ordenes de movilización 
inmediata, el encargado del obraje pidió muías y al- 
zaprimas, le respondieron que con el dinero de la 
primer jangada a recibir le remitirían las muías, y 
el encargado contestó que con esas muías anticipadas 
les mandaría la primer jangada. 

No había modo de entenderse* Castelhum subió 
hasta el obraje y vio el stock de madera en el cam- 
pamento, sobre la barranca del Ñacanguazú al norte. 

— ¿Cuánto? — preguntó Castelhum a su encar- 
gado. 

Tremticinco mil pesos — repuso éste 

Era lo necesario para trasladar las vigas al Paraná. 
Y sin contar la estación impropia. 

Bajo la lluvia, que unía en un solo hilo de agua 
su capa de goma y su caballo, Castelhum consideró 
largo rato el arroyo arremolinado. Señalando luego 
el torrente con un movimiento del capuchón. 

—¿Las aguas llegarán a cubrir el salto? — pre- 
guntó a su compañero 

— Si llueve mucho, sí. 



[174] 



SELECCION DE CUENTOS 



— ¿Tiene todos los hombres en el obraje ? 

— Hasta este momento; esperaba órdenes suya». 

— Bien — dijo Castelhum — * Creo que vamos a 
salir bien Oigame, Fernández» Esta misma tarde re- 
fuerce la maroma en la barra y comience a arrimar 
todas las vigas aquí a la barranca El arroyo está lim- 
pio, según me dijo Mañana de mañana bajo a Po- 
sadas, y desde entonces, con el primer temporal que 
venga eche los palos al arroyo. ¿Entiende 9 Una bue- 
na lluvia. 

El encargado lo miró abriendo cuanto pudo los 
ojos 

— La maroma va a ceder antes que lleguen cien 
vigas. 

— Ya sé, no importa Y nos costará muchísimos mi- 
les. Volvamos y hablaremos más largo, 

Fernández se encogió de hombros y silbó a los 
capataces 

En el resto del día, sin lluvia, pero empapado en 
calma de agua, los peones tendieron de una orilla a 
otra en la barra del arroyo la cadena de vigas, y el 
tumbaje de palos comenzó en el campamento. Castel- 
hum bajó a Posadas sobre una agua de inundación 
que iba corriendo siete millas, y que al salir del 
Guayra se había alzado siete metros la noche ante- 
rior. 

Tras gran sequía grandes lluvias. A mediodía co- 
menzó el diluvio, y durante cincuenta y dos horas con- 
secutivas el monte tronó de agua El arroyo, venido 
a torrente, pasó a rugiente avalancha de agua ladri- 
llo. Los peones, calados hasta los huesos, con su fla- 
cura en relieve por la ropa pegada al cuerpo, despe- 
ñaban las vigas por la barranca Cada esfuerzo arran- 
caba un unísono grito de ánimo, y cuando la mons- 



[175] 



HORACIO QUIROGA 



truosa viga rodaba dando tumbos y se hundía con un 
cañonazo en el agua, todos los peones lanzaban su 
ja., hijú! de triunfo. Y luego, los esfuerzos malgas- 
tados en el barro líquido, la zafadura de las palan- 
cas, las costaladas bajo la lluvia torrencial Y la fiebre. 

Bruscamente, por fin, el diluvio cesó» En el súbito 
silencio circunstante se oyó el tronar de la lluvia to- 
davía sobre el bosque inmediato. Más sordo y más 
hondo del retumbo Ñacanguazú Algunas gotas, dis- 
tanciadas y livianas, caían aún del cielo exhausto. 
Pero el tiempo proseguía cargado* sin el más ligero 
soplo Se respiraba agua, y apenas los peones hubie- 
ron descansado un par de horas, la lluvia recomenzó 
— la lluvia a plomo, maciza y blanca de las creci- 
das El trabajo urgía — los sueldos habían subido va- 
lientemente — , y mientras el temporal siguió, los peo- 
nes continuaron gritando, cav endose y tumbando bajo 
el agua helada 

En la barra del Ñacanguazú, la barrera flotante 
contuvo a los primeros palos que llegaion y resistió 
arqueada y gimiendo a muchos más, hasta que, al 
empuje incontrastable de las vigas que llc/jban como 
catapultas contra la maroma, el cable ced ó 

Candiyú observaba el río con su anteojo, conside- 
rando que la creciente actual, que allí en Ignacio 
había subido dos metros más el día aníei.or — lle- 
vándose, por lo demás, su chalana — , sería más allá 
de Posadas formidable inundación. Las maderas ha- 
bían comenzado a descender, cedros o poco menos, y 
el pescador reservaba prudentemente sus fuerzas. 

Esa noche el agua subió un metro aún, y a la tarde 
siguiente Candiyú tuvo la sorpresa de ver en el extre- 
mo de su anteojo una barra, una verdadera tropa de 



[176] 



SELECCION DE CUENTOS 



vigas sueltas que doblaban la punta de Itacurubí. 
Madera de lomo blanquecino y perfectamente seca. 

Allí estaba su lugar. Saltó en su guabiroba y pa* 
leo al encuentro de la caza. 

Ahora bien: en una creciente del Alto Paraná se 
encuentran muchas cosas antes de llegar a la viga ele- 
gida. Arboles enteros, desde luego, arrancados de 
cuajo y con las raíces negras al aire, como pulpos. 
Vacas y muías muertas, en compañía de buen lote de 
animales salvajes ahogados, fusilados o con una fle- 
cha plantada aún en el vientre. Altos conos de hor- 
migas amontonadas sobre un raigón. Algún tigre, tal 
vez, camalotes y espuma a discreción — sin contar, 
claro está, las víboras. 

Candiyú esquivo, derivó, tropezó y volcó muchas 
veces más de las necesarias hasta llegar a la presa. Al 
fin la tuvo, un machetazo puso al vivo la veta san- 
guínea del palo rosa, y recostándose a la viga pudo 
derivar con ella oblicuamente algún trecho Pero las 
lamas, los árboles pasaban sin cesar arrastrándolo 
Cambió de táctica: enlazó su presa y comenzó enton- 
ces la lucha muda y sin tregua, echando silenciosa- 
mente el alma en cada palada 

Una viga derivando con una gran creciente lle\a 
un impulso suficientemente grande para que tres hom- 
bres titubeen antes de atreverse con ella. Pero Can- 
diyú unía a su gran aliento, treinta años de pirate- 
rías en río bajo o alto y deseaba además ser dueño 
de un gramófono. 

La noche negra, le deparó incidentes a su plena 
satisfacción. El río, a flor de ojo casi, coma veloz- 
mente con untuosidad de aceite A ambos lados pa- 
saban y pasaban sin cesar sombras densas Un hom- 
bre ahogado tropezó con la guabiroba, Candiyú se 



[177] 



HORACIO QTJIROGA 



inclinó y vio que tenía la garganta abierta. Luego, 
visitantes incómodos, víboras al asalto, las mismas 
que en la* crecidas trepan por las ruedas de los vapo- 
res hasta los camarotes. 

El hercúleo trabajo proseguía, la pala temblaba bajo 
el agua, pero era arrastrado a pesar de todo. Al fin 
se rindió; cerró más el ángulo del abordaje y sumó 
sus últimas fuerzas para alcanzar el borde de la ca- 
nal, que rozaba los peñascos del Teyucuaré. Durante 
diez minutos el pescador de vigas, los tendones del 
cuello duros y los pectorales como piedras hizo lo 
que jamás volverá a hacer nadie para salir de la 
canal en una creciente, con una viga a remolque La 
guabiroba se estrelló por fin contra las piedras, se 
tumbó justamente cuando a Candiyú quedaba fuerza 
suficiente — y nada más — para sujetar la soga y 
desplomarse de boca. 

Solamente un mes más tarde, tuvo Mister Hall SU3 
tres docenas de tablas, y veinte segundos después en- 
tregaba a Candivú el gramófono, incluso veinte discos. 

La firma Castelhum y Compañía, no obstante la 
flotilla de lanchas a vapor que lanzó contra las vigas 
— y esto por bastante más de treinta días — perdió 
muchas. Y si alguna vez Castelhum llega a San Ig- 
nacio y visita a Mister Hall, admirará sinceramente 
los muebles del citado contador, hechos de palo de 
rosa. 



[178] 



EL SOLITARIO 



Kassim era un hombre enfermizo, joyero de pro- 
fesión, bien que no tuviera tienda establecida. Tra- 
bajaba para las grandes casas, siendo su especiahdad 
el montaje de las piedras preciosas. Pocas manos como 
las suyas para los engarces delicados Con más arran- 
que y habibdad comercial, hubiera sido rico. Pero 
d los treinta y cinco años proseguía en su pieza, ade- 
rezada en taller bajo la ventana 

Kassim, de cuerpo mezquino, rostro exangüe som- 
breado por rala barba negra, tenía una mujer her- 
mosa y fuertemente apasionada La joven, de origen 
callejero, había aspirado con su hermosura a un más 
alio enlace Esperó hasta los veinte años, provocando 
a los hombres y a sus vecinas con su cuerpo Teme- 
rosa al fin, aceptó nerviosamente a Kassim. 

No más sueños de lujo, sin embargo Su marido, 
hábil — artista aún — , carecía completamente de ca- 
rácter para hacer una fortuna. Por lo cual, mientras 
el joyero trabajaba doblado sobre sus pinzas, ella, de 
codos, sostenía sobre su mando una lenta y pesada 
mirada, para arrancarse luego bruscamente y seguir 
con la vista tras los vidrios al transeúnte de posición 
que podía haber sido su mando. 

Cuanto ganaba Kassim, no obstante, era para ella. 
Los domingos trabajaba también a ím de poderle 
ofrecer un suplemento. Cuando María deseaba una 
joya — jy con cuánta pasión deseaba ella! — tra- 
bajaba de noche. Después había tos y puntadas al 
costado, pero María tenía sus chispas de brillante 

[179] 

16 



HORACIO QUIROGA 



Poco a poco el trato diario con las gemas llegó a 
hacerle amar las tareas del artífice, y seguía con ar- 
dor las íntimas delicadezas del engarce Pero cuando 
la joya estaba concluida — debía partir, no era para 
ella — caía más hondamente en la decepción de su 
matrimonio. Se probaba la alhaja, deteniéndose ante 
el espejo» Al fin la dejaba por ahí, y se iba a su 
cuarto. Kassim se levantaba al oír sus sollozos, y la 
hallaba en la cama, sin querer escucharlo. 

—Hago, sin embargo, cuanto puedo por ti, — de- 
cía él al fin, tristemente. 

Los sollozos subían con esto, y el joyero se reins- 
talaba lentamente en su banco. 

Estas cosas se repitieron, tanto que Kassim no se 
levantaba ya a consolarla. ¡ Consolarla T ¿de qué? Lo 
cual no obstaba para que Kassim prolongara más sus 
veladas a fin de un mayor suplemento. 

Era un hombre indeciso, irresoluto y callado Las 
miradas de su mujer se detenían ahora con más pe- 
sada fijeza sobre aquella muda tranquilidad 

— ¡Y eres un hombre, tu! — murmuraba. 

Kassim, sobre sus engarces, no cesaba de mover 
los dedos. 

— No eres feliz conmigo, María — expresaba al 
rato. 

— l Feliz! ¡Y tienes el valor de decirlo T ¿Quién 
puede ser feliz contigo ? . ¡Ni la última de las mu- 
jeres'., i Pobre diablo' — concluía con risa nervio- 
sa, yéndose. 

Kassim trabajaba esa noche hasta las tres de la 
mañana, y su mujer tenía luego nuevas chispas que 
ella consideraba un instante con I03 labios apretados 

— Sí . [ no es una diadema sorprendente ! . . . 
¿cuándo la hiciste 9 



[ 180] 



SELECCION DE CUENTOS 



— Desde el martes — mirábala él con descolorida 
ternura — ; mientras dormías, de noche... 

— ¡Oh, podías haberte acostado!.. i Inmensos, los 
brillantes r 

Porque su pasión eran las voluminosas piedras que 
Kassim montaba. Seguía el trabajo con loca hambre 
de que concluyera de una vez, y apenas aderezada la 
alhaja, corría con ella al espejo. Luego, un ataque 
de sollozos: 

— ¡Todos, cualquier marido, el último, haría un 
sacrificio para halagar a su mujer! Y tú. . . tú . 
¡ni un miserable vestido que ponerme, tengo! 

Cuando se franquea cierto límite de respeto al va- 
rón, la mujer puede llegar a decir a su mando cosas 
increíbles. 

La mujer de Kassim franqueó ese límite con una 
pasión igual por lo menos a la que sentía por los 
brillantes. Una tarde, al guardar sus joyas, Kassim 
notó la falta de un prendedor — cinco mil pesos en 
dos solitarios. Buscó en sus cajones de nuevo. 

— ¿No has visto el prendedor, María? Lo dejé aquí 

— Sí, lo he visto. 

— ¿Dónde está ? — se volvió extrañado. 
— ¡Aquí! 

Su mujer, los ojos encendidos y la boca burlona, 
se erguía con el prendedor puesto, 

— Te queda muy bien — dijo Kassim al rato — . 
Guardémoslo 

María se no. 

— [Oh, no f es mío. 

— ¿Broma 9 . . 

— i Sí, es broma! 4 Es broma, sí! ¡Cómo te duele 
pensar que podría ser mío!,. Mañana te lo doy 
Hoy voy al teatro con él 



[181] 



HORACIO QUIHOGA 



Kassrm se demudó 

— Haces mal podrían verte. Perderían toda con- 
fianza en mí. 

— ¡0h r — cerró ella con rabioso fastidio, golpeando 
violentamente la puerta 

Vuelta del teatro, colocó la joya sobre el velador 
Kas<um se levantó y la guardó en su taller bajo llave 
Al volver, su mujer estaba sentada en la cama. 

— jEs decir, que temes que te la robe T ¡Que soy 
una ladrona 1 

— No mires así , Has sido imprudente, nada mas. 

— |Ah ! i Y a tí te lo confían r ¡A tí, a ti * ]\ cuando 
tu mujer te pide un poco de halago, v quiere . . me 
llamas ladrona a mV ¡Infame 1 

Se durmió al fin Pero Kassim no durmió 

Entregaron luego a Kassim para montar, un solita- 
rio, el brillante más admirable que hubiera pasado 
por sus manos 

— Mira, María, qué piedra. No he visto otra igual — 
Su mujer no dijo nada, pero Kassim la sintió respi- 
rar hondamente sobre el solitario 

— Una agua admirable.. — prosiguió él — contará 
nueve o diez mil pesos 

— jUn anillo! — murmuró María al fin 

— No es de hombre . un alfiler 

A compás del montaje del solitario, Kassim reci- 
bió <*obre su espalda trabajadora cuanto ardía de ren- 
cor y cocotaje frustrado en su mujer Diez veces por 
día interrumpía a su marido para ir con el brillante 
ante el espejo Después se lo probaba con diferentes 
vestidos. 

— Si quieres hacerlo después —se atrevió Kas- 
sim — Es un trabajo urgente. 

Esperó respuesta en vano, su mujer abría el balcón 



[182] 



SELECCION DE CUENTOS 



— i María, te pueden ver! 
— ¡Toma! ¿Ahí está tu piedra! 
El solitario, violentamente arrancado, rodó por el 
piso 

Kassim, lívido, lo recogió examinándolo, y alzó 
luego desde el suelo la mirada a su mujer 

— Y bueno, ¿por qué me miras así? ¿Se hizo algo 
tu piedra? 

— No — repuso Kassim Y reanudó enseguida su ta- 
rea, aunque las manos le temblaban hasta dar lástima 

Pero tuvo que levantarse al fin a ver a su mujer 
en el dormitorio, en plena crisis de nervios El pelo 
se había soltado y los 0]os le salían de las órbitas 

— ¿Dame el brillante T — clamó — ¡ Dámelo * ¿Nos 
escaparemos 1 ¡Para mí! ¡Dámelo 1 

— María . — tartamudeó Kassim, tratando de 
desasirse, 

— ¡Ah 1 — rugió su mujer enloquecida — jTú eres 
el ladrón, miserable 1 ¡Me has robado mi vida, la- 
drón, ladrón' creías que no me iba a desquitar 
cornudo T ¡Ajá ? Mírame . no se te había ocurrido 
nunca, ¿eh? jAh* — y se llevó las dos manos a la 
garganta ahogada Pero cuando Kassim se iba, saltó 
de la cama y cayó, alcanzando a cogerlo de un botín* 

— jNo importa 1 ¡El brillante, dámelo' i No quiero 
más que eso! ¡Es mío, Kassim miserable f 

Kassim la ayudó a levantarse, lívido, 

—Estás enferma, María. Después hablaremos, 
acuéstate. 

— jMi brillante 1 

— Bueno, veremos si es posible „ acuéstate 
— Dámelo. 

La bola montó de nuevo a la garganta. 



El»] 



HORACIO QU1ROGA 



Kassim volvió a trabajar en su solitario. Como sus 
manos tenían una segundad matemática, faltaban po- 
cas horas ya. 

María se levantó para comer, y Kassim tuvo la so- 
licitud de siempre con ella. Al final de la cena su 
mujer lo miró de frente. 

—Es mentira, Kassim — le dijo. 

— ¿Oh^ — repuso Kassim sonriendo — no es nada 

— i Te juro que es mentira! — insinuó ella. 

Kassim sonrió de nuevo, tocándole con torpe ca- 
ricia la mano, y se levantó a proseguir su tarea Su 
mujer, con la cara entre las manos, lo siguió con la 
s vista. 

— Y no me dice más que eso . — murmuró Y 
con una honda náusea por aquello pegajoso, fofo e 
inerte que era su marido, se fue a su cuarto 

No durmió bien. Despertó, tarde ya, y vio luz en 
el taller; su mando continuaba trabajando Una hora 
después Kassim oyó un alarido. 

— j Dámelo 1 

— Sí, es para tí; falta poco, María — repuso pre- 
suroso, levantándose. Pero su mujer, tras ese grito 
de pesadilla, dormía de nuevo. A las dos de la ma- 
ñana Kassim pudo dar por terminada su tarea; el 
brillante resplandecía firme y varonil en su engarce. 
Con paso silencioso fue al dormitorio y encendió la 
veladora. María dormía de espaldas, en la blancura 
helada de su camisón y de la sábana. 

Fue al taller v volvió de nuevo. Contempló un rato 
el seno casi descubierto, y con una descolorida son- 
risa apartó un poco más el camisón desprendido, 

Su mujer no lo sintió. 

No había mucha luz El rostro de Kassim adquirió 
de pronto una dura inmovilidad, y suspendiendo un 

[184] 



SELECCION BE CUENTOS 



instante la joya a flor del seno desnudo, hundió, fir- 
me y perpendicular como un clavo, el alfiler entero 
en el corazón de su mujer. 

Hubo una brusca abertura de ojos, seguida de una 
lenta caída de párpados. Los dedos se arquearon y 
nada más. 

La joya, sacudida por la convulsión del ganglio 
herido, tembló un instante desequilibrada Kassim es- 
peró un momento; y cuando el solitario quedó por 
fin perfectamente inmóvil, pudo entonces retirarse, 
cerrando tras de sí la puerta sin hacer ruido 



[185] 



YAGUAÍ 



Ahora bien, no podía ser sino allí Yaguaí olfateó 
la piedra — un sólido bloque de mineral de hierro — 
y dio una cautelosa vuelta en torno Bajo el sol a 
mediodía de Misiones el aire vibraba sobre el negro 
peñasco, fenómeno éste que no seducía al fox-temer. 
Allí abajo, sin embargo, estaba la lagartija Giró nue- 
vamente alrededor, resopló en un intersticio, y, para 
honor de la raza, rascó un instante el bloque ar- 
diente Hecho lo cual regresó con paso perezoso, que 
no impedía un sistemático olfateo a ambos lados 

Entró en el comedor, echándose entre el aparador 
y la pared, fresco refugio que el consideraba como 
su\o, a pesar de tener en su contra la opinión de 
toda la casa. Pero el sombrío rincón, admirable cuan- 
do a la depresión de la atmósfera acompaña la falta de 
aire, tornábase imposible en un día de viento norte. 
Era éste un flamante conocimiento del fox-terrier, en 
quien luchaba aún la herencia del país templado 
— Buenos Aires, patria de sus abuelos y suya — don- 
de sucede precisamente lo contrario Salió, por lo 
tanto, afuera, y se sentó bajo un naranjo, en pleno 
viento de fuego, pero que facilitaba inmensamente la 
respiración Y como los perros transpiran muy poco, 
Yaguaí apreciaba cuanto es debido el viento evapo- 
nzador sobre la lengua danzante puesta a su paso. 

El termómetro alcanzaba en ese momento a 40°. 
Pcto los fox-temers de buena cuna son singularmente 
falaces en cuanto a promesas de quietud se refiera 
Bajo aquel mediodía de fuego, sobre la meseta vol- 



[186] 



SELECCION DE CUENTOS 



cánica que la roja arena tornaba aún más caliente, 
había lagartijas 

Con la boca ahora cerrada, Yagual transpuso el 
tejido de alambre y se halló en pleno campo de caza. 
Desde setiembre no había logrado otra ocupación a 
las siestas bravas Esta vez rastreó cuatro lagartijas 
de las pocas que quedaban ya, cazó tres, perdió una, 
y se fue entonces a bañar, 

A cien metros de la casa, en la base de la meseta 
y a orillas del bananaL existía un pozo en piedra 
viva de factura y forma originales, pues siendo co- 
menzado a dinamita por un profesional, habíalo con- 
cluido un aficionado con pala de punta. Verdad es 
que no medía sino dos metros de hondura, tendién- 
dose en larga escarpa por un lado, a modo de taja- 
mar. Su fuente, bien que superficial, resistía a secas 
de dos meses, lo que es bien meritorio en Misiones. 

Allí se bañaba el fox-terrier, primero la lengua, 
después el vientre sentado en el agua, para concluir 
con una travesía a nado. Volvía a la casa, siempre 
que algún rastro no se atravesara en su camino. AI 
caer el sol, tornaba al pozo, de aquí que Yaguaí su- 
friera vagamente de pulgas, v con bastante facilidad 
el calor tropical para el que su raza no había sido 
creada. 

El instinto combativo del fox-terrier se manifestó 
normalmente contra las hojas secas; subió luego a 
las mariposas y su sombra, y se fijó por fin en las 
lagartijas. Aún en noviembre, cuando tenía ya en 
jaque a todas las ratas de la casa, su gran encanto 
eran los saurios. Los peones que por a o b llegaban 
a la siesta, admiraron siempre la obstinación del pe- 
rro, resoplando en cuevitas bajo un sol de fuego, si 



[187] 



HORACIO QUmOGA 



bien la admiración de aquéllos no pasaba del cuadro 
de caza. 

— Eso, — dijo uno un día* señalando al perro con 
una vuelta de cabeza — no sirve más que para bi- 
chitos , . . 

El dueño de Yagual lo oyó: 

— Tal vez — repuso — , pero ninguno de los fa- 
mosos perros de ustedes sería capaz de hacer lo que 
hace ése. 

Los hombres se sonrieron sin contestar. 

Cooper, sin embargo, conocía bien a los perros de 
monte, y su maravillosa aptitud para la caza a la ca- 
rrera, que su fox-terrier ignoraba. ¿ Enseñarle ? Aca- 
so, pero él no tenía cómo hacerlo 

Precisamente esa misma tarde un peón se quejó a 
Cooper de los venados que estaban concluyendo con 
los porotos Pedía escopeta, porque aunque él tenía 
un buen perro, no podía sino a veces alcanzar a los 
venados de un palo. . 

Cooper prestó la escopeta, y aun propuso ir esa 
noche al rozado 

— No hay luna — objetó el peón 

—No importa Suelte el perro y veremos si el mío 
lo sigue 

Esa noche fueron al plantío. El peón soltó a su 
perro, y el animal se lanzó enseguida en las tinieblas 
del monte, en busca de un rastro. 

Al ver partir a su compañero, Yaguaí intentó en 
vano forzar la barrera de caraguatá Logrólo al fin, 
v siguió la pista del otro. Pero a los dos minutos re- 
gresaba, muy contento de aquella escapatoria noc- 
turna. Eso sí, no quedó agujento sin olfatear en diez 
metros a la íedonda. 



[188] 



SELECCION DE CUENTOS 



Pero cazar tras el rastro, en el monte, a un galope 
que puede durar muy bien desde la madrugada hasta 
las tres de la tarde, eso no. El perro del peón halló 
una pista, muy lejos, que perdió enseguida Una hora 
después volvía a su amo, y todos juntos regresaron 
a la casa. 

La prueba, si no concluyente, desanimó a Cooper. 
Se olvidó luego de ello, mientras el fox-terrier con- 
tinuaba cazando ratas, algún lagarto o zoTro en su 
cueva- y lagartijas. 

Entretanto, los días se sucedían unos a otros, en- 
ceguecientes, pesados, en una obstinación de viento 
norte que doblaba las verduras en lacios colgajos, 
bajo el blanco cielo de los mediodías tórridos. El 
termómetro se mantenía a 35-40, sm la más remota 
esperanza de lluvia Durante cuatro días el tiempo se 
caTgó, con asfixiante calma v aumento de calor Y 
cuando se perdió al fin la esperanza de que el sur 
devolviera en torrentes de agua todo el viento de 
fuego recibido un mes entero del norte, la gente se 
resignó a una desastrosa sequía. 

El fox-terrier vivió desde entonces sentado bajo su 
naranjo, porque cuando el calor traspasa cierto lí- 
mite razonable, los perros no respiran bien, echados 
Con la lengua de fuera y los ojos entornados, asistió 
a la muerte progresiva de cuanto era brotación pri- 
maveral La huerta se perdió rápidamente El maizal 
pasó del verde claro a una blancura amarillenta, y a 
fines de noviembre sólo quedaban de él columnitas 
truncas sobre la negrura desolada del rozado. La 
mandioca, heroica entre todas, resistía bien. 

El pozo del fox-terrier — agotada su fuente — per- 
dió día a día su agua verdosa, y ahora tan caliente 
que Yaguaí no iba a él sino de mañana, si bien ha- 



[189] 



HORACIO QUEROGA 



Haba rastros de apereás, agutíes y hurones, que la 
sequía del monte forzaba hasta el pozo. 

En vuelta de su baño, el perro se sentaba de nuevo, 
viendo aumentar poco a poco el viento, mientras el 
termómetro, refrescado a 15 al amanecer, llegaba a 
41 a las dos de la tarde La sequedad del aire llegaba 
a beber al fox- terrier cada media hora, debiendo en- 
tonces luchar con las avispas y abejas que invadían 
los baldes, muertas de sed. Las gallinas, con las alas 
en tierra, jadeaban tendidas a la triple sombra de 
los bananos, la glorieta y la enredadera de flor roja, 
sin atreverse a dar un paso sobre la arena abrasada, 
y bajo un sol que mataba instantáneamente a las hor- 
migas rubias. 

Alrededor, cuanto abarcaba los ojos del fox-terrier: 
los bloques de hierro, el pedregullo volcánico, el monte 
mismo, danzaba, mareado de calor. Al oeste, en el 
fondo del valle boscoso, hundido en la depresión de 
la doble sierra, el Paraná yacía, muerto a esa hora 
en sxt agua de zmc, esperando la caída de la 
tarde para revivir. La atmósfera, entonces, ligeramente 
ahumada hasta esa hora, se velaba al horizonte en 
denso vapor, tras el cual el sol, cayendo sobre el río, 
sosteníase asfixiado en perfecto círculo de sangre. 
Y mientras el viento cesaba por completo y en el aire 
aún abrasado Yaguaí arrastraba por la meseta su 
diminuta mancha blanca, las palmeras negras, recor- 
tándose inmóviles sobre el río cuajado en rubí, in- 
fundían en el paisaje una sensación de lujoso y som- 
brío oasis. 

Los días se sucedían iguales El pozo del fox -temer 
se secó, y las asperezas de la vida, que hasta entonces 
evitaron a Yaguaí, comenzaron paTa él esa misma 
tarde. 

[190] 



SELECCION DE CUENTOS 



Desde tiempo atrás el perrito blanco había sido 
muy solicitado por un amigo de Cooper, hombre de 
selva cuyos muchos ratos perdidos se pasaban en el 
monte tras los tatetos. Tenía tres perros magníficos 
para esta caza, aunque muy inclinados a rastrear coa- 
tíes, lo que envolviendo una pérdida de tiempo para 
el cazador, constituye también la posibilidad de un 
desastre, pues la dentellada de un coatí degüella fun- 
damentalmente al perro que no supo cogerlo. 

Fragoso, habiendo visto un día trabajar al fox- 
terrier en un asunto de irara, a la que Yaguaí forzó 
a estarse definitivamente quieta, dedujo que un pe- 
rrito que tenía ese talento especial para morder jus- 
tamente entre la cruz y pescuezo, no era un perro 
cualquiera, por más corta que tuviera la cola Por 
lo que instó repetidas veces a Cooper a que le pres- 
tara a Yaguaí. 

— Yo te lo voy a enseñar bien a usted, patrón — 
le decía. 

— Tiene tiempo — respondía Cooper. 

Pero en esos días abrumadores — la viBita de Fra- 
goso avivando el recuerdo de aquello — Cooper le 
entregó su perro a fin de que le enseñara a correr. 

Corrió, sin duda, mucho más de lo que hubiera 
deseado el mismo Cooper. 

Fragoso vivía en la margen izquierda del Yabe- 
birí, y había plantado en octubre un mandiocal que 
no producía aún, y media hectárea de maíz y poro- 
tos, totalmente perdida. Esto último, específico para 
el cazador, tenía para Yaguaí muy poca importancia, 
trastornándole en cambio la nueva alimentación. El, 
que en casa de Cooper coleaba ante la mandioca sim- 
plemente cocida, para no ofender a su amo, y olfa- 
teaba por tres o cuatro lados el locro, para no que- 



[101] 



HORACIO QUIROGA 



brar del todo con la cocinera, conoció la angusLia de 
los ojos brillantes y fijos en el amo que come, para 
concluir lamiendo el plato que sus tres compañeros 
habían pulido ya, esperando ansiosamente el puñado 
de maíz sancochado que les daban cada día. 

Los tres perros salían de noche a cazar por su 
cuenta — maniobra ésta que entraba en el sistema 
educacional del cazador — , pero el hambre, que lie- 
\aba a aquéllos naturalmente al moute a rastrear para 
comer, inmovilizaba al fox-terrier en el rancho, único 
lugar del mundo donde podía hallar comida Los pe- 
rros que no devoran la caza, serán siempre malos 
cazadores; y justamente la raza a que pertenecía Ya- 
guaí, caza desde su creación por simple sport. 

Fragoso intentó algún aprendizaje con el fox- terrier: 
Tero siendo Yaguaí mucho más perjudicial que útil 
al ti abajo desenvuelto de sus tres perros, lo relegó 
debde entonces en el rancho a espera de mejores tiem- 
pos para esa enseñanza* 

Entretanto, la mandioca del año anterior comen- 
zaba a concluirse; las últimas espigas de maíz roda- 
ron por el suelo, blancas y sin un grano, y el hambre, 
ya dura para los tres perros nacidos con ella, royó 
las entrañas de Yaguaí En aquella nueva \ida había 
adquirido con pasmosa rapidez el aspecto humillado, 
servil y traicionero de los perros del país. Aprendió 
entonces a merodear de noche en los ranchos veci- 
nos, avanzando con cautela, las piernas dobladas y 
elásticas, hundiéndose lentamente al pie de una mata 
de espartillo, al menor rumor hostil. Aprendió a no 
ladrar por más furor o miedo que tuviera, y a gruñir 
de un modo particularmente sordo, cuando el cuzco 
de un rancho defendía a éste del pillaje Apiendió a 
visitar los gallineros, a separar dos platos encimados 



[192] 



SELECCION PE CUENTOS 



con el hocico, y a llevarse en la boca una lata con 
grasa, a fin de vaciarla en la impunidad del pajonal. 
Conoció el gusto de las guascas ensebadas, de los 
zapatones untados de grasa, del hollín pegoteado de 
una olla, y — alguna vez — de la miel recogida y 
guardada en un trozo de tacuara. Adquirió la pru- 
dencia necesaria para apartarse del camino cuando 
un pasajero avanzaba, siguiéndolo con los ojos, aga- 
chado entre el pasto, Y a fmes de enero, de la mi- 
rada encendida, las orejas firmes sobre los ojos, y 
el rabo alto y provocador del fox-temer, no quedaba 
sino un esqueletillo sarnoso, de orejas echadas atrás 
y rabo hundido y traicionero, que trotaba furtiva- 
mente por los caminos. 

La sequía continuaba; el monte quedó poco a poco 
desierto, pues los animales se concentraban en los 
hilos de agua que habían sido grandes arroyos Los 
tres perros forzaban la distancia que los separaba del 
abrevadero de las bestias con éxito mediano, pues 
siendo aquél muy frecuentado a su vez por los ya- 
guaretés, la caza menor tornábase desconfiada Fra- 
goso, preocupado con la ruina del rozado y con nue- 
vos disgustos con el propietario de la tierra, no tenía 
humor para cazar, ni aun por hambre Y la situación 
amenazaba así tornarse muy crítica, cuando una cir- 
cunstancia fortuita trajo un poco de aliento a la 
lamentable jauría. 

Fragoso debió ir a San Ignacio, y los cuatro pe- 
rros, que fueron con él, sintieron en sus nances di- 
latadas una impresión de frescura vegetal — vaguí- 
sima, si se quiere — pero que acusaba un poco de 
vida en aquel infierno de calor y seca. En efecto, San 
Ignacio había sido menos azotado, resultas de lo cual 



[193] 



HORACIO QÜ1ROGA 



algunos maizales, aunque miserables, se sostenían en 
pie. 

No comieron ese día; pero al regresar jadeando 
detrás del caballo, los perros no olvidaron aquella 
sensación de frescura, y a la noche siguiente salían 
juntos en mudo trote hacia San Ignacio En la orilla 
del Yabebirí se detuvieran oliendo el agua v levan- 
tando el hocico trémulo a la otra costa la luna salía 
entonces, con su amarillenta luz de menguante Los 
perros avanzaron cautelosamente sobre el río a flor 
de piedra, saltando aquí, nadando allá, en un paso 
que en agua normal no da fondo a tres metros. 

Sin sacudirse casi, reanudaron el trote silencioso y 
tenaz hacia el maizal más cercano. Allí el fox-terrier 
vio cómo sus compañeros quebraban los tallos con 
los dientes, devorando con secos mordiscos que en- 
traban hasta el marlo, las espigas en choclo. Hizo lo 
mismo; y durante una hora, en el negro cementerio 
de árboles quemados, que la fúnebre luz del men- 
guante volvía más espectral, los perros se molieron 
de aquí para allá entre las cañas, gruñéndose mu- 
tuamente» 

Volvieron tres veces más, hasta que la última no- 
che, un estampido demasiado cercano los puso en 
guardia Mas coincidiendo esta aventura con la mu- 
danza de Fragoso a San Ignacio, los perros no sin- 
tieron mucho* 

# 

• * 

Fragoso había logrado por fin trasladarse allá, en 
el fondo de la colonia. El monte, entretejido de ta- 
cuapí, denunciaba tierra excelente; y aquellas inmen- 
sas madejas de bambú, tendidas en el suelo con el 
machete, debían de preparar magníficos rozados. 



[194] 



SELECCION DE CUENTOS 



Cuando Fragoso se instaló» el tacuapí comenzaba 
a secarse Rozó y quemó rápidamente un cuarto de 
hectárea, confiando en algún milagro de lluvia. El 
tiempo se descompuso, en efecto; el cielo blanco se 
tornó plomo, y en las horas más calientes se trans- 
parentaban en el horizonte Lívidas orlas de cúmulos. 
El termómetro a 39 y el viento norte soplando con 
furia trajeron al fin doce milímetros de agua, que 
Fragoso aprovechó para su maíz, muy contento. Lo 
vio nacer, y lo vio crecer magníficamente hasta cinco 
centímetros. Pero nada más. 

En el tacuapí, bajo él y alimentándose acaso de 
sus brotos, viven infinidad de roedores. Cuando aquél 
se seca, sus huéspedes se desbandan, el hambre los 
lleva forzosamente a las plantaciones; y de este modo 
los tres perros de Fragoso, que salían una noche, vol- 
vieron enseguida restregándose el hocico mordido. 
Fragoso mató esa misma noche cuatro ratas que asal- 
taban su lata de grasa. 

Yaguaí no estaba allí. Pero a la noche siguiente él 
y sus compañeros se internaban en el monte (aunque 
el foT-terner no corría tras el rastro, sabía perfecta- 
mente desenfundar tatús y hallar nidos de urúes), 
cuando el primero se sorprendió del rodeo que efec- 
tuaban sus compañeros para no cruzar el rozado. Ya- 
guaí avanzó por éste, no obstante, y un momento des- 
pués lo mordían en una pata, mientras rápidas som- 
bras corrían a todos lados. 

Yaguaí vio lo que era; e instantáneamente, en ple- 
na barbarie de bosque tropical y miseria, surgieron 
los ojos brillantes, el rabo alto y duro, y la actitud 
batalladora del admirable perro inglés Hambre, hu- 
millación, vicios adquiridos, todo se borró en un se- 
gundo ante las ratas que salían de todas partes. Y 

[195] 

17 



HORACIO QUIROGA 



cuando volvió por fin a echarse, ensangrentado, muer- 
to de fatiga, tuvo que saltar tras las ratas hambrien- 
tas que invadían literalmente el rancho. 

Fragoso quedó encantado de aquella brusca ener- 
gía de nervios y músculos que no recordaba más, y 
subió a su memoria el recuerdo del viejo combate con 
la irara, era la misma mordida sobre la cruz; un 
golpe seco de mandíbula, y a otra rata. 

Comprendió también de dónde provenía aquella 
nefasta invasión, y con larga serie de juramentos en 
voz alta, dio su maizal por perdido. ¿Qué podía ha- 
cer Yaguaí 90I0? Fue al rozado, acariciando al fox- 
terrier y silbó a sus perros; pero apenas los rastrea- 
dores de tigre sentían los dientes de las ratas en el 
hocico, chillaban, restregándolo a dos patas Fragoso 
j Yaguaí hicieron solos el gasto de la jornada, y si 
el primero sacó de ella la muñeca dolorida, el segun- 
do echaba al respirar burbujas sanguinolentas por la 
nariz. 

En doce días, a pesar de cuanto hicieron Fragoso 
y el fox-terrier para salvarlo, el rozado estaba per- 
dido. Las ratas, al igual que las martinetas, saben 
muy bien desenterrar el grano adherido aún a la 
plantita. El tiempo, otra vez de fuego, no permitía 
ni la sombra de nueva plantación, y Fragoso se vio 
forzado a ir a San Ignacio en busca de trabajo, lle- 
vando al mismo tiempo su perro a Cooper, que él no 
podía ya entrenar poco ni mucho. Lo hacía con ver- 
dadera pena, pues las últimas aventuras, colocando al 
fox-temer en su verdadero teatro de caza, habían le- 
vantado muy alta la estima del cazador por el perrito 
blanco» 

En el camino, el fox-terrier oyó, lejanas, las explo- 
siones de los pajonales del Yabebirí ardiendo con la 



[196] 



SELECCION DE CUENTOS 



sequía; vio a la vera del bosque a las vacas que so- 
portando la nube de tábanos, empujaban los catiguás 
con el pecho, avanzando montadas sobre el tronco ar- 
queado hasta alcanzar las hojas. Vio las rígidas tunas 
del monte tropical dobladas como velas, y sobre el 
brumoso horizonte de las tardes de 38-40, volvió a 
ver el sol cayendo asfixiado en un círculo rojo y 
mate. 

Media hora después entraban en San Ignacio, y 
siendo ya tarde para llegar hasta lo de Cooper, Fra- 
goso aplazó para la mañana siguiente su visita» Los 
tres perros, aunque muertos de hambre, no se aven- 
turaron mucho a merodear en país desconocido, con 
excepción de Yaguaí, al que el recuerdo bruscamente 
despierto de las viejas carreras delante del caballo de 
Cooper, llevaba en línea recta a casa de su amo. 

Las circunstancias anormales por que pasaba el 
país con la sequía de cuatro meses — y es preciso 
saber lo que esto supone en Misiones — hacía que 
los perros de los peones, ya famélicos en tiempo de 
abundancia, llevaran sus pillajes nocturnos a un gra- 
do intolerable. En pleno día, Cooper había tenido 
ocasión de perder tres gallinas, arrebatadas por los 
perros hacia el monte. Y si se recuerda que el ingenio 
de un poblador haragán llega a enseñar a sus cacho- 
rros esta maniobra para aprovecharse ambos de la 
presa, se comprenderá que Cooper perdiera la pa- 
ciencia, descargando irremisiblemente su escopeta so- 
bre todo ladrón nocturno. 

Así una noche, en el momento que se iba a acostar» 
percibió su oído alerta el ruido de las uñas enemigas, 
tratando de forzar el tejido de alambre* Con un gesto 
de fastidio descolgó la escopeta, y saliendo afuera vio 
una mancha blanca que avanzaba dentro del patio. 



[197] 



HORACIO QUDROGA 



Rápidamente hizo fuego, y a los aullidos traspasan- 
tes del animal, arrastrándose sobre las patas traseras, 
tuvo un fugitivo sobresalto, que no pudo explicar y 
se desvaneció enseguida. Llegó hasta el lugar, pero 
el perro había desaparecido ya, y entró de nuevo. 

— ¿Que fue, papá? — le preguntó desde la cama su 
hija — . ¿Un perro? 

— Sí — repuso Cooper colgando la escopeta — . Le 
tiré un poco de cerca. - . 

— ¿Grande el perro, papá? 

— No, chico. 

Pasó un momento. 

— i Pobre Yaguaí! — prosiguió Julia — . ¿Cómo es- 
tará? 

Súbitamente, Cooper recordó la impresión sufrida 
al oír aullar al perro , algo de su Yaguaí había allí . . 
Pero pensando también en cuán remota era esa pro- 
babilidad, se durmió 

Fue a la mañana siguiente, muy temprano, cuando 
Cooper, siguiendo el rastro de sangre, halló a Yaguaí 
muerto al borde del pozo del bananal. 

De pésimo humor volvió a casa, y la primer pre- 
gunta de Julia fue por el perro chico. 

— ¿Murió, papá? 

— Sí, allá en el pozo. . es Yaguaí. 

Cogió la pala, y seguido de sus dos hijos conster- 
nados, fue al pozo. Julia, después de mirar un mo- 
mento inmóvil, se acercó despacio a sollozar junto al 
pantalón de Cooper. 

— ¡Qué hiciste, papá! 

— No sabía, chiquita . . . Apártate un momento. 

En el bananal enterró a su perro, apisonó la tierra 
encima y regresó profundamente disgustado, llevando 
de la mano a sus dos chicos que lloraban despacio 
para que su padre no los sintiera. 



[ 198] 



I 



LOS MENSU 

Cayetano Maidana y Esteban Podeley, peones de 
obraje, volvían a Posadas en el Sílex con quince com- 
pañeros. Podeley, labrador de madera, tornaba a los 
nueve meses la contrata concluida y con pasaje gratis 
por lo tanto. Cayé — mensualero — llegaba en igua- 
les condiciones, más al año y medio, tiempo necesa- 
rio para chancelar su cuenta 

Flacos, despeinados, en calzoncillos, la camisa abier- 
ta en largos tajos, descalzos como la mayoría, sucios 
como todos ellos, los dos mensú devoraban con los 
ojos la capital del bo&que, Jerusalén y Gólgota de sus 
vidas ¡Nueve meses allá arriba ' ¡Año v medio 1 Pero 
volvían por fin, y el hachazo aún doliente de la vida 
del obraje eran apenas un roce de astilla ante el ro- 
tundo goce que olfateaban allí. 

De cien peones, sólo dos llegan a Posadas con ha- 
ber. Para esa gloria de una semana a que los arras- 
tra el río aguas abajo, cuentan con el anticipo de 
una nueva contrata. Como intermediario y coadyu- 
vante espera en la playa un grupo de muchachas ale- 
gres de carácter y de profesión, ante las cuales los 
mensú sedientos lanzan su ¡ ahijó * de urgente locura 

Cayé y Podeley bajaron tambaleantes de orgía pre- 
gustada, y rodeados de tres o cuatro amigas se halla- 
ron en un momento ante la cantidad suficiente de 
caña para colmar el hambre de eso de un mensú. 

Un instante después estaban borrachos y con nueva 
contrata sellada. ¿En qué trabajo? ¿En dónde 9 Lo 
ignoraban, ni les importaba tampoco. Sabían, sí, que 



[199] 



HORACIO QUIROGA 



tenían cuarenta pesos en el bolsillo y facultad para 
llegar a mucho más en gastos Babeantes de descanso 
y de dicha alcohólica, dóciles y torpes siguieron am- 
bos a las muchachas a vestirse. Las avisadas donce- 
llas condujéronlos a una tienda con la que tenían re- 
laciones especiales de un tanto por ciento, o tal vez al 
almacén de la casa contratista. Pero en una u otro 
las muchachas renovaron el lujo detonante de sus tra- 
pos, anidáronse la cabeza de peinetones, ahorcáronse 
de cintas — robado todo con perfecta sangre fría al 
hidalgo alcohol de su compañero, pues lo único que 
el mensú realmente posee es un desprendimiento bru- 
tal de su dinero. 

Por su parte Cayé adquirió mucho más extractos y 
lociones y aceites de los necesarios para sahumar hasta 
la náusea su ropa nueva, mientras Podeley, más jui- 
cioso, insistía en un traje de paño» Posiblemente pa- 
garon muy cara una cuenta entroída y abonada con 
un montón de papeles tirados al mostrador. Pero de 
todos modos una hora después lanzaban a un coche 
descubierto sus flamantes personas, calzados de botas, 
poncho al hombro — y revólver 44 al cinto, desde 
luego — , repleta la ropa de cigarrillos que deshacían 
torpemente entre los dientes, dejando caer de cada 
bolsillo la punta de un pañuelo. Acompañábanlos dos 
muchachas, orgullosaa de esa opulencia, cuya magni- 
tud se acusaba en la expresión un tanto hastiada de 
los mensú, arrastrando consigo mañana y tarde por 
las calles caldeadas una infección de tabaco negro y 
extracto de obraje 

La noche llegaba por fin y con ella la b allanta, 
donde las mismas damiselas avisadas inducían a be- 
ber a los mensú, cuya realeza en dinero de anticipo 
les hacía lanzar 10 pesos por una botella de cerveza, 



[ 200 1 



SELECCION DE CUENTOS 



para recibir en cambio 1.40, que guardaban sin ojear 
siquiera. 

Así, en constantes derroches de nuevos adelantos 
— necesidad irresistible de compensar con siete días 
de gran señor las miserias del obraje — el Sílex voL 
vio a remontar el río Cayé llevó compañera, y ara* 
bos, borrachos como los demás peones, se instalaron 
en el puente, donde ya diez muías se hacinaban en 
íntimo contacto con baúles atados, perros, mujeres y 
hombres. 

Al día siguiente, ya despejadas las cabezas, Pode* 
ley y Cayé examinaron sus libretas: era la primera 
vez que lo hacían desde la contrata. Cayé había re- 
cibido 120 en efectivo y 35 en gasto, y Podeley, 130 
y 75, respectivamente. 

Ambos se miraron con expresión que pudiera ha* 
ber sido de espanto si un mensú no estuviera perfec- 
tamente curado de ese malestar No recordaban ha- 
ber gastado ni la quinta parte. 

— ¡Añá f ... —murmuró Cayé — . No voy a cum- 
plir nunca. „ . 

Y desde ese momento tuvo sencillamente — como 
justo castigo de su despilfarro — la idea de escaparse 
de allá. 

La legitimidad de su vida en Posadas era, sin em- 
bargo, tan evidente para él que sintió celos del mayor 
adelanto acordado a Podeley. 

— Vos tenés suerte... — dijo — . Grande tu anti- 
cipo . ♦ ♦ 

— Vos traes compañera — objetó Podeley — . Eso 
te cuesta para tu bolsillo... 

Cayé miró a su mujer, y aunque la belleza y otra9 
cualidades de orden más moral pesan muy poco en 
la elección de un mensú, quedó satisfecho. La mu- 



[201] 



HORACIO QUTROGA 



chacha deslumhraba, efectivamente, con au traje de 
raso, falda verde y blusa amarilla; luciendo en el 
cuello sucio un triple collar de perlas; zapatos Luis 
XV; las mejillas brutalmente pintadas y un desde- 
ñoso cigarro de hoja bajo los párpados entornados. 

Cayé consideró a la muchacha y su revólver 44 
eran realmente lo único que valía de cuanto llevaba 
con él Y aun lo último corría el riesgo de naufragar 
tras el anticipo, por minúscula que fuera su tenta- 
ción de tallar. 

A dos metros de él, sobre un baúl de punta, los 
mensú jugaban concienzudamente al monte cuanto te- 
nían Cayé observó un rato riéndose, como se ríen 
siempre los peones cuando están juntos, sea cual fuere 
el motivo, y se aproximó al baúl colocando a una 
carta y sobre ella cinco cigarros, 

Modesto principio, que podía llegar a proporcio- 
narle dinero suficiente para pagar el adelanto en el 
obraje y volverse en el mismo vapor a Posadas a 
derrochar un nuevo anticipo 

Perdió, perdió los demás cigarros, perdió cinco 
pesos, el poncho, el collar de su mujer, sus propias 
botas, y su 44 Al día siguiente recuperó las botas, 
pero nada más, mientras la muchacha compensaba la 
desnudez de su pescuezo con incesantes cigarros des- 
preciativos. 

Podeley ganó, tras infinito cambio de dueño, el 
collar en cuestión y una caja de jabones de olor que 
halló modo de jugar contra un machete y media do- 
cena de medias, quedando así satisfecho. 

Habían llegado por fin Los peones treparon la in- 
terminable cinta roja que escalaba la barranca, desde 
cuya cima el Sílex aparecía mezquino y hundido en 
el lúgubre río Y con ahijús y terribles invectivas en 



[ 202 ] 



SELECCION DE CUENTOS 



guaraní, bien que alegres todos, despidieron al va- 
por, que debía ahogar en una baldeada de tres ho- 
ras la nauseabunda atmósfera de desaseo, pachulí y 
muías enfermas que durante cuatro días remontó 
con él. 

Para Podeley, labrador de madera, cuyo diario po- 
día subir a siete pesos, la vida del obraje no era dura. 
Hecho a ella, domaba su aspiración de estricta justi- 
cia en el cubica) e de la madera, compensando las ra- 
piñas rutinarias con ciertos privilegios de buen peón, 
su nueva etapa comenzó al día siguiente, una vez de- 
marcada su zona de bosque. Construyó con hojas de 
palmera su cobertizo — techo y pared sur — nada 
más — ; dio nombre de cama a ocho varas horizon- 
tales, y de un horcón colgó la provista semanal Re- 
comenzó, automáticamente, sus días de obraje silen- 
ciosos mates al levantarse, de anoche aún, que se su- 
cedían sin desprender la mano de la pava; la explo- 
ración en descubierta de madera; el desavuno a las 
ocho- harina, charque y grasa; el hacha luego, a 
busto descubierto, cuyo sudor arrastraba tábanos, ba- 
nguís y mosquitos, después, el almuerzo, esta vez po- 
rotos y maíz flotando en la inevitable grasa, para con- 
cluir de noche, tras nueva lucha con las piezas de 
8 por 30, con el yopará de mediodía. 

Fuera de algún incidente con sus colegas labrado- 
res, que invadían su jurisdicción; del hastío de los 
días de lluvia, que lo relegaban en cuclillas frente a 
la pava, la tarea proseguía hasta el sábado de tarde. 
Lavaba entonces su ropa, y el domingo iba al alma- 
cén a proveerse. 

Era éste el real momento de solaz de los mensú, 
olvidándolo todo entre los anatemas de la lengua na- 
tal, sobrellevando con fatalismo indígena la suba siem- 

[ 203 ] 



i 



HORACIO QUIROGA 



pre creciente de la provista, que alcanzaba entonces 
a cinco pesos por machete y ochenta centavos por kilo 
de galleta. El mismo fatalismo que aceptaba esto con 
un ¡añál y una riente mirada a los demás compañe- 
ros, le dictaba, en el elemental desagravio, el deber 
de huir del obraje en cuanto pudiera. Y si esta am* 
bición no estaba en todos los pechos, todos los peo- 
nes comprendían esa mordedura de contrajusticia que 
iba, en caso de llegar, a clavar los dientes en la en- 
traña misma del patrón Este, por su parte, llevaba 
la lucha a su extremo final vigilando día y noche a 
su gente, y en especial a los mensualeros. 

Ocupábanse entonces los mensú en la planchada, 
tumbando piezas entre inacabable gritería, que subía 
de punto cuando las muías, impotentes para contener 
la alzaprima que bajaba a todo escape, rodaban unas 
sobre otras dando tumbos, vigas, animales, carretas, 
todo bien mezclado. Raramente se lastimaban las mu- 
las, pero la algazara era la misma. 

Cayé, entre risa y risa, meditaba siempre su fuga; 
harto ya de revirados y yoparás, que el pregusto de 
la huida tornaba más indigestos, deteníase aún por 
falta de revólver, y ciertamente, ante el Winchester del 
capataz ¡Pero si tuviera un 441 . . . 

La fortuna llególe esta vez en forma bastante des* 
viada. 

La compañera de Cayé, que desprovista ya de su 
lujoso atavío lavaba la ropa a los peones, cambió un 
día de domicilio. Cayé esperó dos noches, y a la ter- 
cera fue a la casa de su reemplazante, donde propinó 
una soberbia paliza a la muchacha. Los dos mensú 
quedaron solos charlando, resultas de lo cual convi- 
nieron en vivir juntos, a cuyo efecto el seductor se 
instaló con la pareja Esto era económico y bastante 



[ 204 ] 



SELECCION DE CUENTOS 



juicioso. Pero como el mensú parecía gustar realmente 
de la dama — cosa rara en el gremio — Cayé ofre- 
ciósela en venta por un revólver con balas, que él 
mismo sacaría del almacén. No obstante esta senci- 
llez, el trato estuvo a punto de romperse porque a úl- 
tima hora Cayé pidió que se agregara un metro de 
tabaco en cuerda, lo que pareció excesivo al mensú. 
Concluyóse por fin el mercado, y mientras el fresco 
matrimonio se instalaba en su rancho, Cayé cargaba 
concienzudamente su 44, para dirigirse a concluir la 
tarde lluviosa tomando mate con aquéllos. 

• « 

El otoño finalizaba, y el cielo, fijo en sequía con 
chubascos de cinco minutos, se descomponía por fin 
en mal tiempo constante, cuya humedad hinchaba el 
hombro de los mensú. Podeley, libre de esto hasta 
entonces, sintióse un día con tal desgano al llegar a 
su viga, que se detuvo, mirando a todas partes qué 
podía hacer. No tenía ánimo para nada Volvió a su 
cobertizo, v en el camino sintió un ligero cosquilleo 
en la espalda. 

Sabía muy bien qué eran aquel desgano y aquel 
hormigueo a flor de estremecimiento. Sentóse filosófi- 
camente a tomar mate, y media hora después un hondo 
y largo escalofrío recorrióle la espalda bajo la camisa 
No había nada que hacer Se echó en la cama, ti- 
ritando de frío, doblado en gatillo bajo el poncho, 
mientras los dientes, incontenibles, castañeteaban a 
más no poder- 
Al día siguiente el acceso, no esperado hasta el 
crepúsculo, tornó a mediodía, y Podeley fue a la co- 
misaría a pedir quinina. Tan claramente se denunciaba 



[ 205 ] 



HORACIO QUISOLA 



el chucho en el aspecto del roensú, que el dependiente 
bajó los paquetes sin mirar casi al enfermo, quien 
volcó tranquilamente sobre su lengua la terrible amar- 
gura aquella. Al volver al monte tropezó con el ma- 
yordomo. 

— jVos también! — le dijo éste mirándolo — , Y 
van cuatro Los otros no importa. poca cosa Vos 
sos cumplidor. . . ¿Cómo está tu cuenta? 

— Falta poco.. , pero no voy a poder trabajar , 

— (Bah! Cúrate bien y no es nada . . Hasta mañana 

— Hasta mañana — se alejó Podeley apresurando 
el paso, porque en los talones acababa de sentir un 
leve cosquilleo. 

El tercer ataque comenzó una hoia después, que- 
dando Podeley desplomado en una profunda falta de 
fuerzas, y la mirada fija y opaca, como si no pudiera 
ir más allá de uno o dos metros 

El descanso absoluto a que ge entregó por tres días 
— bálsamo específico para el mensú, por lo inespe- 
rado — no hizo sino convertirle en un bulto castañe- 
teante, y arrebujado sobre un raigón. Podeley, cuya 
fiebre anterior había tenido honrado y periódico rit- 
mo, no presagió nada bueno para él de esa galopada 
de accesos casi sin intermitencia. Hay fiebre y fiebre. 
Si la quinina no había cortado a ras el segundo ata- 
que, era inútil que se quedara allá arriba, a morir 
hecho un ovillo en cualquier vuelta de picada Y 
bajó de nuevo al almacén. 

— ¡Otra vez vos! — lo recibió el mayordomo — ♦ 
Eso no anda bien.., ¿No tomaste quinina? 

— Tomé. . . No me hallo con esta fiebre. . . No pue- 
do trabajar. Si querés darme para mi pasaje, te voy 
a cumplir en cuanto me sane. , . 



[206] 



SELECCION DE CUENTOS 



El mayordomo contempló aquella ruina, y no es- 
timó en gran cosa la vida que quedaba allí 

— ¿Cómo está tu cuenta? — preguntó otra vez. 

— Debo veinte pesos todavía. . . El sábado entre- 
gué. . . Me hallo muy enfermo - . . 

— Sabes bien que mientras tu cuenta no esté pa- 
gada debes quedar. Abajo . podés morirte. Cúrate 
aquí, y arreglás tu cuenta enseguida. 

¿Curarse de una fiebre perniciosa allí donde la ad- 
quirió 9 No, por cierto, pero el mensú que se va pue- 
de no volver, y el mayordomo prefería hombre muerto 
a deudor lejano. 

Podeley jamás había dejado de cumplir nada, úni- 
ca altanería que se permite ante su patrón un mensú 
de talla. 

— |No me importa que hayas dejado o no de cum- 
plir ' — replicó el mayordomo — , ¡Paga tu cuenta 
primero, y después hablaremos! 

Esta injusticia para con él creó lógica y velozmente 
el deseo del desquite. Fue a instalarse con Cayó, cuyo 
espíritu conocía bien, y ambos decidieron escaparse 
el próximo domingo. 

— lAhí tenes! — gritóle el mayordomo esa misma 
tarde al cruzarse con Podeley — . Anoche se han es- 
capado tres... ¿Eso es lo que te gusta, no? ^sos 
también eran cumplidores! iComo vos T ¡Pero antes 
vas a reventar aquí que salir de la planchada! ¡Y 
mucho cuidado, vos y todos los que están oyendo! ¡Ya 
saben! 

La decisión de huir y sus peligros — para los que 
el mensú necesita todas sus fuerzas — es capaz de con- 
tener algo más que una fiebre perniciosa. El domingo, 
por lo demás, había llegado, y con falsas maniobras 
de lavaje de ropa, simulados guitarreos en el rancho 



[ 207 ] 



HORACIO QUTROGA 



de tal o cual, la vigilancia pudo ser burlada y Po- 
deley y Cayé se encontraron de pronto a rail metros 
de la comisaría. 

Mientras no se sintieran perseguidos no abandona- 
rían la picada; Podeley caminaba mal. Y aún así. . 

La resonancia peculiar del bosque trájoles, lejana, 
una voz ronca: 

— ¡A la cabeza! ¡A los dos* 

Y un momento después surgían de un recodo de 
la picada el capataz y tres peones corriendo ... La 
cacería comenzaba. 

Ca\é amartilló su revólver sin dejar de huir. 

— ¡Entrégate, añil — gritóles el capataz. 

— Entremos en el monte — dijo Podeley — , Yo no 
tengo fuerza para mi machete. 

— iVolvé o te tiro! — llegó otra voz. 

— Cuando estén más cerca . ♦ — comenzó Cayé — 
Una bala de wmchester pasó silbando por la picada 

— i Entré f — gritó Cayé a su compañero — . Y pa- 
rapetándose tras un árbol, descargó hacia allá los 
cinco tiros de su revólver. 

Una gritería aguda respondióle, mientras otra bala 
de Winchester hacía saltar la corteza del árbol. 

— ¡Entrégate o te voy a dejar la cabeza!.. « 

— ,Anda nomás ! — instó Cayé a Podeley — . Yo 
voy a . . 9 

Y tras nueva descarga entró en el monte. 

Los perseguidores, detenidos un momento, por las 
explosiones, lanzáronse rabiosos adelante, fusilando, 
golpe tras golpe de Winchester, el derrotero probable 
de los fugitivos. 

A cien metros de la picada, y paralelos a ella, Cayé 
y Podeley se alejaban, doblados hasta el suelo para 
evitar las lianas. Los perseguidores lo presumían; pero 



[ 208 ] 



SELECCION DE CUENTOS 



como dentro del monte el que ataca tiene cien proba- 
bilidades contra una de ser detenido por una bala en 
mitad de la frente, el capataz se contentaba con sal- 
vas de Winchester y aullidos desafiantes. Por lo de- 
más, los tiros errados hoy habían hecho lindo blanco 
la noche del jueves... 

El peligro había pasado. Los fugitivos se sentaron 
rendidos, Podeley se envolvió en el poncho, y recos- 
tado en la espalda de su compañero sufrió en dos te- 
rribles horas de chucho el contragolpe de aquel es- 
fuerzo. 

Prosiguieron la fuga, siempre a la vista de la pi- 
cada, y cuando la noche llegó por fin acamparon. 
Cayé había llevado chispas, y Podeley encendió fuego, 
no obstante los mil inconvenientes en un país donde, 
fuera de los pavones, hay otros seres que tienen debi- 
lidad por la luz, sin contar los hombres. 

El sol estaba muy alto ya cuando a la mañana si- 
guiente encontraron el riacho, primera y última es- 
peranza de los escapados. Cayé cortó doce tacuaras 
sin más prolija elección, y Podeley, cuyas últimas 
fuerzas fueron dedicadas a cortar los ísipós, tuvo ape- 
nas tiempo de hacerlo antes de enroscarse a tiritar. 

Cayé, pues, construyó solo la jangada — diez ta- 
cuaras atadas longitudinalmente con lianas, llevando 
en cada extremo una atravesada. 

A los diez segundos de concluida se embarcaron. Y 
la jangadilla, arrastrada a la deriva, entró en el 
Paraná. 

Las noches son en esa época excesivamente frescas, 
y los dos mensú, con los pies en el agua, pasaron la 
noche helados, uno junto al otro. La corriente del 
Paraná, que llegaba cargado de inmensas lluvias, re- 



[209] 



HORACIO QUIROGA 



torcía la jangada en el borbollón de sus remolinos y 
aflojaba lentamente los nudos de ísipós. 

En todo el día siguiente comieron dos chipas, último 
resto de provisión, que Podeley probó apenas Las 
tacuaras, taladradas por los tambús, se hundían, y al 
caer la tarde la jangada había descendido una cuarta 
del nivel del agua. 

Sobre el río salvaje, encajonado en los lúgubres 
murallones del bosque, desierto del más remoto 4 ay !, 
los dos hombres, sumergidos hasta la rodilla, deri- 
vaban girando sobre sí mismos, detenidos un momento 
inmóviles ante un remolino, siguiendo de nuevo, sos- 
teniéndose apenas sobre las tacuaras casi sueltas que 
^e escapaban de sus pies, en una noche de tinta que 
no alcanzaban a romper sus ojos desesperados. 

El agua llegábales ya al pecho cuando tocaron tie- 
rra. ¿Dónde 9 No lo sabían.,. Un pajonal Pero en 
la misma orilla quedaron inmóviles, tendidos de vientre. 

Ya deslumhraba el sol cuando despertaron. El pa- 
jonal se extendía veinte metros adentro, sirviendo de 
litoral a río y bosque. A media cuadra al sur, el ria- 
cho Paranaí, que decidieron vadear cuando hubieran 
recuperado las fuerzas, Pero éstas no volvían tan rá- 
pidamente como era de desear, dado que los cogollos 
y gusanos de tacuara son tardo fortificantes. Y du- 
rante veinte horas, la lluvia cerrada transformó al 
Paraná en aceite blanco y al Paran ai en furiosa ave- 
nida. Todo imposible. Podeley se incorporó de pronto 
chorreando agua, apoyándose en el revólver para le- 
vantarse, y apuntó a Gayé. Volaba de fiebre, 

— jPasá, aña! . . . 

Cayé vio que poco podía esperar de aquel delirio, 
y se inclinó disimuladamente para alcanzar a su com- 
pañero de un palo. Pero el otro insistió: 



[210] 



SELECCION DE CUENTOS 



— ¡Andá al agua! ¡Vos me trajiste! ¡Bandea el río! 

Los dedos lívidos temblaban sobre el gatillo. 

Gayé obedeció, dejóse llevar por la comente, y 
desapareció tras el pajonal, al que pudo abordar con 
terrible esfuerzo. 

Desde allí, y de atrás, acechó a su compañero; pero 
Podeley yacía de nuevo de costado, con las rodillas 
recogidas hasta el pecho, bajo la lluvia incesante. Al 
aproximarse Cayé alzó la cabeza, y sin abrir casi los 
ojos, cegados por el agua, murmuró: 

— Cayé . , caray . . . Frío muy grande . . . 

Llovió aún toda la noche sobre el moribundo la 
lluvia blanca y sorda de los diluvios otoñales, hasta 
que a la madrugada Podeley quedó inmóvil para siem- 
pre en su tumba de agua 

Y en el mismo pajonal, sitiado siete días por el 
bosque, el no y la lluvia, el mensú agotó las raíces y 
gusanos posibles, perdió poco a poco sus fuerzas, 
hasta quedar sentado, muñéndose de frío y hambre, 
con los ojos fijos en el Paraná. 

El Sílex, que pasó por allí al atardecer, recogió al 
mensú ya casi moribundo. Su felicidad transformóse 
en terror al darse cuenta al día siguiente de que el 
vapor remontaba el río. 

— ¿Por favor te pido! — lloriqueó ante el capitán. 
¡No me bajen en Puerto X! ¡Me van a matar!... 
¡Te lo pido deveras!.». 

El Sílex volvió a Posadas llevando con él al mensú 
empapado aún en pesadillas nocturnas. 

Pero a los diez minutos de bajar a tierra estaba ya 
borracho con nueva contrata y se encaminaba tam- 
baleando a comprar extractos* 



13 



[211] 



UNA BOFETADA 



Aeosta, mayordomo' del Meteoro que remontaba 
el Alto Paraná* cada quince día*, sabía bien una cosa, 
y es ésta: que nada es más rápido, ni aun la corriente 
del mismo río, que la explosión de una damajuana 
de caña lanzada sobre un obrajei Su aventura con 
Korner, pues,, pudo finalizar en un terreno harto co- 
nocido de 61. 

Por regla absoluta — con una sola excepción — 
que es ley en el Alto Paraná, en los obrajes no se 
permite caña Ni los almacenes la \enden, ni se to- 
lera una sola botella, sea cual fuere su origen En 
les obrajes hay resentimientos y amarguras que no 
conviene traer a la memoria de los mensú. Cien gra- 
mos de alcohol por cabeza, concluirían en dos horas 
con el obraje más militarizado* 

A Acosta no le convenía una explosión de esta mag- 
nitud, y por esto su ingenio se ejercitaba en peque- 
ños contrabandos, copas despachadas a los mensu en 
el mismo vapor, a la salida de cada puerto. El capi- 
tán lo sabia, y con él el pasaje entero, formado casi 
exclusivamente por dueños y» mayordomos de obraje. 
Pero como el astuto correntino no pasaba de pruden- 
tes dosis, todo iba a pedir de boca 

Ahora bien, quiso la desgtacia un día que a ins- 
tancias de la bullanguera tropa de peones, Aoosta sin- 
tiera relajarse un poco la^ rigidez de su prudencia. El 
resultado fue un regocijo tan profundo, que se desen- 
cadenó entre los mensú una vertiginosa danza de baú- 
les y guitarras que volaban por el aire. 



[212] 



SELECCION DE CUENTOS 



El escándalo era serio» Bajaron el capitán y casi 
todos los pasajeros, siendo menester una nueva danza, 
pero esta vez de rebenque, sobre las cabezas más 
locas. El proceder es habitual, y el capitán tenía el 
golpe rápido y duro. La tempestad cesó enseguida. 
Esto no obstante, se hizo atar de pie contra el palo 
mayor a un mensú más levantisco que los demás, y 
todo volvió a su norma. 

Pero ahora tocaba el turno a Acosta El dueño del 
obraje, cuyo era el puerto en que estaba detenido el 
vapor, la emprendía con él* 

— ¡Usted, y sólo usted, tiene la culpa de estas co- 
sas 1 ¡Por diez miserables centavos, echa a perder a 
los peones y ocasiona estos bochinches! 

El mayordomo, a fuer de mestizo, contemporizaba. 

— ¡Pero cállese, y tenga vergüenza! — proseguía 
Korner. — Por diez miserables centavos . . Pero le 
aseguro que en cuanto llegue a Posadas, denuncio es- 
tas picardías a Mitain r 

Mitam era el armador del "Meteoro", lo que tenía 
sin cuidado a Acosta, quien concluyó por perder la 
paciencia. 

— Al fin y al cabo — respondió — usted nada tiene 
que ver en esto Si no le gusta, quéjese a quien 
quiera.. En mi despacho yo hago lo que quiero. 

■ — -¡Es lo que vamos a ver! — gritó Korner, dispo- 
niéndose a subir Pero en la escalerilla vio por en- 
cima de la baranda de bronce al mensú atado al palo 
mayor. Había o no ironía en la mirada del prisionero, 
Korner se convenció de que la había, al reconocer 
en aquel indiecito de ojos fríos y bigotitos en punta, 
a un peón con quien había tenido algo que ver tres 
metes atrás. 



[213] 



HORACIO QUIROGA 



Se encaminó al palo mayor, más rojo aún de ra- 
bia El otro lo vio llegar, sin perder un instante su 
sonnsita 

— ¡Con que sos vos! — le dijo Korner — • ¡Te he 
de hallar siempre en mi camino! Te había prohibido 
poner loa pies en el obraje, y ahora \enís Je allí . . 
j compadrito! 

El mensú, como si no oyera, continuó mirándolo 
con su minúscula sonrisa. Korner, entonces, ciego de 
ira, lo abofeteó de derecha y revés 

— ¿Tomá 1 compadrito T ¿Así hay que tratar a 
los compadres como vos f 

El mensú se puso lívido, y miró fijamente a Kor- 
ner, quien oyó algunas palabras 

— Algún día. . 

Korner sintió un nuevo impulso de hace i le tragar 
la amenaza, pero logró contenerse y subió, lanzando 
invectivas contra el mayordomo que traía el infierno 
a Jos obrajes 

Mas esta vez la ofensiva correspondía a Acosta 
¿Qué hacer para molestar en lo hondo a Korner, su 
cara colorada, su lengua larga, y su maldito obraje? 

No tardó en hallar el medio Desde el siguiente 
viaje de subida, tuvo buen cuidado de suitir a es- 
condidas a los peones que bajaban en Puerto Pro- 
fundidad (el puerto de Korner) de una o dos dama- 
juanas de caña Los mensú, más aullantes que de 
costumbre* pasaban el contrabando en sus baúles, y 
esa misma noche estallaba el incendio en el obraje. 

Durante dos meses, cada vapor que bajaba el río 
después de haberlo remontado el Meteoro, alzaba in- 
defectiblemente en Puerto Profundidad cuatro o cmco 
heridos» Korner, desesperado, no lograba localizar al 
contrabandista de caña, al incendiario» Pero al cabo 



[214] 



SELECCION DE CUENTOS 



de ese tiempo Acosta había considerado discreto no 
alimentar mas el fuego, y los machetes dejaron de 
trabajar. Buen negocio, en suma, para el correntmo, 
que había concebido venganza y ganancia, todo sobre 
la propia cabeza pelada de Korner. 

# * 

Pasaron dos años. El mensú abofeteado había tra- 
bajado en \arios obrajes, sin serle permitido poner 
una sola vez los pies en Puerto Profundidad. Ya se 
ve. el antiguo disgusto con Korner y el episodio del 
palo mayor, habían convertido al mdiecito en per- 
sona poco grata a la administración. El mensú, entre- 
tanto, invadido por la molicie aborigen, quedaba lar- 
gas temporadas en Posadas, vagando, viviendo de 
sus bigotitos en punta que encendían el corazón de 
las mensualeras. Su corte de pelo en melena corta s 
sobre todo, muy poco común en el extremo norte, en- 
cantaba a las muchachas con la seducción de su aceite 
y violentas lociones 

Un buen día se decidía a aceptar la primer con- 
trata al paso, y remontaba el Paraná. Chancelaba pres- 
to su anticipo, pues tenía un magnífico brazo, des- 
cendía a este puerto, a aquél, los sondaba todos, tra- 
tando de llegar a donde quería. Pero era en vano. 
En todos los obrajes se le aceptaba con placer, me- 
no^ en Profundidad; allí estaba de más Cogíalo en- 
tonces nueva crisis de desgano y cansancio, y tornaba 
a pasar meses enteros en Posadas, el cuerpo ener- 
vado y el bigotito saturado de esencias. 

Corrieron aún tres años. En ese tiempo el mensú 
subió una sola vez el Alto Paraná, habiendo concluido 
por considerar sus medios de vida actuales mucho 



[215] 



HORACIO QUTROGA 



menos fatigosos que los del monte Y aunque el an- 
tiguo y duro cansancio de los brazos era ahora reem- 
plazado por la constante fatiga de las piernas, ha- 
llaba aquello de su gusto 

No conocía — o no frecuentaba, por lo menos — 
de Posadas, más que la Bajada, y el puerto. No salía 
de ese barrio de los mensú, pasaba del rancho de 
una mensualera a otro; luego iba al boliche, después 
al puerto, a festejar en corro de aullidos el embarque 
chano de los mensú, para concluir de noche en los 
bailes a cinco centavos la pieza» 

— ¡Che amigo 1 — le gritaban los peones — ¡No 
te gusta más tu hacha 1 ¡Te gusta la bailanta, che 
amigo 1 

El indiecito sonreía, satisfecho de sus bigotitos y 
su melena lustrosa 

Un día, sin embargo, levantó vivamente la cabeza 
> la \oIvió, toda oídos, a los conchabadores que ofre- 
cían espléndidos anticipos a una tropa de mensus re- 
cién desembarcados Se trataba del arriendo de Puerto 
Cabnuva, casi en los saltos del Guavra, por la em- 
presa que regenteaba Korner, Había allí mucha ma- 
dera en barranca, y se precisaba gente Buen jornal, 
y un poco de caña, ya se sabe. 

Tres días después, los mismos mensús que acababan 
de bajar extenuados por nueve meses de obraje, tor- 
naban a subir, después de haber derrochado fantás- 
tica v brutalmente en cuarenta y ocho horas doscien- 
tos pesos de anticipo. 

No fue poca la sorpresa de los peones al ver al 
buen mozo entre ellos. 

— ¡Opama la fiesta, che amigo! — le gritaban — . 
[Otra vez la hacha, añá-mb 1 . 

Llegaron a Puerto Cabriuva, y desde esa misma 
tarde su cuadrilla fue destinada a las jangadas. 



[2W] 



SELECCION DE CUENTOS 



Pasó, por consiguiente, dos meses trabajando bajo 
un sol de fuego, tumbando vigas desde lo alto de la 
barranca al río, a punta de palanca, en esfuerzos con- 
gestivos que tendían como alambres los tendones del 
cuello a los siete mensús enfilados 

Luego el trabajo en el río, a nado, con veinte bra- 
zas de agua bajo los pies, juntando los troncos, re- 
molcándolos, inmovilizados en los cabezales de las 
vigas horas enteras, con la cabeza y los brazos úni- 
camente fuera del agua Al cabo de cuatro, seis ho- 
ras, el hombre trepa a la jangada, se le iza, mejor 
dicho, pues está helado No es extraño, pues, que la 
administración tenga siempre reservada un poco de 
caña para estos casos, los únicos en que se infringe 
la ley El hombre toma una copa, y vuelve ote vez 
al agua 

El mensú tuvo así su parte en este rudo quehacer, 
y bajó con la inmensa almadía hasta Puerto Profun- 
didad Nuestro hombre había contado con esto para 
que se le permitiera bajar en el puerto En efecto, 
en la comisaría del obraje o no se le reconoció, o se 
hizo la vista gorda en razón de la urgencia del tra- 
bajo Lo cierto es que recibida la jangada, se le en- 
comendó al mensú, conjuntamente con tres peones, la 
conducción de una recua de muías a la Carrería, va- 
rias leguas adentro No pedía otra cosa el mensú, que 
salió a la mañana siguiente, arreando su tropilla por 
la picada maestra. 

Hacía ese día mucho calor. Entre la doble muralla 
de bosque, el camino rojo deslumhraba de sol El si- 
lencio de la selva a esa hora parecía aumentar la ma- 
reante vibración del aire sobre la arena volcánica Ni 
un soplo de aire, ni un pío de pájaro. Bajo el sol a 



[217] 



HORACIO QUIROGA 



plomo que enmudecía a las chicharras, la tropilla au- 
reolada de tábanos avanzaba monótonamente poT la 
picada, cabizbaja de modorra y luz. 

A la una los peones hicieron alto para tomar mate. 
Un momento después divisaban a su patrón que avan- 
zaba hacia ellos por la picada Venía solo, a caballo, 
con su gran casco de pita Korner se detuvo, hizo 
doa o tres preguntas al peón más inmediato, y recién 
entonces reconoció al indiecito, doblado sobre la pava 
de agua. 

El rostro sudoroso de Korner enrojeció un punto 
más, y se xrguió en los estribos. 

— ¡Eh, vos! ¡Qué haces aquí! — le gritó furioso. 

El indiecito se incorporó sin prisa. 

— Parece que no sabe saludar a la gente — con- 
testó avanzando hacia su patrón. 

Korner sacó el revólver e hizo fuego El tiro tuvo 
tiempo de salir, pero a la loca* un revés de machete 
había lanzado al aire el revólver, con el índice adhe- 
rido al gatillo. Un instante después Korner estaha por 
tierra, con el indiecito encima. 

Los peones habían quedado inmóviles, ostensible- 
mente ganados por la audacia de su compañero. 

— ¡Sigan ustedes' — les gritó éste con voz aho- 
gada, sin volver la cabeza. Los otros prosiguieron su 
deber, que era para ellos arrear las muías según lo 
ordenado, y la tropilla se perdió en la picada. 

El mensú, entonces, siempre conteniendo a Korner 
contra el suelo, tiró lejos el cuchillo de éste, y de un 
salto se puso de pie Tenía en la mano el lebenque 
de su patrón, de cuero de anta. 

— Levantáte — le dijo. 



[218] 



SELECCION DE CUENTOS 



Komer se levantó, empapado en sangre e insultos, 
e intentó una embestida. Pero el látigo cayó tan vio- 
lentamente sobre su cara que lo lanzó a tierra 

— Levantáte — repitió el mensú. 

Korner tornó a levantarse. 

— Ahora caminá. 

Y como Korner, enloquecido de indignación, ini- 
ciara otro ataque, el rebenque, con un seco y terrible 
golpe, cayó sobre su espalda 

— Caminá. 

Korner caminó Su humillación, casi apoplética, su 
mano desangrándose, la fatiga, lo habían vencido y 
caminaba, A ratos, sin embaTgo, la intensidad de su 
afrenta deteníalo con un huTacán de amenazas Pero 
el mensú no parecía oír El látigo caía de nuevo, te- 
rrible, sobre su nuca. 

— Caminá. 

Iban solos por la picada, rumbo al río, en silen- 
ciosa pareja, el mensú un poco detrás. El sol quemaba 
la cabeza, las botas, los pies. Igual silencio que en 
la mañana, diluido en el mismo vago zumbido de la 
selva aletargada. Sólo de vez en cuando sonaba el 
restallido del rebenque sobre la espalda de Korner. 

— Caminá. 

Durante cinco horas, kilómetro tras kilómetro, Kor- 
ner sorbió hasta las heces la humillación y el dolor 
de su situación. Herido, ahogado, con fugitivos gol- 
pes de apoplejía, en balde intentó vanas veces dete- 
nerse El mensú no decía una palabra, pero el látigo 
caía de nuevo, y Korner caminaba. 

Al entrar el sol, y para evitar la Comisaría, la pa- 
reja abandonó la picada maestra por un pique que 
conducía también al Paraná. Korner, perdida con ese 



[219] 



HORACIO QUIROGA 



cambio de rumbo la última posibilidad de auxilio, se 
tendió en el suelo, dispuesto a no dar un paso más 
Pero el rebenque, con golpes de brazo habituado ai 
hacha, comenzó a caer 
— Caminá 

Al quinto latigazo Korner se incorporó, y en el 
cuarto de hora final los rebencazos cayeron cada 
veinte pasos con incansable fuerza sobre la espalda y 
la nuca de Korner, que se tambaleaba como so- 
námbulo. 

Llegaron por fin al río, cuya costa remontaron 
hasta la jangada. Korner tuvo que subir a ella, tuvo 
que caminar como le fue posible hasta el extremo 
opuesto, y allí, en el límite de sus fuerzas, se desplomó 
de boca, la cabeza entre los brazos 

El mensú se acercó 

— Ahora — habló por fin — esto es para que sa- 
ludes a la gente . Y esto para que sopapees a la 
gente . 

Y el rebenque, con terrible y monótona violencia, 
cayó sin tregua sobre la cabeza y la nuca de Korner, 
arrancándole mechones sanguinolentos de pelo 

Korner no se movía más. El mensú cortó entonces 
las amarras de la jangada, y subiendo en la canoa, 
ató un cabo a la popa de la almadía y paleó vigo- 
rosamente. 

Por leve que fuera la tracción sobre la inmensa 
mole de vigas, el esfuerzo inicial bastó. La jangada 
viró insensiblemente, entró en la corriente, y el hom- 
bre cortó entonces el cabo 

El sol había entrado hacía rato. El ambiente, cal- 
cinado dos horas antes* tenía ahora una frescura y 
quietud fúnebres Bajo el cielo aún verde, la jangada 
derivaba girando, entraba «n la sombra T ttfanspaTe»te 



[220] 



SELECCION DE CUENTOS 



de la costa paraguaya, para resurgir de nuevo, sólo 
una línea ya. 

El mensú derivaba también oblicuamente hacia el 
Brasil, donde debía permanecer hasta el fin de sus 
días. 

— Voy a perder la bandera — murmuraba, mien- 
tras &e ataba un hilo en la muñeca fatigada Y con 
una fría mirada a la jangada que iba al desastre in- 
evitable, concluyó entre los dientes 

— ¡Pero ése no va a sopapear más a nadie, gringo 
de un añá membuí! 



[221] 



LA GAMA CIEGA 

Había una vez un venado, — una gama — que tuvo 
dos hijos mellizos, cosa rara entre los venados Un 
gato montes se comió uno de ellos, y quedó sólo la 
hembra Las otras gamas, que la querían mucho, le 
hacían siempre cosquillas en los costados. 

Su madre le hacía repetir todas las mañanas, al 
rayar el día, la oración de los venados Y dice así 

I 

Hay que oler bien primero las hojas antes de co- 
merlas, porque algunas son venenosas 

II 

Hay que mirar bien el río y quedarse quieta antes 
de bajar a beber, para estar segura de que no hay 
yacarés. 

III 

Cada media hora hay que levantar bien alta la ca- 
beza y oler el viento, para sentir el olor del tigre. 

IV 

Cuando se come pasto del suelo, hay que mirar 
siempre entre los yuyos para ver si hay víboras. 



[ 222 ] 



SELECCION DE CUENTOS 



Este es el padrenuestro de los venados chicos. 
Cuando la gamita lo hubo aprendido bien, su madre 
la dejó andar sola. 

Una tarde, sin embargo, mientras la gamita reco- 
rría el monte comiendo hojitas tiernas, vio de pronto 
ante ella, en el hueco de un árbol que estaba podrido, 
muchas bolitas juntas que colgaban. Tenían un color 
oscuro, como el de las pizarras. 

¿Qué sería? Ella tenía también un poco de miedo, 
pero como era muy traviesa, dio un cabezazo a aque- 
llas cosas, y disparó. 

Vio entonces que las bolitas se habían rajado, y 
que caían gotas Habían salido también muchas mos- 
quitas rubias de cintura muy fina, que caminaban 
apuradas por encima. 

La gama se acercó, y las mosquitas no la picaron. 
Despacito, entonces, muy despacito, probó una gota 
con la punta de la lengua, y se relamió con gran pla- 
cer- aquellas gotas eran miel, y miel riquísima, por*, 
que las bolas de color pizarra eran una colmena de 
abejitas que no picaban porque no tenían aguijón. 
Hay abejas así 

En dos minutos la gamita se tomó toda la miel, y 
loca de contenta fue a contarle a su mamá. Pero la 
mamá la reprendió seriamente. 

— Ten mucho cuidado, mi hija — le dijo — con 
los nidos de abejas La miel es una cosa muy rica, 
pero es muy peligroso ir a sacarla. Nunca te metas 
con los nidos que veas. 

La gamita gritó contenta: 

— ¿Pero no pican, mamá! Los tábanos y las uras 
sí pican; las abejas, no. 

— Estás equivocada, mi hija — continuó la ma- 
dre — . Hoy has tenido suerte, nada más. Hay abejas 



[223] 



HORACIO QpmOGA 



y avispas muy malas. Cuidado* mi hija^ porque me 
vas a dar un gran disgusto. 

— t Sí, mamá! 4 Sí, mamá! — respondió la gamita. 
Pero lo primero que hizo a la mañana siguiente, fue 
seguir los senderos que habían abierto los hombres 
en el monte, para ver con más facilidad los nidos 
de abejas. 

Hasta que al fin halló uno. Esta vez el nido tenía 
abejas oscuras, con una faja amarilla en la cintura, 
que caminaban por encima del nido. El nido tam- 
bién era distinto; pero la gamita pensó que puesto 
que estas abejas eran más grandes, la miel debía ser 
más rica. 

Se acordó asimismo de la recomendación de su 
mamá, mas creyó que su mamá exageraba, como exa* 
geran siempre las madres de las gamitas. Entonces 
le dio un gran cabezazo al nido. 

j Ojalá nunca lo hubiera hecho' Salieron enseguida 
cientos de avispas, miles de avispas que la picaron 
en todo el cuerpo, le llenaron todo el cuerpo de pi- 
caduras, en la cabeza, en la barriga* en la cola; y 
lo que es mucho peor, en los mismos ojos. La pica- 
ron más de diez en los ojos. 

La gamita, loca de dolor, corrió y corrió gritando, 
hasta que de repente tuvo que pararse porque no veía 
más estaba ciega, ciega del todo. 

Sus ojos se le habían hinchado enormemente, y no 
veía más Se quedó quieta entonces, temblando de 
dolor y de miedo, y sólo podía llorar desesperada- 
mente' 

— jMamá!... ¡mamá^... 

Su madre, que había salido a buscarla porque tar- 
daba mucho, la halló al fin, y se desespero también 
con su gamita que estaba ciega. La llevó paso a paso 



[224] 



SELECCION DE CUENTOS 



hasta su cubil, con la cabeza de su hija recostada en 
su pescuezo, y los bichos del monte que encontraban 
en el camino, se acercaban todos a mirar los ojos 
de la infeliz gamita. 

La madre no sabía qué hacer. ¿Qué remedios po- 
día hacerle ella? Ella sabía bien que en el pueblo 
que estaba del otro lado del monte vivía un hombre 
que tenía remedios* El hombre era cazador, y ca- 
zaba también venados; pero era un hombre bueno. 

La madre tenía miedo, sin embargo, de llevar su 
hija a un hombre que cazaba gamas. Como estaba 
desesperada se decidió a hacerlo. Pero antes quiso 
ir a pedir una carta de recomendación al OSO HOR- 
MIGUERO, que era gran amigo del hombre. 

Salió, pues, después de dejar a la gamita bien ocul- 
ta, y atravesó corriendo el monte, donde el tigre casi 
la alcanza. Cuando llegó a la guarida de su amigo, 
no podía dar un paso más de cansancio 

Este amigo era, como se ha dicho, un oso hormi- 
guero, pero de una especie pequeña cuyos individuos 
tienen un color amarillo, y por encima del color ama- 
rillo una especie de camiseta negra sujeta por dos 
cintas que pasan por encima de los hombros. Tie- 
nen también la cola prensil, porque viven siempre 
en los árboles, y se cuelgan de la cola. 

¿De dónde provenía la amistad estrecha entre el 
oso hormiguero v el cazador? Nadie lo sabía en el 
monte pero alguna vez ha de llegar el motivo a nues- 
tros oídos. 

La pobre madre, pues, llegó hasta el cubil del oso 
hormiguero, 

— ¡Tan' ¿tan! ¡tan! — llamó jadeante 

— ¿Quién es 9 — respondió el oso hormiguero. 

— ¡Soy yo, la gama! 



[225] 



HORACIO QUffiOGA 



— ]Ah 5 bueno f ¿Qué quiere la gama? 

— Vengo a pedirle una tarjeta de recomendación 
para el cazador. La gamita, mi hija, está ciega 

— ¿Ah, la gamita? — respondió el oso hormigue- 
ro — . Ea una buena persona Si es por ella, sí le doy 
lo que quiere. Pero no necesita nada escrito Mués- 
trele esto, y la atenderá. 

Y con el extremo de la cola, el oso hormiguero le 
extendió a la gama una cabeza de víbora, completa- 
mente seca, que tenía aún loa colmillos venenosos. 

— Muéstrele esto — dijo aún el cazador de hormi- 
gas — . No se precisa más. 

— { Gracias, oso hormiguero! — respondió contenta 
la gama — . Usted también es una buena persona. 

Y salió corriendo, porque era muy tarde y pronto 
iba a amanecer 

Al pasar por su cubil recogió a su hija, que se 
quejaba siempre, y juntas llegaron por fin al pueblo, 
donde tuvieron que caminar muy despacito y arri- 
madas a las paredes, para que los perros no las sin- 
tieran. 

Ya estaban ante la puerta del cazador. 

— 4 Tan T ¡tan! ¡tan! — golpearon, 

— ¿Qué hay? — respondió una voz de hombre, 
desde adentro, 

—hornos las gamas!. 4 TENEMOS LA CABEZA 
DE VIBORA! 

La madre se apuró al decir esto, para que el hom- 
bre supiera bien que ellas eran amigas del oso hor- 
miguero. 

— jAh, ah! — dijo el hombre, abriendo la puer- 
ta — . ¿Qué paaa? 

— Venimos para que cure a mi hija, la gamita, que 
está ciega. 



[226 ] 



SELECCION DE CUENTOS 



Y contó al cazador toda la historia de. las abejas, 
— ¡Hum í . Vamos a ver qué tiene esta señorita 
— dijo el cazador- Y volviendo a entrar en la casa, 
salió de nuevo con una sillita alta, e hiao sentar en 
ella a la gamita para poderle ver bien loa ojos sin 
agacharse mucho. Le examinó así los ojos bien de 
cerca con un vidrio redondo muy grande, mientras 
la mamá alumbraba con el farol de viento colgado 
de su cuello. 

— Esto no es gran cosa — dijo por fin el cazador, 
ayudando a bajar a la gamita — . Pero hay que te- 
ner mucha paciencia. Póngale esta pomada en los 
ojos todas las noches, y téngala veinte días en la Os- 
curidad. Después póngale estos lentes amarillos y se 
curará, 

■ — ¡Muchas gracias, cazador! — respondió la ma- 
dre, muy contenta y agradecida — ¿Cuánto le debo 9 

— Nq es nada — respondió sonriendo el cazador — 
Pero tenga mucho cuidado con los perros, porque 
en la otra^ quadra \ive precisamente un hombre que 
tiene perros para seguir el rastro de los venados 

Las gamas tuvieron gran núedp; apenas .pisaban, 
y se detenían a, cada ,niomento f Y con tpdo» loa po- 
rros las olfatearon y las corrieron media, legua dentro 
del monte. Correan por upa picap'a muy ancha, y de- 
lante la gamita iba balando. 

Tal como lo <lij o el cazador se efectuó la» curación 
Pero sólo la gama supo cuánto le costó tener ence- 
rrada a la gamita en el hueco de un gran árbol, du- 
rante veinte días interminables. Adentro no Se veía 
nada. Por fin una mañana la madre' apartó con la ca- 
beza el gran montón de ramas que huiría arrimado 
al hueco del árbol para que no entrara la luz, y la 

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HORACIO QUIHOGA 



gamita, con sus lentes amarillos, salió corriendo y 
gritando; 
—¡Veo, mamá! ¡Ya veo todo! 

Y la gama, recostando la cabeza en una rama, llo- 
raba también de alegría, al ver curada su gamita. 

Y se curó del todo. Pero aunque curada, y sana y 
contenta, la gamita tenía un secreto que la entristecía. 
Y el secreto era éste: ella quería a toda costa pa- 
garle al hombre que tan bueno había sido con ella, 
y no sabía cómo. 

Hasta que un día creyó haber encontrado el medio. 
Se puso a recorrer la orilla de las lagunas y bañados, 
buscando plumas de garzas para llevarle al cazador. 
El cazador» por su parte, se acordaba a veces de aque- 
lla gamita ciega que él había curado 

Y una noche de lluvia estaba el hombre leyendo 
en su cuarto, muy contento porque acababa de com- 
poner el techo de paja, que ahora no se llovía más; 
estaba leyendo cuando oyó que llamaban. Abrió la 
puerta, y vio a la gamita que le traía un atadito, un 
plumerito todo mojado de plumas de garza. 

El cazador se puso a reír, y la gamita, avergon- 
zada porque ereía que el cazador se reía de su pobre 
regalo, se fue muy triste. Buscó entonces plumas muy 
grandes, bien secas y limpias, y una semana después 
volvió con ellas; y esta vez el hombre, que se había 
reído la vez anterior de cariño, no se rio esta vez 
porque la gamita no comprendía su risa. Pero en 
cambio le regaló un tubo de tacuara lleno de miel, 
que la gamita tomó loca de contento. 

Desde entonces la gamita y el cazador fueron gran- 
des amigos. Ella se empeñaba siempre en llevarle 
plumas de garza que valen mucho dinero, y se que- 
daba las horas charlando con el hombre. El ponía 



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SELECCION DE CUENTOS 



siempre en la mesa un jarro enlozado lleno de miel, 
\ arrimaba la silhta alta para su amiga. A veces le 
daba también cigarros, que las gamas comen con gran 
gusto, y no les hace mal Pasaban así el tiempo, mi- 
rando la llama, porque el hombre tenía una estufa 
de leña, mientras afuera el viento y la lluvia sacu- 
dían el alero de paja del rancho 

Por temor a los perros, la gamita no iba sino en 
las noches de tormenta* Y cuando caía la tarde y em- 
pezaba a llover, el cazador colocaba en la mesa el 
jarro con miel y la servilleta, mientras él tomaba 
café y leía, esperando en la puerta el TAN-TAN bien 
conocido de su amiga la gamita 



FIN TOMO i 




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